Un "vuatúr"
No tengo ni idea de cómo habíamos llegado a ponernos en esa posición tan incómoda, que paradójicamente resultaba la única posible, a la vez que muy estable. Casi diría que cómoda.
Su pierna derecha desnuda (que vale la pena decir que hacia tiempo que no se había depilado) me rozaba la mejilla izquierda. Con el vaivén, horas más tarde aún me escocía y la tenía rosada como una mala cosa.
Bueno, a lo que iba, la pierna derecha levantada, con la izquierda me rodeaba el cuerpo y me apretaba el culo impulsándome hacía su interior, y dejándome la libertad justa para mover mis caderas hacia atrás cada vez que la penetraba. No paraba de mover los brazos buscando el sitio idóneo para colocarlos, a veces apretando el cristal, a veces cogiéndome por la espalda, a veces acariciándome la cara... era un nervio.
Yo estaba con las rodillas apoyadas y los pies en alto, tenía que hacer una obra de equilibrio magistral, y aún así, en cada penetración conseguíamos que nuestras caras quedaran a escasos centímetros de distancia, la suficiente para jugar con nuestras lenguas.
Ella gemía de manera terriblemente sensual, casi ahogada, quizás y probablemente por la postura. Me estaba dejando sordo, por suerte nadie podía oírnos. Jamás había tenido sexo con una francesa, hacía treinta años que no lo hacía dentro de un coche, y jamás de los jamases dentro de un coche tan pequeño. Pero lo más irónico de la historia es que se hubiera dado, precisamente, dentro de un coche.
Yo trabajaba de noches vigilando un parking. No era un trabajo cansado, y eso era lo que yo siempre había deseado, un trabajo sencillo en el que me dejaran en paz. Nunca pasaba nada, nunca. Lo más emocionante que ocurría es que alguien hubiera bebido más de la cuenta y que no encontrara su coche. Casi siempre lo encontrábamos, aunque algunas veces el hombre se había equivocado directamente de párking y tan solo debíamos indicarles los parkings más cercanos con un mapa que ya teníamos preparado para la ocasión.
El sitio era bastante grande, tenía una planta baja y tres plantas subterráneas, dos puertas de acceso, así que siempre estábamos dos vigilantes. Aunque cada uno debía estar en su puerta de entrada, había momentos de la noche que nos juntábamos para charlar o para jugar a las cartas, lo que fuera. Pero en cualquier caso yo prefería que cada uno se quedara en su puerta.
Casi siempre me tocaba con Pablo, el más pesado de todos los vigilantes con los que había trabajado en toda mi vida. Le encantaba leer, le encantaba el cine, le encantaba el teatro, la montaña, las playas, viajar... le encantaba todo. Pero por encima de todo le encantaba hablar de todo lo que le encantaba. Era pesadísimo. Me caía bien.
Un día me vino con esa mierda de que Nietzsche había matado a Dios. "¿Qué cojones hablas tío?" le dije yo. En verdad, le decía esa misma frase casi cada noche. Pero ese día me vino con el rollo este que desde que leyó a Nietzsche se sentía libre, se había liberado de las cadenas de nuestra historia social y yo que sé que más. Me recomendó leerlo, que me iría bien. Yo le respondí que la filosofía había muerto también, cómo Dios, como los hombres, la humanidad y que la vida misma había muerto. No se qué quería decir con eso, supongo que quería que se callara, pero al tío le pareció de lo más interesante y se quedó como una hora más hablando solo (conmigo).
En verdad, creo honestamente que trabajar de noche te vuelve taciturno. Esa palabra me describía perfectamente. Siempre me preguntaban si estaba enfadado. ¡Joder! No hay cosa que cabree más que te pregunten constantemente si estás enfadado, sobretodo cuando estás enfadado. Pablo era especialista en hacerte enfadar cuando tenías un día bueno, y si tenías un día malo lo empeoraba. Era buen tipo en el fondo, pero no quería que lo supiera por mi.
Total, un día salí de trabajar a las ocho de la mañana, hacía muy buen día, soleado y eso. Decidí cogerme un café en la cafetería de al lado y llevármelo para tomármelo tranquilamente en unas escaleras que había en la acera de enfrente. Al cabo de un cuarto de hora veo justo delante mío a una mujer de unos cincuenta vestida elegantísima, con americana de estas de mujer, y minifalda, tacones, todo con tonos negros y grisáceos. Total, que la mujer empieza a gritar en algún idioma que no comprendía pero que después deduje que era francés. Decía algo como "mon vuatúr" de manera repetida mientras se cagaba en todo y blasfemaba a más no poder. Esto de cagarse en todo es casi como universal, no importa en el idioma en el qué lo hagas, entiendes perfectamente que se están cagando en todo.
La mujer empezó a mirar alrededor y de golpe nos cruzamos las miradas. Se acercó y empezó a gritarme a mi. Al ver mi cara confundida se tranquilizó y empezó a señalarme coches. Con un intento un poco forzado para ayudarla le dije "¿Taxi?" y ella insistió "Taxi no, taxi no, mon vuatúr". Después señaló un espacio vacío de estacionamiento en la calle mientras seguía gritando. Entonces creo que lo comprendí: le acababan de robar el coche. Primero pensé que se lo podría haber llevado la grúa, pero estaba seguro que no había pasado ninguna grúa por delante mío, además, no había ninguna pegatina de estas que dejan las grúas. Lo que sí me parecía es que un señor se había llevado delante mío el coche con toda la tranquilidad del mundo.
Así que lo irónico de la historia es que acababan de robarle el coche delante de un vigilante de parking. Pero ella esto no lo sabía. Pero tampoco resultaba del todo extraño. Trabajar de noche te deja como aletargado, las cosas suceden delante tuyo sin que te enteres. Así pasaba la vida para mí, sin enterarme.
Después de comprender la situación era difícil no sentirse un poco culpable, así que pensé que lo mejor sería ayudarla. Le dije "Policía... policía, "polís". Ella respiró y dijo "No, no police, no..." y empezó a decir cosas que dejé de entender. Quizás era más urgente ir a algún sitio que no recuperar un coche robado, o qué quizás el coche que le habían robado ya sería un coche robado, entonces poca cosa podría reclamar a la policía. Le hice un gesto para que se calmara y le toqué el hombro con delicadeza, me señalé a mí e hice un gesto como de conducción, cómo que yo podía llevarla. Sonrió y juntó las manos como pidiendo "por favor" y varios gestos de gratitud. Suspiré, y le hice un gesto para que se esperara.
Entré de nuevo al parking y hablé con el chico del turno de mañana. No sabía su nombre.
- Oye, ¿me pasarías la llave del coche del Señor Luis Miguel?
- ¿Te lo ha pedido él? Mira que este hombre lleva meses casi sin salir de casa.
- Bueno, no exactamente, lo necesito para ayudar a una persona.
El chico dudó, pensé que debía darle más explicaciones.
- Es que le acaban de robar el coche a una mujer francesa, aquí justo delante del párking, y creo que necesita ir urgentemente a algún sitio.
- Que llame a la policía mejor.
- Ya el hecho es que parece más urgente llegar a ese sitio, vete a saber, igual tiene que ir al Hospital, o a dar una conferencia, ir a buscar a sus hijos...qué sé yo.
Seguía dudando. Probé mi última carta.
- Mira, la verdad es que la mujer está muy buena, ¿sabes? No quiero quedar mal con ella.
Primero puso cara de sorprendido, no lo dijo pero debía pensar "¿tú, intentando ligar?", y lo siguiente fue una sonrisa entre pícara y cómplice, como "ahora todo tiene sentido, yo haría lo mismo", asintió, buscó la llave y me la entregó.
- Por favor, antes de qué termine el turno, qué como alguien se entere....nos la cargamos.
- No te preocupes, si hace meses que este señor no viene a buscar su coche es que igual ya... - e hice un gesto sacando la lengua y con los ojos cerrados.
- ¡No digas eso tío! Qué mal rollo, vete ya.
Me planté delante de la francesa con un seiscientos de la edad de piedra, y lo estacioné en el sitio dónde acababan de robar el suyo y bajé la ventanilla con la manivela sonriendo. Ella se acercó, apoyó la mano en el cristal y me miró fijamente. Tenía los ojos azules. Me daban miedo las personas con los ojos azules, porqué es como si te pudieran ver toda el alma con esa profundidad que emanan. Pero total, ¿qué tenía yo que esconder?. Nada. Pero aún así, es bueno tener un espacio interno resguardado de cualquier mirada.
Subió al coche y empezó a indicarme las calles. Conocía la ciudad perfectamente, pero no sabía como preguntarle cómo era eso posible. Simplemente me dedicaba a decir que "sí" y a seguir sus indicaciones. Al cabo de diez minutos salimos de la ciudad por una carretera pequeña que llevaba a la zona más montañosa a las afueras de la ciudad, hacia el interior. Entendí que no quedaba mucho por llegar.
Me sentía inquieto. Sentía que esa mujer me observaba más a mi que a la carretera. De vez en cuando la iba mirando de reojo, y cada vez que lo hacía ella sonreía con una timidez casi inocente. Entonces me indicó un desvío hacía un camino de tierra que parecía que no iba a llevar a ningún sitio, y de nuevo, me hizo girar en un lugar en el que parecía que ya iba a terminar el camino, solo se veían árboles y me pidió continuar un poco más. No sabía si debía parar el coche, pero bajé la velocidad. La miré como extrañado. Ella seguía clavando en mí esos ojos azules que me hacían temblar. Intenté preguntarle con gestos si estábamos ya dónde debía estar. Pareció entenderme, y me dijo, moviendo lentamente y ladeando la cabeza de manera juguetona diciendo que no.
Empezó a decir algo con un tono meloso y suave, y lo único que entendí fue "francés" y su mirada pícara. Me rozó con los dedos el hombre y bajó hasta el pecho. Aunque viejo y aletargado hay cosas que un hombre siempre entiende. Así que sonreí del mismo modo en el qué lo hacía ella, esperando ver cuál iba a ser su siguiente movimiento, esperando no equivocarme con mis fantasías que recién se despertaban después de años dormidas. Cuando me desabrochó el botón del pantalón, por poco me choco contra un árbol, cosa que a ella le pareció la mar de gracioso, se tapó incluso la boca con su mano con un estilo sumamente delicado.
No tuve más remedio que parar el coche en seco.
Su pierna derecha desnuda (que vale la pena decir que hacia tiempo que no se había depilado) me rozaba la mejilla izquierda. Con el vaivén, horas más tarde aún me escocía y la tenía rosada como una mala cosa.
Bueno, a lo que iba, la pierna derecha levantada, con la izquierda me rodeaba el cuerpo y me apretaba el culo impulsándome hacía su interior, y dejándome la libertad justa para mover mis caderas hacia atrás cada vez que la penetraba. No paraba de mover los brazos buscando el sitio idóneo para colocarlos, a veces apretando el cristal, a veces cogiéndome por la espalda, a veces acariciándome la cara... era un nervio.
Yo estaba con las rodillas apoyadas y los pies en alto, tenía que hacer una obra de equilibrio magistral, y aún así, en cada penetración conseguíamos que nuestras caras quedaran a escasos centímetros de distancia, la suficiente para jugar con nuestras lenguas.
Ella gemía de manera terriblemente sensual, casi ahogada, quizás y probablemente por la postura. Me estaba dejando sordo, por suerte nadie podía oírnos. Jamás había tenido sexo con una francesa, hacía treinta años que no lo hacía dentro de un coche, y jamás de los jamases dentro de un coche tan pequeño. Pero lo más irónico de la historia es que se hubiera dado, precisamente, dentro de un coche.
Yo trabajaba de noches vigilando un parking. No era un trabajo cansado, y eso era lo que yo siempre había deseado, un trabajo sencillo en el que me dejaran en paz. Nunca pasaba nada, nunca. Lo más emocionante que ocurría es que alguien hubiera bebido más de la cuenta y que no encontrara su coche. Casi siempre lo encontrábamos, aunque algunas veces el hombre se había equivocado directamente de párking y tan solo debíamos indicarles los parkings más cercanos con un mapa que ya teníamos preparado para la ocasión.
El sitio era bastante grande, tenía una planta baja y tres plantas subterráneas, dos puertas de acceso, así que siempre estábamos dos vigilantes. Aunque cada uno debía estar en su puerta de entrada, había momentos de la noche que nos juntábamos para charlar o para jugar a las cartas, lo que fuera. Pero en cualquier caso yo prefería que cada uno se quedara en su puerta.
Casi siempre me tocaba con Pablo, el más pesado de todos los vigilantes con los que había trabajado en toda mi vida. Le encantaba leer, le encantaba el cine, le encantaba el teatro, la montaña, las playas, viajar... le encantaba todo. Pero por encima de todo le encantaba hablar de todo lo que le encantaba. Era pesadísimo. Me caía bien.
Un día me vino con esa mierda de que Nietzsche había matado a Dios. "¿Qué cojones hablas tío?" le dije yo. En verdad, le decía esa misma frase casi cada noche. Pero ese día me vino con el rollo este que desde que leyó a Nietzsche se sentía libre, se había liberado de las cadenas de nuestra historia social y yo que sé que más. Me recomendó leerlo, que me iría bien. Yo le respondí que la filosofía había muerto también, cómo Dios, como los hombres, la humanidad y que la vida misma había muerto. No se qué quería decir con eso, supongo que quería que se callara, pero al tío le pareció de lo más interesante y se quedó como una hora más hablando solo (conmigo).
En verdad, creo honestamente que trabajar de noche te vuelve taciturno. Esa palabra me describía perfectamente. Siempre me preguntaban si estaba enfadado. ¡Joder! No hay cosa que cabree más que te pregunten constantemente si estás enfadado, sobretodo cuando estás enfadado. Pablo era especialista en hacerte enfadar cuando tenías un día bueno, y si tenías un día malo lo empeoraba. Era buen tipo en el fondo, pero no quería que lo supiera por mi.
Total, un día salí de trabajar a las ocho de la mañana, hacía muy buen día, soleado y eso. Decidí cogerme un café en la cafetería de al lado y llevármelo para tomármelo tranquilamente en unas escaleras que había en la acera de enfrente. Al cabo de un cuarto de hora veo justo delante mío a una mujer de unos cincuenta vestida elegantísima, con americana de estas de mujer, y minifalda, tacones, todo con tonos negros y grisáceos. Total, que la mujer empieza a gritar en algún idioma que no comprendía pero que después deduje que era francés. Decía algo como "mon vuatúr" de manera repetida mientras se cagaba en todo y blasfemaba a más no poder. Esto de cagarse en todo es casi como universal, no importa en el idioma en el qué lo hagas, entiendes perfectamente que se están cagando en todo.
La mujer empezó a mirar alrededor y de golpe nos cruzamos las miradas. Se acercó y empezó a gritarme a mi. Al ver mi cara confundida se tranquilizó y empezó a señalarme coches. Con un intento un poco forzado para ayudarla le dije "¿Taxi?" y ella insistió "Taxi no, taxi no, mon vuatúr". Después señaló un espacio vacío de estacionamiento en la calle mientras seguía gritando. Entonces creo que lo comprendí: le acababan de robar el coche. Primero pensé que se lo podría haber llevado la grúa, pero estaba seguro que no había pasado ninguna grúa por delante mío, además, no había ninguna pegatina de estas que dejan las grúas. Lo que sí me parecía es que un señor se había llevado delante mío el coche con toda la tranquilidad del mundo.
Así que lo irónico de la historia es que acababan de robarle el coche delante de un vigilante de parking. Pero ella esto no lo sabía. Pero tampoco resultaba del todo extraño. Trabajar de noche te deja como aletargado, las cosas suceden delante tuyo sin que te enteres. Así pasaba la vida para mí, sin enterarme.
Después de comprender la situación era difícil no sentirse un poco culpable, así que pensé que lo mejor sería ayudarla. Le dije "Policía... policía, "polís". Ella respiró y dijo "No, no police, no..." y empezó a decir cosas que dejé de entender. Quizás era más urgente ir a algún sitio que no recuperar un coche robado, o qué quizás el coche que le habían robado ya sería un coche robado, entonces poca cosa podría reclamar a la policía. Le hice un gesto para que se calmara y le toqué el hombro con delicadeza, me señalé a mí e hice un gesto como de conducción, cómo que yo podía llevarla. Sonrió y juntó las manos como pidiendo "por favor" y varios gestos de gratitud. Suspiré, y le hice un gesto para que se esperara.
Entré de nuevo al parking y hablé con el chico del turno de mañana. No sabía su nombre.
- Oye, ¿me pasarías la llave del coche del Señor Luis Miguel?
- ¿Te lo ha pedido él? Mira que este hombre lleva meses casi sin salir de casa.
- Bueno, no exactamente, lo necesito para ayudar a una persona.
El chico dudó, pensé que debía darle más explicaciones.
- Es que le acaban de robar el coche a una mujer francesa, aquí justo delante del párking, y creo que necesita ir urgentemente a algún sitio.
- Que llame a la policía mejor.
- Ya el hecho es que parece más urgente llegar a ese sitio, vete a saber, igual tiene que ir al Hospital, o a dar una conferencia, ir a buscar a sus hijos...qué sé yo.
Seguía dudando. Probé mi última carta.
- Mira, la verdad es que la mujer está muy buena, ¿sabes? No quiero quedar mal con ella.
Primero puso cara de sorprendido, no lo dijo pero debía pensar "¿tú, intentando ligar?", y lo siguiente fue una sonrisa entre pícara y cómplice, como "ahora todo tiene sentido, yo haría lo mismo", asintió, buscó la llave y me la entregó.
- Por favor, antes de qué termine el turno, qué como alguien se entere....nos la cargamos.
- No te preocupes, si hace meses que este señor no viene a buscar su coche es que igual ya... - e hice un gesto sacando la lengua y con los ojos cerrados.
- ¡No digas eso tío! Qué mal rollo, vete ya.
Me planté delante de la francesa con un seiscientos de la edad de piedra, y lo estacioné en el sitio dónde acababan de robar el suyo y bajé la ventanilla con la manivela sonriendo. Ella se acercó, apoyó la mano en el cristal y me miró fijamente. Tenía los ojos azules. Me daban miedo las personas con los ojos azules, porqué es como si te pudieran ver toda el alma con esa profundidad que emanan. Pero total, ¿qué tenía yo que esconder?. Nada. Pero aún así, es bueno tener un espacio interno resguardado de cualquier mirada.
Subió al coche y empezó a indicarme las calles. Conocía la ciudad perfectamente, pero no sabía como preguntarle cómo era eso posible. Simplemente me dedicaba a decir que "sí" y a seguir sus indicaciones. Al cabo de diez minutos salimos de la ciudad por una carretera pequeña que llevaba a la zona más montañosa a las afueras de la ciudad, hacia el interior. Entendí que no quedaba mucho por llegar.
Me sentía inquieto. Sentía que esa mujer me observaba más a mi que a la carretera. De vez en cuando la iba mirando de reojo, y cada vez que lo hacía ella sonreía con una timidez casi inocente. Entonces me indicó un desvío hacía un camino de tierra que parecía que no iba a llevar a ningún sitio, y de nuevo, me hizo girar en un lugar en el que parecía que ya iba a terminar el camino, solo se veían árboles y me pidió continuar un poco más. No sabía si debía parar el coche, pero bajé la velocidad. La miré como extrañado. Ella seguía clavando en mí esos ojos azules que me hacían temblar. Intenté preguntarle con gestos si estábamos ya dónde debía estar. Pareció entenderme, y me dijo, moviendo lentamente y ladeando la cabeza de manera juguetona diciendo que no.
Empezó a decir algo con un tono meloso y suave, y lo único que entendí fue "francés" y su mirada pícara. Me rozó con los dedos el hombre y bajó hasta el pecho. Aunque viejo y aletargado hay cosas que un hombre siempre entiende. Así que sonreí del mismo modo en el qué lo hacía ella, esperando ver cuál iba a ser su siguiente movimiento, esperando no equivocarme con mis fantasías que recién se despertaban después de años dormidas. Cuando me desabrochó el botón del pantalón, por poco me choco contra un árbol, cosa que a ella le pareció la mar de gracioso, se tapó incluso la boca con su mano con un estilo sumamente delicado.
No tuve más remedio que parar el coche en seco.
Comentarios
Salvador
Nah, en serio, m'ha fet riure. En especial tot allò de "Dios ha muerto", "¿Qué dices, tío?". Es la única resposta coherent. També m'agrada que comenci amb sexe, és el gancho definitiu. I com va canviant una miqueta la trama, está bé!
Ja m'aniràs passant otros aferes que escriguis, chavalada. Jo estic per obrir un blog i començar a penjar-hi merda. Ja t'avisaré, si es dóna el cas, jajajaj.
Petons, sol.
Res, deia que ja m'aniràs avisant quan publiquis més coses, i que si obro finalment un blog, també t'ho diré!
I que m'ha fet riure. I començar una historia amb sexe és un molt, molt bon ganxo. I com va canviant la trama... Está bé. Ja t'aniré seguint! :)
Oh, i quan li diu allò de "Dios ha muerto" i l'altre respon: "¿Qué dices, tío?", o algo així... Crec que és la única resposta coherent que es pot donar.
Petons, solete.