Diosa de la Guerra
Salía
del baño. Notaba mi frente sudada, gotas gordas caían entre mis cejas y por la
sien. Me sentía nervioso, me movía inquieto, me temblaba la voz. Podía sentir
como de las axilas de mi camisa se iba acumulando un sudor que ya era
perceptible a la vista de cualquiera que estuviera cerca, y pronto iba a ser
perceptible también su olor. Notaba como la gente a mi alrededor me miraba, no
con extrañeza, no juzgándome, simplemente eran observadores pasivos, un público
muerto imposible de impresionar pero atento a cualquier situación que se
saliera de su normalidad, algo que se saliera de su café con croissant y su
zumo de naranja, algo que se saliera de su periódico local con noticias
aterradoras leídas con una mirada aséptica. Ver a un individuo pasar un mal
rato tampoco les producía ningún tipo de emoción especial en sus vidas
rutinarias y fabricadas en serie, pero quizás era más emocionante que pensar en
su desgraciada y pobre existencia.
Ahí
estaba yo en medio de un bar mal decorado con mesas de madera viejas, con
estanterías llenas de botellas de licor y una pizarra en la que se ofertaban
“Desayunos baratos”. Iba despeinado, algunos mechones de pelo se me levantaban
hacia el cielo sin que pudiera remediarlo, desaliñado con una camisa blanca que
había perdido ya hacía años su color, tirando más bien a un grisáceo
amarillento, una corbata que había ido a juego pero que ahora desentonaba un
poco y con cara de sueño.
Me
rascaba los bolsillos del pantalón delante de un señor con bigote que
supuestamente era el amo del local. Repasaba varias veces los bolsillos
repetidamente, primero los de los dos lados con las dos manos, después el
bolsillo de atrás a la derecha, después el bolsillo de atrás a la izquierda
mientras iba balbuceando con duda “no puede ser, no, no puede ser”. Ese
personaje que hubiera deseado ver en los ojos de cualquiera de los espectadores
de mirada vacía era yo, el resumen de mi vida en una imagen. Un tío que se pasa
la vida buscando los cinco céntimos que le faltan para pagar el café mientras
el mundo mira distraído hacia mí y, contradictoriamente, olvida mi existencia
con una facilidad pasmosa.
El
señor con bigote y las manos sucias de algo negro que no podía identificar en
ninguno de los elementos que se sirven en el desayuno me hacía una mirada
taciturna, dudando si perdonarme esos tristes y miserables cinco céntimos o
pasarse la mañana entera de brazos cruzados. Mientras tanto, alargaba todo lo
que podía la fatídica escena. Finalmente, me dejó marchar arguyendo que ya lo
pagaría el próximo día, aún teniendo ambos la absoluta certeza de que eso no ocurriría.
Una vez
en la calle poco a poco noté como iba parando la sudoración, me sequé la frente
con la manga de la camisa, aunque los cabellos del flequillo permanecieron
mojados. Sentí el corazón palpitar con fuerza, unos pocos temblores y fue entonces
cuando pensé en el inicio de todo. Hacía días, hasta hoy que no pensaba en ti,
nunca semanas, la mayoría de veces horas, minutos, pero nunca, nunca semanas
sin pensarte.
Minerva,
me hacías sentir nervioso, olvidadizo, fracasado, sudoroso, a veces enamorado,
la mayoría de veces incómodo, pero me hacías sentir, y eso era mucho más bello
que la nada.
Minerva,
eras una niña curiosa y segura de ti misma, aunque un poco pueril, infantil
incluso diría yo, al menos a veces, y no mucho más de lo que correspondería
para una niña de tu edad. Yo en cambio era un tipo más bien asustadizo, un poco
inseguro pero sobretodo neurótico y pesimista. Esto a ti te resultaba la mar de
gracioso, repetías siempre: “¿Cómo puedes haberte hecho mayor siendo como
eres?”. Ay, mi pequeña (y que raro suena decirte “pequeña” ya) pues no sabías
tú que crecemos aunque no queramos, que podemos no cambiar un ápice el carácter
pero el cuerpo sigue su camino sin nosotros.
Ay, Minerva,
eras mi nada y pasaste a ser mi todo en tan poco tiempo, que jamás dejé de
sorprenderme la facilidad con la que se podía llenar un vacío. Apareciste de la
nada en una calle cualquiera preguntando: “Señor, me podría dar la hora?”, y yo
te sonreí, inseguro y temblando (tal vez tanto como ahora), pero no fue por mi
insuperable inseguridad, ni si quiera por tu mirada inocente y provocativa a la
vez, temblaba porque veía un futuro lleno de un color blanco turbio (tal vez
tanto como el de mi camisa).
Ni mi
edad era tanta ni la tuya tan poca, y ese “señor” en tus labios, con una “ese”
alargada y una “erre” casi insonora, como exótico, como jugando con la palabra,
tu primer juego conmigo.
En ese
instante que pasó tan rápido como decir “la una menos cuarto”, tan lento lo
sentí que pude apreciar cada perfecto detalle de tu cuerpo, de tus ojos y de tu
sonrisa maliciosa. Por los labios se te escapaba la inocencia de tus ojos,
pequeña. Sentí tu olor, ese olor que me ha maldecido durante meses y me va a
maldecir ya el resto de la vida. Un olor que podía sentir en cualquier sitio,
un olor que podría ser un perfume cualquiera pero que en tu piel se convertía
en un campo de flores salvajes.
Ese
olor tan dulce de algún perfume bastante común, a la que jamás supe ni creo que
sepa el nombre, que podía oler en el autobús, en nuestra parada de metro, en
varias calles, en las tiendas, el mercado, pero que cuando eras tú quién lo
llevaba, dejabas a tu paso una huella distinta. Entraba en cualquier parte y
sabía si hacía poco habías pasado tú por allí. Sabía si ese mismo perfume lo
estabas llevando tú o una mujer cualquiera. A veces jugaba conmigo mismo a
saber cuál era el último sitio que habías pasado, y la mayoría de veces la ruta terminaba en el parque donde te veía a
lo lejos con tus amigos y sé, Minerva, que muchas veces tu también me veías
allí, y hacías ver que no estaba, incluso tiempo después negabas haberme visto
alguna vez en el parque. Y es que eras tan, tan previsible. Al final terminé
conociendo tus hábitos diarios a través de tu olor.
Finalmente
te dejaste conocer, “señor, puede acercarse?”. Me acerqué y empecé a sudar como
hoy, Minerva, ni más ni menos que como hoy. Estabas en un rincón escondido de
la calle, te pusiste de puntillas y lo que parecía que podría ser un secreto se
convirtió en un beso. Sentí tus labios como se apretaban como una esponja con
los míos. Te apartaste del mismo modo en el que te acercaste, como un vídeo
rebobinando hacía atrás, sonreíste enseñando los dientes, encogiste los hombros
y te fuiste. Y yo dejé de sudar, dejé de temblar, al menos unas horas.
A veces
paseábamos y no parabas de preguntarme cosas, sobre la vida, sobre la muerte,
sobre lo que te preocupaba, sobre las cosas más mundanas del mundo, sobre cómo
se fabricaba algo, sobre cómo debía ser trabajar en tal sitio u en otro, sobre política, sobre lecturas, sobre el
instituto, sobre ti, sobretodo sobre ti. Cuando se te terminaban las dudas, me
mirabas fijamente, sonreías, volvías a mirar al frente y me cogías la mano unos
segundos. Minerva, ¡Y soñaba tanto, tantísimo con estos momentos! Pensaba:
“ojalá que me coja la mano y me diga que sola no comprende la vida, no”.
Minerva,
tú que no sabías nada del amor y en cambio, lo hacías espectacularmente. Eras
mi pequeño capricho, mi pequeña almohada, mi pequeña todo.
Yo que
me había sentido como una piedra toda mi vida, tú habías conseguido que fuese
rebotando sobre el mar en lugar de hundirme.
Pero te
convertiste también en mi plomo y en mi fin. Tu sonrisa no era mía. Te estaba
dando un beso pero mis labios no eran esos. Y cuando lo vi por primera vez no
lo creí. Cuando lo vi por segunda vez no lo creí, pero después de ver hombres
destrozados y peleas en los bares por tus pechos sentí el fin de mi vida, como
tantos otros.
Y por
eso Minerva hoy te he llamado para sentarnos en un bar y hablar, en un bar de
mala muerte en un barrio donde yo no soy nadie (como en cualquier bar), pero sobretodo
en algún bar en el que no fueras la pequeña de nadie.
Por eso
mismo, Minerva, hoy he hecho mi primer y último juego contigo cuando hemos ido
al baño.
Minerva,
en tus brazos me hacías nacer, y tú en los míos moriste.
Minerva,
lo eras todo y ahora ya no eres nada, para nadie, solo para mí.
Comentarios
Matar por amor...indudablemente la mejor opcion