Estrella
Unas manos inexpertas empezaban a recorrer con interés mi cuerpo desnudo, dedicando especial atención a mis pechos. Su tacto resultaba en algunos momentos brusco aunque su intención era ser agradable, la excitación le hacía perder el control. Eran unas manos profanas, desconocidas para mí. Me encantan las manos desconocidas, te obligan a estar despierta, a descubrir nuevas partes de ti. Esas manos temblaban, de una manera tan sutil que no se podía observar con los ojos, solo la piel puede dar cuenta de algunos detalles.
Hice un movimiento con mi cuerpo, elevando primero el pecho y bajándolo a la vez que subía mi abdomen, para ayudar a sus manos a volver a recobrar el rumbo a seguir. Confundió mis señales y entendió que deseaba que continuara apretándome los pechos, decidí coger su mano, estirar un dedo y directamente introducirlo en mi vagina. Languidecí.
Languidecí y entonces recordé esa mirada fugaz mientras paseaba por la acera y cuando lo había visto de lejos sentado en una terraza, leyendo el periódico con las gafas gruesas que le caían por la nariz de una manera ridícula. Su desaliño me excitó. Su abstracción en la lectura me excitó. Que se girara para mirarme directamente a los ojos, eso, señor, eso sí me excitó.
Algo ocurrió cuando puso su dedo en mi vagina, y es que de golpe entendió que es lo que debía hacer, y como. Se serenó. Pasó de alumno a maestro. Pude dejar de centrarme en lo que deseaba para dedicarme a retorcerme y gemir. Había sabido coger bien el control, mucho mejor de lo que esperaba. Me hizo sonreír, se agudizó mi sensación de placer.
Me vino a la cabeza lo que dijo antes de quitarme la ropa. "Fue por los tacones", ante mi cara de extrañeza "El ruido de los tacones. No te confundas, no soy un fetichista, de hecho no me fijo nunca en los zapatos, ni siquiera me gustan en los tacones. Pero era un ruido especial, amortiguado, rítmico... cuando oí el ruido de tu caminar, solo por eso, sabía que valía la pena girarse. Y cuando te vi, sabía que no me había equivocado"
Busqué su cara con mis manos e hice que se acercara a la mía. Lo quise mirar de nuevo, quise mirar de nuevo sus ojos azules. Me sonrió y los empezó a cerrar... y en el último instante fijó su mirada en mis labios. Fijó su objetivo, se lanzó a él. Saqué mi lengua para recibirlo.
Lo tumbé en la cama y me puse encima de él, recorrí un pequeño viaje con mis labios desde su lengua hasta su pene, y me lo introduje, sin miramientos, sin perdón, sin piedad, entero en mi boca.
Escuché susurrar mi nombre: "Estrella", sonó casi como un suspiro, mientra sacaba con delicadeza su pene de mis labios y buscaba con mi mirada su aprobación. Pero él miraba al cielo. En los buenos momentos uno siempre mira al cielo. Un hilo de saliva quedó colgando entre su punta y mi labio inferior.
Estrella. Ese era mi nombre. El nombre que habían decidido mis padres para que algo o alguien los iluminara. Podrían haberme puesto Esperanza, hubiésemos mantenido el mismo nivel de sarcasmo. Mi madre creyó que tenerme daría luz a su relación. Para mi padre tener a una niña fue como ver pasar a una Estrella fugaz. Breve, un deseo muy breve. Jamás lo conocí, y mi madre jamás me perdonó que yo fuera el "motivo" por el cuál él se fue. No había nacido y ya cargaba con el peso del fracaso amoroso de mis padres y con el rencor diario de mi madre. Para mi padre había sido un accidente, para mi madre era algo peor, era un deseo que, cuando uno consigue, se da cuenta de que no lo había deseado jamás. Me importa un carajo lo que piensen de mí, pero me alegré cuando murió. Solo tenía veinte años cuando me dejó. No tuve herencia, no teníamos propiedades, jamás habíamos tenido nada de nada. Todo era supervivencia pura, sobrevivir día a día, mes a mes. No permanecía nada, no había ahorros, no había futuro, eso solo era algo que hacíamos pasito a pasito. Lo único que me dejó realmente fue mi nombre, Estrella, la que desean los hombres (y las mujeres). Por fin, sin ella, pude empezar a brillar.
Su pene estaba recto, como una estaca clavada en su pelvis. Me acerqué con mis caderas y doblando las piernas la introduje en mi vagina, y empecé a cabalgar....primero poco a poco, suave, lentamente... después desbocada. Nuestros gemidos empezaron a fundirse, a camuflarse. No iban acompasados pero no importaba, solo importaba que hubiese aire para respirar, que hubiese ruido, sudor resbalando por nuestra piel, que nos fuera la vida en ello.
Y habían pasado cuarenta años. Ni más, ni menos, cuarenta. La gente en mi vida había ido y había venido, compañías de una noche, compañías de algunos años, compañías de bar, compañías de compañías, compañías del trabajo...las personas eran compañías que solo quería que me contemplaran brillar y que se fueran. Que no se acercaran y se llevaran mi luz, ya se habían llevado la suficiente mis padres. Que no vinieran a eclipsar mi luz. La poca que quedaba era para mí, para poder aguantar esta vida, lo que quedara de ella. Para continuar, como siempre, pasito a pasito... o eso es lo que yo creía. Sentía que las relaciones humanas durante un breve lapso de tiempo eran sorprendentes, pero cuando se alargaban la gente empezaba a poner sus cargas, desaparecían sus simpatías y aparecían sus manías. Y no hay nada más asfixiante que las manías ajenas.
Pero aún tomando mis precauciones, hacía mucho tiempo que yo ya no tenía luz, no podía saber cuanto hacía. Era "literalmente" como una estrella. Me explico. A veces, desde la Tierra, cuando es de noche podemos ver la luz de muchas estrellas y sabemos que algunas de ellas ya no existen, ya han explotado, ya han muerto. Pero nos sigue llegando la luz desde la distancia, durante meses, años...
Me golpeó en el culo, con fuerza, di un bote, y continué moviéndome un poco más rápido. Me agarró los pechos con fuerza y me tiró de un pezón. Me noté más húmeda. Encorvé mi espalda y apoyé mis manos en su pecho para poder mover más la cadera.
¿Cuanto tiempo hacía que había muerto mi luz? Qué sé yo... a veces pienso que ya nací como una estrella muerta, y que mi vida ha sido simplemente ese dejar que la luz permanezca viva a los ojos de los demás, para alumbrarlos, para acompañarlos. Pero qué sé yo a estas alturas, qué más me da. Yo solo deseaba en mi vida que la luz no se dejara de ver, y el deseo siempre me pareció, y me sigue pareciendo, que era la manera más sencilla y agradable de brillar.
Noté que eyaculaba dentro de mí, soltó un grito fuerte y breve sin reparos. Noté el calor de su semen entre mis piernas, noté los espasmos de su pene, los vaivenes que hacía. Entonces grité yo, cerré los ojos y desaparecí. Mi luz se apagó, me fui.
Me fui poco tiempo, pero la verdad es me supo a toda una vida.
Hice un movimiento con mi cuerpo, elevando primero el pecho y bajándolo a la vez que subía mi abdomen, para ayudar a sus manos a volver a recobrar el rumbo a seguir. Confundió mis señales y entendió que deseaba que continuara apretándome los pechos, decidí coger su mano, estirar un dedo y directamente introducirlo en mi vagina. Languidecí.
Languidecí y entonces recordé esa mirada fugaz mientras paseaba por la acera y cuando lo había visto de lejos sentado en una terraza, leyendo el periódico con las gafas gruesas que le caían por la nariz de una manera ridícula. Su desaliño me excitó. Su abstracción en la lectura me excitó. Que se girara para mirarme directamente a los ojos, eso, señor, eso sí me excitó.
Algo ocurrió cuando puso su dedo en mi vagina, y es que de golpe entendió que es lo que debía hacer, y como. Se serenó. Pasó de alumno a maestro. Pude dejar de centrarme en lo que deseaba para dedicarme a retorcerme y gemir. Había sabido coger bien el control, mucho mejor de lo que esperaba. Me hizo sonreír, se agudizó mi sensación de placer.
Me vino a la cabeza lo que dijo antes de quitarme la ropa. "Fue por los tacones", ante mi cara de extrañeza "El ruido de los tacones. No te confundas, no soy un fetichista, de hecho no me fijo nunca en los zapatos, ni siquiera me gustan en los tacones. Pero era un ruido especial, amortiguado, rítmico... cuando oí el ruido de tu caminar, solo por eso, sabía que valía la pena girarse. Y cuando te vi, sabía que no me había equivocado"
Busqué su cara con mis manos e hice que se acercara a la mía. Lo quise mirar de nuevo, quise mirar de nuevo sus ojos azules. Me sonrió y los empezó a cerrar... y en el último instante fijó su mirada en mis labios. Fijó su objetivo, se lanzó a él. Saqué mi lengua para recibirlo.
Lo tumbé en la cama y me puse encima de él, recorrí un pequeño viaje con mis labios desde su lengua hasta su pene, y me lo introduje, sin miramientos, sin perdón, sin piedad, entero en mi boca.
Escuché susurrar mi nombre: "Estrella", sonó casi como un suspiro, mientra sacaba con delicadeza su pene de mis labios y buscaba con mi mirada su aprobación. Pero él miraba al cielo. En los buenos momentos uno siempre mira al cielo. Un hilo de saliva quedó colgando entre su punta y mi labio inferior.
Estrella. Ese era mi nombre. El nombre que habían decidido mis padres para que algo o alguien los iluminara. Podrían haberme puesto Esperanza, hubiésemos mantenido el mismo nivel de sarcasmo. Mi madre creyó que tenerme daría luz a su relación. Para mi padre tener a una niña fue como ver pasar a una Estrella fugaz. Breve, un deseo muy breve. Jamás lo conocí, y mi madre jamás me perdonó que yo fuera el "motivo" por el cuál él se fue. No había nacido y ya cargaba con el peso del fracaso amoroso de mis padres y con el rencor diario de mi madre. Para mi padre había sido un accidente, para mi madre era algo peor, era un deseo que, cuando uno consigue, se da cuenta de que no lo había deseado jamás. Me importa un carajo lo que piensen de mí, pero me alegré cuando murió. Solo tenía veinte años cuando me dejó. No tuve herencia, no teníamos propiedades, jamás habíamos tenido nada de nada. Todo era supervivencia pura, sobrevivir día a día, mes a mes. No permanecía nada, no había ahorros, no había futuro, eso solo era algo que hacíamos pasito a pasito. Lo único que me dejó realmente fue mi nombre, Estrella, la que desean los hombres (y las mujeres). Por fin, sin ella, pude empezar a brillar.
Su pene estaba recto, como una estaca clavada en su pelvis. Me acerqué con mis caderas y doblando las piernas la introduje en mi vagina, y empecé a cabalgar....primero poco a poco, suave, lentamente... después desbocada. Nuestros gemidos empezaron a fundirse, a camuflarse. No iban acompasados pero no importaba, solo importaba que hubiese aire para respirar, que hubiese ruido, sudor resbalando por nuestra piel, que nos fuera la vida en ello.
Y habían pasado cuarenta años. Ni más, ni menos, cuarenta. La gente en mi vida había ido y había venido, compañías de una noche, compañías de algunos años, compañías de bar, compañías de compañías, compañías del trabajo...las personas eran compañías que solo quería que me contemplaran brillar y que se fueran. Que no se acercaran y se llevaran mi luz, ya se habían llevado la suficiente mis padres. Que no vinieran a eclipsar mi luz. La poca que quedaba era para mí, para poder aguantar esta vida, lo que quedara de ella. Para continuar, como siempre, pasito a pasito... o eso es lo que yo creía. Sentía que las relaciones humanas durante un breve lapso de tiempo eran sorprendentes, pero cuando se alargaban la gente empezaba a poner sus cargas, desaparecían sus simpatías y aparecían sus manías. Y no hay nada más asfixiante que las manías ajenas.
Pero aún tomando mis precauciones, hacía mucho tiempo que yo ya no tenía luz, no podía saber cuanto hacía. Era "literalmente" como una estrella. Me explico. A veces, desde la Tierra, cuando es de noche podemos ver la luz de muchas estrellas y sabemos que algunas de ellas ya no existen, ya han explotado, ya han muerto. Pero nos sigue llegando la luz desde la distancia, durante meses, años...
Me golpeó en el culo, con fuerza, di un bote, y continué moviéndome un poco más rápido. Me agarró los pechos con fuerza y me tiró de un pezón. Me noté más húmeda. Encorvé mi espalda y apoyé mis manos en su pecho para poder mover más la cadera.
¿Cuanto tiempo hacía que había muerto mi luz? Qué sé yo... a veces pienso que ya nací como una estrella muerta, y que mi vida ha sido simplemente ese dejar que la luz permanezca viva a los ojos de los demás, para alumbrarlos, para acompañarlos. Pero qué sé yo a estas alturas, qué más me da. Yo solo deseaba en mi vida que la luz no se dejara de ver, y el deseo siempre me pareció, y me sigue pareciendo, que era la manera más sencilla y agradable de brillar.
Noté que eyaculaba dentro de mí, soltó un grito fuerte y breve sin reparos. Noté el calor de su semen entre mis piernas, noté los espasmos de su pene, los vaivenes que hacía. Entonces grité yo, cerré los ojos y desaparecí. Mi luz se apagó, me fui.
Me fui poco tiempo, pero la verdad es me supo a toda una vida.
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"compañías de compañías"