Colgué el teléfono
Necesitaba aire fresco.
Salí con celeridad del despacho, sin querer, dejando la puerta
abierta. Bajé con destreza las escaleras hasta llegar al rellano, siguiendo con
el mismo ritmo acelerado hasta la calle. Gotas de sudor empezaban a bajar por
mi frente, mis axilas empezaban a humedecer la camisa, dejando una roncha
visible alrededor del sobaco. Al cruzar por la puerta de entrada del edificio
me di cuenta de que mi corazón estaba latiendo con fuerza, respiraba
entrecortadamente. Me daba consignas mentales a mí mismo para serenarme, me
decía "respira, respira, respira..." pero mis pulmones de ninguna
manera querían reaccionar ante las órdenes de mis palabras.
Una vez en la calle vi que mi secretaria estaba fumando un
cigarrillo y cuando me vio se sobresaltó, abrió sus ojos marrones y puso la
boca de piñón, como si fuera a decir algo sin saber exactamente qué.
Seguramente no sabría si tirar el cigarro o si debía preguntarme algo. Para no
incomodarla más me adelanté.
- Cristina, comenta a mi próxima paciente que la cogeré quince
minutos más tarde
- O..okey, ¿va todo bien?
- Si claro, todo bien, no te preocupes - dije sonriendo, pero no
había manera posible de ocultar mi estado de perturbación.
Quise rememorar la conversación:
- ¿Doctor Sáez? Soy la señora Díaz, la madre de Marcos.
- Doctor no, psicólogo, Jordi está bien. Me acuerdo señora Díaz,
dígame.
- Llamo para avisar de qué mi hijo se ha matado, esta noche...en el metro.
Se generó un silencio tan denso que podíamos olerlo, verlo,
respirarlo, palparlo, casi probarlo. Era un silencio con todos los sentidos.
Fui lento, jodidamente lento. Pero, ¿Por qué no me habría dado cuenta de la
tensión que había en su voz? Quería pensar algo, lo que debía decir, pero no
existía una puta frase perfecta para un momento así, no podía pensarla o es que
sencillamente no existen palabras de consuelo, solo huecos entre letras, como
huecos que nos dejan los muertos entre los vivos. Ella debió percibirlo.
- No se preocupe, no es culpa suya.
- Yo... lo siento, de verdad, siento oír tan malas noticias, no
entiendo...
- Todos sabíamos que llegaría este día, tarde o temprano, y ha
sido más tarde de lo que habíamos pensado muchas veces, estamos agradecidos por
todo, de verdad. Él era así.
Parecía tan serena, tan en paz, tan comprensiva, y yo me sentía tan
frustrado, tan oprimido, vencido.
- Gracias por llamar, se lo agradezco mucho. ¿Cuándo es el
funeral?
- Mañana, en el cementerio, a las diez y media. Habrá mucha gente,
venga más temprano o quizás no coincidiremos Doctor.
- Gracias y hasta mañana. De verdad, lo siento mucho. Si quiere
usted venir un día aquí para hablar de lo ocurrido, por supuesto sin cobrarle
nada...
- No es necesario Doctor, ha hecho todo lo posible para Marcos,
como todos nosotros.
Decidí concederle esos dos últimos “Doctor”, casi por compasión, o
quizás la compasiva había sido ella dedicándome esa imprecisión en un momento
tan duro.
¿Cómo había ocurrido? Casi un año de terapia, a prácticamente
sesión semanal, por lo menos treinta o cuarenta sesiones de terapia, con
progresos, nunca falló a ninguna sesión, algún cambio de hora, algún retraso
puntual pero nunca un abandono... No podía entenderlo.
Salí a andar y me planté en un parque a dos calles del despacho,
me senté en un banco. Me quedé con las piernas abiertas y con los hombros y la
cabeza caída, con las manos juntas y con
los codos apoyados en los muslos para sostener el equilibrio de mi
columna.
¡Por Dios!, solo tenía diecinueve años cumplidos la semana
anterior. Un chico tan joven, como él, no debía morir, no era necesario. Tenía
vida en su interior, tenía fuerza, podía verlo aunque él tratara de esconderlo,
había algo en su interior que resultaba acogedor, algo que él sentía
arrebatado, perdido.
Empecé a frustrarme, a sentir rabia hacia él y hacia mí. Intenté
recordar cómo había ido esa última sesión, poner en la consciencia los detalles
que me habían pasado desapercibidos tras terminar:
- ¿Sabes? Hace un año que soy ya supuestamente adulto, y la vida a
lo largo de este año me ha seguido decepcionando.
- ¿Entiendo que creías que por cumplir dieciocho tu vida iba a ser
distinta, y ahora que ya ha pasado un año de este momento te has dado cuenta de
qué la vida no ha cambiado nada?
- Exacto. La vida, el mundo, la gente que me rodea, yo. Todos
estamos en el mismo barco. No sé cómo explicarlo, siento que yo y el mundo
somos uno, mi estado de ánimo va con el del mundo. Ya sé, a veces hemos hablado
de esto, entiendo la parte más narcisista de lo que ocurre en mis pensamientos.
Cuando me lo dijiste por primera vez, esto de ser yo algo narcisista, me ofendí
bastante, incluso decidí no volver, pero una parte de mi reconoció que algo de
lo que habías dicho había resonado en mí. En el fondo me interesó el hecho de darme
cuenta de cosas de las que no me doy cuenta. Que además era algo que pensaba
que no podía ocurrirme.
- ¿Vienes, podemos decir, por el interés de conocer cosas de ti mismo?
- No sé exactamente porqué vengo, pero cuando ocurre algo así
capta mi interés, me anima a venir. De todos modos no es eso lo que quería
decir. Quería decir que aunque me dé cuenta, no puedo dejar de pensar en qué
realmente es así: siento el mundo triste, apagado, poco humano, cada uno a
cargo de sí mismo y de nadie más, abandonado…siento un mundo medio muerto y es
así como me siento yo también. Y pensaba que ahora que supuestamente podía
tener el control de mi vida, ser un adulto podría ser distinto. Incluso que
siendo yo distinto, pudiendo cambiar mi vida, también vería el mundo de otra
manera. Pero me he dado cuenta de qué no he cambiado tanto a lo largo de mi
vida. De hecho no he cambiado nada de nada.
- A veces hemos hablado de tus progresos, has estado siempre de
acuerdo, han mejorado muchas cosas en cuanto a la calidad de tu vida, de tus
relaciones, de tus proyectos futuros…
- Sí, y eso está muy bien, si vivo muchos años sé que haría con
estos años, pero esto no me hace especial, me hace como…inevitable.
Irremediablemente estoy vivo. Planeo mi vida y mi futuro por si no me ocurre
algo antes y me muero. Pero todo esto es algo provisional, lo que realmente
deseo para mi futuro es que aparezca algo que de verdad me borre todo esto que
tengo dentro.
- (silencio, mano en la barbilla, ligeros movimientos con los
dedos, mirada fija, jugando con los espacios, hablará, esperaré unos segundos)
- Siempre terminamos en el mismo tema, pero lo que me hizo mi
padre lo voy a llevar siempre dentro. Ahora estoy convencido de ello. Las
imágenes que tengo asociadas a todos esos momentos es a su vez la imagen que
tengo del mundo, y no la puedo borrar. Puedo continuar con mi vida, pero no veo
que sentido puede tener cuando te la han arrebatado. La mía y la de mi madre.
Básicamente, estoy yo aquí cada semana contigo porqué mi madre cree que la peor
parte me la llevé yo, y es su manera de curar su herida. La herida la tiene tan
grande como yo. Si yo mejoro, su culpa y su rabia disminuyen. Nunca hablamos de
ello y sé que nunca más vamos a hablar del tema, pero sé perfectamente que me
entiende, y por eso la respeto. Si no la odiaría, por haber permitido que eso
pudiera llegar a ocurrir tantas veces. Pero la respeto de verdad ¿sabes?, yo
soy su dolor también, su sufrimiento actual es por todo lo que me ha ocurrido a
mí.
- Siempre que hablamos de tu padre, me conmueve mucho lo que te
ocurrió, ya lo sabes, esa lucidez que tienes al explicar las cosas, en parte
también debe ser por este hecho. Te marcó de por vida pero también te ha
transformado en alguien que ve el mundo de una manera muy singular. Eso es algo
que te gusta de ti, ¿no es cierto?
- Pero es que yo no tengo un problema de autoestima, no es mi
problema. Mi problema es mi imagen del mundo, está agujereada.
- Pues vamos a tejerla. Poco a poco.
- Me gusta el trabajo que haces, también te respeto mucho, y fui
muy reacio a trabajar contigo porqué estaba convencido de que nadie podía
ayudarme, menos un psicólogo, y menos tú. Entendí que eso formaba parte de mí,
pero hay cosas que forman parte del mundo, parte de lo que yo no puedo cambiar.
- ¿Por qué no utilizas tu dolor para transformarlo en algo?
- Cómo…¿arte o música y estas cosas?
- Por ejemplo, pero podría ser también como algo que pudiera ayudar
a los demás, a hacer que tu visión del mundo sea visible para los demás, a que
los demás puedan impregnarte con sus ideas también, a cómo transformar tu
vacío, tu nihilismo si prefieres, en algo. Convierte tu vida en tu obra,
convierte tu obra en tu vida. Lo que dejes es lo que serás, en el fondo, y todo
el camino que recorras en esa dirección, es quién eres, día a día…
-(silencio, retomé la palabra)
- Nos hemos pasado un poco de la hora… lo siento pero en cinco
minutos entrará otra visita.
- No te preocupes, voy a pensar en esto que has dicho al final…mi
madre pasará mañana a pagarte las dos semanas.
- Que no se preocupe, cuando ella pueda.
Se levantó, abrió la puerta, se giró
– En el fondo yo solo soy
una imagen más de una violación, de lo que representa, ahora mismo solo sirvo
para hacer visible a una parte de la sociedad que ocurren atrocidades, una sociedad
que sabe que ocurren atrocidades pero que sólo necesita escucharlas en la tele
o leerlas en su periódico para ponerse una mano en la boca y decir que es “muy
fuerte” o “muy injusto” o incluso “atroz”, para comentarlo con los compañeros
del trabajo pero para después volver a su casa, con sus familias y olvidarse de
lo hechos polvos que estamos, de lo enfermos que estamos, para poder continuar
pensando que la vida…no, perdona, para dejar de pensar, simplemente, dejar de
pensar, para poder soportar la existencia.
Silencio.
– Yo solo represento esto, una víctima más que nos recuerda que
vamos a continuar haciendo exactamente lo mismo que ya hacíamos ayer… Me
gustaría mover el mundo.
- Pensaré en todos esto, lo hablaremos la semana que viene. Mismo
día, misma hora.
- Gracias
- A ti.
Tenía ganas de llorar, pero me permití un tiempo para pensar un
poco más antes de hacerlo. Cuando alguien hace algo y analizas los hechos a
posteriori, siempre todas las piezas encajan, todas las conexiones parecen
visibles, cuando estás en un presente
concreto, nunca sabes dónde y cuándo va a ocurrir la siguiente jugada. El mismo
martes pensé que era una sesión cualquiera, de reflexión, de regreso al trauma.
Ahora podía ver que era un claro aviso de sus intenciones de suicidarse, y además
ya no había nada que se pudiera hacer para evitarlo.
“No se preocupe, no es culpa suya” había dicho su madre.
¿Intentaba evitar que no me torturara a mí mismo o era algo que pensaba
realmente? Me vino la imagen del día que entró Marcos en mi consulta, con su
madre, los dos sentados en el sofá, ella explicando lo que ocurría, que era un
chico más bien solitario, más bien triste, que no tenía muchas motivaciones en
la vida, que estaba siempre en el ordenador, que tenía que hacer amigos, que
había cumplido ya los dieciocho, no quería trabajar ni estudiar y tenía que espabilar…
los típicos problemas de una adolescencia que se alarga más de lo normal y que cursa
con problemas, frustraciones de lo que no se puede conseguir, los miedos,
impotencia…. a veces con consumo de drogas, a veces exceso de dedicación a los videojuegos
o internet... Bueno, íbamos a trabajar.
Le pedí a la madre que se fuera, que podía volver en una hora y me
quedé a solas con él. Estaba serio pero medio sonriente, incluso llegaba a
inquietarme, tuve la sensación que podía ser alguien con un perfil más bien
antisocial, sobre todo cuando empezó a hablar después de que le preguntara “Y
bien… ¿tu por qué crees que tu madre te traído aquí conmigo?”
- Mi padre estuvo abusando de mí durante años, los mismos qué
tardó mi madre en darse cuenta, tanto tiempo y tantas veces que no podría
concretar…¿cuatro años? ¿séis?. Un día llegó a casa mamá, yo tendría diez años
y lo pilló in fraganti. Denuncias, cárcel, separaciones, dramas, lloros,
llantos, más lágrimas, mías, de mi padre, de mi madre. Rupturas familiares,
cambios de colegios, terapias, psiquiatras… y continué con vida y con mí vida,
como pude, con más o menos buen resultado. Simplemente, mi madre está
preocupada porqué soy muy franco con ella, y le he dicho que creo que la vida
no tiene sentido, y que si lo pongo todo en una balanza, veo que vivir o morir
están en un mismo plano, pesan lo mismo para mí. Tiene miedo de que me suicide.
Me quedé de piedra, pero fingí tranquilidad y mostré interés.
- ¿Y crees que podría ocurrir, crees que es lícita la preocupación
de tu madre?
- Sí, podría ocurrir y si es lícita, por eso he aceptado venir a
tratarme. Acabo de cumplir los dieciocho años hace unas semanas, y he decidido
que me doy un tiempo para ver si siendo “adulto” puedo comprender de qué va
esto de vivir y como se tiene que hacer y cómo se tiene que pensar para vivir
bien. Acepto pensar que la vida pueda ser algo mejor de lo que pienso.
Levanté la vista del banco, mirando alrededor del parque y me
sobresalté. Me pareció ver a Marcos, paseando con su andar desenfadado, sus
zapatillas con los cordones saltando, arrastrando los pies y con unos
auriculares grandes blancos que cubrían sus orejas. Con la capucha medio puesta
y con un flequillo bajo que sobresalía por su frente y casi podía tapar sus
ojos. Sonreía. Solía sonreír bastante, no era un chico infeliz. Me dominaron
unas terribles ganas de ir corriendo a perseguirle, a cogerlo por los hombros y
sacudirle, zarandearle para que no lo hiciera, para explicarle que eso no
aliviaría ni su dolor, ni lo haría más visible a los demás, que no conseguiría
hacer sentir culpable a su padre por lo que hizo, porqué si fue capaz de hacer
algo así era capaz de no tener ningún tipo de remordimiento, que no iba a
salvar a nadie con su muerte, que el mundo no iba a cambiar porqué un niño
violado se hubiera suicidado, que tenía razón, que si lo hacía nos condenaba a
todos, a su padre, a su madre, a mí, y él no se libraba de la condena que lo
había perseguido durante años, si no que moría con ella. Quería decirle que
podía entenderlo, que quería entenderlo y ayudarlo.
Podía entenderlo y a la vez algo se me escapaba, se suicidó por
convicción, pero uno no debería suicidarse por convicción, uno podría morirse
por convicción, pero no matarse activamente. Algo se me había escapado, no había
podido llegar a su herida. Habíamos trabajado mucho, había reparado muchas
pequeñas heridas, pero su herida había seguido intacta, sin cicatrizar,
sangrando incesablemente.
Se me escapó sin mí permiso una lágrima. Esperé cinco minutos más,
que la lágrima se escondiese entre los pelos de mi barba y se secara. Decidí
subir al despacho de nuevo. Cristina me miró y me sonrió pero no dijo nada.
Entré al baño a limpiarme la cara y me miré al espejo mientras me secaba con la
toalla. Había más vidas que salvar, no podía permitirme que se me escapara
ninguna más. Serené mi mirada, cogió confianza, “lo mejor y lo peor de la vida
es que continúa”, pensé.
A la mañana siguiente una pequeña columna en el periódico, en “Sucesos”
sobre lo que le ocurrió a Marcos. No pude evitar imaginarme miles de personas
distintas con una mano en la boca diciéndose “muy fuerte”, o “muy injusto” o “qué
atroz”, comentándolo con sus compañeros de trabajo, continuando su vida como
ayer, continuando su vida como mañana.
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Hubo un momento en el qué pensé que me había reconocido. Lo vi de reojo y aparté la mirada rápidamente. Sentí su mirada que se me clavaba como un cuchillo. Por un momento pensé en caminar hacia otra dirección, pero hubiese sido sospechoso, decidí seguir mi rumbo con total normalidad. No vino a buscarme, quizás no me reconoció, pero seguramente pensó que no podía ser yo, no se puede resucitar a un muerto. Nunca más voy a dejar que llame mi madre para anular visitas.
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Hubo un momento en el qué pensé que me había reconocido. Lo vi de reojo y aparté la mirada rápidamente. Sentí su mirada que se me clavaba como un cuchillo. Por un momento pensé en caminar hacia otra dirección, pero hubiese sido sospechoso, decidí seguir mi rumbo con total normalidad. No vino a buscarme, quizás no me reconoció, pero seguramente pensó que no podía ser yo, no se puede resucitar a un muerto. Nunca más voy a dejar que llame mi madre para anular visitas.
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