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Mostrando entradas de mayo, 2012

Caja

Dan se acordaba de la última vez. ¿Que haría ya?, ¿tres años? No había parado de vomitar durante tres días seguidos. No había ni bebido demasiado, ni comido nada que pudiera resultarle perjudicial. Pero vomitaba como un desgraciado porqué sabía que lo merecía. No lo provocaba, pero una especie de fuerza visceral le apretaba el estómago hasta vaciarlo por dentro. En aquella ocasión cuando se quedó vacío, bebió y bebió de un whisky rancio comprado a granel en la bodega del barrio. Sabía a madera poco refinada y porosa, un mal whisky sin apenas madurar. Pero el buen beber es para el que está saciado, la bebida barata es para aquel que le queda todo por aprender. Pero Dan no consiguió olvidar a los labios de Rosa, los tenía presentes en todo momento. No había licor capaz de borrar el desamor de una alma atormentada. No había brebaje en el mundo, ni mujer alguna que pudiera hacer desaparecer los labios de Rosa. Pero eso fue hace tres años, y Rosa voló de su cabeza. Primero voló al ...

Flores

Salían cogidos de la mano él y su hija de ocho años, era un jueves de primavera y el sol de mayo estaba en el punto más alto del cielo, poderoso y sin nubes que le hicieran sombra. Él en la otra mano tenía un ramo de preciosas margaritas con un corazón de color amarillo girasol y unas largas lígulas blancas. A cierta distancia no se percibía el olor, pero si uno acercaba la nariz al ramo, desde treinta centímetros ya se podía sentir cierto aroma a campo. La margarita no era la flor más bonita del mundo, pero son las que le encantaban a su esposa porque le recordaban al pueblo donde nació, su casa estaba rodeada por prados con margaritas. Al salir de la tienda pasaron por una de las calles importantes de la ciudad, que estaba llena de centenares, quizás más de mil personas que la cortaban con pancartas y gritos. - ¿Papá, porqué hay tanta gente en la calle?, ¿Hay una feria? - No, no hay ninguna feria cariño - ¿Entonces cómo es que hay tanta gente en la calle? - Es una manifestac...

En la cuna del aire

(Música para acompañar el texto) Le fascinaba observar como la punta del cigarrillo se sonrojaba con fuerza cada vez que aspiraba un poco del humo que soltaba, como si sintiera vergüenza de que la besaran en la boquilla. Con la última bocanada de humo se quedó perplejo contemplando como una parte de su alma se escapaba por su nariz y se la llevaba el viento, dejando un cuerpo inútil y vagabundo. El viento soplaba sin parar. "Es Tramuntana" pensaba Pau, "no se como pero llega hasta aquí". - Sopla sin interrupción para que vuelva a mi hogar, se lleva mi alma para dejarla clavada donde pertenece, para que vuelva... - divagaba. En el viento viene y va una respuesta, pero él con el cuerpo frío, el cigarro caliente y con los oídos tiritando de miedo por si la escuchan. Su eterno miedo a echar raíces le provoca el desarraigo en el corazón, que le pide un lugar fértil donde poder florecer todo el amor que tiene dentro. Pero el alma es impaciente y se subleva cua...

Precios...

- ¿Cuanto vale tu amor? Samantha se quedó extrañada, pero siendo un cliente tan apuesto y elegante decidió continuar con su juego. Iba vestido con camisa de un color azul satinado, americana y pantalones negros. Tenía una voz áspera pero agradable. - Sesenta, media hora, hago lo que me pidas. - ¿Como te llamas? - Hoy Samantha - y se rió de su propia broma. - Solo quiero un rato de amor, con menos tiempo me basta. - Lo se corasón, a todos con menos tiempo os basta, pero media hora es lo mínimo. Además no pareces del tipo de gente que tiene problemas con la plata. Ningún problema. A Raúl le sobraba el dinero, como también le sobraban los dolores de cabeza. - ¿Cuanto me cobras por un abrazo, solo un minuto? A Samantha nunca le habían pedido nada parecido. De cosas raras lo que quisieras, que si "hacerlo con mi mujer mirando", que si "con cámaras filmando", que si "ponte este vestido de hombre y un arnés y dame duro"... de lo más bizarro e inimagin...

Los labios de Julia

Saúl hacía un par de años que no regresaba a su pueblo natal. Pero después de la muerte de su madre a causa de un paro cardíaco mientras dormía, decidió (casi por obligación) que era hora de volver. Saúl siempre había tenido una relación muy cordial con sus padres, no con demasiado apego, pero los quería. Visitaba poco a sus padres, sobretodo por la desagradable sensación que tenía al marcharse con el tren. Quedaba cinco minutos embobado mientras miraba por la ventana sin poder apartar la mirada del paisaje y pensaba en que "quizás no debería haber abandonado nunca el pueblo". Evitando la nostalgia del despido de su tierra quedándose en la ciudad, le autoafirmaba que "donde estoy ya estoy bien". En realidad, su pueblo natal no quedaba tan lejos, a unas tres, casi cuatro horas en tren. Pero en la ciudad siempre hay cosas que hacer. Casi siempre eran los padres que iban a visitarlo, hasta que su padre murió, hacía cinco años. Él solo regresaba en las fechas señal...