En la calle

Hacía tiempo que algo no iba bien. No sabría decir cuanto tiempo. Un año, dos quizás. No creo que hiciera más tiempo cuando todo empezó a decaer. Podría ser que menos, seis meses incluso. Era como una semilla que se había plantado dentro de mí, y que sin darme cuenta había ido creciendo paulatinamente, hasta que un día floreció, y todas las dudas se agolparon en mi consciencia.

No estábamos bien con Miguel. Los abrazos diarios se convirtieron en puntuales, semanales, mensuales... por una inercia desdichada que ninguno de los dos parecía comprender ni atender. Simplemente los espacios de tiempo en los que nos fundíamos se hacían cada vez más grandes. Como si el mar se ralentizara poco a poco y el vaivén de las olas para acariciar la orilla se eternizara.

Sí solo hubiera sido eso, casi podríamos haberlo llamado rutina, o costumbre tal vez. Algo que no sabría decir si es normal, pero como mínimo normalizado, comprensible. Pero también ese vaivén de nuestros abrazos se hacía cada vez menos intenso. Un calor profundo que emanaba desde dentro se fundía en nuestros pechos cuando se juntaban. Igual que cuando lo hacíamos, el calor salía de nuestro interior, se juntaban nuestros cuerpos y aparecía a nuestro alrededor una aureola caliente de confort, de paz, de bienestar que nos envolvía como una sábana. Esa sensación se había ido marchitando.

Y eso, sin duda es algo a lo que uno no se puede acostumbrar a renunciar. Era algo que nos unía más que unas llaves que abría nuestro piso, más que pasear cogidos de la mano. Siempre había sentido que ese calor era lo más importante de nuestras vidas, era el fuego real del que pendía nuestra relación, nuestra felicidad. Quería mantenerme a su lado para cuidar de ese fuego que era nuestro.

La primera vez que lo pensé fue como algo muy sutil, casi ausente, y sin pensarlo lo dejé como que él habría tenido un día raro. Probablemente lo había tenido, y al día siguiente todo continuó como siempre. Pero a la semana siguiente el día raro lo tuve yo. No había ocurrido nada en particular, simplemente, ese día sentía que no lo necesitaba, casi como por venganza por no haberme sentido querida un día. Ninguno de los dos dijo nada, todo parecía muy normal. No podíamos querernos cada día como locos. Pero el tiempo y la falta de preocupación invirtió el ciclo, nos queríamos algunos días, pero la mayoría de veces todo era tan, tan normal... que alguien tendría que haberse asustado. Pero la normalidad alarmante se funde con la cotidianidad, dejando libre de sospechas cualquier hecho.

Simplemente, no le dábamos importancia. Mi alarma se activó en nuestro último aniversario. Fuimos a cenar fuera y intercambiamos un regalo. Digo intercambiamos porqué parecía más bien un protocolo que no un deseo loco de dar al otro. Bebimos un poco de vino, hablamos poco, sobretodo de la comida. Fuimos a casa y nos quedamos dormidos sin follar.

Yo tenía la mañana siguiente libre, él se fue a trabajar, y supongo que todo fue culpa del café, del rato largo y tranquilo que tuve para tomármelo. Miré a mi alrededor y me pregunté si aquello es lo que siempre había querido, si aquello era lo que esperaba de mi vida, de nuestra vida. Si aquello se parecía a lo que habíamos soñado cuando nos conocimos. Pero entonces que era lo que esperaba? Tener un piso más grande? Vivir en otra ciudad? Que potenciáramos nuestros valores como profesionales para no estancarnos? Deseaba que me follara con ganas? Que me quisiera? Que me lo demostrara más a menudo?
Cuando llegó a casa le expliqué mis dudas. La semilla había brotado hacía tiempo y ahora mostraba sus hojas. Él lo normalizó todo, era muy racional, todo era absolutamente normal, le ocurría a todo el mundo, a todas las parejas. Pero yo no quería ser como todo el mundo, yo quería ser únicos como nosotros mismos un tiempo atrás.

Decidimos trabajarlo un poco, dedicarnos más tiempo. La situación mejoró, aunque algunas cosas las vivía como demasiado forzadas, quería que fuera todo más natural. Pero a veces me daba cuenta que aunque todo lo que me hacía dudar mejorara, había algo que se me escapaba, notaba la ausencia de algo que no sabía que era.

Y no fue hasta la semana pasada que lo vi todo claro. Íbamos paseando por la calle, cogidos de la mano, sin apretar nuestras manos, simplemente colgaban cogidas, como si se hubieran cruzado por casualidad y hubieran quedado enganchadas. Entonces Miguel hizo un gesto con la mano saludando a una chica que se encontraba en la otra acera, y esa le respondió con mucha efusividad, levantando ambas manos por encima de su cabeza y saludando.

Lo miré, sonreía. Puse cara extrañada. Pareció entender alguna de las preguntas que me hacía en mi cabeza, me respondió "Es Martita". Sin controlarlo, mi expresión se exageró. "Marta, de la Facultad, ¿no te acuerdas?". Mi expresión se suavizó. Tiró de mi mano y cruzamos la calle en rojo, apenas pasaban coches.

Entonces es cuando tuve la revelación. Se abrazaron y se miraron a los ojos, ambos sonreían. Era todo tan normal. Por supuesto que lo era. Pero lo vi muy claro en los ojos de ambos. Él la miraba como me había mirado tantas veces a mi. Ella lo miraba como yo siempre lo había mirado, como hacía tiempo que no lo miraba. Y a la vez, estaba convencida de que entre ellos no había ocurrido nunca nada. Estaba muy convencida que incluso en la Facultad no se habían mirado jamás como se estaban mirando aquellos escasos segundos en medio de la Calle Aragón.

Me di cuenta de que ese brillo que estaba naciendo en los ojos de Miguel, es todo lo que yo deseaba para mí, era lo ausente en nuestra relación. Deseaba que me apretara las manos, que me abrazara con fuerza, que me follara con esa misma mirada, que no era de deseo, era solo su semilla. Necesitaba ese calor que solo nosotros podíamos crear.

El resto vino solo a mi cabeza, ese futuro probable y no muy lejano en el que ella le estiraría de los brazos para pararse delante de los aparadores de las tiendas de ropa que le gustaban, él llevándola a ese bar tan bonito escondido en una esquina cerca de Paseo San Juan que yo le había enseñado, ellos compartiendo sushi en cualquier japonés, y él dándole de sus palillos un trozo de sashimi mojado que se caería por la mesa y qué apenas los salpicaría, y se reirían a carcajadas, me los imaginaba compartiendo el último trozo de una patata frita, haciendo un viaje en el que solo él conduciría, los veía cenando en casa de sus padres, abriendo una puerta nueva de un nuevo piso que habrá que amueblar, veía a Miguel diciéndole que era una "cosa bonita" con una voz un poco aguda, los veía compartiendo una lasaña de carne con berenjena, la especialidad de Miguel, podía verlo susurrándole al oído lo que le haría al quitarle la ropa y a ella la veía retorcerse levemente de felicidad. Los vi en un futuro haciendo nuestros viajes soñados y no realizados, llevando a nuestro hijo al mundo (Lea si era una chica, Leo si salía chico), teniendo un gato y un perro que se iban a llevar tan bien como nosotros, soñando con los mil destinos que viviríamos y los dos mil trabajos que haríamos si los pudiésemos elegir libremente...

De golpe me sentí triste, profundamente triste, y a la vez alegre, por poder imaginar que la vida nos seguiría dando cosas buenas, que le daría cosas buenas. Pero ese segundo de alegría se apagó como una vela, dejando humo y oscuridad al tomar consciencia de la situación real: ese fuego imposible de describir, solo nuestro, hacía tiempo ya que no estaba con nosotros, solo quedaban unas brasas que daban un calor que se iba atenuando

Se me hacía evidente de que, con el tiempo, ellos dos iban a empezar un camino, o más bien continuarlo.
Él iba a hacer su (nuestra) vida sin mi, con ella.

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