Los sabores del adiós
(Canción para el relato)
Hay ciertos sucesos en nuestras vidas que se asocian a sabores, de un modo casi incuestionable. El ejemplo más claro es el de las despedidas y el gusto, que sin duda alguna, si alguien se pregunta por el sabor que tienen las despedidas, la respuesta que hallará es el amargo.
No es que uno al tener una despedida sienta el mismo sabor que al beber una tónica. No es exactamente así, es algo simbólico, pero es cierto que deja algunas huellas claras en nuestro cuerpo: la dificultad al tragar, el peso en el estómago, rojez en los ojos...y "algo" en la saliva, a veces demasiada saliva o a veces con la boca demasiado seca nos despedimos, pero algún tipo de sabor deja.
Todo el mundo diría que ese pósito que deja es amargo. Yo diría que no es amargo, o más bien, que no solo es amargo. Hay un punto dulce en las despedidas. No me refiero, ni quiero que se confunda, lo referente a ver, con agrado, que alguien se vaya. Creo que habría que buscar una palabra distinta a "despedida" para hablar de alguien que deseas que se vaya, una palabra que al decirla endulce los labios.
Las despedidas tienen algo de dulce en cuanto que el presente es amargo, es el lastre final de lo dulce y pasado, pero pervive dentro de la amargura de modo imperceptible. También las despedidas tienen algo de ácido, que nos chirría.... y salado.
La gente solo se queda en el amargo, no quiere mirar más allá, es suficiente. Pero a mi no me gusta, sentir la amargura en el paladar no solo es molesto si no es insuficiente, nunca hay un sabor puro en la boca.
La cuestión por lo que digo todo esto no es porqué quiera hablar de los sabores. Tampoco me interesa demasiado la ageusia que sufre la gente de este mundo en general. Quiero hablar de despedidas.
Hay ciertos sucesos en nuestras vidas que se asocian a sabores, de un modo casi incuestionable. El ejemplo más claro es el de las despedidas y el gusto, que sin duda alguna, si alguien se pregunta por el sabor que tienen las despedidas, la respuesta que hallará es el amargo.
No es que uno al tener una despedida sienta el mismo sabor que al beber una tónica. No es exactamente así, es algo simbólico, pero es cierto que deja algunas huellas claras en nuestro cuerpo: la dificultad al tragar, el peso en el estómago, rojez en los ojos...y "algo" en la saliva, a veces demasiada saliva o a veces con la boca demasiado seca nos despedimos, pero algún tipo de sabor deja.
Todo el mundo diría que ese pósito que deja es amargo. Yo diría que no es amargo, o más bien, que no solo es amargo. Hay un punto dulce en las despedidas. No me refiero, ni quiero que se confunda, lo referente a ver, con agrado, que alguien se vaya. Creo que habría que buscar una palabra distinta a "despedida" para hablar de alguien que deseas que se vaya, una palabra que al decirla endulce los labios.
Las despedidas tienen algo de dulce en cuanto que el presente es amargo, es el lastre final de lo dulce y pasado, pero pervive dentro de la amargura de modo imperceptible. También las despedidas tienen algo de ácido, que nos chirría.... y salado.
La gente solo se queda en el amargo, no quiere mirar más allá, es suficiente. Pero a mi no me gusta, sentir la amargura en el paladar no solo es molesto si no es insuficiente, nunca hay un sabor puro en la boca.
La cuestión por lo que digo todo esto no es porqué quiera hablar de los sabores. Tampoco me interesa demasiado la ageusia que sufre la gente de este mundo en general. Quiero hablar de despedidas.
Yo tenía quince años cuando me di cuenta de que lo odiaba todo y a todos. Odiaba a mi familia, odiaba mi ciudad, odiaba a mis amigos, odiaba estudiar y odiaba, aunque aún no pudiera, trabajar. En definitiva, odiaba mi vida, pero en esa época era demasiado ingenuo como para pensar que odiaba muchas cosas pero que no tenían nada que ver conmigo.
Fue por esa razón que decidí que quería marcharme sin decir nada a nadie. Tenía muy claro que lo odiaba todo, no quería decir a todo el mundo que me iba a ir, primero de todo porque me intentarían disuadir de mi idea, y seguramente si lo hubiese explicado a alguien hubiera perdido intensidad mi intención, hubiera quedado como una llamada de atención más que una convicción.
Empecé a ahorrar: tres pesetas semanales de la paga que me daba mi familia. Hacía de intermediario comprando marihuana para mis amigos, me llevaba con cada compra un pellizco de hierba para mí más unas cinco u ocho pesetas, dependiendo de la semana. Compraba también alcohol para mis amigos los viernes y los sábados llevándome una peseta de cada amigo que quería comprar alcohol.
Tenía la suerte de que, aun teniendo quince años, el tener ya pelo en la cara aparentaba que tenía al menos dieciocho, y eso me daba ciertas ventajas sobre los demás, y creo que por esa razón muchos querían que entrara en sus círculos. Yo no tenía nada de especial, ni era especialmente simpático, ni era una persona divertida, tampoco inteligente, simplemente aislada. Algo que agradecí al recordar a mis viejos amigos fue el respeto que tenían a mi silencio, aunque a veces bromeaban sobre ello y me llamaban “parado”. Creo que parte del respeto venía por los favores que les hacía, pero por otro lado pienso que el favor me lo estaban haciendo ellos a mi semana a semana, botella a botella.
Finalmente reuní las trescientas pesetas que necesitaba para un billete de ida a Menorca. No necesitaba vuelta, no tenía pensado hacerla. Tardé unos pocos meses, pero trabajando paulatinamente y con la disciplina de no gastar nada para mi goce personal, tardé menos de lo que esperaba en reunir el dinero.
Era un jueves de Junio. Quedaba una semana para terminar el curso. Apenas recogí cuatro camisetas en una bolsa, algunos calzoncillos, calcetines, unos pantalones largos y unos pantalones cortos. El resto lo dejé en casa, por si acaso algún día volvía. No, creo que pensé más bien en qué mis padres tardaran el mayor tiempo posible en darse cuenta de que ya no estaba, sin que pareciera sospechoso. Si echaban de menos algunas camisetas podían pensar que me había ido a pasar cuatro días en casa de algún amigo. Aunque les pareciera raro y no soportaban que no les dijera donde pasaba la noche, podía parecer hasta normal que durante un fin de semana desapareciera.
Eran las nueve pasadas de la noche. Era la primera vez que subía a un barco aun habiendo vivido siempre cerca del mar. Dejé mi bolsa en un asiento y salí a la cubierta del barco a fumar un cigarro. Lié el cigarrillo, saqué una cerilla y me lo encendí sacando una gran bocanada de humo blanquecino. Me apoyé en la barandilla y me quedé observando la ciudad que me había criado.
Casi había anochecido, las luces de la calle teñían de un color amarillento la panorámica de la ciudad, color que quedaba resaltado en el negro espeso del mar. De vez en cuando se le añadía al amarillo el oscilante color azul de las sirenas de los coches policía que patrullaban a las cercanías del mar. El barco seguía parado en el puerto y se empezaban a oír ruidos de los motores. Cogí aire con fuerza, sentí el olor del mar mezclado con el olor a petróleo.
Cayó ceniza encendida del cigarro voleando hasta el mar y se fundió con la oscuridad de las aguas. Terminé de fumarme el cigarro e hice ademán de arrojarlo al mar. Me paré antes de tirarlo sin ser consciente de ello y pensé en porqué me había parado antes de tirar el cigarro. Quizás sentí que era momento de empezar a cuidar algo, y el mar era el primer vehículo que debía llevarme a mi destino, a mi nuevo yo. Arrojarle un cigarro se antojaba como algo desconsiderado y poco amable para empezar.
Volví a entrar en el barco y mientras volvía en el asiento al lado de mi bolsa empezó a temblar el barco. Estábamos en marcha. Quise salir afuera y ver cómo sería el alejarse de tus orígenes, sentir que esto iba en serio, pero tenía miedo de atreverme a saltar al agua y volver nadando a la costa. Tenía miedo de que apareciera esa sensación de rectificar antes de que fuera demasiado tarde. Así que decidí no salir y tampoco mirar por la ventana.
El barco se mecía levemente. Me dormí. Cuando me desperté tenía a un palmo de mi cara a una mujer que me dijo “ya estamos en Ciudadela”. Me quedé unos segundos perplejo por su sonrisa, pero reaccioné como si hubiera llevado media hora despierto, me levanté enseguida, le di las gracias y recogí la bolsa.
Bajé del barco en el puerto de Ciudadela, un puerto pequeño y encantador. Al bajar me llené los pulmones y por fin sentí un olor a sal puro. Sentía como si al cruzar el mar hubiese llegado a un mundo distinto al mío. Con los pulmones llenos, y antes de soltar el aire me vinieron un cúmulo de imágenes de mi pasado. Como cuando te dicen que tu vida se te pasa por delante cuando te estás a punto de morir.
Yo de pequeño jugando en la piscina hinchable, la primera vez que fui a casa de Jorge, la primera vez que me enamoré, la primera vez que lloré por ella, mis padres regañándome, el grupo de amigos, la primera vez que me besó, mi baúl de los juguetes, cuando nos desnudamos, las tardes con mis primos, su sonrisa, la sonrisa de la mujer del barco, el partido de los domingos con el equipo del barrio, cuando le dije que la quería, la montaña de Collserola, cuando me dijo que ella no, el pueblo de mis abuelos y las estrellas del cielo, el beso que se dio con Manuel, su beso ya no mío, cuando pude decir “su” y no “nuestro”. Cuando sus labios ya no estaban en mi cuello.
Esos dos meses que estuve en la isla todavía no podía comprenderlo de que el odio hacia lo que me rodeaba, el odio hacia mí mismo era sobretodo odio hacia ella. Pero yo ya me había ido. Esa sucesión de imágenes me supieron a muerte, a la muerte de mi propio ser hasta la fecha, y la isla me ofrecía un tiempo indeterminado, que en el momento me sabía a infinito.
Sonreí, primero para mis adentros y después poco a poco mi cara se fue transfigurando. Hasta tal punto hacía tiempo que no sonreía que se me hizo un corte en el labio inferior, justo por la mitad.
-Tú no eres de aquí verdad?
Dijo una voz por detrás de mí. Respondí mientras me giraba.
- No
Era la mujer del barco con su sonrisa sorprendente. Después supe que tenía veinticinco años. En una primera mirada, o vista en fotografía se podría pensar que aparentaba más o menos la misma edad que yo aparentaba, entre dieciocho y veinte. Cuando te fijabas mejor, tenía algunas marcas de expresión ya en los contornos de los ojos y el cuerpo más desarrollado que las chicas de veinte, que a mí ya me parecían bastante mayores.
- A dónde tienes que ir?
- No lo sé
- No lo sabes? En qué Hotel estás?
- No tengo hotel… de momento.
- En serio? Vienes a la aventura? O es que vas a dormir como los hippies en la playa?
- Es una opción mientras encuentro algo que me pueda permitir.
- Mmmhhh quizás podrías pasar la noche en mi casa, te podría dejar dormir en el sofá, no es gran cosa, pero mientras te sitúas y me explicas un poco que has venido a buscar en esta isla.
- Te agradezco mucho tu oferta, de verdad, y no quiero parecer desagradable pero no te da miedo invitar a un desconocido en tu casa. Y digo desconocido con letras mayúsculas, porqué no sabes ni mi nombre.
- Yo me llamo Neus, y no te creas que eres tan desconocido. Has dormido hoy a un metro y medio mío y ya sé como roncas y todo.
Me puse un poco rojo, sin querer. Estuve unos segundos en silencio y después le dije mi nombre. Me llevó andando hasta su casa, quedaba muy cerca del puerto. Ella me explicó que venía a pasar las vacaciones a “Ciutadella” (la gente de la isla era muy reacia a castellanizar su nombre), donde había nacido y donde habían vivido sus padres hasta que un día, hacía ya cinco años, se fueron en velero y no volvieron. Uno de esos días que se gira mala mar cuando sopla la Tramuntana. No los encontraron jamás, encontraron el velero de sus padres en Italia pero ellos no estaban a bordo. Ella estaba estudiando y viviendo en Barcelona cuando esto ocurrió. Tuvo que seguir estudiando y tuvo que empezar a trabajar, y tal y como lo fueron las cosas, se tuvo que quedar a vivir en Barcelona. Me explicó que tras el accidente de sus padres le apareció de golpe un mechón blanco en el pelo que ahora se teñía regularmente
- Si te fijas aquí en las raíces ahora empiezo a tenerlo un poco blanco. Mi deseo es volver aquí algún día definitivamente, pero para una enfermera, haber hecho una buena carrera en un buen hospital de Barcelona durante un tiempo, puede convertirte en jefa de área en el Hospital de Maó. Así que estoy esperando el momento oportuno para trasladarme aquí de nuevo.
Me invitó a una cerveza y preparó una ensalada para los dos. Nos acabábamos de conocer pero le expliqué porqué estaba en la isla y que me sentía perdido y hastiado con mi vida.
- Vaya, pareces en crisis existencial. Cuando mis padres se murieron también me ocurrió lo mismo. Pero todo fue tan deprisa y tuve que encargarme de tantas cosas… y sobretodo, encargarme de mi propia vida al cien por cien. No tuve tiempo de sufrir esa crisis, y así pasó. Igual si hicieras como que no tienes ninguna crisis existencial, no la tendrías.
- Pretender para ser
- Algo así.
No pretendí estar bien pero lo estuve gracias a Neus, me dio un beso de buenas noches, un beso entre mejilla y labios que me excitó, y cuando se fue me miró de reojo. Estuve un buen rato con la erección. Me dormí.
Cuando me desperté tenía otra vez de nuevo su sonrisa encantadora a un palmo de mi cara. Deseé despertarme así cada día de mi vida. Y durante el tiempo que estuve en la isla fue siempre así. Pero a partir de la siguiente noche desde la misma cama.
Después de la primera noche le hablé de mi edad, y le comenté, muy en contra de lo que deseaba, que si prefería dejar estar lo que podía ocurrir, no me lo iba a tomar mal. Ella me miró, me besó y me hizo el amor. No volvimos a sacar el tema y en ningún momento me sentí juzgado por ello.
Con ella descubrí la Isla y sus secretos, sus faros, sus cuevas, sus caminos y sus playas. Me emocioné con las puestas de sol y soñé varias noches mirando las estrellas. No sé si era por Menorca o por Neus, pero ambas creaban una simbiosis única que me cautivó.
Después de pasar el primer mes de ensueño empezaron a surgir dudas. ¿qué haríamos cuando terminasen las vacaciones? Ella volvería a Barcelona, aún no podía trabajar en la Isla, y yo no tenía ganas de volver, pero ella estaría allí. Tenía ganas de quedarme pero ella no iba a estar conmigo. Estábamos a pocas semanas de una encrucijada que los dos preveíamos que nos dividiría. Ella me propuso que me quedara cuidando de su casa y viviendo allí, asumiendo los costes de los gastos y me ayudaría a conseguir un trabajo antes de que ella volviera a Barcelona. Otra posibilidad era continuar con la relación volviendo los dos después del verano. No sé qué pensaba ella de esta opción, pero yo tenía claro que nuestra magia quedaba en Menorca, había nacido allí y moriría allí.
Cuando quedaban unas semanas para que Neus terminara sus vacaciones me acordé de ella, Sonia. Me acordé de un modo muy lejano, como si hubiera cogido un álbum de fotos antiguas y hubiera aparecido allí. La recordé sin sentimientos, sin nostalgia. La tristeza que me solía venir con la sonrisa de Sonia había quedado absolutamente eclipsada por la sonrisa de Neus.
De golpe lo entendí, lo que me había ocurrido, porqué estaba en la isla, lo que había ido a buscar. O mejor dicho, lo que había ido a perder en Menorca. Y así se lo expliqué a Neus, y sentí que no solo había sido un vehículo para borrar la sonrisa de Sonia, si no que la había querido de verdad, y la quería. Rechacé quedarme en la isla y decidí irme a Barcelona una semana más tarde que Neus. Los dos estuvimos de acuerdo en que ese tiempo quedaría como un sueño, un letargo de dos meses magníficos.
- Gracias por haberme sacado de la cabeza que estaba sola en este mundo, por haberme hecho recordar qué mi vida aún está llena de instantes felices
Dijo Neus en el puerto.
- Gracias por haberme salvado. No puedes imaginar lo agradecido que estoy. No voy a olvidar jamás todo esto, voy a volver mucho por aquí, y siempre que vuelva intentaré buscarte, dejarte una carta en el buzón, dormir y soñar cinco minutos más…
Saboreé una despedida con todos sus matices, la primera, la más dulce y la más amarga. Una semana más tarde me despedía de este hermoso pedazo de tierra, en mi película de antes de morir añadía nuevos fotogramas, nuevos recuerdos que ya despojados del sabor ácido del odio, habían vuelto a salar y endulzar mi nueva vida.
Comentarios
Dónde lo colocamos? ;)
M'ha agradat molt!