Manchas de humedad
El sol se escondió al instante en el que terminó la canción.
Parecía que se hubiese asustado tras ese final de guitarra lento y con espacios
de silencio en los que lo único que quedaba era el vibrar de la última cuerda
acariciada. El sol quedó tapiado por la única nube grande en un cielo azul,
limpio y brillante.
La habitación quedó más oscura. Las luces estaban apagadas por la
gran cantidad de luz que llegaba desde el exterior, hasta que ese astro huidizo
dejó de brindar su magia. Nadie se levantó para iluminar la habitación, nadie
dijo nada, todo quedó en silencio con ese leve, casi imperceptible zumbido de
un radiocasete en el que ya no suena nada, solo unos altavoces vivos a la
espera de nuevas melodías.
Y así estábamos todos, sentados en círculo, en silencio con los
sonidos propios del zumbar y dar vueltas de la mente, mirando el suelo con una
mirada oscura, el sol se había llevado la música y la ilusión de los ojos de
todos, y en ese mismo instante sentí que si la nube pasaba de largo y dejaba al
sol al descubierto, todo volvería a ser como era antes de la canción, esa
canción lenta y pausada que ya no sonaba ni en mi cabeza.
Me pareció ver llover. En la calle no, no en el cielo, la gran
nube no traía lluvia ni la iba a traer. Me pareció ver llover en la sala, me
pareció que el poder de la nube podía travesar las paredes y los cristales
opacos e instalarse encima de nuestras cabezas para descargar una lluvia a
petición de nuestro ánimo grupal. Una lluvia fina y constante que no podía
mojarnos, que solo estaba para enturbiar el ambiente y recordarnos que eso era
un funeral y no una reunión de amigos, ni siquiera una reunión de ex amigos.
Era un funeral y esa era la razón por la qué estábamos allí, cada
uno por la misma razón pero distinta a la vez. "Ella hubiera querido que
estuviésemos aquí todos hoy" dijo alguien, no recuerdo quien, no todos
pensábamos lo mismo. Pero no estábamos allí por el deseo de Susana, estábamos
por Susana, por lo que teníamos cada uno con ella pero no por lo que éramos en grupo.
No éramos un grupo, solo cuatro individuos casualmente sentados ante la
desgracia, también casual (aunque no todos pensábamos lo mismo).
Susana, Sue (pronunciado "Sú"), o Susie (pronunciado
"Susi") o Sana, “nena” tal vez, "muñeca" solo cuando estaba
enfadada, para hacerla enfadar más, "amor" cuando estaba en mi cama,
y "me voy corriendo" cuando estábamos en la suya.
Seguramente su marido tendría apodos parecidos, iguales y
distintos para tratarla. Seguramente su marido, a mi derecha sentado tenía su
propio juego de palabras creado con ella, su mundo lingüístico singular
compartido con Susana. Otro mundo, otra Susana. No mi Sue, mi Susana.
Los cuatro habíamos sido buenos amigos, los cinco, antes de qué
Susana se fuera. Miguel, sentado a mi izquierda, después del instituto
desapareció, y curiosamente veinte años más tarde es quién siente con más
fiereza de qué esa unión era por alguna razón. Yo estaba convencido de qué el
muy hijo de puta no iba a volver a aparecer, que ese encuentro del destino era una
patraña sensiblera, que se largaría después de una noche de copas, nos diría
que seguiríamos en contacto, que abrazaría a Roberto, a Robe, que le diría que
"le quiere, que está para lo que sea y que se llamarán pronto".
Después supe qué tenía razón en todo, no lo volvimos a ver más ni supimos más
de él.
Siempre fue el menos, el que sobraba, que venía por puro snobismo
y apariencia. Quería pertenecer a ese grupo de amigos que no salía a la
discoteca, que hablaba de Foucault y del existencialismo, que leía (sin más)
pero que sobretodo leía a autores americanos y sudamericanos. Quería
simplemente poder decir que alguien le había hablado de algo pero sin entender
para nada, nada de nada. Era un hijo de puta.
Con Elia era distinto. Eran inseparables con Susana, y a la vez
ambas inseparables de Robe y de mi. Siempre estuvo allí, con ella. Fueron a la
Universidad juntos y su amistad era irrompible. Eran como hermanas. Ella lo
sabía todo, era la única que lo sabía prácticamente todo y que me miraba de vez
en cuando, iba alternando su compasión entre Robe y yo, miradas tristes por
todos lados. Había momentos en los que sentía su complicidad y la agradecía,
solo ella sabía lo devastado que me podía sentir y la fuerza que necesitaba
para ocultarlo.
- Pero deja a Robe si ya lo tienes claro, Susi!
Le repetía incansablemente.
Robe y yo éramos homónimos a Eli y Sue en masculino, y en ese
sentido no creo que haga falta que añada nada más, que explique nada más de
todo lo vivido y sentido junto a él. Todos, o casi todos en mayor o menor
medida hemos tenido ese mejor compañero y amigo. Robe era el mío. Al menos hasta
que Sue y yo nos besamos por primera vez. Creo que ese día, ahora ya hace diez
años fue el primer paso hacia atrás tras unos diez años de nuestra amistad. Ese
beso que cambió todos nuestros círculos, nuestras relaciones, nuestro grupo.
Dejamos de ser todos para empezar a ser nosotros.
Fue todo bastante estúpido, de película romántica de un domingo
por la tarde. Yo había estado enamorado de Sue desde que la conocí, ella me
dijo que estaba interesada en Robe, yo ayudé a convencer a Robe de que probara
algo con ella y le gustó, se gustaron. Tanto que ya no se separaron. La quería
tanto que deseaba poder ofrecerle cualquier parcela de felicidad por más
alejada que estuviera de la mía.
El beso se dio en una de las múltiples discusiones que tenían Robe
y Susi cada vez que él se iba un mes a trabajar a Chile. Cuando estaban juntos
eran increíblemente felices, inseparables, y además llevaban la relación de tal
manera que era imposible sentirse incómodo con ellos. Solamente discutían cuando él no estaba y se
llamaban por videollamada. Pero las discusiones no eran nada del otro mundo,
Susi se ofuscaba por no saber lo que podía hacer Robe si estaban más de dos o
tres días sin hablar.
Es cierto que Robe era un hombre particularmente atractivo, con
mucho éxito entre las mujeres. Pero a la vez era un tipo noble de verdad. Sin
embargo, las inseguridades de Susi superaban a la nobleza de Robe, y en ese mes
que Robe estaba fuera nos tocaba a mí y a Eli distraerla de sus pensamientos.
Justo llegué a casa de Susi un 3 de mayo, a las 22:47 cruzaba el
umbral de la puerta de su casa y ella me recibió con lágrimas en los ojos. La
abracé y sin tener que preguntarle qué había pasado, que por una parte me
preguntaba y por la otra imaginaba, ella me explicó que Robe le había dado un
ultimátum, que no podía ser tan dependiente y que su trabajo iba a ser así
siempre, que por el bienestar de ambos no compensaba un mes nefasto por once de
felicidad.
Pensé qué era difícil hacer una ecuación de rentabilidad en una
relación de pareja, sobre cuánto tiempo de tristeza y nervios pesan más que
tiempo de felicidad, un cincuenta-cincuenta tampoco parece algo tan irracional,
hay gente que sigue sintiendo la vida como algo positivo aunque pasen 180 días
de infelicidad. Quizás hay gente que se conforma con uno. A Robe le pesaban más
esos treinta días. Con esto no quiero decir que me parezca injusto lo que Robe pedía.
Quiero decir, probablemente la discusión no tratase sobre los días de felicidad
e infelicidad, sino de algo que le ocurría a Susana. De todas maneras no era la
primera discusión y no era el primer ultimátum, como en muchas parejas.
Después de abrazarla, le cogí con las manos la cara, le sequé con
los pulgares las lágrimas de los ojos, la miré y la besé. Ella tuvo los
primeros veinte segundos los ojos abiertos, después los cerró, y desde ese
momento hasta una hora más tarde creo que no los abrió ni una sola vez. Cuando
los volvió a abrir, volvió a llorar. La volví a abrazar y le dije que la
quería. Me quedé dormido. Cuando me desperté ella seguía llorando, no sé si
había dormido o no, pero tal y como anocheció, amaneció.
A partir de entonces todo enrareció. Robe se sentía culpable
porqué pensaba que él había propiciado la nueva actitud de Susana al volver de
Chile, Robe me confesaba todo lo que sentía, como estaban empeorando las cosas,
lo mal que hacían el amor, lloraba conmigo a veces. Yo le compadecía y me
alegraba a partes iguales. Eli se indignaba y buscaba una resolución sincera
para que no estallara todo y nos salpicara a los cuatro, o a los cinco. Susi
era incapaz de tomar una determinación y seguía calcinando la relación con Robe
y alimentando la nuestra, que a pesar de la emoción, había llegado a un punto
muerto en el que nuestra relación era, en términos temporales, la opuesta a la
suya con Robe. Yo era su pareja cuando Robe no estaba alguna tarde, algún fin
de semana, todos los Mayos. Por mi parte, yo me sentía como Susi, no quería que
nada tocara el ligero equilibrio desequilibrado en el que vivíamos todos,
cualquier soplo de viento hubiese hecho tumbar todas nuestras relaciones, y
probablemente no hubiésemos terminado juntos. Probablemente el final más triste
me esperaba a mí.
Pero los finales tristes no esperan, el final triste no esperó a
nadie, nos llegó a todos.
Eli se puso a llorar y fue Miguel el que se levantó para
acompañarla. Nos quedamos Robe y yo.
- Sé por lo que estás pasando.
Dijo Robe
- Creo que eso debería decírtelo yo.
- Debes estarlo pasando realmente mal para no soltar ni una sola
lágrima.
En ese momento se me enrojecieron los ojos.
- Conmigo no tienes que disimular, tu también tienes derecho a
estar triste, ya sé que era mi mujer, pero tú también la querías mucho.
Por un momento pensé que él podía saber lo mío con Susi
- Claro que estoy triste, pero, no lo sé, ahora es que simplemente
no puedo llorar.
- Hace un mes y medio encontré un test de embarazo en la basura.
Susana estaba embarazada
No supe qué decir. Abrí los ojos y puse cara de sorprendido.
- A juzgar por las fechas, quedó embarazada en Mayo.
Si pensaba que tenía los ojos abiertos y que ponía cara de
sorprendido, me sorprendí al ver que podía estarlo más.
- Te estaba engañando?
- Sí, esperaba que en algún momento pudieses decírmelo tu pero veo
que nuestra confianza realmente estaba tan muerta como mi relación con Susana.
La verdad que no entiendo qué hice tan mal para que ninguno de los dos pudiese
decir nada.
Robe no parecía enfadado, ni siquiera decepcionado. Estaba como
tranquilo, en paz. Tenía unas ganas de llorar irrefrenables, ganas de abrazarlo
y de pedirle perdón, ganas de preguntarle mil cosas pero no podía moverme de mi
asiento, estaba petrificado, me sentía muerto por dentro. Vacío.
- No puedes estar acostándote con alguien más de cinco años
seguidos sin que nadie se entere. Es imposible, nadie miente tan bien, y menos
vosotros. Durante un tiempo me sentí mal por tener la sospecha, y decidí
ignorarla, pero las pruebas vinieron solas, jamás busqué nada, jamás espié
nada. Ahora mismo creo que no te puedes imaginar cómo me siento yo, y creo que
no me puedo imaginar de ninguna manera como te debes estar sintiendo tu ahora.
Hay un abismo entre tú y yo, hay un abismo brutal que hace años pusiste entre
los dos, y ahora, por primera vez abres los ojos y lo ves. Esa es la
diferencia, yo lo he visto crecer, tú te das cuenta ahora.
Eli y Miguel volvieron del baño con mejor cara. Estuvimos los
cuatro callados un buen rato más.
Seguía lloviendo en la habitación, de manera casi imperceptible,
de la misma manera imperceptible en el que un suave vibrar de guitarra había
vuelto a sonar, quizás de la misma canción que había hecho una pausa
estratégica o quizás una nueva canción que empezaba. Quizás en ningún momento
había parado de sonar pero el vislumbrar esa cortina de llovizna había
eclipsado los dulces y sencillos acordes de una guitarra.
Seguía lloviendo en la habitación, nosotros nos sentíamos
protegidos de la lluvia implacable, impermeables a la humedad y la tristeza del
instante, pero poco a poco el lugar iba quedando impregnado por unas manchas
oscuras, unas manchas de humedad de los pecados, los engaños y el amor, lo más
sucio y bello de este condenado mundo gris.
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