Residencia Maravilla
Cada vez que veía el cartel de la puerta, me sentía un poco peor por haber dejado a mi madre en ese sitio. No es que fuera una mala residencia, ni mucho menos, las celadoras se antojaban la mar de amables y siempre que la visitaba, por lo menos dos veces por semana, mi madre estaba bien peinada, bien vestida, limpia y como una chota. Pero eso no era culpa ni de la residencia, ni de mi madre, ni tampoco mía. No había a quién culpar, solo había que aceptarlo. Ahora hacía ya siete años que le habían diagnosticado Alzheimer. Menudo regalo le hizo Dios para sus ochenta. Lo celebramos en casa de mis padres, con algunos primos y sus hijos, comimos bien, ella estaba feliz rodeada de la familia y llegó el pastel. "¿Porqué comemos pastel?", todos nos reímos, nadie quiere cumplir años, y cuantos más años tienes, menos ganas tienes de cumplirlos. Repitió la pregunta, irritada. Todos quedamos en silencio. "Mamá, es tu cumpleaños", y ella se recompuso, sonrió, "Claro, cla...