Ab Ultima Cave

Definitivamente podía apreciar algo diferente. O eso me parecía a mí.
Hacía largo tiempo que no pasaba por los entrelazados túneles subterráneos de Barcelona en las horas en las que la noche impone. Seguramente años, más de diez. Tampoco valía la pena preguntarse por qué. La nocturnidad me atraía a sitios tan diversos que jamás imaginé que volvería donde me encontraba en ese momento.
¡Qué diferente me parecía el mismo camino cuando reinaba el sol en la calle! Resultaba curioso, ya que la iluminación era la misma que por la mañana, y no había ranura posible por la que la luz o la oscuridad pudieran dar pista de sus pasos. Aún así tenía un aspecto más lúgubre que de costumbre. Pudiese ser por el espacio que había entre las personas que de centímetros había pasado a metros. Pudiese ser.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Cuanto ansiaba en ese momento poder salir al exterior y fumar una calada del tabaco de pipa venezolano que había comprado esa misma tarde para poder sentir que respiraba de nuevo. ¡Dios mío! Prefería con creces el humo de mi pipa que todo lo que podía respirar al exterior de aquellos pasajes. El aire de la superficie era peor que una calada de tabaco. Tampoco me conmovía el alma lo que podía respirar entre la muchedumbre dentro del metro: halitosis de buenos días, sudor de recién levantado, hedor matutino de píe izquierdo. De noche no mejoraba mucho con el olor a cerveza y vino de los borrachos que resucitaban a esas horas, pero uno se podía apartar si lo deseaba.
Casi se me olvidaba. La última vez que había subido a esas horas era yo el que olía a cerveza, gritaba, reía y creía entender mucho más de la vida que las personas que me miraban por el rabillo del ojo. Ahora yo miraba por el rabillo del ojo y si sabía que entendía mucho más que los que estaban riendo y gritando borrachos, inconscientes del etanol que inundaba las raíces de sus neuronas. Me preguntaba si aún habría alguien observando a los que miraban por el rabillo del ojo a los borrachos, si habría alguien más consciente que los conscientes de la inconsciencia. Me resulté gracioso a mí mismo, debería apuntar eso en algún sitio.
Seguía el sendero sin demora, sin pausa, con pasos rítmicos inquebrantables. Una sinfonía en clave de luna y con las notas que se grababan en las baldosas amarillentas del subsuelo de la capital catalana. Me había convertido en un reloj y mis pies eran las agujas, en un lugar dónde el tiempo no importaba, dónde el tiempo no pasaba, dónde nunca pasa nada. Me encontraba en perfecta harmonía con mi alrededor, mas súbitamente perdí el contacto con la irrealidad.
Me puse las gafas en su lugar correspondiente en la parte de arriba de la nariz mientras bajaba los escalones. Ese gesto finalizó con mis pensamientos y me permitió abrirme a nuevas percepciones. Ya estaba en el andén, esperando, quieto, con la mirada fija en la línea que no se puede cruzar hasta que el tren abre sus puertas. Como si de algún modo fuera a desaparecer y pudiera cruzar a mi antojo, y el tren se parara en seco ante mis palabras. Pero llegó mientras mi mente seguía danzando un pasodoble con su amiga fantasía.

Me quedé unos instantes dudando, enfrente de la puerta abierta justo donde yo me encontraba. El aviso de cerrar las puertas ya había cesado, un segundo era todo el tiempo que tenía para pensar si subir o no subir, para deshacerme de la sinrazón. Y era suficiente para decidir. Un paso firme me adentró al vagón. De allí no saldría, era la última vez que subía en un metro, y no bajaría hasta llegar al sitio donde mueren los trenes, y cuando muere el día.

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