Las muelas del juicio
Observé que el “parroquiano” a mi izquierda pedía una copa
sin hielo de Oban catorce y que la camarera, generosamente, llenó la copa hasta
que terminó el contenido restante de la botella. Aproveché para pedir lo mismo,
obligándola a salir de detrás de la barra de madera de cerezo rojo que la
cubría de cintura para abajo. La perseguí con la mirada de camino al almacén y
esperé, pacientemente y mirando de reojo, a que regresara de nuevo a su puesto
para servirme. Había que quitarse el sombrero ante esa mujer, su único defecto
era estar vestida.
Con toda la simpatía y capacidad de seducción que pude
juntar (e intentando evitar que me escuchara algún fanático de los buenos
escoceses) pedí un hielo. Sin pinzas pero con la delicadeza de una princesa,
sacó un hielo de detrás de la barra, apenas sin moverse, de algún rincón que
era inaccesible a mis ojos. Sonrió al soltarlo y me miró a los ojos, me pareció
hasta provocador si no hubiera sido porqué claramente, ese tipo de encanto tan
natural, formaba parte de su trabajo, parte de una actuación estelar.
Jugué un rato moviendo mi muñeca en círculos haciendo pasear
el líquido ámbar alrededor del vaso mientras el hielo se peleaba por mantenerse
en una postura decente. Permanecía hipnotizado hasta que escuché un carraspeo
de desprecio por parte de un parroquiano que detuvo mi estereotipia,
probablemente sintiéndose insultado por mi crimen alcohólico.
Agarré el vaso con las dos manos, cálidamente, como quien
agarra un tazón de sopa caliente en invierno. Hacía meses que el whisky no
navegaba en mis manos. Estaba nervioso, inquieto, extrañamente abstinente, como
en una primera cita después de unos años sin echar un polvo. Tenía tantas ganas
de hacer un sorbo, pero a la vez deseaba delectarme en esa cercanía tan lejana,
aplazarlo, no convertirme en un animal visceral, poder controlar el instinto,
conservar un resquicio de mi restante humanidad.
No tardé mucho, quizás solo fue un segundo, cinco, quién
sabe. Noté el licor atravesando mi piel, quemando mi garganta y danzando en mi
lengua. El calor fue bajando hasta el estómago y desapareció. Entorné los ojos con
un gozo incalculable y dejé el vaso encima de la barra.
“- Sigues siendo el chico de la mirada triste
- ¿El chico de la mirada triste?
- Sí, el chico de la mirada triste y soñadora. ¿Qué se te
pasa por la cabeza? ¿En serio, qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?
Mataría por estar allí dentro unos segundos.
- Te aseguro que te aburrirías, o morirías.”
Abrí los ojos y observé alrededor. No había mucha gente en
la barra. Estábamos yo, el puto Jimmy Hendrix de los whiskys y a su lado
izquierdo un hombre mayor al que le habían dejado un pequeño cubo con hielos,
una botella de Jack Daniels y un vaso siempre vacío. A mi espalda, tan solo
estaba ocupada una mesa con sofás circular por una pareja ligeramente más joven
que yo que se reía sonoramente. Había como una secuencia vital, éramos casi una
viñeta: el joven presuntuoso y con éxito que se cepilla a la chica
exageradamente atractiva (y absurdamente inocente), seguido del supuesto adulto (permitidme que me considere
como tal) con dificultades de gestión emocional, aunque es, al fin y al cabo,
una manera científico-romántica de llamarlo. Acto seguido vendría “Jimmy” representando
al adulto que ha refinado sus incapacidades racionalizándolas y convirtiéndolas
en una caricatura socialmente aceptada, y por lo tanto igualmente o más
repugnante, para llegar finalmente al viejo del Jack Daniels demacrado, que
creo que podría matarlo con solo darle la mano. Nunca lo he visto pagar, creo que
la camarera piensa cómo yo y que podría matarse con solo sacarse una moneda del
bolsillo.
Representábamos cada uno un salto generacional con su
correspondiente acumulación de errores. Éramos tan típicos que hasta daba
vergüenza estar juntos en el mismo lugar. El cristal rozó de nuevo mis labios,
el olor invadió mis fosas nasales, cogí aire también con la boca, el líquido se
paseó por mis labios, mis dientes, mi piel…
“- No me importa lo que hayas hecho, quién hayas sido, ni lo
que sea que vayas a hacer. Yo simplemente quiero compartir mi presente contigo”
Quizás era la manera más sencilla de aplacar los recuerdos o
eso dicen siempre, de eso van las canciones, los libros. Todo era un cliché al
más puro estilo Hollywood barato. Acerqué el vaso, inhalé profundo.
“¿Te acuerdas de cuando lo dijiste? Bah, ¿Qué te acordarás?”
pensé “Para ti todo esto ya debe estar más que olvidado”. O quizás es el consuelo
egoísta que me daba pensando que ella estaría bien con su vida, para dormir
simplemente un poco mejor. Me acordaba muy bien de su olor, tanto que después
de despedirme jamás lo volví a sentir en ningún otro lugar, en ningún otro
cuerpo, en ningún otro pelo. No soy muy bueno con los adjetivos,
definitivamente no sabría ponerle una sola palabra para describirlo, pero lo
que sí podía decir es que era suyo y de nadie más. Mía y de nadie más. Era.
Un gran trago, vacié el vaso y di un suave golpe al devolverlo
a la barra, sonando un tintineo del hielo paseando sin dificultades por el
cristal. Hice un gesto a la camarera para que llenara el vaso de nuevo. Se
acercó, “Un whisky delicioso” afirmé, para ver si podía engañar su mirada
supuestamente libre de juicio y pasar más por un sibarita que por un borracho.
“Desde luego” sonrió y me sedujo. Trabajaba bien. ¿Quién coño las enseña a
sonreír así?
Intentando olvidar recordaba más que nunca el contorno de
sus pechos, el calor que emanaban, su turgencia, su firmeza, sus pezones
grandes, carnosos. Recordaba bien cuando mis dedos olían a ella, todavía a
veces podía acercarlos a mi nariz y recuperar esa sensación, la sensación de la
vida rebosando en mis falanges. Pero con el tiempo, dejé escapar la vida como
arena entre mis dedos y lo único que había quedado de mí era ese caparazón, ese
cuerpo en un taburete que derrochaba cuatro duros en vicios simples. Solo
permanecía ese ser ajeno a mí, completamente anestesiado. El tiempo pasaba
imperceptiblemente. La vida sucedía continuamente sin rendir cuentas de mi existencia.
La vida es aquello que ocurre mientras decides si pegarte un tiro o esperar a
que Dios lo haga por ti. Creo que los que estábamos en ese bar, a excepción de
la pareja, nos habíamos pegado un tiro hacía años y simplemente nos dejábamos
desangrar lentamente y con una agonía aletargada.
Vivía en una especie de castigo o maldición, no sabría cómo
decirlo, pero seguramente lo más acertado sería decir que era una incapacidad,
la incapacidad para ser feliz. No era tristeza lo que sentía por dentro, no era
apatía aunque podía parecérsele. No eran ganas pegarme un tiro en su sentido
más literal, era… sí, lo había dicho, una incapacidad. Una semilla que alguien
ha metido dentro y que, aparentemente inocente, se desarrolla con una crueldad
atroz.
Lo poco que quedaba de hielo se deshizo del todo y se fusionó con la bebida. Sonaba una canción de Norah Jones, no identificaba cuál, pero la reconocía, quizás me la había enseñado ella, quizás no. Pero lo importante no era que me fallara la memoria, lo importante era que las canciones ya no hablaban de ella, ya no sentía su presencia. "La música que me mostraste ya no me dice nada de ti". Se desvanecía, día a día, lo notaba, pero con sus recuerdos me iba yo detrás. No había una distinción real en mi cerebro entre ella y yo, éramos partes de la misma persona.
Bebí impulsivamente.
Sentía por momentos que tocaba verdades con las yemas de mis dedos. Me acercaba a ellas, pero no las agarraba, flotaban por el aire pero no aprendía de ellas. Pensaba en una madre, en mí madre, la de todos. Una madre es la misma que ama y la misma que castiga, da y quita. Una madre es una contradicción, una madre da la vida, la misma vida que regala y que olvida, que te ofrece y te rechaza. La vida te puso delante mío y te apartó de mí (¿o fui yo?).
Me terminé el vaso en el segundo trago y tras unos pocos segundos de calor me sentí mareado y noté como la bilis subía hasta mi garganta dejando un sabor amargo, grisáceo. Dejé el vaso con desdén encima de la mesa, creo que hice una mueca. Sentí asco, asco por dentro, asco por mí, asco por este mundo carnicero que ofrece copas para mediar con las emociones. Por desgracia, no era una opción acabar con el mundo entero.
Una vez fui a un loquero y compartí mis pensamientos con él. "¿No crees que si piensas que todo el mundo se equivoca menos tú, quizás eres tu el que está equivocado?". No volví nunca más, no estaba allí pagando a noventa dólares la hora a un tipo que soltaba obviedades. Además, algo realmente malo ocurría con el jodido mundo. Quizás los diplomas colgados en la pared le impedían verlo.
Me dolía la cabeza, me dolía la espalda, me sentía viejo, inútil. Me dolían las muelas, las cuatro que ya no tenía, las del juicio. Me las extrajeron poco después de decidir separarnos y todavía me dolían. Me hicieron pruebas, pero los nervios estaban en perfecto estado. Aún así, dolían, y cuando lo hacían el dolor no me abandonaba en días. Quizás no debería haberme separado, no haberlo permitido. Quizás no debería haberme operado. Quizás lo que me duele de verdad es el mal juicio, las decisiones mal tomadas, las palabras mal dichas, los pensamientos mal pensados, las copas bien vacías.
Por automatismo cogí el vaso y me di cuenta de que estaba lleno de nuevo. La camarera no estaba delante en ese momento, observé a mi alrededor y "Jimmy", el exquisito somelier del whisky, levantó su vaso con señal de triunfo, habiendo podido verme por fin con un vaso de Oban sin la contaminada presencia del hielo. De alguna manera respetaba su victoria y alcé el vaso con una sonrisa digna de un psicópata y solté:
- Se agradece, hermano.
- No hay de qué, hijo - había que marcar jerarquía.
- ¿Y qué hace usted por aquí? - pregunté, cómo si la pregunta tuviera un contexto previo, como sí lleváramos un rato hablando, cómo sí tuviera sentido alguno preguntarlo en ese momento.
- ¡Oh! Lo mismo que tú. Lo mismo que todos.
Guardé silencio. Prosiguió:
- Aquí todos hemos venido a olvidar.
Y bajé la mirada con humildad y tristeza ante la más obvia de las verdades.
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