Por la ventana

Él miraba afuera, apoyado con los codos en el margen de madera de la ventana.

Desnudo, con medio cuerpo por fuera en ese agujero cuadrado en la pared por la que se precipitaron sus sueños suicidas de antaño. Se quedó absorto contemplando un mundo que podría haber sido probable pero que no fue posible por cada decisión que tomó.

Cuando miraba al cielo desde su habitación siempre pensaba que en cada decisión uno no elige un camino, si no que descarta todos los demás. Se sigue un futuro y todos los demás se desvanecen...

El cielo estaba impecable acompañado por apenas cuatro nubes blancas y ovaladas, no muy grandes, lo justo para dar un poco de cobijo a un sol de Mayo que ardía con la fuerza de sus Agostos. Se oía en el edificio de enfrente una vecina poniendo una lavadora, mientras la del piso de abajo tendía la ropa.

Se había olvidado. Al girarse recordó que no estaba solo.

Marianne estaba desnuda en su cama observándolo, tumbada de lado con la cabeza apoyada en su mano derecha. Tenía los labios sutilmente abiertos, sin que se le pudiera vislumbrar ningún diente. Su mirada estaba fija en Antoine, sus ojos temblaban entre fascinados y aterrorizados. No era por él.

- ¿Qué te angustia?
- Apenas se tu nombre, apenas se quién eres y estoy tumbada en tu cama. En casa tengo un marido dando el desayuno a un niño de tres años... y yo tumbada en tu cama.
- Estás contradicha, por un lado acabas de impulsarte a algo que deseabas, te has sorprendido a ti misma. Por el otro, el miedo y la culpa impide que llegues a conseguirlo.
- Mi deseo no era este...
- ¿Sabes?, somos una sociedad de soledades que nos encontramos y desencontramos constantemente para reconocernos a nosotros mismos. Este es nuestro drama... nuestro ego solo cambia su sentido con cada encuentro importante, nos hace volver a definirnos. Yo solo soy otra parte de ti que te aterra, pero has tenido la suficiente fuerza para descubrirla.
- Menuda justificación por lo que he hecho...
- Pero a pesar del miedo y la culpa tu deseo perdura, sigues esperando que me estire de nuevo y me folles como antes, ¿verdad?
- Te equivocas... espero que te tumbes, y esta vez, sin miedos te folle yo como no te lo han hecho antes.

Marianne estiró de la mano a Antoine y lo acercó a sus labios, él se dejó llevar y cayó suavemente encima de ella.

Pero en cada gemido de Marianne se escondía un grito oscuro de immoralidad. Un placer terrorífico hasta entonces desconocido por ella. En cada respiración y en cada cerrar de ojos se ocultaba el llanto obsceno del placer logrado.

Apenas notaba los movimientos de Antoine, ni su respiración. Levemente sentía su cuerpo que la apretaba con fuerza.

En su último gemido, más fuerte que ningún otro de los anteriores, se quedó con los ojos bien abiertos, como sorprendida, consciente de todo. Un segundo de placer eterno.

Con los ojos abiertos y sudando se dio cuenta:

En todo aquello que vale la pena tener, como el  placer, hay un punto de dolor o de tedio que ha de ser sobrevivido para que renazca el goce.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Un segundo de placer eterno... si eso fuera posible, dudo que fuera tan bueno... creo que a todos se nos ha pasado por la cabeza eso de "ojala este momento durase para siempre", espero que jamás se cumpla, porque esos momentos dejarían de existir...
Albert Pou ha dicho que…
Totalment d'acord amb l'altre comentari.
"Marianne" i "Antoine": quins noms més exotics!!

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