Helarse en el infierno
Una gota resbalaba delicadamente por mi mejilla. Sentía cada
pequeño paso que daba. Lo notaba sobre todo por que ardía, la lágrima dejaba un
reguero de cenizas por donde pasaba.
Ella, como si quisiera atraparla y acabar con mi sufrimiento acercó
su mano y frenó su caída antes que llegara a la mandíbula. Nos miramos
fijamente, aparté la mirada asustado y cerré los ojos. Al cabo de unos segundos
su aliento caliente se pegó en mis labios, casi podía saborear la mezcla del
tabaco y el vino, podía oler el engaño en su "lo siento".
La saliva fue la pista de baile perfecta para que nuestras lenguas
bailaran un tango salvaje. Ella apretó con su mano mi espalda, invitándome a juntar
mi pecho con los suyos.
Empezó a respirar fuerte. Con un movimiento serpenteante y con la
ayuda de su mano izquierda se quitó los pantalones, las bragas y los
calcetines. Yo la ayudé con el resto. Ella me desnudó, me empujó en el sofá y
se me puso encima. Su pelo castaño cayó encima de mi cara haciéndome cosquillas.
Le agarré con fuerza las nalgas mientras me seguía besando, eran gruesas, no
podía abarcarlas con mis manos, me excitaban. Sonrió agradecida. La empujé y
empecé a realizar un paseo con mis labios desde su barbilla hasta su coño,
haciendo una breve parada en sus pezones. Olía fuerte, sabía mejor. Sus gemidos
rebotaban en mi cerebro.
Sentí que me estiraba del pelo con fuerza para que recorriera el
camino de vuelta. Me abrazó la cadera con sus piernas exigiéndome que entrara.
Nos empezamos a fundir en una dulce melodía de sudor. El vaivén arrítmico de mis
caderas quedaba dismulado por unos brazos que intentaban dibujar todo su
cuerpo. Ella cerraba los ojos y se dejaba llevar.
Un grito sordo, un gemido agudo y después...un susurro acompasado.
Nos observamos fijamente unos segundos mientras el aliento regresaba. Apartamos
la mirada.
Sonreí y quise reír. Quise reírme muy fuerte, a carcajadas, pero
ese deseo duró muy poco, apenas unos segundos hasta que deseé llorar, pero no
pude. Quise llorar por que sabía que me dormiría en sus brazos. Quise llorar
por que sabía que me levantaría solo. Quería reventar a llantos por que sabía que
ya no volveríamos a reír juntos, a ir al cine juntos, a cenar juntos, no volveríamos
a follar juntos, no tendríamos hijos juntos... y en ese último pensamiento
empecé a tener miedo y frío, y temblé. Empezó a fregarme con sus manos en la
espalda, y con cada friegue descubría que era posible helarse en el infierno.
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