Los seis elefantes y el ciego

Ocurrió en la India mucho tiempo atrás, un rey cogió para su divertimento a uno de los hombres más sabios de la ciudad y que además era ciego. No era la ceguera lo que lo hacía sabio pero sí lo ayudaba a ser respetado por todos. El rey dejó a ese hombre en medio de su patio central del palacio en el que además habían seis elefantes grandes.

Cerró las puertas de los jardines y se quedó en un gran balcón sentado en una butaca acolchada a observar lo que sucedía.

Uno de los elefantes, decidido se acercó al ciego y lo rodeó con la trompa. El ciego, callado, aunque asustado se quedó inerte como un palo esperando saber cuál iba a ser su destino, su muerte, sin comprender porqué había sido arrojado a los elefantes.

El elefante estrujó un poco al ciego y se dio cuenta de su blandura. Luego lo levantó y fue consciente de su levedad. Enseguida perdió el interés, lo soltó y se quedó a su lado, ignorándolo.

Un segundo elefante se acercó al hombre y se arrodilló, mirándolo a los ojos. No siendo correspondido, puesto que el ciego podía corresponder con el habla pero no con la vista, se volvió a levantar descubriendo a un animal más bajo que él, que fácilmente podría aplastar con una pata, dejándolo muerto sin hacer el menor esfuerzo. Un animal así no podía ser ninguna amenaza. Y se quedó allí, al lado de su primer compañero elefante.

Prosiguieron el tercer y el cuarto elefante, se acercaron y con un movimiento de lomo lo barrieron, se lo pasó el tercero al cuarto, y cuando este hizo el mismo gesto, el impulso tiró el ciego al suelo. Se levantó sin quejas ni súplicas de ningún tipo, pensando que el menor movimiento haría asustar a los elefantes (qué por otro lado, no sabía cómo eran, pues no había tenido ocasión de tocar ni ver a ninguno) y haría que arremetieran contra él. O en el peor de los casos, el rey se mostraría furioso por no haber podido satisfacer su espectáculo y lo mandaría a degollar, puesto que deducía que estaba por ahí por su condición de ciego, y no por su condición de sabio, ni siquiera por su condición de hombre.

Solo tenía que esperar a qué uno de los dos bandos se aburriera, los elefantes o el rey.

Un quinto elefante se acercó, observó al hombre durante un minuto, ladeó la cabeza como si se cuestionara su existencia, su comportamiento y luego levantó la trompa e hizo un berrido ensordecedor, el ciego se tapó los oídos y pensó que el rey les estaba provocando para que le atacaran, pero pasaron diez segundos y no había ocurrido nada.

El sexto elefante se acercó lentamente, con pisotadas muy fuertes y el suelo empezó a temblar. El ciego sentía un terremoto intenso a sus pies. Se quedó enfrente suyo y siguiendo su ejemplo, los otros elefantes formaren un círculo alrededor del ciego. Acto seguido, todas con su trompa le rodearon las extremidades, el troncao, la cabeza y presionaron hasta un punto doloroso para el ciego, que por primera vez empezó a levantarse y quejarse, a rezar perdón al rey por ese castigo azaroso, que hasta empezaba a creer merecer sin conocer exactamente su razón. Pedía clemencia.

Cuando sentía que un poco más de presión iba a hacer que sus huesos se quebraran y crujieran, los elefantes pararon y se fueron alejando poco a poco. Como si agarrando al hombre hubieran mantenido un diálogo, una conversación conjunta sobre la naturaleza, sobre el ser que tenían delante y habían tenido al final todos el mismo criterio. Estaban de acuerdo con la conclusión tras jugar e investigar con él. Experimentaron con él y ya de acuerdo podían volver a sus quehaceres elefantinos. Lo tenían muy claro.

Eso era el hombre, algo insignificante, un ser sin sentido y en busca de él, despreciable, desnudo y frágil entre los animales y los Dioses, despreciado en un reino y ninguneado en otro. Un trozo de carne débil, un ser pusilánime, sin razón que le salve, un ser que merece ser ignorado, fácilmente aniquilable y que en el mejor de los casos, si fuera sabio de verdad, el mismo hubiese tomado ese destino.

Característico del hombre es que, a pesar de que la realidad se le escape de las manos, de que no depende de él el cambio en el mundo, sigue soñando y rezando para que toda desgracia que le atañe desaparezca. Que algo o alguien le ayude, que alguien le salve, le absuelva de sus errores y sus pecados.

El ciego quedó en el suelo con algunas costillas rotas y con sangre en la nariz. Se levantó y continuó caminando, esperando a que algo o alguien lo salvara. Miró hacia el cielo buscando el palco en el que estaba el rey mirando esperando que velara por su vida. Mirar al cielo le dio las fuerzas para levantarse y andar.

El rey pidió a unas esclavas que recogieran al ciego y lo devolvieran a la ciudad, que volviera a su hábitat "natural", que si requería de sus servicios lo volvería a llamar para qué acudiera.

Como si pudiese negarse.

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