Opel

Viviendo en un estado capitalista, el deseo es una de las cualidades humanas más potenciadas. Un deseo constante y cambiante hacia los objetos, hacia las cosas, que toda esa fuerza, esa pasión queda completamente huérfana a la que se obtiene el objeto de deseo. Nos enseñan a no apegarnos a las cosas. “Solo son cosas”. Y es extraño, porque es un poco contradictorio que “solo sean cosas” pero que no podamos dejar de pensar en el siguiente objeto que aparecerá en nuestra cesta de la compra de Amazon. “Deséalas y desapégate”.

 Pero de vez en cuanto pasa que, dejas de desear cosas y empiezas a ganar algunas batallas, y otras veces pasa así como que te enamoras de un objeto, y cuando te enamoras de él, no puedes desprenderte fácilmente de él, venciendo el deseo de cambiarlo por uno más nuevo. Y eso me ha pasado contigo.

 Apareciste en mi vida cuando yo tenía 16 años. Un día mi madre y yo íbamos en coche, y en medio de la carretera más ancha de Figueras su viejo Corsa nos dejó tirados. Tuve que bajarme del coche y empujarlo fuera de la carretera hasta que vinieron a llevárselo. Muerte súbita, no se podía hacer nada más por él.

 Así que mi madre dijo “necesitamos uno nuevo”. Y ella ya se había apegado de alguna manera a los Opel Corsa porque, que yo sepa, fue casi la única opción que contempló, y por alguna razón que desconozco, me hizo algo partícipe de la decisión a pesar de que yo no tenía ni idea ni de mecánica ni de estética automovilística. Pero participé en la elección del color del coche, alguna de las características, y en la elección de la gama (que a mí me sonaba a glamour puro) Silverline. Sabía que cuando hiciera los 18 años iba a conducir ese vehículo algún día, cuando lo necesitara. Recuerdo que la misma semana que lo tuvimos, invité a 7 amigos y nos metimos todos dentro del coche y nos pusimos a escuchar música a todo volumen, “es nuestro nuevo coche” decía sin parar. Qué tontería, ¿no? Casi todos los coches eran mejores, pero ese era el nuestro, y ya lo quería incluso antes de poderlo conducir. Que fuera real lo hacía mejor que cualquier otro coche que pudiera imaginar tener.

 Cumplí los 18 años, me apunté enseguida en la autoescuela pero por aquel entonces tenía una novia que era algo mayor que yo y que además tenía coche, así que sacarme el carnet dejó de ser una urgencia y me dejé llevar por mi situación ventajosa. Aun así, un año y poco más tarde me decidí a sacarme el carnet lo más rápido posible por si acaso empezaba a haber situaciones en los que necesitaba independencia.

 Y así fue pues que “tuve” mi primer vehículo (como segundo conductor). Opel Corsa Silverline, del 2005. Me gustaba casi todo de él, era pequeño, podía poner música, tenía cuatro ruedas, y ya. Era perfecto. Al estudiar en Barcelona, tan solo lo utilizaba los fines de semana cuando volvía a casa de mis padres y nos turnábamos con mi madre para no molestarnos en el uso del vehículo, pero era fácil ponerse de acuerdo. Mi uso prioritario del vehículo era para poder hacer cosas con los chavales del Cau, llevarlos aquí y allí, ir a las reuniones, hacer salidas en la montaña, igual en verano pasar algún día en la playa…

 Hasta que unos años más tarde, poco a poco me fui adueñando del vehículo, una conquista larga, sutil y no planificada, como esta de los chinos comprando peluquerías, centros de estética, bares, fruterías… es una “adueñación” simpática, son majos, te tratan bien, los quieres cerca… y un día no te das cuenta les has vendido tu bar. Creo que pasó un poco eso con mi madre y su coche, primero era algún fin de semana suelto, luego una semana de vacaciones en verano… teniendo la suerte que mi hermano había cedido su vehículo a disposición de la familia. Yo me fui adueñando del coche de mi madre, mi madre se fue adueñando del de mi hermano, y mi hermano compartiendo el coche de su pareja.

 Hasta que un día mi madre me dio la bendición, “te lo puedes llevar”. Pasó a ser, a efectos prácticos “mío”. Unos años más tarde dijo “el Opel es tuyo ya, puedes hacer lo que quieres con él”. Y ese era mi coche.

 Y no puedo llegar ni a contar las mil locuras y mil historias que he vivido con él. He vivido media vida. Literalmente. Media vida. Me ha llevado a mil rincones del mundo con Débora, y entre ellos a nuestra primera discusión en nuestro primer viaje, que duró 3 minutos y se acabó con una carcajada. Nos llevó a Francia en varias ocasiones, una de ellas accidentada y obligó a Débora a coger el coche, como un par de veces más que tuvo que llevarlo por haber tomado demasiado. Nos ha llevado a Italia, a la Toscana i las Cinque Terre, a Buera y la gran Posada de Lalola, a Múrcia dónde el atropello de un ciervo me lo destrozó, a Madrid y Zaragoza con Xavi, a la montaña, a la playa, a Andorra con tanta gente, interminables idas y vueltas de Barcelona a Figueres, hemos ido juntos a bodas, funerales, nacimientos, he llevado a gente de todos los continentes gracias a Blablacar y unos cuántos más que hacían autoestop, he hecho el amor unas tantas veces en él, y esta es una confesión que hago ahora mismo a mi madre (aunque quizás ya lo imaginaba). Las mil multas de velocidad que nos hemos comido, más una del depósito que se lo llevaron durante 3 semanas y tuve que pagar casi 400€, además de las mil locuras que he realizado en él, desde bailar encima del techo del coche, cruzar rotondas enteras por en medio, aparcar encima de una rotonda e ir a echarnos fotos… y teníamos nuestro pequeño ritual. Siempre que me llevaba a un sitio le daba unos golpecitos encima de la radio y le decía “Bien, Opel bien, te has portado genial”.

 Porqué el cabrón no se moría ni a palos, cruzabas países y pensabas que no llegarías, y siempre llegó al destino, a pesar de los golpes que te han dado, porque estabas abollado y con la pintura destrozada, a pesar de que te habían arrancado la parte frontal, llevándose el distintivo con la marca “Opel”, casi perdiendo tu identidad, más el golpe que se llevó otro coche el día después de Navidad (aunque tu saliste ileso, le jodimos el día a la otra pobre muchacha). Me acuerdo del día que volvíamos de escalar con los amigos del Cau y yo iba presumiendo (porqué presumía de él constantemente) y les explicaba que era un coche fantástico para hacer cualquier cosa, para ir a cualquier rincón del mundo, les dije “¿Vosotros no sabéis que el Opel Corsa es el 4x4 urbano?” y como un conjuro, al pronunciar esas palabras un pinchazo en la rueda nos dejó tirados un buen par de horas. Todavía, algunos me veían con el coche y me decían que era el 4x4 urbano, y se reían después.

 Me acuerdo cuando hubo el gran incendio de l’Alt Empordà, que decidí volver de Barcelona y pedirme unos días libres del trabajo para poder ver cómo había quedado todo y ver si podía colaborar con algún ayuntamiento, que buscaban voluntarios para limpiar algunas zonas. Cuando me levanté por la mañana para ir a Boadella alguien había destrozado con una piedra gigante el cristal del coche (más algunas partes de dentro) para robar…nada, por qué no había nada en el coche. Me pasé el día dando vueltas sin cristal, incluso amablemente recogí a unos escoceses que hacían autoestop, y cuando paré se asustaron bastante, hasta que les pude explicar lo que había pasado y les puse una manta para que no se clavaran los restos de cristales que todavía no había podido quitar.

 Tenía poca cosa, pero tenía todo lo que necesitaba. Eras tan imperfecto que eras perfecto para mí.

 Era imperfecto hasta hoy, que lo he vendido. Y vivo esa venta casi como una traición, un abandono. Esos cuatro duros mal dados. El coche estaba feo, abollado y hacía muchos ruidos pero no lo vendí por eso. No me lo quería sacar de encima. Es más, me encantaba, estaba orgulloso de su fealdad, de su baratez. Lo dejé porque cayó del cielo algo materialmente mejor, más bonito, más seguro, aunque igualmente viejo. Si, al final venció el capitalismo.

 Mientras se lo llevaba me imaginaba a mí mismo gritando, pidiéndole que parara, que le devolvía el dinero, que le pagaba 100€ más, que el dinero que me daba no compensaba el cariño que perdía. Me quedó el consuelo de que antes de que se lo llevara le dije “¿Me dejas unos segundos?”, “Claro” me dijo el chico.

 “Bien, Opel, bien, de nuevo me has llevado a salvo hasta aquí de nuevo. Cuida también de este chico que parece majo”. Y le di unos golpecitos allí, encima de la radio, dónde a él le gustaba.

 “Si lo echas de
menos, siempre puedes venir al Prat a saludarlo”, me dijo él después. Si no lo hubiera dicho, igual me habría repensado la venta. Pero lo dijo, y pareció como que no nos despedíamos de una vez por todas, era más fácil decirnos “hasta luego”. Y me quedé en la puerta de la casa viendo cómo se lo llevaba, como cuando un chavalín hace su maleta para irse a estudiar a la Universidad y a vivir a la gran ciudad, que los padres lo despiden sabiendo que ahí viene un cambio. Pues que venga.

 Bon viatge.

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