Pájaros de papel

“Siempre me trataste bien, gracias Pablo”. Este mensaje escrito en un rollito de papel, apareció por sorpresa cuando, quitando el polvo de las estanterías del comedor, di un golpe sin querer al pájaro de papel endurecido que cayó al suelo y se le partió una de las alas. Del agujero del cuerpo sobresalía una de las puntas del papel, lo cogí y lo leí. Me quedé un rato perplejo mirando ese trocito de papel, pero a los pocos segundos reaccioné y me entristecí. Era el pájaro de Dani, el ave fénix Dani.

Fui a buscar pegamento líquido, con el pincel apliqué cuidadosamente la cola en ambas partes rotas, las junté y las sostuve unos segundos, hasta que, soltándolas, se mantenían pegadas. El papel lo dejé fuera. Me quedé mirando fijamente el pájaro, suspiré. Había estado conmigo más de veinte años, casi veinticinco años y, no había sufrido ningún accidente, había sobrevivido a tres mudanzas y a una ex loca que me lanzaba objetos cuando se enfadaba. Así que me dio un poco de pena haberlo roto en esas circunstancias, pero la verdad es que una vez pegado casi no se notaba.

Lo volví a colocar de nuevo a la estantería con sumo cuidado y casi inevitablemente me puse a recordar la época del instituto, la época en la que Dani estaba en nuestra clase, la época en la que me regaló el pájaro.

Dani empezó a venir a nuestro instituto a los doce años. La verdad es que apenas me percaté de que estaba en nuestra clase hasta que unos meses más tarde de haber empezado el curso, de golpe noté que había un pupitre vacío. Ningún profesor comentó nada fuera de lo normal, pasaban lista y cuando tocaba el turno de “Daniel García”, tras mencionarlo decían “estará unos días sin venir”, y todos pensábamos que debía encontrarse mal, pero que iba a volver. Lo cierto es que no pensábamos mucho, Dani pasaba desapercibido, creo que en esos momentos todavía no había cruzado ninguna palabra con él. Había algo extraño en él, algo que incomodaba.

Volvió al cabo de dos semanas, con la cara paliducha y como si no hubiera pasado el tiempo. Al cabo de un par de días de haber vuelto, me crucé con él saliendo de la escuela, nos miramos a los ojos y casi como un reflejo le pregunté:
- Ei, ¿Ya te encuentras bien, Dani?
- ¡Sí! ¡Muchas gracias! – respondió con ímpetu y con una sonrisa exagerada. Yo puse cara de circunstancia y me limité a decir “Me alegro”, y empecé a mirar hacia otro lado, como si estuviera esperando a alguien.

Lo cierto es que no había visto a nadie hablar demasiado con él, tan solo cuando tocaba hacer algún trabajo en grupo, algo que parecía que él disfrutaba desmesuradamente, justo lo contrario que sus compañeros.

Pensava que Dani era un chico extraño, físicamente era muy delgado, con la piel muy pálida, siempre iba con la espalda encorvada, con ojeras, el pelo muy corto… tenía cara de enfermo. Faltaba muchos días en clase y eso hacía que fuera de los más atrasados de la clase, además tenía una personalidad muy infantil. Mientras el resto de chicos empezábamos a hablar de chicas, pornografía, fútbol y pajas. Él, si es que hablaba, lo hacía siempre de figuras de acción de superhéroes, de cómics o videojuegos. No creo que quedase nunca con nadie fuera de clase.

Vivía cerca de mi casa, a solo tres calles. Muchas veces hacíamos el mismo trayecto de ida al instituto o de vuelta a casa, sabía en qué portal entraba, pero nunca íbamos juntos. Si él salía antes que yo, o iba corriendo y cogía unas cuantas calles distintas para adelantarlo, o bien me quedaba caminando a su mismo ritmo unos metros detrás de él.

En el penúltimo año del instituto, Dani intentaba hacer esfuerzos enormes para ser aceptado en los diferentes grupos de la clase. Quizás demasiado empeño, casi parecía que quería forzar amistades. La verdad es que siempre aparecía en medio de las conversaciones con una sonrisa boba, se mantenía en silencio escuchando de qué iba la conversación y cuando podía intentaba calzar alguna frase que encajara bien. Nadie paraba demasiada atención cuando hablaba.

En el último trimestre empezó a aparecer con unos extraños pájaros de papel pintados. Parecían hechos a manos por él. Me consta que intentó regalarlos a varios compañeros, o casi a todos. Tuve la ocasión de ver como más de más de una vez se acercaba a alguno de los compañeros y le ofrecía el pájaro, en algunas ocasiones le rechazaban el regalo, en otras había observado cómo lo aceptaban para tirarlo a la papelera más cercana cuando Dani ya no miraba y, en algún caso, incluso había visto como alguien se lo guardaba en la mochila para llevárselo a casa, aunque me encontré un par de pájaros pintados en la papelera de la salida del colegio.

También me tocó a mí, Dani se acercó con su sonrisa bobalicona y me dijo:
- Hola Pablo, te parecerá un poco raro, pero quería hacerte un regalo.
Puse una cara como expectante, ya imaginaba qué es lo que me iba a regalar pero me quise hacer el despistado.
- ¿Ah sí? ¿Y eso?
- Por ningún motivo en especial, me gusta hacer manualidades. – Respondió con un tono inocentón. Abrió su mochila y sacó un pájaro pintado a rayas azules y negras. La verdad es que tenía su mérito, y los colores eran bastante de mi agrado.
- ¡Vaya! – Intenté parecer sorprendido – eres todo un artista.
- No es tan difícil, la verdad, es ir haciendo capas de papel con cola, le pongo una capa de yeso en medio para endurecer, y de nuevo capas de papel y cola, porqué es más agradable pintar encima del papel – me explicó.
- Bueno, la verdad es que se me daría fatal a mi… te lo agradezco, pondré el pájaro en la estantería de mi habitación.
- ¡¿De verdad?! – Se le iluminó la cara, los ojos le brillaron y todavía abría más la boca. Me empecé a sentir un poco incómodo. – Y no es un pájaro. Es un ave fénix.
- ¿Un ave fénix? – Pregunté
- ¿No sabes lo que es?
- Bueno, sí, el pájaro que no muere, ¿verdad? – respondí, no porque dudara de la respuesta, sino porqué dudaba de qué forma diferenciaría él un pájaro normal de un ave fénix.
- Es el pájaro que al morir, renace de sus cenizas, con todo su esplendor y toda su fuerza – creo que estaba disfrutando explicándolo. La verdad es que sentí algo de ternura. Le apoyé la mano en el hombro, y mirándole a los ojos le sonreí y le dije “gracias”.

Llegó el verano y tras el verano el último curso del instituto. Todos nos saludamos animadamente celebrando el que iba a ser el último y mejor año de nuestra adolescencia, ya antes de entrar en clase estuvimos planeando la que sería la primera fiesta del curso.

Al llegar a clase vi que Dani no estaba. Cuando el tutor pasó lista se olvidó de su nombre. Cuando hubo terminado, interrumpí para preguntar si “Daniel García ya no estaba en esta clase” y el tutor comentó que ese año ya no estaba inscrito en este instituto. Me extrañó, pero todavía les extrañó más a mis compañeros que levantara la voz para hacer semejante pregunta, aunque nadie después me hizo ningún comentario al respecto.

Pasó el primer trimestre y al terminarlo me sentí mal por no haber indagado más sobre lo que había ocurrido con Dani, así que cogí el “ave fénix” de mi habitación y decidí acercarme a su portal, pedí a un vecino que me abriera la puerta y miré en los buzones para saber cuál era su piso. “Tercero primera”.

Piqué al timbre y me abrieron la puerta un hombre y una mujer. No tuve ninguna duda de que eran los padres de Dani, ambos paliduchos y con unas ojeras marcadas. Me presenté, les dije que venía a ver cómo estaba Dani y que traía el pájaro que me había regalado, para mostrarle que todavía lo conservaba.

Se miraron entre ellos y con los ojos vidriosos me ofrecieron pasar.

Me ofrecieron un café, que rechacé con buen gusto, como un joven bien educado que sabe que las cosas se le tienen que ofrecer una segunda vez para aceptarlas. Tras la insistencia me fueron a preparar un café. Se sentaron en el sofá conmigo y me explicaron.

Tan solo hacía un mes, y todavía no se lo creían del todo.

Me explicaron todas las dificultades médicas de Dani, pero sobre todo me explicaron las dificultades que había tenido Dani a la hora de relacionarse con los demás niños, con los demás jóvenes. Desde pequeño ya les había advertido el médico de que su hijo no podría vivir ni tanto tiempo ni en tan buenas condiciones como el resto. Dani era plenamente consciente de su situación, y lo único que quería era sentirse lo más normal y aceptado posible. La enfermedad le daba igual, lo único que le importaba de verdad eran las personas que le rodeaban, solo quería conocerlas, que le aceptaran tal y como era.

Empecé a sentirme mal. Creo que quería llorar, pero estaba tan aturdido por la situación que no me atrevía ni a respirar.
- ¿Erais amigos?
Quería decirles que sí, quería consolarles con alguna mentira piadosa, pero creo que no me hubieran creído.
- La verdad es que no, no éramos amigos, pero le tenía simpatía. Me hizo este pájaro.

Entonces, los padres me explicaron cómo se pasó los meses que no fue al colegio pensando en qué podía hacer para hacer un regalo a cada uno de los compañeros de su clase. Que hizo un listado con todos y apuntando cuáles eran los colores que solían utilizar para vestir, y pintó para cada uno de nosotros un pájaro a nuestro gusto. También me explicaron lo mal que lo pasó viendo como algunos compañeros le negaron el regalo, o cuando vio que algunos lo tiraban. También recordaron que un día llegó a casa casi saltando de alegría, explicándoles que creía que había dado un ave fénix a un compañero que se lo iba a llevar a casa.

Me enseñaron su cuarto, repleto de figuras de superhéroes, de posters, con una librería llena de cómics y de videojuegos. Me explicaron que su cuarto era su palacio, el sitio donde más horas pasaba cuando no podía salir de casa, y que intentaron mimarle con todo lo que pedía para entretenerse en él. “Quizás lo mimamos demasiado, quizás por eso le costaba relacionarse”. No sabía qué decir, solo dije que no creía que fuera por eso, pero no entendía tampoco muy bien el por qué. Me ofrecieron quedarme lo que quisiera, pero les dije que me quedaría con pájaro de papel, el que él había hecho para mí, ya que era lo que más me apetecía tener.

Me despedí de los padres de Dani, me dieron un abrazo y cerraron la puerta. Creo que tras el sonido del cierre de la puerta, muchas lágrimas cayeron tanto dentro de la casa como fuera.

No sé por qué no se lo dije a nadie al día siguiente. Me lo guardé para mí. Quería que alguien preguntara, que alguien se interesara. Pero nadie lo hizo, así que tampoco tuve yo ningún motivo para ir a tocar la conciencia de nadie. Era mi secreto.

Cuando ya estábamos en la universidad, se lo expliqué a uno de mis amigos del instituto con el que todavía nos veíamos. De golpe hizo ver como si le importara, le pareció “fuertísimo” pero al día siguiente ya se había olvidado, sentí un poco de asco.

Unos años más tarde, cuando ya hacía tiempo que había terminado la universidad y había empezado a trabajar, se me ocurrió volver a hacer una visita a la familia de Dani. No sabía si todavía vivían allí. Piqué al timbre y me abrieron la puerta con los brazos abiertos y con una gran sonrisa. Se les veía cambiados, felices, aunque con unas ligeras arrugas en los ojos, una de esas muescas que quedan grabadas en la piel toda la vida cuando alguien ha sufrido una gran desgracia.

Me hicieron pasar, me invitaron a un café (esa vez no me hice de rogar). Me presentaron a David, su hijo. Un par de años después de la muerte de Dani habían decidido tener otro hijo. Tenían un chico sano, guapo, fuerte. Tenía algo en el aspecto que recordaba a Dani, creo definitivamente que era su sonrisa. Me quedé toda la tarde con ellos y me fui a la habitación de Dani (ahora la de David) a jugar a la videoconsola con él. Mientras jugábamos estuvimos hablando de cómo era Dani, su padre y su madre iban entrando y saliendo e iban explicando algunas anécdotas que habían vivido con él.

Cuando me fui, vinieron los tres a despedirme con un abrazo. La madre me dijo:
- Gracias por venir y seguir recordándonos a Dani. Es un tema que apenas podemos hablar sin ponernos tristes, que hayamos podido hablarlo hoy con David con una sonrisa es gracias a ti.

Les agradecí sus palabras, su compañía y el café, me giré y me despedí con la mano. Se cerró la puerta. Esta vez, cuando se escuchó el sonido del cerrojo las sensaciones fueron un poco distintas.

Aunque no puedo decir que fueran sensaciones más dulces que en la otra ocasión que los había visitado, definitivamente eran menos tristes. Pero eran amargas. Creo que la adultez me había ayudado a comprender algo, y era esa incomodidad que nos generaba Dani a todos, ese rechazo que acababa siempre explotando en sus manos. Éramos unos gilipollas, todos, sin ningún tipo de duda. De alguna manera él se estaba muriendo y nosotros mirábamos hacia otro lado. Nosotros queríamos vivir y él nos apartaba de nuestra fantasía de vida y juventud eterna, de nuestra omnipotencia. Él nos podía hacer pensar que, en cualquier momento, esa ilusión se podía desvanecer en un instante. Éramos egoístas. Decidimos sacrificar la felicidad de los últimos años de vida de Dani por nuestros años de alcohol, anestesia y falsa felicidad.

Me gustaría pensar que Dani, ese chaval que nos daba veinte vueltas a todos, hubiese comprendido en algún momento que no era culpa suya. Que no había nada malo en él. Esto que yo tardé tantos años en entender. Que seguramente él era el más fuerte de todos y, que a medida que pasaban los años, cada vez que recordaba a Dani, su imagen resurgía de las cenizas con más fuerza, con más esplendor.

Tus sueños se fueron volando como pájaros de papel. Buen viaje ave fénix.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir