Capítulo 1

Estaba parado delante de la puerta de entrada del edificio, un bloque viejo de ladrillos vistos medio en ruinas. Iba mirando alternativamente un pedazo de papel pequeño y arrugado que sostenía en la mano y la placa del número del edificio. Coincidían. Con la otra mano secaba el sudor de su frente y se colocaba el pelo (liso y con una alopecia avanzada) hacia atrás.

Pero David aún tardó un minuto más comprobando que no se tratara de un error, esperaba que en algún instante o bien la placa o bien su papel cambiaran mágicamente de número y se pudiera ir de ese edificio que probablemente estaba infestado de ratas, cucarachas, putas y yonquis. Finalmente, arrugando toda su cara como un estreñido, decidió entrar.

Al abrir, se quedó con el pomo de la puerta en la mano, se quedó mirando con incredulidad esa pieza metálica que si algún día había sido dorada, hoy ya no quedaba ni un atisbo de su pasado, enterrado entre una gruesa capa de suciedad y grasa. La volvió a colocar con cuidado y entró en el vestíbulo.

La entrada olía a humedad, estaba mugrienta, llena de papeles y cartas por los suelos, botellas de vino vacías y latas de cerveza, y a escasos pasos de la puerta se encontró con tres agujas. "Muchos diabéticos en este edificio" se dijo con sarcasmo y esbozó en su cara una sonrisa nerviosa. El labio le tembló ligeramente. Haría años que nadie pasaba una escoba por el vestíbulo. De golpe se sintió ridículo por haberse presentado con su mejor traje y una de sus corbatas de seda azul eléctrico, "Podría haberme avisado el muy cabrón", pensó, "podría haberme escrito el piso, por lo menos".

Buscó con la vista, sin moverse, los buzones, que le quedaban justo a su derecha. Pateó una lata de cerveza que se le cruzó en su camino, provocando un ruido mayor del que había supuesto que haría. Los buzones estaban en su mayoría oxidados, rotos y abiertos, algunos colgados en diagonal, abarrotados de publicidad vieja. Había incluso un par de buzones que permanecían en el suelo. Ningún buzón conservaba su placa para identificar los residentes y los pisos en los que vivían. ¿Ninguno? Uno de los buzones del suelo conservaba su puerta y su placa, aunque estaba abarrotada de cartas. David se agachó y vio que unas cuantas cartas pertenecían a la compañía de suministros de la ciudad. Movió el buzón con su dedo índice y con mucho asco para cerrarlo y poder leer la placa. "M. Lance - Entresuelo 1ª". Volvió a observar su papel: "M. Lance, Calle El Salvador 28". Bingo, aunque el énfasis duró menos de un segundo.

Suspiró aliviado, "solo tengo que subir un piso, tan solo un piso". Empezó a subir las escaleras esquivando a un gato negro que parecía que dormía, puesto que ni se inmutó al pasarle por encima. Llegó al umbral de la puerta, no había ninguna placa que identificara la oficina, simplemente el número de puerta uno colgado en el marco superior. Respiró hondo. Golpeó la puerta tres veces (como le habían explicado). No respondieron, no se escuchaba ningún sonido al otro lado de la puerta. Golpeó tres veces de nuevo. Silencio. Decidió probar a abrir la puerta. "¡No puede ser!". Se quedó con el pomo de la puerta en la mano.

Volvió a colocar el pomo y abrió con cuidado, empujando la puerta lentamente. Las bisagras chirriaron. Un hombre estaba sentado en una silla con las piernas estiradas encima de la mesa, de golpe se movió desorientado, como si despertara de un sueño:
- ¿Quién? No, no hay nadie, yo...  - Rápidamente quitó las piernas de la mesa y apartó de su cara un sombrero de ante marrón. Empezó a hablar frenéticamente.
- Te pagaré, de verdad que lo haré - Se ponía cada vez más nervioso observando esa cabeza que asomaba por la puerta, rebuscaba algo entre los cajones del escritorio: un cuchillo, una pistola, un abre cartas o cualquier objeto con el que pudiera defenderse. Seguía farfullando frases sin sentido mientras aprovechaba la incertidumbre de la situación.
- Señor Lance, yo... - interrumpió David.

Al oír su tono educado y su temblor en la voz Martin Lance paró en seco sus movimientos y empezó a mover los ojos arriba y abajo escudriñando con la mirada a ese personaje que había entrado a la fuerza a su despacho. Se tranquilizó, "será del banco o de Electrolix". Ante esa posibilidad, se apoyó completamente en su silla, se recompuso y sonrió de manera seductora.
- Disculpe, pero no esperaba a nadie y me he asustado, ya sabe, este barrio no es precisamente Beverly Hills, ¿Sabe? - Percibió la cara de espanto del hombre que tenía adelante que asentía ante su afirmación.
- Pero no se quede allí, tome asiento - Martin señaló la silla al otro lado del escritorio y se dio cuenta de que estaba  abarrotada de papeles, libros y su chaqueta encima de todo. Se levantó rápidamente lanzó la chaqueta al perchero de la puerta, que se balanceó y estuvo a punto de caer, pero al final quedando perfectamente colgada - siéntese, siéntese. ¿Quiere un cigarrillo? - David rechazó con un gesto de mano - A mi si me apetece uno, ¿le importa? - David mostró su aprobación con el mismo gesto - ¿Y a qué debo su visita inesperada? Estoy al corriente de todos mis pagos como usted ya sabrá - se rió nerviosamente.
- ¿Es usted el detective Martin Lance? - preguntó David, inseguro de cuál iba a ser la respuesta.
- Oh, ¿es usted un, ehm, cliente? - preguntó sorprendido.
- Si, si, exactamente, eso soy yo, un cliente que quiere los servicios de Martin Lance.
- Ahá, vale, vale ¿pero quién le ha dado mi dirección? - preguntó Martin, suspicaz.
- Fue Vintal, Sam Vintal.

Martin puso el dedo índice en sus labios y la mano apoyada en la barbilla, adoptando un gesto pensativo.
- Sam Vintal, Sam Vintal... - rebuscaba en su memoria mientras se balanceaba en la silla. De golpe hizo un salto- ¡Ah sí! Sam Vintal, ¿Cómo está el cabronazo? Qué tío, no me caía nada bien, era un imbécil acabado pero si le aprietas un poco, el tío sabe comportarse, ¿verdad?

David no supo como responder a eso, lo cierto es que Sam le parecía un capullo arrogante, pero jamás se lo había planteado de manera consciente. Martin fumaba nerviosamente, compulsivamente. Vestía con una camisa blanca ligeramente amarillenta y unos pantalones marrones. Llevaba el pelo grasiento y un poco largo, combinando tonos de negro, blanco y gris. Tenía unas facciones duras, marcadas, como de alguien que ha visto algo que no debería haber visto jamás. A David le parecía un tipo duro, podría ser un pensamiento estúpido, pero en comparación con él, con su vida acomodada de oficina, su cara redonda y sus menús de mediodía, Martin Lance parecía un tipo curtido. Martin proseguía con su discurso haciendo aspavientos:
- Si, si, Vintal y el caso de su mujer.
- Comentó que estaba muy satisfecho con sus servicios, que había resuelto su caso con rapidez.
- ¿Rápido? Joder, es que esa mujer era una zorra, con perdón. Fue facilísimo. Si Vintal hubiese dejado su trabajo unas horas y se hubiese puesto a seguirla, en una rato la habría pillado con algún tipo seguro. Cada día de la semana estaba con uno o dos distintos: el lunes el profesor de yoga, el martes el repartidor de Amazon, ¿o era el miércoles?, no se, se cepillaba a todo "quisqui", a medio barrio. Tenía una rutina semanal que cumplía bastante bien. Con una semana habría bastado, pero intenté alargar la investigación, no se, tres o cuatro semanas para ver si había un patrón. En fin, es que hay que estar forrada y aburrida hasta el hastío para hacer algo así. Hay que ser un poco imbécil para morder la mano que te da de comer. Me daba pena el pobre Vintal, deberías haber visto el cabreo que llevaba encima - cambió su tono de voz, intentando imitar a Sam Vintal - "Y a mi la última mamada me la hizo en el noventa y cinco", ¡rojo e hinchado como un cerdo lo decía! Que tío el Vintal - Martin se reía a carcajadas.
- Según me comentó él, lo pillaste acostándose solo con su mejor amigo, no me contó nada de todo esto.
- ¡Oh claro! Ni yo se lo conté a él, ¿qué querías que hiciese? Mira, él necesitaba un motivo para divorciarse sin perder un duro, un motivo tan solo, no eran necesarios veinte ¿sabes? Quiero decir, estaba su honor encima de la mesa, joder, me parecía cruel, el caso era claro, no era necesario cebarse. Recuerdo además que no tenía ni siquiera pruebas sólidas para acusar al mejor amigo de Vintal, pero una vez que ella le dijo que "iba a ir al médico esa tarde" y me la encontré tomando un café con él pensé "se la está cepillando Martin, por tus huevos blancos que también se la cepilla". Simplemente se lo dije a él, le mostré una foto en un baño del "Central Mall" en la que se veían solo por debajo de la pueta las rodillas de su mujer apoyadas en el suelo y unos zapatos de un hombre que estaba de pie.
- ¿La prueba era real? Podría ser cualquier mujer, haciendo... bueno...
- ¿Bueno, qué? ¿Una mamada? Dígalo sin miedo Señor... no he preguntado su nombre.
- Wallace, David Wallace.
- Bueno, David, ya que sientes curiosidad. Su mujer tenía un tatuaje en el tobillo, una flor de lis. Las ricas se tatúan también ahora, mierdas así, espirituales y tal. El mundo está patas arriba. Total, le enseñé la foto y estalló en cólera, ni se fijó en los zapatos si podían ser de su amigo o de otro tipo. Realmente no era su amigo, pero no le importó en absoluto. Volvió dos días más tarde, tanto la mujer como el amigo confesaron sus pecados. Caso resuelto. Pagó bien el cabrón de Vintal, pagó de puta madre.

David lo escuchó maravillado, como si tuviera delante al mismísimo Sherlock Holmes, por un momento se olvidó por completo de su desastrosa y repugnante entrada en el edificio, se olvidó de pensar en lo absurdamente sencillo que había sido resolver ese caso, e incluso se olvidó del delicado asunto que lo había llevado a buscar y contratar los servicios de Martin Lance.

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