Anselmo

(Música para escuchar durante el cuento, antes, después, mañana, en cualquier momento)

Estaba sentado en el banco del parque con la espalda encorvada hacia adelante. Apoyaba los antebrazos en sus piernas y miraba recto hacia un horizonte inexistente, rumiativo. Iba bien vestido aunque un poco descamisado: pantalón con americana gris oscuro, una camisa de un gris más claro, y una corbata plateada con rayas negras. Vestía como su ánimo, como el día.

Tenía la camisa por fuera del pantalón y no se veía si llevaba cinturón o no, pero a juzgar por su aspecto, probablemente lo llevase. Anselmo tenía cuarenta años, pero aparentaba más. Su pelo y sus arrugas daban fe de ello. Tenía el pelo canoso aunque poblado y las arrugas en las mejillas le daban inevitablemente un aspecto taciturno en su cara. Aunque tenía un aire cómico, le quedaba compensado por las arrugas horizontales de la frente que le daban un semblante serio. El global, y precisamente en ese instante mostraba una persona triste y cansada.

De lejos, pudiera parecer la típica persona que da migas de pan a los patos y a las palomas, empezando a mostrar soledad y serenidad, síntomas de la vejez. Pero no era el caso. Anselmo estaba absorto, no se daba cuenta de (y poco le importaba) la imagen que diera. Lo que sentía era frustración, el peso aplastante del fracaso.

Después del último mes  buscando trabajo “de lo suyo” tendría que renunciar y aceptar la oferta de su hermano. “Ya sabes que aquí puedes trabajar siempre que quieras, la empresa no va muy bien pero con algo de tiempo encontramos alguna vacante”. Pero no quería pasar por lo mismo otra vez. La experiencia fue buena, pero los compañeros eran bastante reacios a tratar con él al ser el hermano del Director, y aunque él se esforzaba a descargar camiones, los demás lo miraban con desdén.

Había empezado a trabajar con su hermano a los dieciocho años, tras haber rechazado ir a la Universidad, puesto que ninguna opción de estudios le atraía y lo único que quería era empezar su camino por su cuenta, justo como había hecho su hermano con dieciocho años. El primer paso era ganar algo de dinero y salir de la casa de los padres, un ambiente en el que se sentía absolutamente infantilizado.

Tras dos años de trabajo en la empresa de David, se dio cuenta de que el camino para crear un negocio no era el mismo que doce años atrás. La inversión de dinero era muy superior, requería un diseño de proyecto más elaborado para pedir un préstamo en el banco, y lo más importante, necesitaba una idea, una buena idea. Con veinte años, no tenía ninguna de las tres cosas.

Así pues, decidió invertir todo su tiempo y dinero en formación. Esta vez eligió estudiar Publicidad en la Universidad, y tras un año exitoso decidió estudiar además Gestión y dirección de Empresas. Pidió a su hermano una ligera reducción de la jornada para poder compatibilizar los estudios, y David, confiando plenamente en él se lo concedió y le animó a irse de su empresa tan pronto como pudiera. “No te encalles aquí, tu deberías buscar más”.

Su familia siempre trató a David como el suertudo y a Anselmo como el talentoso. Ambos lo sabían. Él iba a ser el elegido, el importante, en algo, en lo que fuera, pero importante, no solo importante, el mejor. No era cuestión de cuánto dinero iba a llegar a ganar si no de la fama que iba a conseguir. Anselmo era el bueno, el “uno entre un millón”, tenía las cualidades necesarias para triunfar en lo que se propusiera.

Pero se debería saber ya que el talento no es la máxima que precede al éxito, y en los tiempos modernos ya no es tampoco garantía de nada.

Tras terminar sus dos carreras empezó Másters y contratos en prácticas en diferentes empresas, finalmente dejando el trabajo con su hermano a los veintiséis. Sin embargo no conseguía un contrato decente en ningún lugar tras las prácticas. Se obsesionó en que no valía lo suficiente y menos aún para iniciar su propio negocio. “Primero debo entrar en alguna de las mejores empresas de publicidad del país y tras esto, crear mi firma”. Así que se marcó las tres mejores empresas, se hizo entrevistar por los gerentes y preguntó que se necesitaba para trabajar allí.

Era demasiado joven, le faltaba aún algo más de trabajo en el sector y aparecía gente más preparada aún. Continuó estudiando posgrados, máster, más contratos de prácticas, pasó por más de diez empresas… y cada año sin falta se presentaba solo a una de las tres mejores empresas, a la qué escogida como “Mejor Empresa de Publicidad” a presentarse como candidato. Tras cumplir los treinta se propuso una meta en su cabeza, un punto en su carrera: “Tengo hasta los cuarenta para llegar a mi objetivo, diez años más, ni uno menos ni uno más. Es mi trabajo, es lo que hago y soy el mejor en lo que hago, tengo diez años para demostrarlo”

Abandonó todo tipo de relaciones sociales, lo consideraba algo superfluo, se olvidó de parejas, se olvidó de todo aquello que no fuera orientado a su objetivo, y solo centraba su tiempo en aquello que le podía propiciar algún acercamiento a su objetivo. Desarrolló un interés, en el peor sentido de la palabra, para aquellas personas que tenían vínculo con su meta, pero para nadie más.

Los años pasaron más rápido de lo que Anselmo podía imaginar, y su tónica varió menos de lo que podría haber pensado jamás. Pero cuando cumplió los cuarenta se dio cuenta de que estaba a un paso de que su sueño se desvaneciera. Concertó una entrevista el mes previo a cumplir los cuarenta y un años, un Abril maldito, gris, de lluvias y truenos, de charcos y suéteres mojados.

“Buscamos gente joven, ¿ sabe? Gente que haya visto mundo, que haya estudiado en el extranjero, con ideas rápidas, rompedoras, vocabulario nuevo, que cree tendencia. Hay sitios con idea más clásicas, lo que se ha hecho hasta ahora en publicidad, y viendo su currículum yo mismo lo podría recomendar y lo cogerían seguro”

El elegido no había sido el elegido. Ser el elegido por su familia, por su hermano, por sus amigos, por sus profesores había sido su máximo valor y a la vez se había convertido en su condena. Se había condenado a sí mismo a ser quién es. Se puso los grilletes él mismo en un mundo lleno de látigos dispuestos a romper sueños. Ser quién era le hizo imposible corregir su error y maniobrar hacia otra dirección. Anselmo notaba el peso de los años malgastados.

Desconectó de su cabeza para volver a centrarse en lo que había en su entorno, un escalofrío recorrió su espalda, corrigió su postura y se quedó recto observando a su alrededor. Delante había un pequeño parque infantil con columpios y toboganes en el que solo había un padre columpiando a su hija.
- Más “darápido” papá, más “darápido”

Gritaba la hija y mientras el padre se empezó a reír. Frenó el columpio un poco y se fue corriendo a un banco que había justo frente el mío, bastante lejos, se acercó a la mujer, le dijo algo, ambos sonrieron y volvieron en el columpio donde estaba su hija. La madre se quedó justo enfrente donde se columpiaba la hija enfocando con su teléfono móvil y el padre reanudó los vaivenes del columpio.

- ¿qué decías antes Martita?
- Más “darápido”, más “darápido” papá.

La mujer y el hombre se empezaron a reír, a descojonarse tanto que casi se caían al suelo, la mujer apartó el teléfono y ambos se abrazaron. La niña también se rió a carcajadas mientras iba repitiendo “darápido” incansablemente, el columpio iba haciendo oscilaciones cada vez más cortas.


Anselmo sonrío con ternura, sus ojos se cerraron un poco, sus arrugas se recolocaron ofreciendo una nueva cara, esta vez más afable. “Parece ser que la infancia es la única época en la que la gente te felicita por equivocarte”.

Anselmo aprendió por primera vez a equivocarse, abrió por primera vez las puertas de un mundo del que se puede aprender y cambiar algo, empezando por uno mismo.

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