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Mostrando entradas de 2016

Helarse en el infierno

Una gota resbalaba delicadamente por mi mejilla. Sentía cada pequeño paso que daba. Lo notaba sobre todo por que ardía, la lágrima dejaba un reguero de cenizas por donde pasaba. Ella, como si quisiera atraparla y acabar con mi sufrimiento acercó su mano y frenó su caída antes que llegara a la mandíbula. Nos miramos fijamente, aparté la mirada asustado y cerré los ojos. Al cabo de unos segundos su aliento caliente se pegó en mis labios, casi podía saborear la mezcla del tabaco y el vino, podía oler el engaño en su "lo siento". La saliva fue la pista de baile perfecta para que nuestras lenguas bailaran un tango salvaje. Ella apretó con su mano mi espalda, invitándome a juntar mi pecho con los suyos. Empezó a respirar fuerte. Con un movimiento serpenteante y con la ayuda de su mano izquierda se quitó los pantalones, las bragas y los calcetines. Yo la ayudé con el resto. Ella me desnudó, me empujó en el sofá y se me puso encima. Su pelo castaño cayó encima de mi car...

Niños grandes

Estábamos en la cama recostados, cada uno leyendo su libro. Yo estaba con "Las flores del mal" de Baudelaire, libro que ya había leído muchas otras veces, pero me gustaba algo de poesía breve antes de ir a dormir. Gabriel estaba leyendo "Cien años de soledad" de García Márquez por primera vez. Le obligué casi a que lo hiciera, argumentándole de la manera más estúpida que cómo podía ser que no hubiera leído un libro cuyo autor tenía el mismo nombre que él. Como si estuviéramos hablando del tiempo le dije con el tono más neutro posible: - Hoy me enamoré... - ¿Otra vez? Él también respondió con toda la normalidad del mundo. - Sí, creo que me enamoré, pero sólo fue por unas horitas. - ¿De quién? Gabriel me comprendía. Eso era ya mucho más de lo que yo jamás podía pedirle a alguien. Era rara, siempre lo había sido y siempre lo había sabido, un poco excéntrica y un poco loca dentro de lo honestamente aceptable. Una de mis rarezas (que jamás había entendido porque...

Un "vuatúr"

No tengo ni idea de cómo habíamos llegado a ponernos en esa posición tan incómoda, que paradójicamente resultaba la única posible, a la vez que muy estable. Casi diría que cómoda. Su pierna derecha desnuda (que vale la pena decir que hacia tiempo que no se había depilado) me rozaba la mejilla izquierda. Con el vaivén, horas más tarde aún me escocía y la tenía rosada como una mala cosa. Bueno, a lo que iba, la pierna derecha levantada, con la izquierda me rodeaba el cuerpo y me apretaba el culo impulsándome hacía su interior, y dejándome la libertad justa para mover mis caderas hacia atrás cada vez que la penetraba. No paraba de mover los brazos buscando el sitio idóneo para colocarlos, a veces apretando el cristal, a veces cogiéndome por la espalda, a veces acariciándome la cara... era un nervio. Yo estaba con las rodillas apoyadas y los pies en alto, tenía que hacer una obra de equilibrio magistral, y aún así, en cada penetración conseguíamos que nuestras caras quedaran a escas...

Soltar una piedra

"Citas a través de internet...¿Quén cojones querría buscar pareja así? Hay mil maneras más auténticas de conocer gente", me solía decir, y solía decirle a  Manu cada vez que una de nuestras amistades iba encontrando amores a través de una pantalla. Me parecía frío, estéril, parecía que eso no podía ser de ninguna manera amor, era... amor a la carta, seleccionar el amor, y eso sin duda resulta muy en contra del amor. Aberrante, esa sería la palabra, aberrante. Lo completamente opuesto a enamorarse, sin duda. Pero rápido es el tiempo a la hora de hacer tragar palabras, tan rápido como el tiempo que tardó Manu en hacer las maletas. Casi pareció que huía...¿de mí? ¿Qué podría haber hecho yo para merecer eso? Lo había tratado bien, le había sido fiel, le daba todo el tiempo necesario para sus cosas, sus amigos, sus hobbies. Yo le cuidaba, le cuidaba de verdad. Él me devolvió el favor con su mejor truco de escapismo Después descubrí qué la cuestión no era de quién huía...

Residencia Maravilla

Cada vez que veía el cartel de la puerta, me sentía un poco peor por haber dejado a mi madre en ese sitio. No es que fuera una mala residencia, ni mucho menos, las celadoras se antojaban la mar de amables y siempre que la visitaba, por lo menos dos veces por semana, mi madre estaba bien peinada, bien vestida, limpia y como una chota. Pero eso no era culpa ni de la residencia, ni de mi madre, ni tampoco mía. No había a quién culpar, solo había que aceptarlo. Ahora hacía ya siete años que le habían diagnosticado Alzheimer. Menudo regalo le hizo Dios para sus ochenta. Lo celebramos en casa de mis padres, con algunos primos y sus hijos, comimos bien, ella estaba feliz rodeada de la familia y llegó el pastel. "¿Porqué comemos pastel?", todos nos reímos, nadie quiere cumplir años, y cuantos más años tienes, menos ganas tienes de cumplirlos. Repitió la pregunta, irritada. Todos quedamos en silencio. "Mamá, es tu cumpleaños", y ella se recompuso, sonrió, "Claro, cla...

Green

Canción para este cuento No se oía ningún ruido, pero empezaba a notar mis movimientos. Estaba despertando, Los párpados me temblaban deseando abrirse pero sin estar preparados aún para conseguirlo. Vi algo de luz, blanco a mi alrededor. Abrí un poco más mis ojos y me encontré con unos ojos clavados en mi. Unos ojos verdes que se cerraron sutilmente cuando se dieron cuenta de que los míos despertaban. Esa caída de ojos iba acompañada por una sonrisa que me seducía y pronunciaba "buenos días". Sin pensarlo y con la voz ronca dije "buenos días", casi por automatismo, e intenté sonreír, aunque quedó disimulado por un bostezo que irrumpió en nuestra escena matutina. Me acarició la mejilla con su mano y se acercó para besarme. Mis labios quisieron ser recíprocos con los suyos, "no querrían ser maleducados", pensé, aunque después pensé que no necesitaba decirme ninguna ocurrencia puesto que era lo que más deseaba. Miré alrededor y me sentí bien. La habi...

Estrella

Unas manos inexpertas empezaban a recorrer con interés mi cuerpo desnudo, dedicando especial atención a mis pechos. Su tacto resultaba en algunos momentos brusco aunque su intención era ser agradable, la excitación le hacía perder el control. Eran unas manos profanas, desconocidas para mí. Me encantan las manos desconocidas, te obligan a estar despierta, a descubrir nuevas partes de ti. Esas manos temblaban, de una manera tan sutil que no se podía observar con los ojos, solo la piel puede dar cuenta de algunos detalles. Hice un movimiento con mi cuerpo, elevando primero el pecho y bajándolo a la vez que subía mi abdomen, para ayudar a sus manos a volver a recobrar el rumbo a seguir. Confundió mis señales y entendió que deseaba que continuara apretándome los pechos, decidí coger su mano, estirar un dedo y directamente introducirlo en mi vagina. Languidecí. Languidecí y entonces recordé  esa mirada fugaz mientras paseaba por la acera y cuando lo había visto de lejos sentado en u...

En la calle

Hacía tiempo que algo no iba bien. No sabría decir cuanto tiempo. Un año, dos quizás. No creo que hiciera más tiempo cuando todo empezó a decaer. Podría ser que menos, seis meses incluso. Era como una semilla que se había plantado dentro de mí, y que sin darme cuenta había ido creciendo paulatinamente, hasta que un día floreció, y todas las dudas se agolparon en mi consciencia. No estábamos bien con Miguel. Los abrazos diarios se convirtieron en puntuales, semanales, mensuales... por una inercia desdichada que ninguno de los dos parecía comprender ni atender. Simplemente los espacios de tiempo en los que nos fundíamos se hacían cada vez más grandes. Como si el mar se ralentizara poco a poco y el vaivén de las olas para acariciar la orilla se eternizara. Sí solo hubiera sido eso, casi podríamos haberlo llamado rutina, o costumbre tal vez. Algo que no sabría decir si es normal, pero como mínimo normalizado, comprensible. Pero también ese vaivén de nuestros abrazos se hacía ...

Connexió

(Aquest va ser el primer conte que vaig escriure, ara fa 12 anys, que recentment he recuperat. Són tres narracions breus, tres personatges diferents) Un raig de sol s'escapava per un petit forat de la finestra i m'enfocava directament a l'ull Vaig arrufar la cella i finalment vaig obrir els ulls. Em vaig aixecar sense pensar, amb el cap buit, sense saber exactament què havia passat aquella nit encara, i vaig obrir el porticó. Se'm va il·luminar tot el cos, i per uns instants em vaig sentir incapaç de poder veure la llum. Després de la cegada vaig mirar el paisatge, i vaig poder veure perfectament com la Torre Eiffel s'aixecava damunt meu sota el cel grisós i pintoresc de París. Em vaig fregar els ulls i va desaparèixer el meu miratge, el meu desig, i tot el que hi havia eren edificis, i el cel gris i contaminat de Barcelona. De cop, em van besar al coll i em van abraçar. La noia i la nit havien succeït de veritat per sort. La ressaca encara em privava de r...

Barcos de papel

Haría unos cinco minutos que habían terminado de hacer el amor. Él había eyaculado dentro de ella, y aunque ella no había tenido un orgasmo, se sentía tranquila, satisfecha, también cansada y un poco adormecida. Estaban estirados en la cama, de lado, mirándose a los ojos. Ella no decía nada, lo miraba fijamente con el semblante serio pero con unas ligeras arrugas en los lados de los ojos que denotaban una ternura dedicada solamente a él.  Jean acariciaba su pelo, sonriendo. Edith cerró los ojos y Jean sintió que se desvanecía, como si fuera un montón de ceniza que con el viento se dispersa y se escapa entre sus dedos. Al cabo de unos minutos más él abrió los labios para hablar, no dejaba de mirarla. Ella alzó levemente la barbilla, como si fuera a mirar al techo de la habitación pero con los ojos completamente cerrados. - ¿Dónde estás? Tras unos segundos de silencia ella respondió. - Veo un barco... - ¿Un barco? - Sí, veo un barco. - ¿En el mar? - Sí..., todo...

Colgué el teléfono

Necesitaba aire fresco. Salí con celeridad del despacho, sin querer, dejando la puerta abierta. Bajé con destreza las escaleras hasta llegar al rellano, siguiendo con el mismo ritmo acelerado hasta la calle. Gotas de sudor empezaban a bajar por mi frente, mis axilas empezaban a humedecer la camisa, dejando una roncha visible alrededor del sobaco. Al cruzar por la puerta de entrada del edificio me di cuenta de que mi corazón estaba latiendo con fuerza, respiraba entrecortadamente. Me daba consignas mentales a mí mismo para serenarme, me decía "respira, respira, respira..." pero mis pulmones de ninguna manera querían reaccionar ante las órdenes de mis palabras. Una vez en la calle vi que mi secretaria estaba fumando un cigarrillo y cuando me vio se sobresaltó, abrió sus ojos marrones y puso la boca de piñón, como si fuera a decir algo sin saber exactamente qué. Seguramente no sabría si tirar el cigarro o si debía preguntarme algo. Para no incomodarla más me adelanté. ...