Rizos

Estirados. Tenía la mano derecha apoyada detrás de su espalda y con la izquierda le acariciaba el pelo. Joan tenía el pelo oscuro, largo y rizado que atrapaba sin remedio los dedos de Eva, entonces hacían una suave caricia de regreso para desenredarse y poder seguir tocando una parte distinta de su cabeza.

Estaban cara a cara, pero la mirada de Joan atravesaba los ojos de Eva, su piel, su carne, su cabeza... para posarse en un punto fijo y muerto de la pared, ausente de los tactos y las dedicaciones que ella le proporcionaba. Sin haberlo decidido, Eva sopló con fuerza por la nariz, como un acto reflejo al entender el motivo de su turbación. Él enfocó la mirada de nuevo y se percató de la llamada de atención.
- Perdona
- No hay nada que perdonar.

Unos segundos de silencio paralizaron el tiempo en la habitación, los corazones no latían, los músculos se habían vuelto de cera, los dedos de Eva estaban encallados entre de los rizos de Joan, solo se podía percibir algo de vida en el espacio vacío en el que se cruzaban las miradas.
- ¿Qué es ella para ti ahora?
- ¿Quién?

Eva quiso poner cara de obviedad, pero no se atrevió a ser condescendiente con él. Respondió como si la pregunta no fuera estúpida.
- Sofía.
Joan dudó si responder. Odiaba hablar de Sofía en general, pero con Eva todavía más, le parecía una provocación, un insulto, se sentía como un animal acorralado. No soportaba la sensación, la inseguridad ante su mirada tierna pero indomable.
- Es fuego, un caballo desbocado, es la vida y la muerte en un suspiro, un cálido infierno, una noche loca.
- Lleváis más de diez años...
- Sí, y cada día con ella es una noche loca.

Se contemplaban en silencio, curiosos, como dos personajes que se acaban de cruzar por la calle de casualidad. Retomaron los movimientos, las caricias, se acomodaron, Joan puso una pierna encima de la cadera de Eva.
- ¿Y qué soy yo para ti?

Joan abrió los ojos con sorpresa. Apareció un ademán de sonrisa en su rostro.
- ¿Tú? Tú eres todas mis noches sensatas.

Se acercaron y se besaron. Primero solo eran labios chocando, después se iban abriendo y cerrando. Hubo unos segundos de clímax en el que las lenguas se tocaron, pero paulatinamente iba retrocediendo la intensidad de los besos, hasta que ella se apartó.
- Sigues hablando en presente
- Sigue siendo presente.
- Ya pero...
- Aunque solo sea una semana más, sigue siendo presente. Necesito - recalcó con su tono - que sea presente, aunque solo sean siete días más, necesito seguir hablando de ella tal y como es para mí.

El rostro de Joan se oscureció. Eva se sintió culpable por ello, a veces sentía que no debía forzarlo, pero le parecía que hacer ver que Sofía no existía era ridículo. Tan ridículo como fue enterarse de su existencia.

Estaban paseando por el barrio de Vernas, hacía un mes que habían empezado a salir, iban cogidos de la mano, él bromeaba con su camiseta roja de topos blancos, "Pareces Minnie Mouse". Ella le daba algún golpe suave de vez en cuando y ponía cara de enfadada unos segundos antes del momento en el que ya no podía evitar reírse. De golpe la mano de Joan se tensó y se notaba sudorosa. Joan tragó saliva y le señalo una callejuela que pasaba entre dos edificios, "podemos pasar por allí a ver que hay en el otro lado". Pero ya era demasiado tarde, una pareja que venía de frente gritó "¡Joan!" repetidamente, él no pudo disimular, se giró, le soltó la mano y saludó de lejos. Fue la primera vez que escuchó su nombre: "¿Qué se sabe de Sofía?", "Esperarán" dijo él. Estaba nervioso, parecía asustado. De vez en cuando la pareja iba echando ojeadas a Eva de arriba a abajo, no pudo descifrar en ese momento qué es lo que debían estar pensando.

Joan propuso continuar con el paseo sin comentar nada más. Un rato después Eva preguntó: "¿Quién es Sofía?", "Una amiga" respondió, seco, serio, de una manera extraña impropia del Joan que había empezado a conocer. Dudó antes de preguntar, algo en el estómago empezó a arderle, se mordió el labio. "¿Tu novia?". Joan bajó la cabeza y Eva se asustó, se asustó de tanto silencio y tantas lágrimas en tan pocos segundos. Tenía ganas de enfadarse, tenía ganas de abrazarle, tenía ganas de hacerle mil preguntas, pero sobretodo tenía más ganas que nunca de entender a ese chico que ahora le parecía débil pero que era el mismo que le servía los cafés por la mañana y le sonreía, el mismo que un día se acercó para decirle "Lo siento, no aguanto más, creo que de verte cada día, me estoy enamorando de ti".

No hablaron en cuatro días, no cogía el teléfono, no iba a la cafetería. "Está de baja, volverá pronto". Eva no sabía qué tecla había tocado pero parecía que algo se había roto entre ellos. Fue cada día a la cafetería para verlo cuando volviera. Tres días más tarde recibió un mensaje en el teléfono: "Siento haber desaparecido, te puedo explicar lo que ha sucedido".

Y así pues, otra vez en Vernas, sentados en una terraza de una calle oscura sin salida le explicó el accidente. Estaba en coma, el pronóstico era lamentable, no se iba a recuperar nunca. La familia había exigido y pagado para que no se la desconectara, y ya pasados los seis meses, Joan pidió sus suegros que la desconectaran, que no podía vivir más con la intranquilidad de ver a Sofía muerta sin morir. No aceptaron. "Se la llevarán cuando no haya nada que hacer, mientras las máquinas la puedan salvar, esperaremos".  Joan lo explicaba, se iba tapando la cara, se tocaba y estiraba el pelo, lloraba. Estaba asustado, muy asustado. "Siento culpa por haber sentido algo por ti mientras Sofía sigue muriendo". Eva fue cruda, se precipitó, quizás demasiado: "Por lo que me dices, Sofía ya está muerta, Joan". Y de nuevo, bajó la cabeza, los ojos, el silencio, las gotas fregando sus mejillas, su infierno particular.

En general, era muy difícil tratar el tema con Joan, solo había unos pocos momentos claves en los que su corazón estaba completamente abierto, mostraba sus miedos: "¿Y si te ocurre a ti? No puedo volver a vivir algo así", y sus dudas: "¿Es justo que vuelva a enamorarme mientras ella sigue viva?", su ira: "¿Porqué no dejan que me despida de ella de una vez? ¿Porqué no terminan con esto, con su sufrimiento como padres, con el mío cómo pareja? Es inaguantable". Y en esos breves instantes Eva podía escucharlo y hablar con él, suavizar su corazón abatido.

Cuando llevaban ya cuatro meses saliendo juntos, Joan fue a hablar con sus suegros, y por primera vez abrió su corazón con ellos. Les explicó que se estaba viendo con una mujer, que se sentía culpable por haber conocido a alguien pero que era algo que ni había deseado ni había podido evitar. Que muchos días se lamentaba por sentirse feliz y enamorado, y que no comprendía de qué manera pero eso no le impedía poder seguir visitando a Sofía a menudo y seguir sintiendo que una parte de ella seguía vivo en él. Sus suegros decidieron mostrarse comprensivos, aunque en las visitas siguientes se sentían decepcionados y abandonados. Sentían que solo ellos dos querían luchar. Quizás fue esa conversación la que hizo que recapacitaran, que vieran que su lucha era la de unos padres que no podían tolerar perder a una hija.


- Eva
Eva volvió en sí.
- Dime
- Cuando era más joven sentía que era fuerte, invencible, yo tenía todas las respuestas. Ahora, con los años siento que solo tengo preguntas. Tengo... tengo aquella sensación en el estómago, de que algo va a pasar. Algo va a pasar y siento como estoy en ese punto en el que ya no hay vuelta atrás, ya no se puede parar. Siento como si me hubiera tirado de un precipicio, siento vértigo.
- ¿Crees que cambiará lo que hay entre nosotros?
- No lo sé
- ¿Crees que lo que sentimos ahora, lo que vivimos, nuestra relación tiene que ver con qué Sofía esté viva? ¿No te hubieras enamorado de mí si ella ya hubiera muerto?
- No, no, no creo que se trate de esto. Siento que viene algo grande, un cambio grande y estoy asustado. Siento que seré otro, y no se quién o qué voy a ser. Siento como si estuviera a punto de perderme. Siento como si hubieses estado conmigo, acompañándome en mi despedida con Sofía, y que cuando termine, no sé si resultará una liberación o mi condena. Pero te miro ahora, aquí, conmigo, acariciándome y pienso que...
- Dime
- Como si no te hubiera tenido en cuenta. Sé que he estado enamorado de ti independientemente de Sofía. Pero no te he dado la importancia que merecías, no te he querido ni cuidado como tu lo has hecho conmigo. De lo único que tengo respuesta segura es de que quiero estar contigo, sé a dónde quiero ir contigo, quiero arriesgarme contigo. Eres lo único que me frena el miedo. Encontrarte en la cafetería fue darme cuenta que en un mundo tan lleno de ojos, para mi, tu eras la mirada.
- ¿Qué quieres que sea para ti, aparte de una mirada?
- Quiero que seas unos labios a los que cada día pueda besar.
Eva sonrió, complacida, veía luz en los ojos de Joan, una luz distinta.
- En una semana encontraremos nuevas maneras de querernos.


Él le pidió que le acompañara, así que fueron a enterrar a Sofia juntos. Eva guardó las distancias y se quedó detrás de la mayoría. Desde lejos Eva distinguió a la pareja que se cruzaron en Vernas, los que pusieron en sus labios por primera vez el nombre de Sofía. Se dieron cuenta de su presencia, ella se giró y la reconoció, sonrió brevemente, comprensiva. Desde donde estaba podía ver a Joan de lado y a los padres de Sofía destrozados. Mientras los enterradores ponían el féretro dentro del nicho, empezó a salir el río de lágrimas de Joan, no se sabía sí de alegría o tristeza, en el fondo no importaba el tipo, las lágrimas salen siempre por el mismo lugar. Pero esta vez, su cabeza no había bajado, no se había oscurecido. Miraba fijamente, atentamente cada detalle de la situación, sus ojos que no paraban de llorar parecían cámaras fotográficas en marcha constante. Eva admiró su determinación, su seguridad. Una vez hubieron puesto la losa que cerraría definitivamente la tumba de Sofía, Joan se giró y apenas sin buscarla con la mirada se dirigió hacia ella, se puso a su lado y le cogió por la cintura y continuó mirando recto. La voz no le temblaba en absoluto:

- Eva, voy a recordar este momento, voy a recordarlo bien para dejarlo pasar. Solo puedes pasar página si la has leído entera. Solo puedo pasar página si la paso contigo.

Estaban de pie, uno al lado del otro, agarrados por la cintura, observando como tapiaban el nicho de Sofia. La mano de Eva trepó lentamente por su espalda, por su cuello hasta llegar a su pelo. Sus dedos se enredaron en sus rizos oscuros. Él la miró, con las mejillas húmedas y sonrió. Sonrió tan de verdad que cualquier sonrisa vista hasta ese momento parecía ficticia. 

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