El almacén de los juguetes rotos
Se acercó lentamente con un vaso de plástico en cada mano. El de la mano derecha era muy pequeño. Me quedé mirándola fijamente, observando cada paso, como contoneaba su cadera de lado a lado cada vez que ponía un pie delante del otro. Andaba sin tacones pero aun así parecía como si desfilara una modelo. La bata blanca le quedaba bien ajustada, especialmente en la zona de sus pechos. Temía que en algún momento un botón saliera disparado y me sacara un ojo. Su pelo, negro como el carbón caía cubriendo sus hombros y contrastaba con el uniforme. Era joven, como mucho treinta y pocos. Sonreía y me miraba fijamente mientras andaba directo hacia mí. Siempre sonreía, y la gente que siempre sonríe tiene un encanto especial, es algo que se nota. Era realmente deliciosa, amable, parecía ociosa… su único defecto era estar vestida. - “Toma, aquí tienes. Primero las pastillas y después el vaso de agua”. Qué pena haberla conocido en ese contexto, un año atrás y ambos estaríamos retozando co...