Arden

Música para acompañar 

-Tres años – dijo él.

-¿Cómo?

-Tres años es el tiempo que tardó el olor a ceniza a desaparecer de mi hogar, de mi tierra, de mis caminos.

Ella permaneció en silencio, permitiendo una pausa necesaria para que pudiera coger aire y prosiguiera con su relato.

-Tras dos años y once meses paseando por esos bosques de los que crecían tímidos arbustos, todavía podía oler la madera calcinada, tanto si el clima era seco y se olía en el polvo, como cuando llovía y en los destellos oscuros del agua que recorría los riachuelos alrededor de los caminos, que aunque parecían sanar la tierra, todavía se arrastraban el dolor de sus heridas abiertas – cogió aire – Pero al tercer aniversario dejé de sentirlo. No sé si fue porque me acostumbré, porque mis pulmones se cubrieron de un alquitrán cenizo o porque la tierra por fin pudo olvidar aquello que se le había arrebatado.

-La tierra no olvida. La tierra no perdona. – dijo ella. Ninguno de los dos sabía hablar, Bruno divagaba y Caye sentenciaba.

Él, entonces, distraído por el encanto y sabiduría de Caye, se puso a investigar el camino existente que recorría una por una todas las células de su piel. Su dedo índice, diligente, buscaba reseguir a Caye con curiosidad para poder hacer, después, de avanzadilla de los labios. Para guiar y acompañar el sendero del placer. Para que los labios no pudieran dejar sin conquistar ni un solo rincón de su cuerpo.

Mientras follaban, un olor a azufre dominaba la estancia. Estaba pegada a sus paredes, sus cuadros, sus muebles, en los cojines, su piel e incluso en el agua que salía del grifo. El fuego se respiraba en todos lugares sin escapatoria, como un fantasma que sin estar, está. El cielo estaba velado por una capa grisácea que diluía la luz del sol y anaranjaba toda su extensión, un amanecer perpetuo a plena luz del día. La sublimación del horror convertido en belleza. ¿Era eso lo que deseaban los pirómanos? ¿Eran intereses económicos o eran artistas del terror? Terror(art)istas.

Aunque se encontraban fuera de peligro y lejos de la zona ardiente, habían pedido a la gente que no saliera a la calle, por el riesgo de intoxicación. No obstante, el miedo y la tristeza aumentaba con cada hectárea perdida, con cada minuto que pasaba. “Son los gritos del planeta”, dijo Caye. Los gritos del planeta quedaban ahogados por los suspiros y los gemidos, por el crepitar de las llamas en el horizonte, por los bramidos de los animales muertos. 

Hacía diez años que las tierras de Bruno habían desaparecido, engullidas por el fuego. Tras casi tres años viviendo en un cementerio de árboles, decidió irse, y con esa decisión, los primeros brotes empezaron a salir. “Quizás era yo que no permitía sanar la tierra” decía medio en broma pero medio en serio “quizás era la tierra que ya no sabía como zafarse de mí”. Y esa sensación maldita crecía de nuevo en su interior tras ver todo alrededor quemándose de nuevo, al habitar en el epicentro del infierno, una vez más, sitiados, rodeados de un país en llamas del que no había salida.

Caye deseaba poder dar sosiego a esa coincidencia incendiaria, “no estás tú maldito. Gradualmente todo irá ardiendo en la tierra. No te expulsa a ti, nos quiere expulsar a todos”. Ella hablaba de la tierra como un ser, “de la Tierra” como una madre, justa pero implacable. Una propietaria cruel con los que no pagan su alquiler, con los que ensucian, con los que la descuidan, la maltratan. Caye ya no hablaba como una jueza sino como una sacerdotisa, un oráculo en posesión de un conocimiento ancestral, una profetisa de un apocalipsis cercano e inevitable. Bruno escuchaba y creía. Cuanto más vivía más creía en la condena que nos habíamos autoimpuesto. Una sentencia evidente en un juicio justo. Una sentencia clara en un crimen que obligaba a mirar a los espejos para encontrar a los culpables.

Víctimas y espectadores del caos. Títeres pero titiriteros de un incendio que lo arrasaba todo a su alrededor. Un incendio entre ellos que fundía sábanas como si fueran de algodón encerado. Un fuego que nacía sus entrañas y se calcinaban a besos, sin saber que a esa temperatura imposibilitaban que crecieran las raíces del amor.

Por un tiempo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Porque “Ella es agua. Lo suficientemente suave para dar vida. Lo suficientemente dura para ahogarla”. (R.K)

Entradas populares de este blog

Al partir