Las campanas de Viana
- ¿Porqué me has traído aquí? - preguntó Ester.
Estaban sentados en un banco de madera muy sencillo, dos piedras y un tablón de madera que las unía. Ella lo observaba a través de los rizos que colgaban por su frente, él observaba atento expectante hacia la iglesia. La iglesia era alta y aunque tenía encanto, la fachada no se conservaba en muy buen estado. Había distintos niveles con un tejado de madera oscura y una torre que se alzaba un poco más alto en el que había un reloj solar y una campana.
- Ya lo verás - respondió él confiado, ilusionado. Ella puso cara de circunstancia, pues no parecía que fuera a ocurrir nada fuera de lo común en aquella iglesia cualquiera de cualquiera de los pueblos que quedaba a pocos kilómetros de la ciudad. Cruzó las piernas, apoyó el codo derecho en ellas y la cabeza la apoyó en la mano. Una ligera señal de aburrimiento.
Aunque él seguía mirando fijamente la torre, sintió su falta de pasión y se vio obligado a iniciar conversación.
- Esta mañana estaba viendo la televisión mientras desayunaba, he dejado el primer canal que estaba puesto, no recuerdo cuál era, quizás la tres, o la dos, no se, da igual. El tema es que han anunciado un programa de la National Geographic en el que advertían que por la tarde iban a televisar un documental inédito acerca de una cultura que todavía no había sido tocada por la mano del hombre moderno, una cultura que se enfrentaba por primera vez a una cámara de vídeo, a una persona blanca, a la diferencia, a la realidad. No se, tengo que decir que estaba bien vendido, tenía gancho, era un buen recurso, me ha llamado la atención. Pero cuando ha terminado el anuncio he pensado en cómo utilizan la autenticidad como llamada de atención, lo virgen, lo no explorado, lo no tocado. Cuando ha terminado el anuncio me he sentido solo. Es como si el misterio se hubiera desvanecido de este planeta. Ha huido. He tenido la sensación de que ya ni el gran universo, el silencioso universo, oscuro, denso, infinito ya no podía agitar nuestra imaginación.
Ester había abierto las piernas y tenía las manos apoyadas en ellas, apretando las manos en las rodillas, se había puesto tensa. Por alguna extraña razón no le gustaba hablar de estas cosas, las entendía y seguramente prefería no sentirlas. Apretaba sus rodillas con las uñas como garras en señal de defensa, defensa en contra de esas ideas que nos obligan a movernos de la silla de incomodidad, aquellas palabras contra las que no se puede decir mucho, ni siquiera asentir en señal de aprobación. Simplemente palabras que son lanzadas y escuchadas, palabras que hacen eco en el pecho, como cuando lanzamos una piedra al mar y se crean unas sutiles ondas expansivas. Pero sobretodo, se defendía porqué sabía que él no había terminado su discurso e iba a proseguir.
- En los viajes buscamos aquello auténtico, aquella comida auténtica, aquella experiencia auténtica, aquello que hace que el autóctono viva como autóctono. ¿Y que hacen sino vendernos exactamente esto? Nos venden la posibilidad de ser auténticos, de hacer algo exclusivo y "normal". Y no pensamos que simplemente es normal para ellos, pero para nosotros no lo va a ser de ninguna manera. Han comercializado el misterio, lo han dormido, lo han matado. Estamos solos, condenadamente solos y atrapados en este planeta limitado. No podemos irnos a ninguna parte, hemos rebasado...
Un sonido fuerte, metálico irrumpió en la plaza e hizo callar sus labios y su mente. Ester odiaba cuando se ponía así, cuando se ponía pesimista una nebulosa oscura los cubría a ambos, y por suerte, ese estruendo la disipó. Empezaron a sonar las campanas. Él respiró entrecortadamente y fijó más su atención en el vaivén de la campana. Ester miró hacía arriba y con un movimiento elegante con su mano derecha apartó sus rizos y los dejó bien colocados detrás de sus orejas. Primero sonaron cuatro campanadas muy seguidas, y tras estas empezaron a sonar con más fuerza y con menos prisa una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce... doce campanadas. Una vez terminadas pasaron aproximadamente diez segundos y Ester volvió a mirarlo. Él aún seguía mirando hacia la torre con los ojos vidriosos. Se recompuso, se giró hacia Ester, y ahora sí, mirándola a los ojos le dijo:
- De acuerdo. Ya podemos irnos - y se levantó del banco. A lo que ella la agarró con fuerza del brazo y le estiró para que se volviese a sentar.
- Pero, espera, espera, espera. ¿Hemos venido aquí para esto?
- ¿Qué pensabas que iba a pasar?
- No lo se, que saldría algún muñeco o algo, alguna música con las campanas. No lo se, pero me dijiste: "te voy a enseñar algo que es muy interesante"
- No, no creo que dijera "interesante", creo que dije "importante".
- Lo que sea, importante.
- Importante es. Mi padre me llevaba aquí casi cada domingo, a pasear por el pueblo y siempre me hacía esperar hasta las doce para que sonaran las campanas.
- ¿Porqué?
- Se ve que la primera vez que estábamos paseando por aquí y empezaron a sonar me volví medio loco, iba señalando y tapándome los oídos, le dije algo así como que era lo más increíble que había visto nunca.
Ester hizo una mueca tierna, parecía que algo brillaba entre ellos ahora.
- ¡Qué tierno! Eras una monada de niño. Pero supongo que es normal, los niños hacen especial aquello que para nosotros es tan normal.
- No, los adultos convertimos en normal aquello que es tan especial. Aburrimos al mundo.
Ester volvió a cogerle del brazo y esta vez lo estiró para que se levantara. "Vamos a casa" le dijo. Hizo un movimiento con el cuello para que el pelo se le soltara de las orejas y volvieran a caerle los rizos negros como el carbón por la frente, por las mejillas.
- ¿Y de mayor seguías viniendo con tu padre?
- Creo que vinimos hasta que yo hice los trece o los catorce, no me acuerdo.
- ¿Y cuando venías ya de adolescente seguías viéndolo como algo mágico?
- No, creo que entonces ya se había convertido en una tradición. No se, la verdad que no había mucha más cosa para hacer los fines de semana. Él trabajaba mucho entre semana, y teníamos el compromiso de que el domingo por la mañana era nuestro rato padre-hijo. Con mi madre tenía mucha más relación. Pero ese era nuestro momento, supongo que era importante para mí.
Tras unos segundos de silencio.
- Aquí me bautizaron.
- ¿Ah sí?
- Sí, me lo dijo una de las últimas veces que vinimos, la verdad que me sorprendió un poco. Dijo algo cómo que igual me fijé en este sitio cuando escuché las campanadas de niño por ese motivo.
- ¿Por haber sido bautizado aquí?
- Exactamente, ya sabes, ese sentido mágico que le dan los padres a las circunstancias. Yo supongo que para mí fue algo más simple, escuchar un ruido tan fuerte y que te explican que es para avisar de la hora, supongo que me fascinó y empecé a pedirle a mi padre que me trajera cada domingo.
- Hasta que te aburriste.
- Bueno, más o menos, no fue exactamente un tema de edad, supongo que fue una rabieta con Dios y con el mundo por haberse llevado a mi madre. La despedimos aquí y después de ese día no quise volver nunca más.
Mientras paseaban Ester giró la cabeza para ver como todavía entre las casas se alzaba aquella maltrecha torre, que con cada palabra que le dedicaban se veía más majestuosa.
- Y aquí hicimos la ceremonia para enterrar a mi padre, hace dos años.
- ¿También aquí?
- También aquí. Es como si este sitio estuviera en el ADN familiar, todo lo importante en mi vida pasa siempre por aquí.
- Quizás algún día te cases aquí.
- Quizás - Sonrieron.
Siguieron paseando. Ester sintió un escalofrío, y se apretó junto a él, buscando algo de calor, algo de cariño. Él movió la cabeza para acercarla a su pelo y sintió el roce de sus rizos en su cara. Ester sabía que era de esos momentos en los que volvía la penumbra, que sus conversaciones se oscurecían. Sabía que la gran cantidad de amor que él profesaba a las personas era directamente proporcional a la cantidad de dolor que había sentido por la pérdida de su familia. Pero también sabía que era claro, directo, tierno, que compartía siempre aquello que pasaba por su cabeza.
- Ester, nunca quieras a nadie.
- ¿Ni siquiera a ti?
- A mi menos que a nadie.
Se miraron de reojo. Ella le dio un beso en la mejilla. Las nubes se volvieron a disipar.
Estaban sentados en un banco de madera muy sencillo, dos piedras y un tablón de madera que las unía. Ella lo observaba a través de los rizos que colgaban por su frente, él observaba atento expectante hacia la iglesia. La iglesia era alta y aunque tenía encanto, la fachada no se conservaba en muy buen estado. Había distintos niveles con un tejado de madera oscura y una torre que se alzaba un poco más alto en el que había un reloj solar y una campana.
- Ya lo verás - respondió él confiado, ilusionado. Ella puso cara de circunstancia, pues no parecía que fuera a ocurrir nada fuera de lo común en aquella iglesia cualquiera de cualquiera de los pueblos que quedaba a pocos kilómetros de la ciudad. Cruzó las piernas, apoyó el codo derecho en ellas y la cabeza la apoyó en la mano. Una ligera señal de aburrimiento.
Aunque él seguía mirando fijamente la torre, sintió su falta de pasión y se vio obligado a iniciar conversación.
- Esta mañana estaba viendo la televisión mientras desayunaba, he dejado el primer canal que estaba puesto, no recuerdo cuál era, quizás la tres, o la dos, no se, da igual. El tema es que han anunciado un programa de la National Geographic en el que advertían que por la tarde iban a televisar un documental inédito acerca de una cultura que todavía no había sido tocada por la mano del hombre moderno, una cultura que se enfrentaba por primera vez a una cámara de vídeo, a una persona blanca, a la diferencia, a la realidad. No se, tengo que decir que estaba bien vendido, tenía gancho, era un buen recurso, me ha llamado la atención. Pero cuando ha terminado el anuncio he pensado en cómo utilizan la autenticidad como llamada de atención, lo virgen, lo no explorado, lo no tocado. Cuando ha terminado el anuncio me he sentido solo. Es como si el misterio se hubiera desvanecido de este planeta. Ha huido. He tenido la sensación de que ya ni el gran universo, el silencioso universo, oscuro, denso, infinito ya no podía agitar nuestra imaginación.
Ester había abierto las piernas y tenía las manos apoyadas en ellas, apretando las manos en las rodillas, se había puesto tensa. Por alguna extraña razón no le gustaba hablar de estas cosas, las entendía y seguramente prefería no sentirlas. Apretaba sus rodillas con las uñas como garras en señal de defensa, defensa en contra de esas ideas que nos obligan a movernos de la silla de incomodidad, aquellas palabras contra las que no se puede decir mucho, ni siquiera asentir en señal de aprobación. Simplemente palabras que son lanzadas y escuchadas, palabras que hacen eco en el pecho, como cuando lanzamos una piedra al mar y se crean unas sutiles ondas expansivas. Pero sobretodo, se defendía porqué sabía que él no había terminado su discurso e iba a proseguir.
- En los viajes buscamos aquello auténtico, aquella comida auténtica, aquella experiencia auténtica, aquello que hace que el autóctono viva como autóctono. ¿Y que hacen sino vendernos exactamente esto? Nos venden la posibilidad de ser auténticos, de hacer algo exclusivo y "normal". Y no pensamos que simplemente es normal para ellos, pero para nosotros no lo va a ser de ninguna manera. Han comercializado el misterio, lo han dormido, lo han matado. Estamos solos, condenadamente solos y atrapados en este planeta limitado. No podemos irnos a ninguna parte, hemos rebasado...
Un sonido fuerte, metálico irrumpió en la plaza e hizo callar sus labios y su mente. Ester odiaba cuando se ponía así, cuando se ponía pesimista una nebulosa oscura los cubría a ambos, y por suerte, ese estruendo la disipó. Empezaron a sonar las campanas. Él respiró entrecortadamente y fijó más su atención en el vaivén de la campana. Ester miró hacía arriba y con un movimiento elegante con su mano derecha apartó sus rizos y los dejó bien colocados detrás de sus orejas. Primero sonaron cuatro campanadas muy seguidas, y tras estas empezaron a sonar con más fuerza y con menos prisa una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce... doce campanadas. Una vez terminadas pasaron aproximadamente diez segundos y Ester volvió a mirarlo. Él aún seguía mirando hacia la torre con los ojos vidriosos. Se recompuso, se giró hacia Ester, y ahora sí, mirándola a los ojos le dijo:
- De acuerdo. Ya podemos irnos - y se levantó del banco. A lo que ella la agarró con fuerza del brazo y le estiró para que se volviese a sentar.
- Pero, espera, espera, espera. ¿Hemos venido aquí para esto?
- ¿Qué pensabas que iba a pasar?
- No lo se, que saldría algún muñeco o algo, alguna música con las campanas. No lo se, pero me dijiste: "te voy a enseñar algo que es muy interesante"
- No, no creo que dijera "interesante", creo que dije "importante".
- Lo que sea, importante.
- Importante es. Mi padre me llevaba aquí casi cada domingo, a pasear por el pueblo y siempre me hacía esperar hasta las doce para que sonaran las campanas.
- ¿Porqué?
- Se ve que la primera vez que estábamos paseando por aquí y empezaron a sonar me volví medio loco, iba señalando y tapándome los oídos, le dije algo así como que era lo más increíble que había visto nunca.
Ester hizo una mueca tierna, parecía que algo brillaba entre ellos ahora.
- ¡Qué tierno! Eras una monada de niño. Pero supongo que es normal, los niños hacen especial aquello que para nosotros es tan normal.
- No, los adultos convertimos en normal aquello que es tan especial. Aburrimos al mundo.
Ester volvió a cogerle del brazo y esta vez lo estiró para que se levantara. "Vamos a casa" le dijo. Hizo un movimiento con el cuello para que el pelo se le soltara de las orejas y volvieran a caerle los rizos negros como el carbón por la frente, por las mejillas.
- ¿Y de mayor seguías viniendo con tu padre?
- Creo que vinimos hasta que yo hice los trece o los catorce, no me acuerdo.
- ¿Y cuando venías ya de adolescente seguías viéndolo como algo mágico?
- No, creo que entonces ya se había convertido en una tradición. No se, la verdad que no había mucha más cosa para hacer los fines de semana. Él trabajaba mucho entre semana, y teníamos el compromiso de que el domingo por la mañana era nuestro rato padre-hijo. Con mi madre tenía mucha más relación. Pero ese era nuestro momento, supongo que era importante para mí.
Tras unos segundos de silencio.
- Aquí me bautizaron.
- ¿Ah sí?
- Sí, me lo dijo una de las últimas veces que vinimos, la verdad que me sorprendió un poco. Dijo algo cómo que igual me fijé en este sitio cuando escuché las campanadas de niño por ese motivo.
- ¿Por haber sido bautizado aquí?
- Exactamente, ya sabes, ese sentido mágico que le dan los padres a las circunstancias. Yo supongo que para mí fue algo más simple, escuchar un ruido tan fuerte y que te explican que es para avisar de la hora, supongo que me fascinó y empecé a pedirle a mi padre que me trajera cada domingo.
- Hasta que te aburriste.
- Bueno, más o menos, no fue exactamente un tema de edad, supongo que fue una rabieta con Dios y con el mundo por haberse llevado a mi madre. La despedimos aquí y después de ese día no quise volver nunca más.
Mientras paseaban Ester giró la cabeza para ver como todavía entre las casas se alzaba aquella maltrecha torre, que con cada palabra que le dedicaban se veía más majestuosa.
- Y aquí hicimos la ceremonia para enterrar a mi padre, hace dos años.
- ¿También aquí?
- También aquí. Es como si este sitio estuviera en el ADN familiar, todo lo importante en mi vida pasa siempre por aquí.
- Quizás algún día te cases aquí.
- Quizás - Sonrieron.
Siguieron paseando. Ester sintió un escalofrío, y se apretó junto a él, buscando algo de calor, algo de cariño. Él movió la cabeza para acercarla a su pelo y sintió el roce de sus rizos en su cara. Ester sabía que era de esos momentos en los que volvía la penumbra, que sus conversaciones se oscurecían. Sabía que la gran cantidad de amor que él profesaba a las personas era directamente proporcional a la cantidad de dolor que había sentido por la pérdida de su familia. Pero también sabía que era claro, directo, tierno, que compartía siempre aquello que pasaba por su cabeza.
- Ester, nunca quieras a nadie.
- ¿Ni siquiera a ti?
- A mi menos que a nadie.
Se miraron de reojo. Ella le dio un beso en la mejilla. Las nubes se volvieron a disipar.
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