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Mostrando entradas de 2020

Capítulo 7 - Roberto, 1992

En 1992 yo tenía trece años. Justo había pasado del colegio al instituto, y con todo lo que había vivido con mi madre, mi padre decidió cambiarme de barrio. En el momento en el que tomó la decisión, me dio absolutamente igual no tener conocidos en la clase. Cuando llevaba algunos meses con los nuevos compañeros de clase, empecé a echar de menos a los viejos. Quizás en el colegio mis antiguos compañeros de clase eran más niños, pero por lo menos no pretendían aparentar ser mayores de lo que realmente eran. Los primeros meses yo iba a mi aire, no tenía muchas ganas de hacerme amigo de personas que no me interesaban, y tampoco estaba demasiado interesado en las chicas. Eso generó cierta aura de misterio alrededor mío, que atraía miradas y curiosidad cuando intervenía en clase, y a la vez generaba cierto respeto, temor, incluso rabia en los sectores más populares de la clase. Tampoco sé muy bien porque. Quizás a esas edades las personas necesitan encasillarte, ¿eres de los buenos o de lo...

Nórdica

- Yo quería ser escritora – Explicaba Sara, mientras removía el café con leche, que era más bien leche con café, un “manchadito” lo bautizaba. Su mirada estaba posada absorta en ese mismo movimiento circular, constante, casi calculado, casi perfecto – Entonces me dije a mí misma, “si estudias literatura, tu única salida va a ser o bien ser profesora, o bien estar en una editorial corrigiendo manuscritos de otras personas”. Y ahí caí, pensé en hacer periodismo. Al fin y al cabo, si todo iba bien, me dedicaría sobre todo a escribir ¿cierto?   David asentía con interés. Él ya se había tomado su segundo cortado y estaba con inquieto dudando sobre si pedir el tercero. “¿Debería esperar que ella se acabe el primero?”. Iba cambiando de postura cada dos por tres. Estaba nervioso. Deseaba más que nada en el mundo dar una buena primera impresión. La chica le gustaba, le gustaba de verdad, y hacía muchísimo que nadie le llamaba realmente la atención como lo hacía Sara. A pesar que lo prim...

¿A quién aplaudimos?

Cada día salimos con una puntualidad religiosa a las 20h de la tarde a aplaudir. Salimos al jardín (en el mejor de los casos), al patio, a la terraza, el balcón, la ventana... cada uno donde buenamente puede. Salimos a aplaudir a nuestros héroes: ¡Los Sanitarios! Pero hace días que me pregunto ¿Aplaudimos a todos los sanitarios, o solo a aquellos que están a primera línea con pacientes graves de Coronavirus? Si aplaudimos solo los que están en unidades de tratamiento de Covid-19, nos estamos olvidando de todos aquellos que tratan a pacientes con coronavirus además de otra patología (mental, por ejemplo). ¿Y si los aplaudimos a todos, tiene sentido agradecer solo a los Sanitarios? ¿Qué hay de las cajeras, repartidores amazónicos, glovianos y justeateros? ¿Que hay del personal de limpieza, técnicos y electricistas, los que cuidan a personas mayores, los que, sin ser su trabajo van a cuidar de sus familiares y amigos? O aplaudimos a todos, o la puta al río. Además que, honestamente, ...

Homesick

Edgar Allan Poe dijo una vez “uno solo sabe lo que es el hogar cuando ya no está en él”. Pensaba en esta frase, que probablemente no había pronunciado él, mientras observaba un paisaje árido por la ventanilla del avión. Quedaba poco más de media hora para aterrizar en El Cairo y yo ya empezaba a sentir cierto arrepentimiento, que no miedo. No volvería a casa hasta al cabo de un año y la pregunta que me surgía era… “¿Habrá hogar cuando regrese?”. Podía parecer una pregunta estúpida si una la toma desde el punto de vista más materialista, pero… ¿No cambiaría yo demasiado tras un año alejado de mí normalidad? ¿No cambiaría mi mundo un año demasiado sin estar conmigo? Empezó a agobiarme esa idea, que tras fregar las ruedas del avión en la pista de aterrizaje, iba a empezar un alejamiento progresivo, cuyas consecuencias no serían conocidas para mí hasta el momento de mi vuelta. Una parte de mí deseaba volver en el siguiente vuelo, o quedarme una semana de vacaciones y volver. Pero mi...

Vacuum & Miles

No podía sacar la cabeza del inodoro. Jhonny Crews se había pasado de nuevo. No era una sensación desconocida en él, más bien era algo habitual, semanal, casi rutinario aunque nunca planeado. Algunos días esnifaba una raya cuando detectaba que se había pasado con el bourbon. Esa raya era un estabilizante que eliminaba las náuseas de una sola inspiración, y disipaba toda señal de exceso etílico. Pero a veces no había cocaína y a veces ya se había cruzado un punto de no retorno en el que la única opción viable para el cuerpo para sobrevivir era expulsando todo lo que pudiera. Curiosamente Johnny Crews se levantaba al día siguiente como una rosa. La palabra “resaca” no existía en su vocabulario. Tenía un hígado forjado con los mejores tejidos de Dios, a prueba de bombas. A veces sus parroquianos le advertían “Crewy, algún día el hígado no te perdonará”, pero el siempre respondía, condescendiente, burlón “pues que se pudra, si me ha salido rencoroso, el hijo puta”. Crews trabaja...