Ebony

(Clica para escuchar la canción para el relato, una vez se abre el Myspace hay que pulsar el botón "play" en la canción "Ebony" 1)


Afuera de la habitación oscurecía, el cielo casi negro, los gatos paseaban por los tejados mirando arriba a ver si encontraban a la luna, pero no había ningún rastro de luz en el cielo. Ni las estrellas brillaban en esa oscuridad.

El sol hacía horas que se había ahogado en el mar, se había precipitado, suicidado a las aguas. Y la luna que se sentía culpable no se atrevía a sacar la cabeza. Pero los gatos sabían que estaba por allí escondida entre los árboles de algún bosque. Quizás detrás de alguna montaña o en la otra punta del mundo.

Un gato negro dejó de merodear y se quedó sentado moviendo la cola esperando, porqué tarde o temprano la luna se presentaría delante suyo, esperando no ser vista.

Mientras, dos amantes perdieron la noción del tiempo, quizás llevaban diez minutos abrazados. Parecía que hubieran pasado veinte pero pensaban que como mucho llevaban un par. Una sensación extraña, tenían la vivencia de que el tiempo se estuviera dilatando, pero lo concebían contraído.

El espacio era suyo, la gente de su alrededor había desaparecido. Con los ojos cerrados no había mundo, no había gente, no había habitación, ni sábanas, no había pasos, ni ruidos, ni coches, siquiera luz, siquiera un rayo de luz que los travesara, que los calentara. Tenían los huesos congelados, la piel permanecía caliente.

Anna se apartó de él y lo miró a los ojos. Los tenía resplandecientes, húmedos, una mirada cuya significación podría escribirse un libro entero. Una mirada que representaba lo universal, a la humanidad en su conjunto, una mirada que expresaba en un solo segundo la derrota del espíritu por el corazón.
-          Deberíamos irnos de aquí
-          Deberíamos no haber llegado siquiera, Anna.

La habitación olía a ébano, a té y un poco a tabaco. Anna se puso el sostén de pie, de cara a la cama donde aún estaba Marc tumbado de lado contemplando el vello corto de su vagina, con un cigarro apoyado en la boca que se consumía en sus labios sin que las manos intervinieran.

Miraba su vagina hipnotizado, la adoraba, pensaba en mil razones: porqué le gustaba como olía, como sabía, porqué siempre estaba dispuesta a recibirlo, por su color, por como se enrojecía, por su calidez, por su tacto, por su reacción al morder los labios… pero ante todo, adoraba la vagina de Anna porqué era de Anna.

Todo lo perteneciente a Anna era, sencillamente, lo único que deseaba.
-          Deja de mirarme así, puede llegar en cualquier momento.
-          Quizás algún día debería llegar y encontrarnos
-          No seas estúpido
-          Estoy harto de ser tan inconstantes, de ser tan fugaces, siempre fugitivos.
-          Pero eternos
-          ¿de qué coño me sirve lo nuestro eterno si no puedo verte cada día?
-          Siempre ha sido como ha sido, y como lo hemos querido, ¿no?

Marc no estaba acostumbrado a tener lo que deseaba, se había acostumbrado a tener que perseguirla, a tener que mirarla desde lejos sin poder tocarla. Estaba acostumbrado a soñarla, a verla en los espejos, a imaginarla en los escaparates de tiendas caras, a inventarla en las mesas de los restaurantes del barrio gótico.

Marc había creado su vida en base a qué Anna pudiera ser de cualquiera menos para él.

Desde hacía unos meses todo había cambiado. Anna estaba cerca, más cerca que nunca. Sin razón alguna, como un premio a la espera, un premio al amor duradero. Una tregua, un “te lo mereces”. Para Marc era una cuestión de justicia.

Para Anna la explicación era más sencilla, después de muchos intentos desesperados de aferrarse a un ideal de hombre que nacía de sus sueños húmedos de adolescencia había decidido probar algo distinto. Un ideal que se desmoronaba en cada intento de relación que tenía. Su marido, Jordi, era otro ejemplo más de la poca correspondencia entre lo soñado, lo deseado y lo que a uno le vale en la realidad.

Para Anna, Marc era solo ese hombre bueno que iba a tratarla bien. “Quizás un nuevo ideal por fracasar” pensaba a veces Anna.   

Marc era consciente de esta excepción, este cambio de rumbo espontáneo decidido por la desesperación de Anna, por ese momento de lucidez. Y como bien sabía, la lucidez es temporal, es un momento, es como una bombilla de una cámara de fotos antigua: explota, hace que se mantengan los ojos de todo el mundo abiertos pero luego se apaga y los ojos se cierran para recuperar la claridad de visión.

Marc temía que la lucidez de Anna desapareciera, que dijera “ha sido todo un error”. Que volviera a ser esa Anna desconocida y amada lejos de sus brazos. Otra Anna, con las piernas abiertas a amores ajenos. No más besos ni perfume de Armani para Marc.

Para ambos era un intento de acercarse a algo parecido a la felicidad.

Se miraban a los ojos fijamente como si todos esos intentos de ser feliz que llevaban haciendo durante meses fueran a durar eternamente. Pero él era un escéptico, un soso, un pesimista, un infeliz, al fin y al cabo.

Sospechaba, sospechaba cuando iba a terminar ese mazazo justiciero. Todas las grandes cosas en su vida tenían fecha de caducidad, incluso Anna.

Al final todo terminaría, temprano más que tarde.

Marc sería como otro ideal muerto más, un ideal consumido como el cigarro de sus labios, y el único recuerdo quedaría grabado en la cama de Anna, una marca más esculpida en  ese cabezal de madera de ébano, y clavado en su corazón.

Un recuerdo eterno y sincero de un instante de felicidad pueril y pasajero.

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