Helarse en el infierno
Una gota resbalaba delicadamente por mi mejilla. Sentía cada pequeño paso que daba. Lo notaba sobre todo por que ardía, la lágrima dejaba un reguero de cenizas por donde pasaba. Ella, como si quisiera atraparla y acabar con mi sufrimiento acercó su mano y frenó su caída antes que llegara a la mandíbula. Nos miramos fijamente, aparté la mirada asustado y cerré los ojos. Al cabo de unos segundos su aliento caliente se pegó en mis labios, casi podía saborear la mezcla del tabaco y el vino, podía oler el engaño en su "lo siento". La saliva fue la pista de baile perfecta para que nuestras lenguas bailaran un tango salvaje. Ella apretó con su mano mi espalda, invitándome a juntar mi pecho con los suyos. Empezó a respirar fuerte. Con un movimiento serpenteante y con la ayuda de su mano izquierda se quitó los pantalones, las bragas y los calcetines. Yo la ayudé con el resto. Ella me desnudó, me empujó en el sofá y se me puso encima. Su pelo castaño cayó encima de mi car...