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Me acuerdo del primer día que me enamoré. Había sentido amor antes, desde luego: hacia mis padres, hacia mi hermano, hacia mis amigas… pero recuerdo perfectamente el momento en el que me enamoré perdidamente, el momento en el que me partió un rayo por la mitad y me dejó el estómago hecho trizas. Fue el verano de 1992. Mis tíos tenían una casa en el Empordà, en Torroella de Montgrí, a pocos quilómetros de la playa. Cada verano mis padres aprovechaban y nos dejaban el mes de Julio con ellos, y en Agosto aprovechan su mes de vacaciones para pasarlo entero allí con nosotros. Mis tíos no tenían hijos y nos trataban a mí y a mi hermano como su fuéramos hijos suyos, o incluso mejor, nos trataban como reyes. Nos adoraban y nosotros los adorábamos a ellos. Nuestros padres venían el viernes por la noche con el coche y se quedaban hasta el lunes a primera hora de la mañana y siempre bromeaban sobre si queríamos irnos con ellos a Barcelona, y mi hermano Joel y yo nos poníamos histéricos gritando...

John Berger

“El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo. El deseo anhela proteger al cuerpo deseado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites”.

Opel

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Viviendo en un estado capitalista, el deseo es una de las cualidades humanas más potenciadas. Un deseo constante y cambiante hacia los objetos, hacia las cosas, que toda esa fuerza, esa pasión queda completamente huérfana a la que se obtiene el objeto de deseo. Nos enseñan a no apegarnos a las cosas. “Solo son cosas”. Y es extraño, porque es un poco contradictorio que “solo sean cosas” pero que no podamos dejar de pensar en el siguiente objeto que aparecerá en nuestra cesta de la compra de Amazon. “Deséalas y desapégate”.   Pero de vez en cuanto pasa que, dejas de desear cosas y empiezas a ganar algunas batallas, y otras veces pasa así como que te enamoras de un objeto, y cuando te enamoras de él, no puedes desprenderte fácilmente de él, venciendo el deseo de cambiarlo por uno más nuevo. Y eso me ha pasado contigo.   Apareciste en mi vida cuando yo tenía 16 años. Un día mi madre y yo íbamos en coche, y en medio de la carretera más ancha de Figueras su viejo Corsa nos dejó ...