Residencia Maravilla

Cada vez que veía el cartel de la puerta, me sentía un poco peor por haber dejado a mi madre en ese sitio. No es que fuera una mala residencia, ni mucho menos, las celadoras se antojaban la mar de amables y siempre que la visitaba, por lo menos dos veces por semana, mi madre estaba bien peinada, bien vestida, limpia y como una chota. Pero eso no era culpa ni de la residencia, ni de mi madre, ni tampoco mía. No había a quién culpar, solo había que aceptarlo.

Ahora hacía ya siete años que le habían diagnosticado Alzheimer. Menudo regalo le hizo Dios para sus ochenta. Lo celebramos en casa de mis padres, con algunos primos y sus hijos, comimos bien, ella estaba feliz rodeada de la familia y llegó el pastel. "¿Porqué comemos pastel?", todos nos reímos, nadie quiere cumplir años, y cuantos más años tienes, menos ganas tienes de cumplirlos. Repitió la pregunta, irritada. Todos quedamos en silencio. "Mamá, es tu cumpleaños", y ella se recompuso, sonrió, "Claro, claro, que tonta". Médico de cabecera, neurología, analíticas, Alzheimer, medicación, cuidados.

Mi padre dijo que él se iba a encargar al cien por cien. Menudo hombre, era un toro, cuerdo y fuerte. Y eso que tenían la misma edad. Se encargó al cien por cien, a mi me necesitaron muy poco. Iba a verles a menudo pero eso siempre había sido así. Por suerte vivíamos en la misma ciudad, por desgracia mi trabajo era absolutamente absorbente. Después del primer año propuse que una mujer fuera a ayudarles a casa con las tareas de la limpieza, un par de horas de lunes a viernes. Aceptaron de buena gana y pese al empeoramiento paulatino de mi madre, ese equilibrio se pudo mantener cuatro años bien buenos.

Fue a partir del quinto año que mi madre empezó a no reconocerme. "Jorge, hijo" empezó a decirme, "Mamá, soy Ruben, tu hijo", y ella, siempre tan afable cedía "Claro, Ruben, como no me voy a acordar de mi hijo". Pero algo dentro de mí me decía con convencimiento que ellla no me reconocía para nada. Pero a su Luis sí, a mi padre lo miraba siempre con los mismos ojos que ponía en la foto que tenían en el comedor, del día que se casaron. Igualitos.

A partir del quinto año fuimos necesitando cada vez más ayuda de Manuela, que ya casi formaba parte de nuestra familia. Un cielo de mujer, en serio, que suerte tuvimos. Pasó las mil y una con mi madre, vivió situaciones complicadas, y sin embargo, yo sentía que ella los quería. Obviamente era un trabajo, pero veía que los quería, me encantaba, qué mujer. A veces valía la pena ir a ver a mis padres solo para hablar un rato con ella.

Un día hace unos diez meses fui a casa. Mi padre me esperaba sentado, estaba un poco serio.
- Hijo, ¿sabes que signo del zodiaco soy?
- Hmmm, sí, eras Cáncer si no recuerdo mal.
- ¿Ves? Pues eso mismo ha dicho el médico.

Vaya manera tenía de decir las cosas. Quitando siempre todo el hierro posible al asunto. Pero fue demoledor. El momento, me refiero, pero su enfermedad también, fue demoledora. Aguantó todo lo que pudo y más. No quería que hiciéramos nada por él. Era orgulloso, pero eso lo hacía aún más fuerte. No pedía ayuda, nunca. Aunque amablemente permitía que Manuela se encargara de ciertas tareas, sobretodo después de alguna sesión de quimioterapia. Mi madre no se enteraba de nada. Y después, con el tiempo, estuve pensando que igual el orgullo de mi padre era sobretodo para no preocupar más a mi madre. Suficiente tenía con sus pocos minutos razonables al día, como para que sus contactos con la realidad fueran para saber que su Luis también se estaba yendo poco a poco, como ella.

Los dos últimos meses antes de que muriera mi padre, se notaba que ya no podía más. Estaba exhausto, habían sido ochenta y siete años de luchar en esta vida. Nunca habían tenido una vida fácil, solamente cuando fueron mayores, cuando me fui de casa. Sobretodo, no tuvieron una vida fácil en comparación a mi vida y lo cómoda que había resultado gracias a ellos. Finalmente acordé con mi padre que pudiéramos enviar a mi madre a una residencia, no podían estar los dos encamados, sin moverse. Yo no podía acompañarles tanto como quería y Manuela no podía trabajar más horas aunque lo deseara. Mi padre aceptó. Cuando iba a llevármela con la silla de ruedas mi padre se levantó de la cama, fue al recibidor, se agachó para dejar su cara a la altura de la cara de mamá y le dijo: "Te veo preciosa cada día, muñeca", sorprendentemente sonrió. Se ve que es algo que le decía siempre, cuando se conocieron. Y el día de su boda, cuando se vieron en el altar vestidos mi madre le preguntó "¿Voy bien?", y él le dijo "Te veo preciosa cada día, muñeca". Era un caballero. Se acordaba de estos detalles, me encantaba cuando me lo explicaban, me quedaba siempre embobado escuchándolos y pensando yo quería para mi lo mismo que tenían ellos. Después de decirle eso a mi madre volvió a la cama y apenas volvió a salir hasta que murío.

Mi madre se tomó muy mal que la lleváramos a la Residencia Maravilla, todo el día hablaba de Luis, que lo echaba de menos. Las celadoras estarían hartas de escucharla hablar de Luis, pero siempre sonreían, no sé cómo lo hacían, eran muy amables. Mamá se ponía un poco agresiva. Intenté explicarle varias veces que papá estaba enfermo, que necesitaba descansar. Cuando hacía eso se calmaba un poco, y decía eso de "Claro, Jorge, claro, que tiene que descansar, pero que no venga a buscarme muy tarde". Era encantadora, incluso cuando estaba enfadada. La gente buena cuando se enfada sigue conservando algo de su bondad en la expresión de la cara que no pueden esconder.

Mi madre llevaba casi dos meses en la residencia cuando me llamó Manuela llorando y me dijo "Se ha ido ya, Luis nos ha dejado". Intenté tranquilizarla, le dije que iba a ir enseguida, que hablase con alguien por teléfono mientras yo llegaba. Colgué y me puse a llorar yo. Habitualmente estamos muy convencidos de cómo vamos a reaccionar en determinadas situaciones, cuando ya las prevemos, pero incluso así, uno nunca sabe qué camino van a coger las emociones, son caballos salvajes.

Fue bastante duro, surrealista. Jamás me había encontrado con algo parecido. Sentía como si le estuviera comprando un coche a mi padre con sus detalles, el tipo de madera, las flores, las tarjetas, el maquillaje, el traje... era todo muy raro, parecía un sueño. Como por automatismo respondía al señor de la funeraria con educación, pero una parte de mi lo hubiera estrangulado, otra parte de mi se hubiera tirado por el balcón. Me preguntó si quería poner música, y yo le respondí que "ahora que había muerto mi padre, la música se había ido con él". Puso una cara de compasión, que casi me parecía falsa, no debía serlo, pero ese hombre debía estar tan acostumbrado a compadecerse mientras vendía cosas, que me pareció incluso repugnante. "Estamos todos locos", pensé. Juro que es lo que pensé. Estamos locos por tratar a la muerte así. Pensé que yo no quería morirme en este mundo, pero parece que no había muchos más para escoger.

Llamé a la Residencia Maravilla (como la sopa, pensé), les expliqué al día siguiente me llevaría a mi madre al funeral, que de momento no le dijeran nada de la muerte de su marido, que ya hablaría yo con ella.

Y allí me encontraba, en el rellano de la Residencia esperando el ascensor. En un geriátrico todo se ralentiza, todo parece excesivamente lento, lentísimo. Solamente entrar, los viejos y viejas van andando a un paso increíblemente lento, parece incluso grabado y reproducido a velocidad lenta. Pero también el ascensor era lentísimo, eterno. Pensé que cuantos años llevaba esperando el jodido ascensor, que cuando me viera en el espejo parecería yo también un viejo que iría arriba y abajo en ese ascensor eterno. Era triste, exasperante y triste. Creo que nadie se querría ver en un sito así jamás, todos nos mataríamos antes. Pero si no te mata algo antes, llegamos todos allí. Somos estúpidos.

Llegué a la habitación y me encontré con mamá, sentada en su silla de ruedas mirando la ventana. Quién sabe si vería algo. La saludé, le di dos besos, pero no dejó de mirar a la ventana. Era como si ya supiera algo. Me puse delante de ella, de sus ojos, arrodillado y le expliqué con todo el tacto del mundo que teníamos que ir a despedir a Luis, que su enfermedad había podido con él. Apartó su mirada de mis ojos y la enfocó de nuevo hacía la ventana. Yo se la tapaba con mi cara, pero parecía no importarle, le resultaba invisible. Pero no dijo nada más. Realmente hacía unos meses que parecía que ella tampoco estaba ya en este mundo.

La ceremonia fue muy austera, con poca gente, pocas palabras, nada de música. Breve, quería que fuera breve. No quería que nadie llorase más de lo que había llorado ya. Veía a Manuela destrozada, le dije que se tomara un par de semanas libres pagadas, que después ya veríamos que haríamos. Le di abrazos, besos y gracias. No sé cuantos, muchísimos.

Finalmente pusieron a mi padre en el ataúd y la gente poco a poco se fue yendo. Nos quedamos mi madre y yo, en silencio largos minutos, más de media hora. Ya no quedaba nadie. De golpe, tras semanas sin oírla hablar, mi madre dijo:
- Hoy es un mal día para llover...

Miré el cielo, radiante, soleado, me sorprendí, la miré a ella.
- Mamá, pero si no está...

Me fijé en su cara, en sus mejillas. Caía un reguero de lágrimas, sin sollozos, sin ruidos, como una cascada suave en un río tranquilo.
- Tienes razón, mamá, es un mal día para llover.

Ese fue el último momento de cordura que recuerdo de mi madre. Me hizo pensar en las amapolas que crecen justo al lado de las carreteras. Si no te fijas, es difícil verlas, son pocas y muy rojas. Es la manera sutil y silenciosa que tiene la naturaleza de decirnos que no la hemos vencido, que puede crecer al margen de nuestras pisadas. Mi madre hizo lo mismo con su enfermedad, de manera silenciosa me dijo que aún se escondía tras esa piel marchitada, tras esos ojos (casi) vacíos.

La saqué de la Residencia Maravilla, cerré mi piso temporalmente y me fui a casa de mis padres con Manuela y con ella. Aunque no pudiera estar yo siempre con ella, quería que ella pudiera estar donde siempre ha estado con Luis, al fin y al cabo, había sido su único y último deseo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden