Hipocondría

No importa mi nombre si no quién o qué soy. Y si me preguntas qué o quién soy, ahora mismo te respondería que soy hipocondríaco. Si algo me define, sin duda alguna es esto. Soy consciente plenamente de ello, pero en mis ataques hipocondríacos no distingo si lo que me ocurre es cierto o es una falsa alarma. Puedo definir toda mi vida a través de este patrón, por esa razón si me preguntas qué, quién o cómo soy te diré que hipocondríaco.

Comúnmente la hipocondría es conocida por creer tener alguna enfermedad grave sin fundamento, aunque yo diría que se puede y se debería definir de un modo completamente distinto. En mi caso además, hay fundamento, el miedo no aparece tras la nada, siempre tras una reacción física, un dolor abdominal, una presión en el cráneo, un palpitar extraño en mi corazón… todas estas cosas pueden ser fácilmente síntomas de apendicitis, de un tumor cerebral o de un paro cardíaco.

Hipocondría es vivir cada día pensando en qué vas a morir. Es ser un ser para la muerte. Estar a un paso de la muerte, tener un pie a cada lado de la línea entre la vida y la muerte. Ser como yo es ser consciente no solo a diario sino constantemente de qué la muerte nos acecha en cada pequeña acción que hacemos. Es pensar cada noche que quizás ya no vas a despertar.

Es ser consciente que la ciudad está llena de esquinas y que en cada esquina acecha la posibilidad de fallecer. Es negarse a vivir como si no ocurriera nada, como si todo estuviera bien. En el mundo mueren cada día más de 150.000 personas, sé que mañana puedo ser yo. No, sé que mañana seré yo. Y lo sé cada día.

Hay quién piensa que no se puede morir o que hay algún tipo de vida tras ella. Yo eso no lo puedo saber, sé que hoy estoy aquí y mañana ya no voy a estar, que mi consciencia como tal puede desaparecer, y sin ser conscientes de quién somos… ¿Quiénes somos? ¿Qué somos?

El vacío de respuesta es lo que genera el miedo, no es una simple incertidumbre de algo que no se puede saber, es un miedo mucho más atroz. El miedo a qué llegue el momento fatídico en que ya no seas, el momento en qué ya no puedas hacer ninguna pregunta, el momento en el que pierda sentido hacerlas. Preguntas que ahora si os puedo responder.

Me llamo Antonio y me voy a morir. Mi vida es lo opuesto al Carpe Diem y a la vez parecido a él. Ser como soy no me impide disfrutar de las cosas, las disfruto pero soy consciente de su finitud, y a veces consciente del peligro que pueden suponer ciertas actividades placenteras para mí, cosa que no me frena a hacerlas. No me quedo en casa encerrado “esperando” el final, ni aterrado incapaz de salir fuera. Convivo con el miedo.

Ustedes, si están leyendo esto, deben saber que también van a morir en algún momento, aunque no les deseo que les cunda el pánico. No les deseo ni el miedo constante en cada minuto, el mismo miedo de estar mirando al vacío desde un décimo piso, viendo el final a un paso pero sin poder llegar a caer en él.


Estoy tan convencido de que voy a morir que ya he pagado mi entierro y mi lápida. En ella se podrá leer “Os dije que estaba enfermo”.

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