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Me acuerdo del primer día que me enamoré. Había sentido amor antes, desde luego: hacia mis padres, hacia mi hermano, hacia mis amigas… pero recuerdo perfectamente el momento en el que me enamoré perdidamente, el momento en el que me partió un rayo por la mitad y me dejó el estómago hecho trizas. Fue el verano de 1992.

Mis tíos tenían una casa en el Empordà, en Torroella de Montgrí, a pocos quilómetros de la playa. Cada verano mis padres aprovechaban y nos dejaban el mes de Julio con ellos, y en Agosto aprovechan su mes de vacaciones para pasarlo entero allí con nosotros. Mis tíos no tenían hijos y nos trataban a mí y a mi hermano como su fuéramos hijos suyos, o incluso mejor, nos trataban como reyes. Nos adoraban y nosotros los adorábamos a ellos. Nuestros padres venían el viernes por la noche con el coche y se quedaban hasta el lunes a primera hora de la mañana y siempre bromeaban sobre si queríamos irnos con ellos a Barcelona, y mi hermano Joel y yo nos poníamos histéricos gritando que ni en sueños volvíamos a la ciudad. No lo sé, pensándolo ahora me siento algo culpable fantaseando en qué quizás, cuando ellos hacían el camino de regreso a la ciudad para ir a trabajar les debía coger una especie de desánimo al sufrir esa vil traición y abandono por parte de sus propios hijos. Ahora ya de mayor, me los puedo imaginar volviendo por la autopista en silencio, mirando por la ventana con la mirada perdida pensando en nosotros. Quizás estaban encantados de perdernos de vista durante cinco días. Quién sabe.

Con mis tíos teníamos una especie de rutina que se había ido conformando con el paso de los veranos. Todas las mañanas nos levantábamos a la hora que nos daba la santa gana, siempre teníamos el desayuno perfectamente dispuesto, cada uno con su conjunto de taza y bol con nuestros nombres pintados y del mismo color. Después del desayuno nos encontrábamos en la piscina de la urbanización y en la que mi tía Mari siempre llevaba una hora por lo menos estirada tomando el sol y leyendo. Normalmente mi tío Hess (de padres irlandeses, aunque nació aquí) era el último en llegar a la piscina. Antes había ido a correr media hora o cuarenta minutos por el pueblo, y había aprovechado para comprar y leer el periódico. Era siempre el último en desayunar.

Mi tío Hess me fascinaba. Era un tío joven, altísimo, fuerte como un árbol, como un muro de hormigón, cuidaba su salud una barbaridad pero es que además era inteligentísimo. Algunos días me quedaba perdiendo el tiempo viendo los dibujos animados por la televisión solo como excusa para verlo entrar con toda la camiseta empapada y sudando, para ver el contraste diez minutos más tarde en las que se sentaba en la mesa del comedor vestido con una camisa blanca de lino, un pantalón corto (el color variaba según el día) mientras comía un par de tostadas, se tomaba un café, se colocaba sus gafas gruesas de color marrón y se ponía a leer el periódico. Parecía otro, parecía en paz, tan concentrado, tan atento, pasando páginas y páginas. Hasta que en algún momento levantaba la mirada, se quitaba las gafas de nuevo y me decía “¿Vamos a la playa?”.

Así pues, cuando el tío Hess se acercaba a la piscina con una mochila con todos los bártulos para pasar el resto de la mañana en la playa, todos nos levantábamos y le seguíamos en procesión hasta el coche y nos íbamos a la playa más cercana.

Pasábamos un par de horas en la playa bañándonos, jugando a palas, haciendo el salvaje en un colchón inflable, descansando, jugando a juegos con las piedras de la playa, haciendo construcciones… el tiempo pasaba volando y a la vez el tiempo parecía infinito. Cuando nos pillaba el hambre empezábamos a quejarnos y nuestro tío sacaba un refresco y una bolsa de patatas de la nevera portátil. Mari y Hess compartían una cerveza. Cuando volvíamos a quejarnos de hambre, recogían diligentemente las sombrillas y las toallas y volvíamos para casa.

Siempre comíamos y cenábamos en casa. La merienda, no obstante era obligada por Ley y bajo Pena de Muerte hacerla en el pueblo. Además de convertirse el momento de duda existencial más importante de mi vida. Ni escoger carrera en la universidad se podía comparar con el hecho de escoger entre helado o crep. Pero el dilema no acababa aquí, una vez elegido el artículo, faltaba el sabor y los “toppings”. Las tardes se convertía en una toma de decisiones crucial que amargaba o endulzaba la tarde. Por lo general, mi crep favorita era de plátano con chocolate. De hecho, mi helado favorito era una bola de chocolate y otra de plátano. Pero esa seguridad en mis gustos se desmoronaba al estar delante de la rulot que los vendía.

Ese era la planificación habitual, y cualquier excepción que se daba (que ocurrían a menudo) no hacía más que confirmar la regla.

Una vez a la semana, el sábado habitualmente, se organizaba una cena en casa de alguno de los vecinos con los que tío Hess y tía Mari tenían buena relación. En el verano del 92, todos los hijos (y sobrinos) de los vecinos teníamos de edades comprendidas entre los once y los quince años. Ni hecho aposta. Así que cuando terminábamos de cenar normalmente nos daban manga ancha para movernos por el pueblo sin problema. Los adultos bebían vino y reían de cosas que nos parecían incomprensibles, parecían extranjeros para nosotros. Los niños nos íbamos a explorar y a vivir aventuras.

Al inicio de ese verano Marc, el único del grupo que vivía en Torroella todo el año, nos dijo que conocía un sitio precioso donde ver las estrellas. Nos pidió que nos equipáramos todos con linternas. A pocos minutos de dónde tenían la casa mis tíos acababa el pueblo y empezaban algunos caminos que iban a subir algunas colinas que quedaban en la parte norte. Alguna vez habíamos ido de excursión con ellos por esa zona, pero nunca habíamos ido de noche.

Tenía una sensación mágica. Un grupo de once linternas moviéndose arriba y abajo. El aire se enfrió de golpe al alejarnos de la población. Llevaba un jersey que me protegía del frío, pero aun así algo me había calado por dentro. Marc se dio cuenta. “¿Tienes frío?”, me fregó la espalda para calmarme. Me sentí mejor. Quizás no era frío. ¿Era miedo? Me sonrojé, pero a oscuras no se notaba.

No sé cuánto rato caminamos, debió ser algo más de media hora, hasta que Marc dijo: “Vale, esperaos aquí y alumbrad hacia esa piedra”. Todos apuntamos al mismo sitio y Marc subió una piedra gigante con una agilidad pasmosa, haciendo fácil algo que me parecía imposible. Nos dijo que nos fuéramos acercando uno a uno mientras él iba ayudando a todos a subir y los demás seguían alumbrando toda la operación. “Ahora mucho cuidado, hay mucho espacio aquí arriba pero también es fácil caerse si no estamos atentos”. Aparecimos en una terraza natural de piedra que recordaba mucho a la roca del Rey León, dónde Mufasa y Sarabi celebraban el nacimiento de su hijo Simba. No pude hacer la reflexión en ese momento puesto que la película todavía no había salido, pero años más tarde me lo recordó.

Marc nos fue colocando uno a uno, ayudándonos a estirarnos de manera que todos estuviéramos en contacto con alguien. A mí me tocó a su lado ¿o lo escogió él? Y nos pidió que apagáramos las linternas y cerráramos los ojos un minuto para acostumbrarnos a la oscuridad. Cuando pasado un rato los abrimos, un océano oscuro y a la vez lleno de luces inundó el cielo. Jamás había visto un cielo parecido en Barcelona. Dudé incluso si es que vivíamos en el mismo mundo. Todos suspiramos al unísono, un suspiro al que él puso palabras: “Increíble ¿Verdad?”.

Marc nos empezó a hablar de las constelaciones, de la osa mayor, los signos del zodíaco, podíamos incluso apreciar los brazos de la Vía Láctea. Marc nos contaba todas esas cosas interesantes que me fascinaban. Hasta ese verano no había sido consciente de lo inteligente que era. Estábamos allí juntos, estirados, mirando estrellas, otros mundos, inmensidad e infinito… y yo no tenía otra cosa en la cabeza que no fuera que me sentía la persona más feliz del universo.

Cuando llegué a casa, fui incapaz de dormir. Podía ver todavía el cielo pegado en el techo del cuarto.

La segunda vez que fuimos a la roca a ver las estrellas, Aitor y Lorena, que eran hermanos, robaron un par de cigarros a su madre. Era la primera vez que ninguno de nosotros probaba el tabaco. Acabamos todos tosiendo, asqueados, sin entender porque tantos adultos compraban esa basura. La experiencia fue tan mala que tardé casi cuatro años en volver a probar de fumar.

Cómo ya éramos algo más mayores y los veranos en Torroella eran tranquilos, fuimos pidiendo permiso para ir a ver a las estrellas no solo el sábado sino también uno o dos días a la semana más. Las siguientes veces que quedábamos para estar en la roca mirando las estrellas, pasamos de un estado de fascinación silencioso a un estado de verborrea filosófica. Yo me quedaba en silencio generalmente, escuchaba atentamente cómo los demás hablaban de la vida, de la muerte, del amor y de tantas otras cosas que siempre había escuchado y que sin embargo jamás había experimentado de cerca. Hablábamos de las relaciones familiares, de las relaciones de nuestros padres, de nuestras amistades. Esas conversaciones rebotaban en mi cabeza, me dejaban aturdida. Hablábamos de cosas raras, en el fondo. En ese momento pensaba que esos temas se nos escapaban de las manos, no eran para nosotros, eran para los adultos. Pero por otro lado los adultos hablaban de cosas que nos parecían más incomprensibles y a la vez más estúpidas. Estábamos desarrollando madurez, y fui consciente que teníamos tanta información de nuestro entorno sin procesar, que abrumaba. Joel habló de nuestros padres y salieron tantas cosas que ambos habíamos viso y jamás habíamos hablado entre nosotros, ni siquiera eran cosas que hablaba conmigo misma.

“¿Quién será la primera persona que muera?” Dijo Marc, y nos quedamos mudos. Un par de personas se alarmaron, le acusaron de provocar mal rollo. “¿Por qué le tenéis miedo? No estoy diciendo nada que no sea real. Yo perdí a mi hermano. Ya lo sabéis. La gente muere. Nosotros también moriremos. Y a veces, cuando estoy muy feliz me preocupo, y pienso, ¿Cuándo cambiará todo esto?”.

Sentí terror, y lloré. Lloré en silencio. Saber que la noche acabaría, el verano acabaría, que nos separaríamos todos hasta el año siguiente, que quizás alguien no estaría entre nosotros, que quizás algún año dejaríamos de ir a Torroella, que nos haríamos mayores, dejaríamos de vernos… mis padres siempre decían que la vida pasaba muy rápido. ¿Era eso? Era horrible imaginarlo.

Marc debió sentirme y me cogió la mano. Dejé de llorar.

Marc no me soltó en ningún momento, me iba acariciando los dedos, al cabo de unos minutos empecé a sentir que me faltaba el aire, sentía calor por todo el cuerpo, me sentía levitar, flotaba, ligera como una pluma en un torbellino de aire caliente. Los demás continuaron hablando, pero yo ya no era capaz de escuchar nada más. Los latidos de mi corazón me dejaron sorda.

Al día siguiente Marc se acercó a nuestra casa a la hora del desayuno. Justo ese día estaba sola en casa. Mi tía y Joel estaban en la piscina, y tío Hess estaba con su rutina deportiva. Entró por la puerta saludando (en el pueblo dejábamos la puerta abierta siempre, cualquiera podía entrar) y cuando vio que estaba sola se puso rojo. A mí empezó a dolerme el estómago, me puse tan nerviosa que me atraganté y me salió la leche con cacao por la nariz. Marc se partió de risa. En un minuto hice el ridículo más espantoso de la vida. Quería fundirme con el suelo. “Tan solo venía a dejarte esto”. “¿Para mí?” Pensé, pero no lo dije. Dejó un sobre con mi nombre encima de la mesa. “Léetelo cuando me vaya”. Pero apenas estuvo unos segundos más y se fue. En el sobre había un pequeño trozo de papel en el que se podía leer “Quiero que nos veamos a las siete en el olivo de la rotonda”.

Una vez hube pedido los permisos correspondientes y la cara de extrañez de mi hermano (para mis tíos fue muy obvio que me gustaba alguien, antes incluso de que yo lo supiera), me presenté recién duchada en el olivo de la rotonda. Marc ya estaba allí. Hacía un buen rato que me esperaba. “¿Vamos?”. Los dos sabíamos a donde nos dirigíamos. Hicimos todo el camino en silencio. Los pasos iban al mismo ritmo que mis latidos.

Cuando llegamos y nos sentamos, Marc señaló un punto en el horizonte y dijo “el sol se pondrá por allí. No es el sitio más bonito del mundo para ver una puesta de sol, pero es el más bonito de l’Empordà. El mar se va a teñir de naranja, como el cielo.” Lo miré a los ojos y apoyé mi cabeza en sus hombros. Allí sentí que algo ocurría, algo pasaba con esa piedra, ese lugar en el que estábamos, con el que Marc estaba obsesionado y había conseguido obsesionarnos a los demás. A todos nos atraía su magia pero que para Marc significaba algo más. Y cómo si me hubiera leído la mente:

 

“Es aquí donde se mató Jordi”. Levanté la cabeza de sus hombros y lo miré con incredulidad. No tenía ni idea. En casa siempre habían dicho que Jordi, el hermano mayor de Marc, murió por una enfermedad. “Tenía depresión. Desde que yo tengo uso de razón que recuerdo a mí hermano triste. Y no podía entenderlo. Mi hermano era la persona que más admiraba de este mundo, era un ser fantástico”.

Marc me explicó que fue su hermano quién le enseñó ese lugar, dónde solía ir solo a pensar. Estuvo hablando durante media hora sobre su hermano y las circunstancias de su muerte. Yo escuchaba atenta mientras veía que una lágrima se deslizaba por su mejilla. Le di un beso para parar interrumpir su camino. Marc se giró y me besó en los labios.

La cabeza me estalló. No tengo manera posible de describir el mundo que sentí en un segundo. Molesta caer en tópicos, pero ese primer beso me rompió la vida, se pararon los relojes y sentí que renacía, sentí que empezaba mi vida con ese beso. El sol se estaba poniendo por fin y no sé si por la luz del cielo, por ver el mar encendido o por el beso, pero ese instante quedó clavado en mi cabeza. A día de hoy todavía es uno de los días, de las épocas más felices de mi vida.

Siempre me pareció mágica la fuerza de esa piedra, esa piedra que había sostenido a once niños, que había sostenido la curiosidad del ser humano, que había sostenido el amor, que había sostenido la vida, había sostenido el peso del universo, había sostenido el paso del tiempo, había sostenido un beso y que había, cómo no, sostenido la muerte.

Desde esa misma piedra sostuvimos las cenizas del tío Hess, cuando murió de cáncer cinco años más tarde, con mamá, papá, Joel y tía Mari. Marc nos acompañó para ayudarnos a subir el tramo final, y se esperó abajo a que acabáramos de tirar las cenizas. A pesar de que nuestro amor solo duró hasta acabar el Agosto del mismo 92, nuestra amistad siempre quedó a buen resguardo.

Su muerte nos dejó destrozados, especialmente a tía Mari. Para mí y Joel era un segundo padre al que admirábamos. Joel quería ser como él, yo quería estar en un futuro con un hombre como él. Aun así, esa pérdida insoportable se me hizo leve al estar allí, encima de esa roca, mientras veía el viento llevarse las cenizas hacía el punto en el que se juntaban el mar y el cielo, ambos naranjas como la tarde del beso, encendidos como puro fuego que se anticipa a la oscuridad que vendrá después, la misma que permitiría que se desvelaran una noche más los misterios de la vida y del universo.

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