Diosa de la Guerra
Salía del baño. Notaba mi frente sudada, gotas gordas caían entre mis cejas y por la sien. Me sentía nervioso, me movía inquieto, me temblaba la voz. Podía sentir como de las axilas de mi camisa se iba acumulando un sudor que ya era perceptible a la vista de cualquiera que estuviera cerca, y pronto iba a ser perceptible también su olor. Notaba como la gente a mi alrededor me miraba, no con extrañeza, no juzgándome, simplemente eran observadores pasivos, un público muerto imposible de impresionar pero atento a cualquier situación que se saliera de su normalidad, algo que se saliera de su café con croissant y su zumo de naranja, algo que se saliera de su periódico local con noticias aterradoras leídas con una mirada aséptica. Ver a un individuo pasar un mal rato tampoco les producía ningún tipo de emoción especial en sus vidas rutinarias y fabricadas en serie, pero quizás era más emocionante que pensar en su desgraciada y pobre existencia. Ahí estaba yo en medio de un bar mal decor...