Caja
Dan se acordaba de la última vez. ¿Que haría ya?, ¿tres años? No había parado de vomitar durante tres días seguidos. No había ni bebido demasiado, ni comido nada que pudiera resultarle perjudicial. Pero vomitaba como un desgraciado porqué sabía que lo merecía. No lo provocaba, pero una especie de fuerza visceral le apretaba el estómago hasta vaciarlo por dentro. En aquella ocasión cuando se quedó vacío, bebió y bebió de un whisky rancio comprado a granel en la bodega del barrio. Sabía a madera poco refinada y porosa, un mal whisky sin apenas madurar. Pero el buen beber es para el que está saciado, la bebida barata es para aquel que le queda todo por aprender. Pero Dan no consiguió olvidar a los labios de Rosa, los tenía presentes en todo momento. No había licor capaz de borrar el desamor de una alma atormentada. No había brebaje en el mundo, ni mujer alguna que pudiera hacer desaparecer los labios de Rosa. Pero eso fue hace tres años, y Rosa voló de su cabeza. Primero voló al ...