Una sonrisa
Acababa de aterrizar en una ciudad nueva en la que, tras quince minutos de trayecto en taxi del aeropuerto al Hotel, habían sido más que suficientes para darme cuenta de la cantidad de encanto de la que carecía. No solo por su arquitectura (que incluso utilizar este término es casi hiperbólico) como por el ambiente decadente de sus ciudadanos. Al entrar al Hotel mi decepción fue total. Era horroroso, acorde a la ciudad. Eso sí, la habitación era tan agradable como en las fotografías que me motivaron a reservarlo.
Quería intercambiar cuatro frases con el joven venezolano que regentaba el lugar, pero estas se veían dificultades por su gran afán en fijar su mirada al teléfono móvil que tenía tras el mostrador y a decir "¿eh?" sin mirarme a los ojos cada vez que pronunciaba una frase. De la conversación llegué a la conclusión de que no era muy recomendable andar con muchas cosas encima, y que sobretodo no se me ocurriera salir cuando oscureciera. Eso me dejaba una hora de paseo tranquilo sin tener que sufrir por ser apuñalado o robado. Puesto que tenía la plaza central a escasos diez minutos, decidí que podía ser un trayecto suficientemente seguro para ir y volver a resguardarme al Hotel.
Durante el camino corroboré mi prejuicio inicial acerca de la ciudad, y mantenía constantemente la mano derecho en mi bolsillo derecho salvaguardando mi teléfono, mi única pertenencia (exceptuando el clínex usado de mi bolsillo izquierdo). El paseo resultó tranquilo y la plaza principal, coronada con una catedral de estilo neoclásico que era sorprendentemente bella, sumado a un cielo que iniciaba su caída del sol anaranjando muy levemente el cielo, resultó en una estampa que disipó mi actitud reacia inicial.
Era consciente de que era un blanco fácil (en todos los sentidos), y eso hacia que de vez en cuando se acercaran algunas personas y se ofrecieran a venderme cualquier artilugio, chatarra y/o alimento que rechazaba con mi máxima educación.
Una paradita al final de la plaza me llamó la atención y me acerqué, descubriendo que había varios puestos callejeros de bisutería y comida que iban bajando desde una de las calles de la plaza. No podía ver el fin, pero como no tenía prisa, decidí llegar hasta el final de los puestos callejeros aunque no podría comprar nada por mi excesiva y obsesiva precaución a no llevar nada encima.
Mi sensación de seguridad y la de alerta convivían en una especie de equilibro extraño. Había muchas personas con cara amable y algunos que se intuían maleantes. En una esquina un chico probablemente más joven que yo estaba preparando la jeringa para pincharse. Evité el contacto visual.
Los puestos callejeros acababan, pero a una distancia de tres calles más se vislumbraban unas palmeras que podían significar la ubicación de un parque agradable. A pesar de lo poco recomendable de seguir adentrándome más en la ciudad a esas horas, a lo máximo que me podía exponer era a que me robaran y me sabría orientar lo suficientemente bien para regresar al Hotel a llorar. Así que decidí dejarme llevar por la aventura hasta las palmeras que, efectivamente, eran la entrada de un parque que, aunque no era muy bonito, tenían un centro comercial con luces de neón chillonas pero "molonas" (he aprovechado la rima) y por encima de las palmeras se veía una luna casi-llena, brillante, preciosa. Siguiendo la dirección de la luna y cruzando el parque por la misma acera del centro comercial, vi de lejos unas carpas blancas y, querido lector, ya ves como va esta historia, "¡Qué coño, vamos a ver que hay!", y acabé llegando a un mercado ambulante que vendía artesanía preciosa (que tampoco podía comprar) pero si disfruté paseando y saludando a los distintos artesanos que me decían "con gusto mire", "para servirle" o "siga" alternativamente.
Al final del mercado había un puente donde cruzaban los viandantes, que pasaba por encima de una carretera de tres carriles para cada dirección. Me puse a observar el puente y vi a lo lejos algo que parecía las agujas de una iglesia gótica. Me sorprendió, puesto que al buscar en la guía recomendaban poco más aparte de la plaza central, algunos museos y por encima de todo, actividades en las afueras de la ciudad, cosa que poco me asombró.
Como dice el dicho, "si el cuchillo no va a las costillas... las costillas van hacia el cuchillo". Ni corto ni perezoso, crucé el puente, cada vez más lejos de mi zona de confort (creada en tan solo una hora) y fui a buscar esa extraña iglesia.
Tras cruzar el puente apareció una calle colorida con paraguas de colores que la cubrían, bares con música agradable y gente en terrazas y balcones tomando bebidas en vasos de colores que confortaron ligeramente mis alertas. Pero mi destino no eran los bares (en esta ocasión) empecé a callejear mirando al cielo buscando indicios de agujas góticas. Siempre podía preguntar, pero no quería evidenciar más todavía que no pertenecía a ese lugar.
Finalmente encontré, efectivamente una iglesia de estilo neogótico con toques coloniales (suena pedante, pero leí la placa) que era bonita, realmente bonita además de ser una buena sorpresa en la ruta en la que una cosa me fue llevando a la otra. Tras echar la foto de rigor y mirando un cielo cada vez más oscuro y una luna cada vez más brillante decidí retomar mi camino de regreso.
Cuando estaba de vuelta por el puente un cielo naranja estalló en mi cara, apaciguando mi corazón. Vi que había cuatro o cinco personas haciendo fotos y me sumé al grupo, "o nos roban a todos o la puta al riu". Incluso una chica adolescente se puso de pie en la barandilla del puente a hacer una foto fantástica para las redes sociales. Una señora bajita, morena, probablemente de más de 70 años exclamó mientras fotografiaba "¡Uau! Hacía meses que no veía un cielo así aquí". Pensé que hasta los atardeceres bonitos se resistían a la ciudad feúcha. Le dije "¿Es eso cierto? Pues yo me he quedado sorprendido, pero apenas hace una hora que he llegado y he pensado que debía ser siempre así". Y la señora sonriéndome, marcando todas las arrugas alrededor de sus ojos y sus mejillas (y cuantas más arrugas contaba más amabilidad percibía) me dijo "Pues que sea usted muy bienvenido a nuestra ciudad, y ha tenido la dicha de poder ver esta puesta de sol". Me despedí con un grado de amabilidad parejo y seguí mi camino de vuelta.
Ya quedaba poco para llegar a la plaza central cuando una chica de probablemente mi edad, pero tremendamente desgastada por la propia vida, por la pobreza o por el consumo (era difícil distinguirlo) se me acercó con un objeto en la mano que parecía un chubasquero pero no lo acabé de identificar. Sonreí e hice un gesto amable con la mano abierta de "parada" mientras ella me decía "señor, me compra..."
- Lo siento, no puedo comprar nada, es que no llevo nada encima.
- Pues, ¿me daría una monedita, señor?
- No te engaño, la verdad es que no llevo nada
Yo seguía andando, mirándola y ella seguía a mi lado, mirándome:
- ¿Y un billetito no me daría? - todo en diminutivo que siempre parece que es menos de lo que uno pide.
- De verdad que no llevo nada, no llevo ni cartera, he salido a pasear poquito rato - (Tampoco quiero parecer un buen tipo, lo cierto es que de llevarlo, tampoco me la hubiera jugado sacando la cartera en ese lugar).
- Bueno "mor", pero una sonrisa si podría darme ¿Cierto?
Y con la mejor y la más auténtica de las sonrisas que me arrancó, con su tono tierno, meloso, le dije "Claro, eso siempre se lo voy a dar". Sonrió de igual manera. Allí me di cuenta de que le brillaban un poco los ojos, eran de marrón claro. Eran bonitos. Seguramente sería una mujer preciosa si hubiera tenido la suerte de tener otra vida. Dijo "Que bien, que gusto, que tengas una buena noche".
Y me enamoró su orden de prioridades, sin engaños: Primero la moneda, subiendo la apuesta al billete, y finalmente, la más alta de todas y la más valiosa... la sonrisa.
No como alguien que claramente quiere estafarte, que primero te pide la sonrisa para rápidamente después pedirte el billete.
Y me pasé el resto del camino pensando en ella, su tez tostada pero igualmente sucia, con un pelo castigado, encrespado y ropa vieja, tan sucia como su cara. Eso si, sus ojos puros, amables y con una sonrisa capaz de arrancar las nubes del cielo y haciendo del todo innecesaria su venta de chubasqueros.








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