Una sonrisa
Acababa de aterrizar en una ciudad nueva en la que, tras quince minutos de trayecto en taxi del aeropuerto al Hotel, habían sido más que suficientes para darme cuenta de la cantidad de encanto de la que carecía. No solo por su arquitectura (que incluso utilizar este término es casi hiperbólico) como por el ambiente decadente de sus ciudadanos. Al entrar al Hotel mi decepción fue total. Era horroroso, acorde a la ciudad. Eso sí, la habitación era tan agradable como en las fotografías que me motivaron a reservarlo. Quería intercambiar cuatro frases con el joven venezolano que regentaba el lugar, pero estas se veían dificultades por su gran afán en fijar su mirada al teléfono móvil que tenía tras el mostrador y a decir "¿eh?" sin mirarme a los ojos cada vez que pronunciaba una frase. De la conversación llegué a la conclusión de que no era muy recomendable andar con muchas cosas encima, y que sobretodo no se me ocurriera salir cuando oscureciera. Eso me dejaba una hora de paseo t...