Pingüino

Entró en el servicio del centro comercial, su vejiga no estaba llena hasta arriba, pero pensó que sería mejor ir menos apurado por si finalmente la chica decidía irse a casa con él y se entretenían por el camino. Decidido, bajo la cremallera de sus "jeans" y dejo la manguera en modo automático, el caudal era expulsado con vehemencia. Una vez hubo vaciado el depósito, hizo unas cuantas sacudidas convincentes a fin de que no quedara ni una gota guardada en la recámara, esa hija-de-puta siempre preparada para salir en el momento menos oportuno dejando su impronta en los más pulcros y puros calzoncillos.

Terminada su tarea se acercó a la pica pero, por desgracia de Miguel, una sorpresa vino en el momento de lavarse las manos.  Un gran espejo que ocupaba toda la pared del baño mostraba sin escrúpulos que había cometido algún fallo de cálculos. Unas gotas colocadas estratégicamente en la parte delantera de su pantalón daban fe de ello. Si él se había percatado, ella, observadora como una mala cosa, no podría desviar la mirada hacia ningún otro lugar. Durante el paseo por el centro comercial se había fijado en los detalles más ínfimos de las vestimentas, peinados, zapatos de los demás ciudadanos, y por supuesto en cada rincón de aquel edificio, el polvo, la suciedad, los bancos pegajosos, las barras metálicas grasientas... Si todo eso había sido captado por su consciencia, esas gotas en su pantalón serían tan visibles como si llevara un cartel luminoso.

Pero...¿Cómo había podido ocurrir? ¿Quizás había puesto demasiado énfasis en el momento de las sacudidas, perdiendo así el control de la parábola de las gotas de orina proyectadas? ¿Quizás se había bifurcado en algún momento el reguero de su pis provocando que un chorrito inicial se estampara en su tela azulácea? O incluso la peor de las opciones, ¿se había acercado demasiado en el meadero y se había manchado con orina intrusa? Alguien podría haber marcado su territorio de manera pasiva, pero enseguida quiso desestimar la posibilidad de esa opción al notar un nauseabundo regusto biliar en su paladar. Una pequeña dosis de autoengaño, de "esto no es posible" nos salva de muchas realidades incómodas.

El la ansiedad y el vértigo ante la situación duró apenas unos segundos, en los que Miguel, en un momento de arrebato creativo producido por la genialidad más absoluta encontró la solución a su problema: Primero observó que no hubiera nadie más en el baño y entonces decidió que lo mejor seria mojar sus manos y haciendo un gesto de apertura veloz con los dedos (básicamente abriendo la mano rápidamente) y apuntando a su entrepierna, simular las salpicaduras y los efectos de un grifo averiado y desbocado.  Así pues una vez visualizada su coartada perfecta decidió aplicarla sin más dilación. No quería tardar, su lentitud podría ser interpretada como un caso de "aguas mayores" a causa de los nervios de la cita, y Miguel no se podía permitir mostrar signos de debilidad humana. 

Pero las cosas en la teoría tienen su particular manera de no funcionar idealmente en la práctica. Su magnífico plan, aparte de provocar una escena absurda e hilarante, había hecho que lo debía disimular se acentuara aun más. Ahora parecía directamente que se había orinado en los pantalones. Se planteó la posibilidad de acercar su entrepierna en el secador de manos, haciendo un movimiento pélvico erótico-festivo, pero no quería jugársela a qué pudiera entrar alguien y lo viera haciendo un acto de sodomización al secador de manos. Desestimó pues esa posibilidad, y para no perder más tiempo decidió que no podía dar marcha atrás, debía salir hacia adelante con la excusa, con la frente bien alta. Hizo un giro rápido hacia la puerta y choco con un hombre con un traje azul que acababa de entrar en el baño. Después de disculparse varias veces y bajar la cabeza, miró al hombre a los ojos, que hizo un gesto extraño frotándose las manos, le hizo una sonrisa burlona y le dio un golpe en el omóplato y pasó por delante.

Salió del baño y caminó unos pasos y se encontró con ella cara a cara. Ella hizo un repaso inconsciente de arriba a abajo, que Miguel interpretó como la prueba irrefutable que demostraba dos afirmaciones: La primera era qué ella era una ávida observadora; la segunda, que muy probablemente  le había visto las manchas húmedas sospechosas del pantalón. Los labios de Miguel casi se abrieron solos:

- ¡Joder!, no había papel en el lavabo y he tenido que secarme con el pantalón.

No supo porqué esas palabras salieron por su boca exactamente, probablemente por desconfianza con su excusa anterior. Pero era realmente sospechoso y perturbador a partes iguales que alguien que no encuentra papel para secarse las manos decida hacerlo con su pantalón, especialmente en la zona de la entrepierna. Sospechoso además porque justo detrás de Miguel salió un hombre con americana azul secándose las manos con una gran bola de papel que lanzó haciendo canasta directamente a la papelera.

Este hecho tampoco pasó desapercibido por ella, pero le pareció toda la situación más bien ridícula y tierna en cierto modo. Ya había decidido acompañarle a casa a ver una película, independientemente de unas gotas en el pantalón. Ensanchó sus labios y le regaló una sonrisa, cerrando levemente los ojos:
- Venga, vamos a tu casa, así podemos ver una película y tu te puedes cambiar estos pantalones.

Lo cogió por la cintura y lo invitó a agarrarla a ella. Miguel se puso nervioso unos instantes pero cedió a su invitación y se tranquilizó. A ninguno de los dos les importó (ella por simpatía, él por desconocimiento) que en la camiseta de Miguel en la zona del ompóplato hubiera enganchada una pegatina de un pingüino de una propaganda de helados.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden