El fin del mundo

Todo esto que voy a contar puede parecer extraño, un poco loco y/o por lo menos chocante. Y aunque tú que estés leyendo esto no te des cuenta (ni siquiera después de leer lo que te voy a contar), el mundo se ha vuelto loco, sí, el mundo, no solo la gente que vive en él.

Debería precisar. Casi todo el mundo está loco. Por lo menos, que yo sepa, yo no estoy loco y Júlia tampoco.

No recuerdo el día que descubrí que el mundo se estaba volviendo loco, simplemente fue algo paulatino, como la caída del pelo. Un día tienes pelo y al siguiente ya te estás quedando calvo, al tercer día eres, lo mires por donde lo mires, calvo del todo. Pero más claramente recuerdo el día que descubrí que Júlia no estaba loca.

Todo empezó a modo de incongruencias. Yo debía tener unos ocho o nueve años, el hombre del tiempo, no recuerdo de qué canal, anunció que ese día caerían lluvias torrenciales, sin embargo, el cielo no podía ser más claro y radiante, un azul claro y fuerte dominaba el cielo. Pero no vi ni oí a nadie quejarse porqué ese hombre había errado de todas todas en su predicción. Se lo dije a mi abuelo:
- El hombre del tiempo de este canal, no se equivoca nunca, nunca.

Dijo dos veces "nunca". Eso debía convertir su afirmación en algo categórico e infalible.

Di por supuesto que era yo el que se había escuchado mal a ese hombre del tiempo. Pero desde ese pequeño detalle absurdo todo empezó a enloquecer. Me levanté como todos los días a las siete de la mañana, fui a la cocina y mi madre me dijo:
-Qué haces levantado a estas horas? No ves que es miércoles?
- Mamá, tengo que ir al colegio y desayunar.
- Los miércoles no se va al colegio, eso es de jueves a lunes, pero martes y miércoles es fin de semana.

Pensé que me tomaba el pelo, pero como había hecho el desayuno que me preparaba los domingos (bacon, huevos, tostadas y mermelada) pensé que sería mejor no rechistar y aprovecharme de la confusión.

Al día siguiente fui al colegio con total normalidad. Cuando llegué Jorge, uno de mis amigos en clase me dijo "qué rabia que se termine ya el fin de semana". Pensé que el haber tenido ese día festivo extraño en medio de la semana le habría confundido.

Durante dos semanas el mundo se mantuvo tal y como había cambiado en los últimos días, el hombre del tiempo se equivocaba cada día del tiempo que iba hacer y el fin de semana había cambiado de días. No fue hasta la tercera semana que me di cuenta de qué no era el único que veía el mundo distinto. Júlia, la niña que me gustaba de clase también.

Era un domingo de abril que fuimos al colegio y todos los profesores, inclusive el director, iban vestidos de gallina. Un disfraz de gallina, con las plumas blancas y la cresta roja, Y nadie, en ningún momento miró con rarez, nadie hizo ninguna broma ni ningún comentario. En esos momentos empecé a sentir miedo, un miedo atroz, empecé a sentir que yo no existía, qué estaba de espectador en un mundo distinto del que había vivido siempre. Sentí que no pertenecía a ese lugar.

Música para continuar

Me sentí tremendamente solo e incomprendido. Pero luego me giré y vi a Júlia, roja como un tomate, parecía pasar verguenza no entendía muy bien porqué razón, pero era la única persona en el último mes que reaccionaba de ese modo ante las circunstancias.

Aproveché a la hora del recreo del día siguiente, un recreo que continuaba vigilado por ese ejército de pollos gigantes, me acerqué a Júlia y a su grupo de amigas y pedí amablemente a Júlia si podía hablar con ella a solas. Las demás cuchichearon y le dijeron algo al oído. Ella se levantó sin decir nada y se puso a mi lado. Las niñas continuaron con sus secretos.

Se generó un momento incómodo, creo que los dos pensábamos lo mismo en ese instante pero nadie se atrevía a explicarlo. Nos quedamos varios minutos en silencio, cruzábamos las miradas, nos poníamos rojos y las apartábamos, hasta al cabo de unos segundos que volvíamos a mirarnos y los volvíamos a apartar. Fue ella que rompió el silencio diciendo "qué querías?".

Esa pregunta me animó a preguntar a mi "no te parece raro que los profes vayan disfrazados de pollos?". Ella se rió sonoramente, de un modo infantil y melódico, e hizo un ademán de taparse la cara con la mano, pero dejó la boca descubierta y se veían sus hermosos dientes de niña. Yo tardé unos segundos en reaccionar pero también me puse a reír. Fue el momento más hermoso de mi vida, lo recuerdo con toda  claridad.

A partir de ese día fuímos inseparables. La gente pensaba que éramos novios pero nosotros hacíamos caso omiso, total, ya decían o hacían toda clase de locuras, una más nos pasaba ya desapercibidos. Vimos juntos el enloquecer del mundo a la vez que nosotros crecíamos, cada semana ocurría alguna locura nueva. De golpe empezaba a llover granizado los lunes por la tarde, no granizada, granizado de limón! Suerte que no manchaba y que tan solo quedaba pegajoso por el azúcar como si fueran una caca de paloma.

Algunos coches dejaron de funcionar y iban tirados por gatos y perros atados con cuerdas al capó del coche. Prohibieron comer aire y aquel que fuese sospechoso de estar comiendo aire iba de immediato a la cárcel con cadena perpetua. Las marcas de chicles se forraron porqué parecía que el hecho de tener algo en la boca todo el día te privaba de estar masticando aire.

Construyeron establos debajo del agua para los caballos. A Júlia se le ocurrió decir en su casa de que los caballitos de mar no necesitaban establos para vivir. Casi la envían a un psicólogo! Los establos eran para caballos de tierra (y qué raro tener que precisar que el caballo era de tierra, pero el mundo me obliga a hacerlo así).

Pasaban los años. Júlia y yo nos hicimos pareja, ya teníamos dieciséis años. No teníamos más opción puesto que las veces que habíamos intentado buscar más gente cuerda nos habíamos llevado muchos chascos, quedando como gente extravagante (más de lo que ya parecíamos de entrada por querer mantener cierta normalidad). Habíamos llegado a la conclusión de qué si en algún momento hubiera habido alguien cuerdo como nosotros, seguramente habría decidido llevar la corriente al mundo en general acostumbrándose a la locura por no tener que aguantar la soledad, o aún peor, terminar suicidándose.

Creo que es lo que hubiera hecho yo de no estar con Júlia.

Pero incluso así, teníamos momentos en los que sufríamos mucho, como por ejemplo el invierno de 1967 en el que la locura de ese momento era vestir con manga corta, y cualquier pieza que cubriera los brazos era vista como algo provocativo, con lo qué no teníamos más opción que resignarnos si no queríamos recibir insultos por la calle todo el día. Además, parecíamos ser los únicos que sufríamos ese frío espantoso, los demás convivían en la más absoluta normalidad con el invierno más duro de la década.

Con Júlia tengo recuerdos de todo tipo respecto el mundo que nos rodeaba, la gran mayoría divertidos, aunque siempre requería nuestra máxima atención a todos los detalles conductuales de la gente que nos rodeaba para no perdernos las novedades del día. Era una vida fatigosa pero feliz al lado de Júlia.

El mundo parecía que había quedado cubierto por una nube de humo blanco que iba invadiendo poco a poco todo lo que nos rodeaba, una nube que lo cubría todo, cielo, estrellas, calles, personas... una nube que no se podía cruzar, como si no hubiera nada más allá, como si estuviésemos condenados por una nube de locura que no nos dejaba marchar, solo podíamos quedarnos aquí, sitiados en nuestro trozo de césped cuerdo. A veces soñábamos que existía un sitio con gente como nosotros, pero éramos incapaces de largarnos de la ciudad.

La incertidumbre que vivíamos cada día nos daba una vitalidad increíble, nos permitía ver el mundo como algo cambiante, no era estático, no era predecible, eso tenía cierto encanto. Pero a la vez sentíamos como si el mundo en un cierto momento ahora ya hacía 10 años había empezado un camino hacia su fin, hacia su destrucción y que nosotros éramos los únicos capaces de darnos cuenta de que se acercaba cada vez más al borde del precipicio y que nadie, absolutamente nadie podía controlarlo.

Todo cambió el día qué Júlia decidió estudiar psicología. Su objetivo: conseguir que el máximo de gente se fuera volviendo cuerda. Decía "es nuestro deber!". Sentía que éramos como Adán y Eva a punto de poblar el mundo, pero en una versión más bien freudiana, a punto de poblar al mundo de cordura, alejando las perversiones. Yo siempre le decía que era mala idea, que ya el mundo se había separado tanto de nosotros que no había ningún puente posible para cruzar de un lado para el otro.

Pero estaba equivocado.

Júlia fue estudiando cada vez más y más la psique de los "mundanos" (como los llamábamos "nosotros" para distinguirnos). más se iba acercando a su manera de funcionar, pensar y ver el mundo, entró en su retórica y su lógica, por supuesto no aplastante, pero lógica al fin y al cabo. La Universidad instaló una duda en la cabeza de Júlia sobre nuestra cosmovisión. "Y si no están tan equivocados? Quizás hay un punto medio entre lo nuestro y lo suyo". Pero no existía punto medio. Júlia sentía una soledad conmigo que solo la sociedad podía llenar.

Yo no estudié, solo trabajé en un despacho en el que pasaba desapercibido y mis capacidades eran suficientes como para desempeñar mi función, casi siempre de teleoperador, puesto que mis rarezas no se transmitían a través del teléfono (excepto cuando se decidió que por las mañanas se diría "buenas sanañam", me costó un par de días decirlo bien).

La primavera de 1972 me dejó y me dijo que había conocido a alguien más, que había un mundano en su clase que le había hecho ver el mundo de un modo distinto y nuevo, y eso era precisamente lo que necesitaba, vivir en ese mundo distinto y nuevo que había visto. Ya no había un "nosotros" y "ellos". Ya no había dos mundos. Me di cuenta de que mi mundo siempre había sido Júlia, y que sin Júlia solo tenía sentido un mundo.

Si me he decidido a contar todo esto no es porqué espere que tú, al leer todo esto de golpe te vuelvas cuerdo y puedas entender lo sucedido. Jamás he tenido las mismas aspiraciones que Júlia, y si las tuviese, seguramente no hubiese llegado nunca a escribir todo esto.

Si lees esto y no te convence, si no te dice nada, probablemente pensarás que definitivamente estoy loco y lo he estado siempre.

En todo caso, te pediría que no rompieses este documento, que lo dejes guardado en el agujero de la pared en el que lo has encontrado esperando a que, si aún queda alguien cuerdo en este mundo, lo coja, lo lea y se de cuenta de que jamás ha estado sólo.

Que aunque Júlia se uniera a los mundanos y que yo no haya podido aguantar esta soledad, quizás tú, sabiendo que no estás solo en algún lugar, que ha habido más como tú y que probablemente habrá más, quizás puedas (sobre)vivir sabiendo que eres un loco para los demás, pero un cuerdo de verdad.

Comentarios

Señorita Rooney ha dicho que…
Hacía tiempo que esperaba que subieras algo y me ha encantado esta historia. Yo también me siento cuerda en un mundo de locos.

Por cierto, me gustaría contactar contigo, te dejo mi email en otro comentario para ver si puedes mandarme un email, me gustaría hablar contigo :)

Anónimo ha dicho que…
Que difícil mantener las convicciones cuando uno vive contra corriente y más que espectador, se siente espectáculo.
Y por contra, que fácil dejarse llevar por la corriente (presión) del mundo y, no se si acostumbrarse, pero seguro someterse a la locura establecida por no ser humanamente posible aguantar la soledad.
Me ha gustado mucho ;)
Anónimo ha dicho que…
Gracias por hacerme saber que no estoy solo/a en este lugar, que ha habido más como yo y que probablemente seguirán habiéndolos.

Lo que no sé es si seré capaz de (sobre)vivir sabiendo que soy un/a loco/a para los demás pero un cuerdo/a de verdad... creo que preferiría sentir la aceptación aunque eso implique mi derrota.

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