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Mostrando entradas de 2017

Las campanas de Viana

- ¿Porqué me has traído aquí? - preguntó Ester. Estaban sentados en un banco de madera muy sencillo, dos piedras y un tablón de madera que las unía. Ella lo observaba a través de los rizos que colgaban por su frente, él observaba atento expectante hacia la iglesia. La iglesia era alta y aunque tenía encanto, la fachada no se conservaba en muy buen estado. Había distintos niveles con un tejado de madera oscura y una torre que se alzaba un poco más alto en el que había un reloj solar y una campana. - Ya lo verás - respondió él confiado, ilusionado. Ella puso cara de circunstancia, pues no parecía que fuera a ocurrir nada fuera de lo común en aquella iglesia cualquiera de cualquiera de los pueblos que quedaba a pocos kilómetros de la ciudad. Cruzó las piernas, apoyó el codo derecho en ellas y la cabeza la apoyó en la mano. Una ligera señal de aburrimiento. Aunque él seguía mirando fijamente la torre, sintió su falta de pasión y se vio obligado a iniciar conversación. - Esta mañan...

Las muelas del juicio

Observé que el “parroquiano” a mi izquierda pedía una copa sin hielo de Oban catorce y que la camarera, generosamente, llenó la copa hasta que terminó el contenido restante de la botella. Aproveché para pedir lo mismo, obligándola a salir de detrás de la barra de madera de cerezo rojo que la cubría de cintura para abajo. La perseguí con la mirada de camino al almacén y esperé, pacientemente y mirando de reojo, a que regresara de nuevo a su puesto para servirme. Había que quitarse el sombrero ante esa mujer, su único defecto era estar vestida. Con toda la simpatía y capacidad de seducción que pude juntar (e intentando evitar que me escuchara algún fanático de los buenos escoceses) pedí un hielo. Sin pinzas pero con la delicadeza de una princesa, sacó un hielo de detrás de la barra, apenas sin moverse, de algún rincón que era inaccesible a mis ojos. Sonrió al soltarlo y me miró a los ojos, me pareció hasta provocador si no hubiera sido porqué claramente, ese tipo de encanto tan na...

Míriam y Carlos

Basado en la puta verdad, mezclada con fantasía El paseo alrededor del lago Thörmsdal era una delicia. Un bonito camino de dos horas en el que los árboles se mezclaban, en una curiosa armonía, con las casas de colores vivos que se dejaban entrever escondidas tras los troncos. Iban cogidos de la mano, apenas gozando de la belleza del paisaje: mirarse a los ojos les parecía insuperable. Solo de vez en cuando se distraían para esquivar a otro paseante y aprovechaban para disfrutar del reflejo perfecto que ofrecía el lago, creando una estampa difuminada de verdes, azules, blancos, rojos y naranjas. Debajo del guante de ella se escondía un anillo de oro blanco con un diamante reluciente, pero este detalle es solo para el lector, en sus ojos todas las palabras necesarias ya estaban dichas. Él notó que la mano de ella se aflojaba. - ¿Estás bien? - Sí, no es nada. Me siento un poco débil. - Si quieres podemos parar y descansar. - No es necesario, no nos queda mucho para termi...

Ojos

Esa noche había una gran fiesta en la casa de los Rodríguez. Quién dice “casa”, dice “pequeña mansión” de cuatro plantas, con un jardín y piscina que eran la envidia de los vecinos y los invitados. La mitad de la primera planta estaba formada por un salón bastante grande, con puertas de cristal que daban directamente a la piscina y al jardín, pensada exclusivamente para los eventos sociales, no tenía otro uso. El resto de la casa era menos transitada por los invitados y se reservaba para los amigos más cercanos, aunque Selena Rodríguez (la matriarca) se aseguraba de describir con todo lujo de detalles el resto del “edificio”, creando una sensación de curiosidad e incredulidad en el oyente, clavando la estocada final con un “si quieres date una vuelta, discretamente, no quiero que esté después todo el mundo paseándose por la casa”. Así que todos los invitados en algún momento de esa noche o de noches anteriores habían cruzado el umbral del salón para adentrarse en el mundo más persona...

Capítulo 1

Estaba parado delante de la puerta de entrada del edificio, un bloque viejo de ladrillos vistos medio en ruinas. Iba mirando alternativamente un pedazo de papel pequeño y arrugado que sostenía en la mano y la placa del número del edificio. Coincidían. Con la otra mano secaba el sudor de su frente y se colocaba el pelo (liso y con una alopecia avanzada) hacia atrás. Pero David aún tardó un minuto más comprobando que no se tratara de un error, esperaba que en algún instante o bien la placa o bien su papel cambiaran mágicamente de número y se pudiera ir de ese edificio que probablemente estaba infestado de ratas, cucarachas, putas y yonquis. Finalmente, arrugando toda su cara como un estreñido, decidió entrar. Al abrir, se quedó con el pomo de la puerta en la mano, se quedó mirando con incredulidad esa pieza metálica que si algún día había sido dorada, hoy ya no quedaba ni un atisbo de su pasado, enterrado entre una gruesa capa de suciedad y grasa. La volvió a colocar con cuidado y e...

Pingüino

Entró en el servicio del centro comercial, su vejiga no estaba llena hasta arriba, pero pensó que sería mejor ir menos apurado por si finalmente la chica decidía irse a casa con él y se entretenían por el camino. Decidido, bajo la cremallera de sus "jeans" y dejo la manguera en modo automático, el caudal era expulsado con vehemencia. Una vez hubo vaciado el depósito, hizo unas cuantas sacudidas convincentes a fin de que no quedara ni una gota guardada en la recámara, esa hija-de-puta siempre preparada para salir en el momento menos oportuno dejando su impronta en los más pulcros y puros calzoncillos. Terminada su tarea se acercó a la pica pero, por desgracia de Miguel, una sorpresa vino en el momento de lavarse las manos.  Un gran espejo que ocupaba toda la pared del baño mostraba sin escrúpulos que había cometido algún fallo de cálculos. Unas gotas colocadas estratégicamente en la parte delantera de su pantalón daban fe de ello. Si él se había percatado, ella, observado...

Rizos

Estirados. Tenía la mano derecha apoyada detrás de su espalda y con la izquierda le acariciaba el pelo. Joan tenía el pelo oscuro, largo y rizado que atrapaba sin remedio los dedos de Eva, entonces hacían una suave caricia de regreso para desenredarse y poder seguir tocando una parte distinta de su cabeza. Estaban cara a cara, pero la mirada de Joan atravesaba los ojos de Eva, su piel, su carne, su cabeza... para posarse en un punto fijo y muerto de la pared, ausente de los tactos y las dedicaciones que ella le proporcionaba. Sin haberlo decidido, Eva sopló con fuerza por la nariz, como un acto reflejo al entender el motivo de su turbación. Él enfocó la mirada de nuevo y se percató de la llamada de atención. - Perdona - No hay nada que perdonar. Unos segundos de silencio paralizaron el tiempo en la habitación, los corazones no latían, los músculos se habían vuelto de cera, los dedos de Eva estaban encallados entre de los rizos de Joan, solo se podía percibir algo de vida en el e...

Arroz. Océano. Algas

Unos dedos recorrían mi espalda con movimientos irregulares, difíciles de predecir. Un escalofrío inundaba mi columna vertebral, un leve estremecimiento, al principio de placer, un placer que en unos segundos se transformó en incomodidad. Su otra mano pasó por mi costado derecho rozando toda mi piel a su paso hasta llegar a la espalda y se sumó en el vaivén de caricias. Llamó mi atención con su nariz, dando un ligero toque a la mía. Siempre es un aviso previo a un beso. Sus ojos azules se clavaron en mi, primero grandes, abiertos redondos, parecían no tener fin. Bajó ligeramente las cejas de manera inconsciente convirtiendo la profundidad en deseo. Por un instante me pareció ver otros ojos, verdes como un campo de arroz que se mece con el viento. Sus labios callaron mis confusiones. Mientras nuestras lenguas se visitaban le agarré un pecho. No era muy grande, cabía completamente en la palma de mi mano, era un pecho duro. Un pezón bastante largo se escabullía en el espacio entre mi...