Soltar una piedra

"Citas a través de internet...¿Quén cojones querría buscar pareja así? Hay mil maneras más auténticas de conocer gente", me solía decir, y solía decirle a  Manu cada vez que una de nuestras amistades iba encontrando amores a través de una pantalla. Me parecía frío, estéril, parecía que eso no podía ser de ninguna manera amor, era... amor a la carta, seleccionar el amor, y eso sin duda resulta muy en contra del amor. Aberrante, esa sería la palabra, aberrante. Lo completamente opuesto a enamorarse, sin duda.

Pero rápido es el tiempo a la hora de hacer tragar palabras, tan rápido como el tiempo que tardó Manu en hacer las maletas.

Casi pareció que huía...¿de mí? ¿Qué podría haber hecho yo para merecer eso? Lo había tratado bien, le había sido fiel, le daba todo el tiempo necesario para sus cosas, sus amigos, sus hobbies. Yo le cuidaba, le cuidaba de verdad. Él me devolvió el favor con su mejor truco de escapismo

Después descubrí qué la cuestión no era de quién huía si no hacia donde (o hacia quién) huía.

Una semana fue el tiempo que tardó desde que me dijo que ya no sentía lo mismo que antes por mí hasta que me dejó sola con el alquiler. Además se fue a finales de mes el muy cabrón, a pocos días de pagar recibos y gastos que ni se molestó en ayudar. A dos semanas y media de mi aniversario. El tío ni siquiera había comprado un regalo. Deduje que el plan de marcharse ya llevaría tiempo cociéndose en su cabeza.

Digamos que lo pasé mal, que tardé en estar preparada para volver a confiar, que pasaron dos años y Manu aún era una losa en mi vida, una piedra que cargaba conmigo allí a donde fuera.

Y la vida se rió un poco de mí, me enseñó que el trabajo no era el mejor sitio para buscar relaciones, mucho menos en discotecas, a veces, pero casi nunca, buscando entre amigos de amigos...Y es que supongo que en el fondo era una cuestión mía, pero ningún sitio era bueno para encontrar a nadie. 

Podría decir que tuve que tragar orgullo, pero no fue así, no exactamente así. Quizás podría pensar que estaba desesperada, pero tampoco sería cierto. Pero de algún modo sentía que en el mundo físico era vista precisamente como eso, algo físico, carnal, un pedazo de existencia. Pensé que internet no podría ser peor que el mundo que me había ofrecido a Manu. Sentía resentimiento, sin duda.

Pero no entré por resentimiento, entré sin pensar, como algo natural, es lo que ocurre ahora en esta era digital ¿no?. Las cosas pasan sin pensar: juegas, navegas, ligas, pasan los minutos y las horas, sin pensar. Todo es natural visto a través de una pantalla. Parece, perdón. Parece natural a través de una pantalla y puede que incluso realmente lo sea.

De golpe me encontraba en un bar, esperando a alguien a quién había visto en un par de fotografías, un hombre, un chico, un señor (no se cuál sería la palabra más adecuada) que apenas había puesto información en su perfil. No sabía de qué trabajaba, no sabía exactamente la edad que tenía, sabía que le gustaba el cine, la música pero poco más. Apenas chateamos cuando decidimos quedar. Quizás por eso quedé con él, porqué no deseaba mostrar quién era, no se, no parecía venderse. O quizás esa era su estrategia de "marketing". Por supuesto no se vendía por sus fotografías, no era demasiado atractivo, pero tenía algo. Me gustó en concreto algo de su presentación en el portal de contactos, casi sin presentación. Había escrito qué "prefería que le conocieran en persona", de algún modo conectó con mi "yo" del "mundo físico". Era perfecto en ese sentido, su perfil venía a decirme: "soy opaco, y en persona seré traslúcido", aunque eso nunca se sabe.

Llegó tarde, cinco minutos, pero en ese momento estaba tan nerviosa que ni siquiera me di cuenta hasta que él lo mencionó, como disculpándose. Pedimos algo de beber, nos presentamos, y nos conocimos.

- ¿Y de qué trabajas? - pregunté
- Soy escritor
- ¿Escritor? - respondí sorprendida - ¿Ah sí? ¿Como... escritor de libros?
- Exacto - dijo él, con seguridad, con una sonrisa
- ¿Y qué escribes? Quiero decir... ¿Novelas y esas cosas?
- Bueno, de hecho solo cuentos, cuentos cortos.
- ¡Vaya, que interesante! ¿Cuentos sobre qué?
- Bueno... me da un poco de vergüenza decirlo pero... cuentos sobre rabos
- ¿Rabos? - respondí perpleja, creyendo no haber entendido bien
- Sí, bueno... rabos... penes, ¿sabes? Penes que hacen cosas...

Se me pusieron los ojos como platos, pero no pude evitar reírme como una loca. Él sonreía, soltaba alguna carcajada para acompañarme. Me di cuenta que no sabía cuantos meses hacía que no me reía. Al darme cuenta paré de reír poco a poco pero aún con alguna carcajada pregunté:

- ¿Así que penes que hacen cosas? ¿Cosas como qué, hablar y comer pizza y eso?
- Exacto, rabos que van en monopatín, comen pizza con los amigos, se cuentan sus problemas...no se, son rabos muy humanos

Me descojonaba.

- ¡Hay que joderse! Muy humanos, dices!

Me tronchaba.
Lo peor es que era cierto. Cierto como lo más cierto del mundo. Él continuó.

- Suena a cachondeo, pero es verdad. Tengo publicado de momento un recopilatorio, aunque la editorial tiene otro pack de cuentos pendiente de corregir y editar.
- ¿Ah sí? ¿Cómo se llama? - Sacó el teléfono y buscó en internet, me enseñó la portada, exclamé - "¡Cuentos con cojones!", ahora en serio, me daba menos miedo cuando pensaba que era una broma.
- Los cuentos son cojonudos, deberías leerlos - Ahora nos tronchábamos los dos.
- ¿Cómo empezó esta afición?
- Bueno, a decir verdad, yo siempre he tratado a mi rabo como a una persona, sabes, con respeto, ¿sabes?, me considero "rabocentrista", o más bien "antropofalomórfico". Entonces bueno, fueron saliendo historias.
- Me parece increíble. ¿Y cómo puede un rabo comer pizza, quiero decir, es físicamente imposible?
- Bueno, en este segundo recopilatorio de cuentos hay uno qué precisamente va sobre este tema, sobre anatomía "rabil", ¿sabes? eso precisamente es lo que no le cuadraba a la gente, así que quería añadirle un toque más de realismo en este segundo libro.


La cerveza de nuestras copas tardó horas en consumirse, nuestra conversación fue oscilando entre el delirio y la verdad. Esa noche no ocurrió nada entre nosotros dos. Ninguna noche ocurrió nada entre nosotros dos, Pero si ocurrió algo conmigo misma: Me divertí.

Me divertí de verdad, profundamente, y ya cuando llevábamos tres horas en ese bar, noté que algo caía en el suelo: una piedra. Una piedra que casi rompió el parqué del bar, una piedra grande, dura, pesada, agotadora. Una piedra que llevaba años en mi mochila y que por fin fui capaz de soltar.

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