Roberto Maduro
Roberto Maduro era infantil. Roberto a veces confundía su nombre por el de Jack, o por el de Johnny, a veces se llamaba a si mismo Glen, pero todos sabían quién era sin saber su nombre, y nadie quería saber dónde cojones estaría viviendo. Nadie pensaba en qué posible antro de mierda podría cobijarle. No había relojes en su casa, ni teléfonos móviles. En su hogar el tiempo se medía con botellas vacías, los minutos se contaban con tragos de menos, sin días, sin horas. El tiempo solo se podía medir en grados. En sus cuarenta bien entrados se sentía como un crío asustadizo, un chaval que aún no sabía de qué iba todo esto que tanta veces oía que llamaban “vida”. Vida. ¡Ja! Vida, con ese orden pretencioso, con esas letras pretenciosas, cómo si por el simple hecho de llamarse “vida” tuviera que ser algo vivo, vital. Él era una planta, (lo menos vivo de todo lo vivo) que solo absorbía lo justo para la vida, lo mínimo. Una planta que ya no puede crecer más. Una planta sin flo...