Niños grandes
Estábamos en la cama recostados, cada uno leyendo su libro. Yo estaba con "Las flores del mal" de Baudelaire, libro que ya había leído muchas otras veces, pero me gustaba algo de poesía breve antes de ir a dormir. Gabriel estaba leyendo "Cien años de soledad" de García Márquez por primera vez. Le obligué casi a que lo hiciera, argumentándole de la manera más estúpida que cómo podía ser que no hubiera leído un libro cuyo autor tenía el mismo nombre que él.
Como si estuviéramos hablando del tiempo le dije con el tono más neutro posible:
- Hoy me enamoré...
- ¿Otra vez?
Él también respondió con toda la normalidad del mundo.
- Sí, creo que me enamoré, pero sólo fue por unas horitas.
- ¿De quién?
Gabriel me comprendía. Eso era ya mucho más de lo que yo jamás podía pedirle a alguien. Era rara, siempre lo había sido y siempre lo había sabido, un poco excéntrica y un poco loca dentro de lo honestamente aceptable. Una de mis rarezas (que jamás había entendido porque no era lo habitual) era respecto el amor. Tenía un corazón gigante, aunque no quede del todo bien que me lo diga yo. Pero no lo tenía en el sentido en el que le decimos a alguien "tienes un gran corazón", para decirle que es una buena persona. En mi caso era por la extraña y abundante capacidad de amar que tenía.
Hay gente que dice que jamás se ha enamorado, yo en cambio, desde que sentí y entendí lo que era enamorarse por primera vez, lo he sentido casi cada día de mi vida, a veces varias veces al día. Cuando intento explicarlo, nadie termina de entenderlo. Por ejemplo con Gabriel, cuando decidí compartirlo con él me dijo: "a lo que te refieres es a atracción sexual, a mi también me pasa a diario". Pero no era exactamente eso. Cómo decirlo... me cruzo con alguien que me enamora, alguien que no conozco quizás. Lo miro y de golpe nos veo juntos en un futuro cercano, me invade un deseo enorme de abrazarle, de casarnos, de darle un besito, de ver nuestros hijos como crecen. Me aparece la necesidad de conocerle, de conocerle de verdad, saber a qué se dedica, que me cuente cosas sobre sus exparejas, sobre sus padres y hermanos, sobre lo que piensa de la vida y de su vida... a veces siento que quiero acostarme con él, pero no ocurre todas las veces. Siempre me imagino con ellos (algunas veces ellas) cogidos de la mano, felices, sonriendo. Casi siempre suelen ser amores efímeros, un sentimiento fugaz que dura unos minutos, a veces horas, quizás días, en contadas ocasiones hasta varios años. ¿Me puedo enamorar de más de una persona a la vez? Sin duda. De hecho, me parece complicadísimo estarlo solamente de una persona.
Mis breves fantasías solían manifestarse en preguntas como "¿Si le hubiese preguntado algo, si hubiese hablado con él...qué hubiera pasado?" pero jamás lo hacía, jamás cruzaba esa línea, simplemente me gustaba disfrutar de la sensación, el dolor en el estómago, el vuelco y la aceleración del corazón...
Al principio de nuestra relación Gabriel se sentía un poco celoso, sentía que cualquier persona podía arrebatarme de su lado. Yo siempre le decía "Gabrielito, hay mil formas de amar, no amas igual a un amigo que a un familiar, que a una pareja, ni siquiera se ama igual a un amigo y a otro. Por supuesto tu ocupas un lugar que nadie más podría ocupar". Y era cierto, con Gabriel podía pasar varias vidas enteras sin dejar de sentirme llena a su lado. Un día le contaba: "Mira, imagínate que soy un tablero de ajedrez, y dentro mío hay muchas figuras: peones, torres, caballos, alfiles, la reina, pero solo hay un rey. Si el rey muere, todo lo demás no existe, no sirve. Puedo querer a mucha gente, pero solo hay sitio para un rey". Su respuesta fue "técnicamente, en un tablero debe haber dos reyes". Siempre sabía cómo darle la vuelta a mis ejemplos, me quedaba con la duda de si realmente me entendía o si pretendía no entenderme.
Había tenido otras parejas antes de Gabriel, aunque ninguna relación fue realmente duradera, especialmente cuando compartía mis sentimientos. Yo intentaba explicarles que el amor no era como un frasco, algo que se llena hasta un tope y no se puede querer más, y que si quieres más, hay que sacar algo que ya está dentro. El amor es una capacidad que se puede entrenar, un músculo que se estira, que se hace fuerte, que crece con el tiempo. Algunas de mis exparejas se ponían celosas, se ponían paranoicos, se molestaban, me gritaban, querían que mi frasco fuera enterito para ellos. Pensaban que los iba a dejar por el primero que pasara, por el primero que me hiciera sentir algo, que me acostaría con quién me apeteciera. No me comprendían.
Hay gente que cuando no entiende algo se asusta, lo rechaza, lo juzga, lo expulsa, lo aparta... poca gente es curiosa, poca gente es como Gabriel. En lugar de abandonarme me dijo que trataría de comprenderme, que veía algo bello en mí, en lo que decía y sentía. No fue fácil entenderlo tampoco para él, pero quiso hacerlo.
- ¿De quién esta vez? ¿Alguien en el metro?
- No, esta vez ha sido alguien conocido. Alguien con quién hacía mucho que no me cruzaba. Con Carlos.
- ¿Carlos..."Carlos"?
- Sí, el mismo.
Hizo una ligera mueca de desaprobación. Era alguien con quién había habido mucho amor. Podríamos decir que fue "mi reina".
- ¿Y qué pasó?
- Nada, pues, "y tu qué tal" le pregunté, "qué tal en esto de vivir?". Él habló un poco del pasado, estaba como nostálgico, supongo que eso me medio enamoró un poco, la gente ahora ya no habla mucho de eso, la gente se pone nostálgica pensando en el colegio, la universidad y tal, pero no nostálgico a lo humano...¿no?. No sé si me estoy explicando muy bien...
- Supongo, no sé, no es que yo sea alguien especialmente nostálgico.
- Y bueno, yo le dije que estaba bien, que estaba bonito pensar en eso, y le dije que "fuiste, y lo importante ha sido eso", Y después regresé al trabajo por la tarde, pero se me pasó enseguida. Me puse contenta pero quedó allí, a la que empecé de nuevo mi turno ya se me pasaron las sensaciones.
Hubo un segundo que me pareció eterno. Corté rápidamente ese silencio desagradable:
- ¿Nos hacemos otra rayita?
Lo dije en diminutivo, como si así fuera a ser menos grave. "Dale, dale" me respondió. "Dale" decía siempre, con un deje argentino. "Es que estuve en Argentina viviendo un tiempo y se me pegó", se justificó la primera vez que le pregunté por su manera de responder, cuando apenas llevábamos un mes juntos. Después me contó que solo estuvo un mes allí, a mí me pareció demasiado poco tiempo como para coger una costumbre lingüística con tanta fuerza, pero preferí no tenerlo en cuenta, no me importaba que fuera postizo, era tierno. "Dale", por más forzado que me sonara a veces, era tan suyo, y ya tan nuestro ya que se me antojaba hasta natural.
Preparé un par de rayas para cada uno, y las esnifamos rápido, sin pensar. Disfrutamos un rato de la subida, y al rato Gabriel dijo:
- Así que después de lo de Carlos...¿tú estás bien? Quiero decir, creo que es la segunda vez que te lo encuentras desde... desde que se terminó.
Nuestras conversaciones sobre los encuentros, el amor, el sexo, la vida...eran siempre tan naturales. Ese día nuestra conversación era tan natural...tan natural que hasta ese mismo instante, en el que se mostró inseguro, no me había dado cuenta del ligero deterioro que había ido sufriendo Gabriel a lo largo de los años. Pero en ese momento lo vi claro: sus bolsas en los ojos que se habían ido oscureciendo, los ojos cada vez más chicos, más cerrados, su mirada cansada, sus labios estaban más laxos, la barba mal cuidada, el pelo mal cortado y cada vez menos abundante....
Supongo que de algún modo sí había sido consciente de ese deterioro, y supongo que por eso cada vez más quería protegerlo de mí misma, de mi manera de ser. Por eso no siempre le decía cómo me sentía, no como antes, para no cansarle más. A la vez, mostrarme más hermética con él también lo iba desgastando. Él siempre se preocupaba de quién podía ser una amenaza para apartarme de su lado, y no se daba cuenta de que era yo quién estaba al otro lado del tablero, yo era las fichas negras, yo era quién estaba matando al rey. No supe qué responder, dudé un rato:
- ¿Yo? Claro que estoy bien, quiero decir. No pensé más en el tema, en serio.
https://www.youtube.com/watch?v=gmE8EpIAXIk
Como si estuviéramos hablando del tiempo le dije con el tono más neutro posible:
- Hoy me enamoré...
- ¿Otra vez?
Él también respondió con toda la normalidad del mundo.
- Sí, creo que me enamoré, pero sólo fue por unas horitas.
- ¿De quién?
Gabriel me comprendía. Eso era ya mucho más de lo que yo jamás podía pedirle a alguien. Era rara, siempre lo había sido y siempre lo había sabido, un poco excéntrica y un poco loca dentro de lo honestamente aceptable. Una de mis rarezas (que jamás había entendido porque no era lo habitual) era respecto el amor. Tenía un corazón gigante, aunque no quede del todo bien que me lo diga yo. Pero no lo tenía en el sentido en el que le decimos a alguien "tienes un gran corazón", para decirle que es una buena persona. En mi caso era por la extraña y abundante capacidad de amar que tenía.
Hay gente que dice que jamás se ha enamorado, yo en cambio, desde que sentí y entendí lo que era enamorarse por primera vez, lo he sentido casi cada día de mi vida, a veces varias veces al día. Cuando intento explicarlo, nadie termina de entenderlo. Por ejemplo con Gabriel, cuando decidí compartirlo con él me dijo: "a lo que te refieres es a atracción sexual, a mi también me pasa a diario". Pero no era exactamente eso. Cómo decirlo... me cruzo con alguien que me enamora, alguien que no conozco quizás. Lo miro y de golpe nos veo juntos en un futuro cercano, me invade un deseo enorme de abrazarle, de casarnos, de darle un besito, de ver nuestros hijos como crecen. Me aparece la necesidad de conocerle, de conocerle de verdad, saber a qué se dedica, que me cuente cosas sobre sus exparejas, sobre sus padres y hermanos, sobre lo que piensa de la vida y de su vida... a veces siento que quiero acostarme con él, pero no ocurre todas las veces. Siempre me imagino con ellos (algunas veces ellas) cogidos de la mano, felices, sonriendo. Casi siempre suelen ser amores efímeros, un sentimiento fugaz que dura unos minutos, a veces horas, quizás días, en contadas ocasiones hasta varios años. ¿Me puedo enamorar de más de una persona a la vez? Sin duda. De hecho, me parece complicadísimo estarlo solamente de una persona.
Mis breves fantasías solían manifestarse en preguntas como "¿Si le hubiese preguntado algo, si hubiese hablado con él...qué hubiera pasado?" pero jamás lo hacía, jamás cruzaba esa línea, simplemente me gustaba disfrutar de la sensación, el dolor en el estómago, el vuelco y la aceleración del corazón...
Al principio de nuestra relación Gabriel se sentía un poco celoso, sentía que cualquier persona podía arrebatarme de su lado. Yo siempre le decía "Gabrielito, hay mil formas de amar, no amas igual a un amigo que a un familiar, que a una pareja, ni siquiera se ama igual a un amigo y a otro. Por supuesto tu ocupas un lugar que nadie más podría ocupar". Y era cierto, con Gabriel podía pasar varias vidas enteras sin dejar de sentirme llena a su lado. Un día le contaba: "Mira, imagínate que soy un tablero de ajedrez, y dentro mío hay muchas figuras: peones, torres, caballos, alfiles, la reina, pero solo hay un rey. Si el rey muere, todo lo demás no existe, no sirve. Puedo querer a mucha gente, pero solo hay sitio para un rey". Su respuesta fue "técnicamente, en un tablero debe haber dos reyes". Siempre sabía cómo darle la vuelta a mis ejemplos, me quedaba con la duda de si realmente me entendía o si pretendía no entenderme.
Había tenido otras parejas antes de Gabriel, aunque ninguna relación fue realmente duradera, especialmente cuando compartía mis sentimientos. Yo intentaba explicarles que el amor no era como un frasco, algo que se llena hasta un tope y no se puede querer más, y que si quieres más, hay que sacar algo que ya está dentro. El amor es una capacidad que se puede entrenar, un músculo que se estira, que se hace fuerte, que crece con el tiempo. Algunas de mis exparejas se ponían celosas, se ponían paranoicos, se molestaban, me gritaban, querían que mi frasco fuera enterito para ellos. Pensaban que los iba a dejar por el primero que pasara, por el primero que me hiciera sentir algo, que me acostaría con quién me apeteciera. No me comprendían.
Hay gente que cuando no entiende algo se asusta, lo rechaza, lo juzga, lo expulsa, lo aparta... poca gente es curiosa, poca gente es como Gabriel. En lugar de abandonarme me dijo que trataría de comprenderme, que veía algo bello en mí, en lo que decía y sentía. No fue fácil entenderlo tampoco para él, pero quiso hacerlo.
- ¿De quién esta vez? ¿Alguien en el metro?
- No, esta vez ha sido alguien conocido. Alguien con quién hacía mucho que no me cruzaba. Con Carlos.
- ¿Carlos..."Carlos"?
- Sí, el mismo.
Hizo una ligera mueca de desaprobación. Era alguien con quién había habido mucho amor. Podríamos decir que fue "mi reina".
- ¿Y qué pasó?
- Nada, pues, "y tu qué tal" le pregunté, "qué tal en esto de vivir?". Él habló un poco del pasado, estaba como nostálgico, supongo que eso me medio enamoró un poco, la gente ahora ya no habla mucho de eso, la gente se pone nostálgica pensando en el colegio, la universidad y tal, pero no nostálgico a lo humano...¿no?. No sé si me estoy explicando muy bien...
- Supongo, no sé, no es que yo sea alguien especialmente nostálgico.
- Y bueno, yo le dije que estaba bien, que estaba bonito pensar en eso, y le dije que "fuiste, y lo importante ha sido eso", Y después regresé al trabajo por la tarde, pero se me pasó enseguida. Me puse contenta pero quedó allí, a la que empecé de nuevo mi turno ya se me pasaron las sensaciones.
Hubo un segundo que me pareció eterno. Corté rápidamente ese silencio desagradable:
- ¿Nos hacemos otra rayita?
Lo dije en diminutivo, como si así fuera a ser menos grave. "Dale, dale" me respondió. "Dale" decía siempre, con un deje argentino. "Es que estuve en Argentina viviendo un tiempo y se me pegó", se justificó la primera vez que le pregunté por su manera de responder, cuando apenas llevábamos un mes juntos. Después me contó que solo estuvo un mes allí, a mí me pareció demasiado poco tiempo como para coger una costumbre lingüística con tanta fuerza, pero preferí no tenerlo en cuenta, no me importaba que fuera postizo, era tierno. "Dale", por más forzado que me sonara a veces, era tan suyo, y ya tan nuestro ya que se me antojaba hasta natural.
Preparé un par de rayas para cada uno, y las esnifamos rápido, sin pensar. Disfrutamos un rato de la subida, y al rato Gabriel dijo:
- Así que después de lo de Carlos...¿tú estás bien? Quiero decir, creo que es la segunda vez que te lo encuentras desde... desde que se terminó.
Nuestras conversaciones sobre los encuentros, el amor, el sexo, la vida...eran siempre tan naturales. Ese día nuestra conversación era tan natural...tan natural que hasta ese mismo instante, en el que se mostró inseguro, no me había dado cuenta del ligero deterioro que había ido sufriendo Gabriel a lo largo de los años. Pero en ese momento lo vi claro: sus bolsas en los ojos que se habían ido oscureciendo, los ojos cada vez más chicos, más cerrados, su mirada cansada, sus labios estaban más laxos, la barba mal cuidada, el pelo mal cortado y cada vez menos abundante....
Supongo que de algún modo sí había sido consciente de ese deterioro, y supongo que por eso cada vez más quería protegerlo de mí misma, de mi manera de ser. Por eso no siempre le decía cómo me sentía, no como antes, para no cansarle más. A la vez, mostrarme más hermética con él también lo iba desgastando. Él siempre se preocupaba de quién podía ser una amenaza para apartarme de su lado, y no se daba cuenta de que era yo quién estaba al otro lado del tablero, yo era las fichas negras, yo era quién estaba matando al rey. No supe qué responder, dudé un rato:
- ¿Yo? Claro que estoy bien, quiero decir. No pensé más en el tema, en serio.
https://www.youtube.com/watch?v=gmE8EpIAXIk
Mentí. Seguí pensando en él después de despedirnos. Gabriel sabía que mentía, me escudriñó con la mirada sin quererlo. Me di perfectamente cuenta de que no me creía. Quedaba más que evidente para los dos que yo había mentido, y ambos sabíamos que el otro lo sabía. Lo que más me sorprendió tras esto fue su reacción.
Sonrió
Sonrió sin malicia. Vi una sonrisa traviesa con una mirada fija y amable hacia mí que la acompañaba, y fue entonces cuando comprendí que había un crío dentro suyo. Un niño juguetón. En ese momento su cara era exactamente igual a la cara de ese niño que aparecía en las fotos que teníamos colgadas en el comedor, ese niño inocente que siempre me había parecido tan adulto, Ese niño que estaba desnudo en mi cama me mostraba su cara más escondida. Sólo ese niño podría haberse enamorado y continuar enamorado de mí, soportando el malestar de compartir su existencia conmigo. Gabriel jugaba a la vida, y jugarla conmigo era puro desconcierto, intenso, sufrido y nada monótono. Pagaba un caro precio por querer vivir, jugar así.
Pero al mirarlo no pude hacer más que enamorarme de ese frágil pero bello ser que intentaba crecer fuerte en mi mundo plagado de tijeras.
Sonrió
Sonrió sin malicia. Vi una sonrisa traviesa con una mirada fija y amable hacia mí que la acompañaba, y fue entonces cuando comprendí que había un crío dentro suyo. Un niño juguetón. En ese momento su cara era exactamente igual a la cara de ese niño que aparecía en las fotos que teníamos colgadas en el comedor, ese niño inocente que siempre me había parecido tan adulto, Ese niño que estaba desnudo en mi cama me mostraba su cara más escondida. Sólo ese niño podría haberse enamorado y continuar enamorado de mí, soportando el malestar de compartir su existencia conmigo. Gabriel jugaba a la vida, y jugarla conmigo era puro desconcierto, intenso, sufrido y nada monótono. Pagaba un caro precio por querer vivir, jugar así.
Pero al mirarlo no pude hacer más que enamorarme de ese frágil pero bello ser que intentaba crecer fuerte en mi mundo plagado de tijeras.
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