Relevante

Sentía fatiga, una gran e infinita fatiga. Una fatiga incansable. Tras tres días sin salir de casa, tumbado en la cama, a veces llorando y a veces escuchando música que me hacía llorar, música que me hacía pensar en ella y especialmente por eso me hacía llorar. Tenía dieciséis años y me veía en el centro del mundo, en el centro del universo, en el centro de un agujero negro.

Era un viernes, el segundo de mayo, cinco y media de la tarde, tras las clases, estábamos paseando y no quería que nos cogiésemos de la mano, algo raro pasaba, pero sabiendo que Claudia era rara, tenía una explicación suficientemente válida como para no tener que preocuparme. Claudia era rara. Ahora con retrospectiva puedo ver que la última semana había sido más rara y distante entre nosotros de lo que se suponía que debiere ser en una relación entre adolescentes.

Claudia era una chica de mi clase, habíamos ido a clase juntos desde que habíamos empezado la Primaria y se suponía que íbamos a terminar el instituto juntos. Habíamos hablado de que ocurriría entonces, a qué Universidad iríamos, donde viviríamos, cuantos hijos queríamos tener (ella tres, yo dos), habíamos hablado de qué marca de tabaco íbamos a fumar en nuestra casa, eso sí, siempre en la terraza, jamás delante de los niños.

Aunque nuestra relación llevase tan solo seis meses y una semana, habíamos llegado a planear toda nuestra vida juntos. Habíamos planeado las vacaciones de los próximos diez años, los cuatro primeros coincidiendo en preferencias de destinos, los seis últimos cada uno elegía tres destinos alternativamente, el primer año empezando ella, el segundo yo. El primer hijo y la primera hija ya tenían nombre, Pablo o Sonia. Tras seis meses de relación había comido en su casa y había conocido a sus padres, ella había conocido a mis padres y a mi hermano. A la semana de estar con Claudia, ya podía imaginarme toda mi vida con ella.

Cuando me dejó pensé que solo yo en el mundo podía sentir un amor tan fuerte y a la vez una desgracia tan grande. Pensé que nadie había conocido el amor como yo, con esa intensidad característica del primer amor que ahora puedo reconocer en las historias de tanta gente. En ese momento era mi historia, mi drama y sentía que la gente no lo comprendía. Seguramente lo comprendían demasiado. Mi hermano, doce años mayor que yo me repetía: "Yo pasé por lo mismo, ¿sabes? Me enamoré de una chica, me rompió el corazón y después conocí a otra, y después a otra, y terminas acostumbrándote al amor, no como algo negativo. Siempre es nuevo, siempre es fresco y verdadero, pero entiendes que puede terminarse, aceptas la "muerte" como algo natural, algo que puede ocurrir, no por eso te enamoras menos. Cuando tengas mi edad te darás cuenta de que Claudia no significaba tanto, te olvidarás de ella".

Podía entenderlo pero no podía comprenderlo. Mis padres intentaban animarme, sacarme de la cama, que hiciese algo, que era normal que estas cosas ocurrieran, que a ellos también les pasó, que me olvidaría de ella. Que pasaría a ser un recuerdo pasajero e indoloro, sin emociones. Me repitieron durante tres días esa misma canción, que la olvidase e hiciese cosas para olvidarla, que a los treinta ya no me acordaría de ella, que vendrían otras, que el mar estaba lleno de peces. Pero ella era mi océano.

Seguían en mi brazo impresas las huellas de su mano cuando me agarró saliendo de clase mientras iba andando solo por la calle, me giré, me agarraba con mucha fuerza el brazo, le temblaban las manos y sin tener tiempo de poder preguntarle que le ocurría me miró a los ojos desde abajo y me dijo "me gustas, me gustas mucho", entonces empecé a temblar yo, una piedra cayó en lo más hondo de mi corazón y solo pude besarla, sin pensar, sin sonreir. En ese mismo instante en el que me cogió del brazo empecé a quererla. A menudo volvía a sentir sus huellas en mis brazos cuando nos cogíamos de la mano por la calle, sus dedos quemaron mi piel a fuego.

El lunes llegó y tenía que volver a verla. Estaba asustado, tenía que mirarla con otros ojos pero mis ojos solo estaban por ella. No sabía como saludarla, no sabía como no abrazarla, como no besarla. Se acercaba el momento de enfrentarme a mis nuevos y recientes miedos, no era a la soledad, era a mi vida sin ella. La vi andando sola, me acerqué corriendo y la cogí del brazo, del mismo modo en el que ella me cogió a mi antes de nuestro primer beso. La cogí y se giró, su cara parecía inquieta pero en pocos segundos se relajó.


- Te quiero, te quiero mucho. En estos tres días sin estar contigo no he podido dormir y no he podido comer. A pesar de eso, todo el mundo me dice que lo peor ya ha pasado, que a partir de ahora voy a estar mejor y te voy a ir olvidando. Solo quería decirte que no voy a olvidarte. Que tengo tus dedos en mi piel y no se van a marchar jamás. Que me hubiese encantado cumplir todas las promesas que te hice, me hubiese encantado pasar mi vida contigo y compartir contigo todas estas cosas de la vida que tal vez no son inmensas pero que valen la pena, los fines de semana con mi familia, con tu familia, pedir pizza un domingo, ver una película en invierno tapados con una manta en nuestro sofá de cuero, conocer a una pareja de nuestra edad en un crucero e invitarlos a comer a nuestra casa con nuestros hijos, que ellos trajesen los postres y una botella de vino, nosotros les diríamos que no deberían haberse molestado, tu habrías cocinado un manjar suculento y ellos dirían que eres una gran cocinera y nos reiríamos, tu dirías que no hay para tanto y que sin mi ayuda no hubiese salido tan bueno, yo te diría que no me hicieses quedar bien, que el mérito era tuyo. Nuestro perro estaría molestando intentando comerse la carne que habrías preparado, y estaríamos regañándole y jugando con él a la vez. Seríamos felices. Realmente felices. Gracias por tus, nuestros sueños.

Le solté el brazo y nos quedamos mirando, ella bajó la mirada, sonrió y me volvió a mirar con esa sonrisa encantadora y los ojos medio cerrados, se giró y continuó andando hacia las puertas del edificio. Yo me quedé cinco minutos parado, mirando el camino que ella había recorrido, como si pudiera verla infinitas veces de espaldas caminando hacia las puertas de la escuela.

Diez años más tarde, sigue siendo importante para mí. 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me ha gustado muchísimo!

Hay personas que, a pesar del tiempo que nos distancie, fueron, son y seguiran siendo relevantes.

Quiero pensar que 10 años después estarán cumpliendo esos sueños que planearon juntos ;)

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