Ojos
Esa noche había una gran fiesta en la casa de los Rodríguez.
Quién dice “casa”, dice “pequeña mansión” de cuatro plantas, con un jardín y piscina
que eran la envidia de los vecinos y los invitados. La mitad de la primera planta
estaba formada por un salón bastante grande, con puertas de cristal que daban directamente
a la piscina y al jardín, pensada exclusivamente para los eventos sociales, no
tenía otro uso. El resto de la casa era menos transitada por los invitados y se
reservaba para los amigos más cercanos, aunque Selena Rodríguez (la matriarca)
se aseguraba de describir con todo lujo de detalles el resto del “edificio”,
creando una sensación de curiosidad e incredulidad en el oyente, clavando la
estocada final con un “si quieres date una vuelta, discretamente, no quiero que
esté después todo el mundo paseándose por la casa”. Así que todos los invitados
en algún momento de esa noche o de noches anteriores habían cruzado el umbral
del salón para adentrarse en el mundo más personal de los Rodríguez.
Digo más personal, y no simplemente personal, porque eran
unos exhibicionistas. En la casa parecía que no dormía, no comía, no cagaba y
no follaba nadie. Era una vivienda-museo, cada espacio con su estilo bien
diferenciado. Parecía que estuviera preparada para que solo entraran
fotógrafos. Por un lado impresionaba, pero por el otro, de tanta preparación,
había un punto en el que se podía sentir que en esa casa había muy poca vida,
había realmente muy poco de hogar.
Se repartieron ochenta y siete invitaciones pero finalmente
asistieron ochenta y tres. Selena se esforzaba en justificar repetidamente a
esos cuatro invitados que no habían podido asistir. Siempre eran motivos de
“vida o muerte”, si no, ¿quién iba a rechazar una invitación?
Te debes estar preguntando… no, realmente no te lo debes
estar preguntando, pero cuando me haga la pregunta, probablemente te la harás
tú también: ¿Quién (de los ochenta y tres invitados más diez del personal del catering)
es el protagonista de esta historia?
Bien podrían ser los espléndidos anfitriones, Joel y Selena
Rodríguez, generosos, altruistas, con sonrisas con una ortodoncia blanqueada
perfecta y su ropa elegante de diseñadores emergentes en proceso de
consagración. Todos sabemos que no hay nada que dé más dinero que una empresa
que funciona, y algunos tenemos claro que para que una empresa tenga un éxito
brutal puede que dependa más de la suerte que de otra cosa, eso sí, una vez
conseguido (aunque no sepas explicarte muy bien por qué) uno se convierte
inmediatamente en un gurú de los negocios. Así que podríamos pasarnos horas
hablando de los viajes, los negocios, su bodega, su sala de juegos… y de todo
aquello que es accesorio en la vida, pero que para los Rodríguez es
fun-da-men-tal.
El protagonista podría ser su magnífico hijo Max, futuro
médico, de los mejores de su promoción, excelente gamberro donde los haya,
conocido por todos pero protegido y silenciado siempre por los fajos de
billetes de papá. Fácilmente con dinero, uno consigue un billete directo al
paraíso. Si se afloja lo suficiente, la conducta de uno puede ser considerada
“intachable”. No oirás decir a ningún vecino ni amigo de la familia que Max es
un cabrón, aunque todo el mundo lo piense, ni siquiera lo escucharás a sus
espaldas, que es dónde más disfruta la gente exponiendo la verdad. El dinero
tiene el poder de cambiar hasta los temas de conversación.
Pero hay más gente aparte de la familia Rodríguez. Está
también el matrimonio Martínez, José Antonio y Mari Carmen. Son conocidas por
todos los invitados (menos por su marido) las abundantes infidelidades de Mari
Carmen y, que yo sepa, al menos, cinco invitados han probado el caldo de su
entrepierna. Como Marcelo, con el que fornicó en el ascensor del edificio de
los Martínez mientras su marido miraba el partido del Barça en el sofá. Y en
ese mismo instante podía ver como Marcelo le guiñaba el ojo invitándola a
buscar un rato de intimidad en la tercera planta, hecho que ella rechazaba
moviendo los párpados y señalando el reloj, Marcelo podía entender que lo deseaba
aplazar para más avanzada la noche.
¿Qué me decís de Gustavo? ¿Acaso no sería un buen
protagonista? El simple apretón de manos que se hacía con Miguel sería
suficiente como para rodar una película. Competían (sin ser conscientes) a ver
quién la apretaba con más fuerza, a ver quién la tenía más grande. Y es que el
desgraciado de Gustavo le ofreció la oportunidad de inversión perfecta a Miguel,
se iban a hacer millonarios, pero resulta que la jugada no salió bien, Miguel
perdió bastante y Gustavo solo perdió su amistad, que no valía nada. Las buenas
lenguas dicen que Gustavo conservó parte del dinero de Miguel invirtiéndolo de
manera más inteligente y ganando un buen sobresueldo. No te puedes fiar de
nadie, ni siquiera del mejor. Pero ahí estaban los dos, saludándose con la más
falsa y asquerosa de las sonrisas.
Solo he mencionado a siete de los comensales, una pequeña
porción de todas las personas que compartíamos el domicilio de los Rodríguez
esa noche, un pequeño párrafo, una anécdota insignificante en comparación con
todo lo que han vivido. Cada uno de ellos es, en sí mismo, una gran historia, un
libro, o varios, cada nimiedad de su vida es un capítulo imprescindible para
comprender el siguiente. Así es para todos, cada pequeña alma, cada gota de
existencia, cada segundo… es un libro que, simplemente, necesita de alguien que
haga correr tinta.
Como ya habréis advertido, yo también estaba esa noche en la
fiesta. ¿Soy yo el protagonista de este capítulo?
No quiero decepcionaros, un narrador se puede permitir la
licencia de ser el protagonista de su historia. O por lo menos eso pensaba yo.
Pensaba que esta era mi historia, el momento que estaba viviendo era mío, me
pertenecía, lo sentía, lo pensaba, lo vivía… yo era el personaje principal. Al
final de la noche creí que no era así.
¿Por qué estaba yo allí esa noche, y otras noches? Bien, yo
era el director del catering. Empecé mis pinitos en la cocina creando un
negocio de comidas preparadas, yo solo, cocinaba por la madrugada, vendía por
la mañana hasta el mediodía. Era comida sencilla, barata, con mimo, los fines
de semana preparábamos platos más elaborados, elegantes, delicados. La cosa
funcionaba, empecé a salir con Julieta, así que decidí (decidimos) ampliar el
negocio, coger algunos cocineros y camareros de extras para organizar comidas
en eventos. Nos fuimos sofisticando y también los clientes que nos contrataban.
La criada de los Rodríguez compraba a menudo en nuestra
tienda, al pequeño Max le encantaba nuestra comida, a su criada le encantaba no
cocinar, y a sus padres no les importaba pagarlo. Todos contentos. Cuando
empezamos el negocio del catering los Rodríguez fueron de los primeros clientes
en contratarnos (éramos un grupo de cocineros emergente) además con cierta
regularidad, fuimos adaptando nuestro estilo a lo que ellos deseaban, hicimos
una buena simbiosis. Poco después cerramos la tienda, los eventos nos daban
mucho más rendimiento. A los pocos años dejé los fogones y me puse a gestionar
el negocio y a dirigir los servicios. Pasada una larga temporada, Julieta ya no
estaba conmigo, pero el equipo tenía tan dominado el servicio con los Rodríguez
que empecé a dejar de asistir, no era necesario. Pero me llamó Selena e
insistió en que fuera a su casa en calidad de invitado, no de trabajador.
Aceptada una vez, aceptadas todas. Lo cierto es que me incomodaba ver a mis
compañeros trabajando y yo disfrutando. Así que siempre tomaba una posición
pasiva en la fiesta, pasando desapercibido, medio escondido. La verdad, nunca
pregunté qué opinaban. Al fin y al cabo, no iba a cambiar el hecho de que
estaba allí.
Pues allí estaba, apoyado en una pared del salón, cerca de
una ventana, mirando distraído hacia fuera, como un preso. Intentaba mantener
mi discreción, saludando a la gente de lejos con un gesto con la cabeza. Si
alguien se acercaba intentaba mantener una conversación breve, esquiva, banal.
Simplemente observaba y pensaba. Pensaba que aquello no era nada distinto a las
fiestas que hacíamos cuando éramos adolescentes, los patrones eran exactamente
los mismos. Vestíamos con ropa más cara, bebíamos bebida más cara, pero
manteníamos las mismas conversaciones, o peores, más pretenciosas. Antes éramos
interesados, ahora nos creíamos interesantes. Antes deseábamos saber, ahora ya
creíamos saberlo todo. Qué pena.
Miraba hacia mi derecha cuando de golpe alguien me tocó el
hombro. Me giré y vi un rostro familiar, tardé unos segundos en empezar a
reconocerlo, se debió notar en mi cara, porqué él se adelantó “¡Eh, Poeta! ¿No
me reconoces? Matías”
Por supuesto, Matías, del instituto. Quizás hacía treinta
años que no nos veíamos, pero el tío conservaba la misma sonrisa inolvidable de
subnormal. Era el graciosillo de turno, se le antojaba ponernos motes a todos,
pero lo peor no solo es que escogía bien, sino que además conseguía que el
resto del instituto acabara reconociendo a la gente antes por el mote que por
su nombre. Tenía poder de convicción pero, contrariamente a lo que él pensaba,
tenía pocos amigos.
Me acuerdo de que a mi mejor amigo (¿qué estará haciendo
ahora?) Nicolás le llamaba el “Argentino”. Hay que decir que en este caso no
era muy original la elección puesto que Nico era, efectivamente, argentino.
Pero él le llamaba “el Argentino” con un tono burlesco, casi con un desprecio
racista, sobretodo porque nunca había simpatía en sus palabras. Llamó “Orinas”
a un chico que se meó en la guardería cuando tenía cinco años, que tuvo la
desgracia de ir a parar al mismo colegio e instituto que Matías, el pobre tipo
arrastró el apodo hasta el día de su maldita boda.
Había para todos, a mí me llamaba “el Poeta”. Se me ocurrió
con catorce años escribir unos lamentables versos para Ana, la chica guapa, no
solo de clase, sino del instituto entero, a todos los encantaba, todos en algún
momento nos habíamos sentido atraídos por Ana, y yo, perdidamente enamorado.
Matías cogió mi (si podemos llamarle) poesía y el imbécil no solo se la enseñó
a ella, la enseñó a toda la clase, hizo algunas fotocopias que colgó en
diferentes aulas y además, pasó a apodarme “el Poeta”. En fin, quizás no había
para tanto, al final perdí la vergüenza y explicaba sin reparo la historia de
mi apodo a cualquiera que preguntara. Aun así, prefería que me llamaran “Poeta”
que no “Orinas” o “Conejo”, que era el apodo que intentó colarme los dos
primeros años de instituto por la grandeza de mis dos paletas. Sea como sea,
cualquier apodo lo soltaba exactamente con la misma expresión de asco. El mismo
que él me generaba.
Una vez terminé el instituto lo perdí de vista y jamás volví
a saber de él, jamás en treinta años me lo había cruzado por la calle, pero
justo ese día, justo cuando estaba saboreando mis minutos de paz, de
introspección, aparecía.
- ¡El mundo es un pañuelo, Poeta! – Casi parecía contento de
verme, “¡Joder con su jodida memoria” pensé e hice una mueca que debió
parecerse a una sonrisa, porque se sintió invitado a continuar su saludo
amistoso. - ¿Qué haces por aquí?
- Cierto, cuanto tiempo “Motes”, dichosos los ojos ¿Cuánto
tiempo habrá pasado? – Matías puso cara de extrañeza, antes de que contraatacara
decidí continuar con mi venganza personal – Y por cierto, era “el Escritor”, no
“el Poeta”.
Matías seguía con su cara de rana atropellada, como si
tuviera una indigestión. Aclaré, para disipar las dudas.
- En el instituto me llamabas “Escritor”, no “Poeta” –
comprendí que recordaba perfectamente los apodos, asociaba fácilmente una cara
a una palabra, pero no recordaba siempre el origen de esta, y tras treinta
años, muchos motes más habrían aparecido en su vida. Celebré interiormente mi
pequeña victoria. Al fin y al cabo, seguiría teniendo un apodo pero por lo
menos había podido escoger uno que fuera de mi gusto. Siempre había querido ser
escritor, varias veces había intentado escribir una novela (sin éxito), así que
si escuchaba mi nuevo apodo, como mínimo sería menos insultante y tendría una
historia más placentera de fondo. Aunque quizás en el fondo era una estupidez.
- ¿Ah sí? – dudó unos segundos – ¡Claro! Eso era, “escritor”
“Qué mal disimula” pensé, y me dio un poco de lástima. Me
dio pena que delante de su error o su duda, se dejara llevar tan fácilmente por
el primer recuerdo falso que apareciera encima de la mesa. Interrumpió mis
cavilaciones
- Oye ¿Qué es eso de “Motes”? – ya me había olvidado.
- Así te llamábamos, o ¿qué te crees? El tío que repartía
apodos a destajo no podía quedar impune. Así que ese era tu mote, “Motes”.
Vi en su cara muestras de satisfacción y de irritación a la
vez, no sabía muy bien cómo interpretarlo. Imagino que le gustaría que la gente
hablara de él, pero le molestaría haber caído en su propia broma. Le incomodé y
eso era precisamente lo que buscaba. Sonreí satisfecho. A veces ser un poco
imbécil resulta agradable, lástima que lo descubriera treinta años tarde.
Quizás no éramos tan distintos él y yo. Hablamos unos pocos minutos más y (por
desgracia) nos contamos cómo era nuestra vida actual. Explicó que estaba en la fiesta porque había
sido tutor del niño pijo en bachillerato, “gracias a él” llegó a la
universidad. Fin de cita. Me apresuré a poner un punto y final a nuestra
conversación antes de que empezáramos a hablar de nuestro pasado o de nuestros
excompañeros de clase. Busqué una excusa rápida, “debía ir al baño”, pero antes
de dejarme marchar soltó:
- Por cierto, no te olvides de saludar a Ana, también está
aquí. ¿No me digas que no es casualidad?
- ¿Quién?
- Ana Figaró, del instituto. “La ojos”.
Señaló al fondo del comedor, a una mujer alta, con un
vestido largo que se agarraba de su hombro derecho por una fina tira, unos
pendientes llenos de brillantes que caían por su lóbulo. Se giró, parecía que
nos miraba. Todo lo que llevaba conjuntaba a la perfección con el color de sus
ojos, como si hubiera ido al modista, se hubiera arrancado un pedacito de su
iris y le hubiese dicho “ese es el tono del que quiero para mi vestido”. Estaba
bebiendo de pie, conversando con un hombre mayor que yo no conocía, sostenía
una copa de champán con su mano izquierda, lo hacía con poca elegancia, con
todos los dedos de la mano pero se veía natural, no era una impostora, no era
una aprendiz de noble. Tenía el mismo color de pelo, castaño como el tronco de
un árbol. Siempre lo había llevado largo hasta las caderas, ahora en cambio, lo
llevaba corto, con un peinado muy moderno, era extraño pero le sentaba
fenomenal. Sus ojos se convertían en la diana de su belleza. Estaba cambiada,
pero sin duda, era ella. Me fui acercando lentamente y sin dejar de observarla,
empecé a visualizar sus pecas, en la nariz, en su escote, en sus hombros… casi
invisibles de lo pequeñas que eran.
Sentí un vuelco en mi pecho. Y aquí, amigos, es dónde empecé
a darme cuenta de que yo no era el protagonista de esta historia. Yo
simplemente era la voz, el observador, el parlante, el narrador, sí, el
narrador. Pero si la hubierais visto… estaba arrebatadora. De golpe, en casa de
los Rodríguez solo estaba Ana, como si un foco la iluminara solo a ella. Ella
era la protagonista, yo ya no tenía el control de la historia, y pronto iba a
perder el control de mis palabras.
Cuando estaba a pocos pasos, ella se despidió con naturalidad
del hombre y se giró hacia mí con una sonrisa fácil, sin esfuerzo, una sonrisa amiga,
una sonrisa que parecía que hacía un fin de semana que no veía.
- Buenas noches “Poeta” – así, con este tono, sin
florituras, sin besos, sin abrazos. Como si la última conversación no hubiera
ocurrido treinta años atrás.
- Buenas noches “Ojos” – seguí el juego, sin saber muy bien
las reglas, al fin y al cabo, era el juego de Matías. Hice una ligera
reverencia – Aunque te agradecería que no dijeras esto de “Poeta” muy fuerte,
antes he convencido a Matías de que mi apodo era el “el Escritor”.
Se tapó la boca para reír tímidamente, una risa genuina,
infantil, dulce. Me explicó que era la profesora de pádel de la señora
Rodríguez. “¿Pero aquí hay alguien que sea amigo de la familia?” me pregunté.
Aunque su trabajo real era el de selección de personal de una multinacional
americana que vendía bolígrafos, su pasión por el pádel la llevó a dar clases
después de una pequeña lesión que frenó sus competiciones amateurs. Le expliqué
mis razones para estar en esa fiesta. Me escuchó con atención, sonreía en todo
momento mientras hacía movimientos de asentimiento con la cabeza. Cuando estaba
terminando mi breve historia, ella señaló mi mano, mi anillo.
- ¿Estabas casado, cierto? No recuerdo quién, alguien me lo
contó hace años ya.
- Bueno, estuve, ella… ella murió – dije. Y se volvió a
tapar los labios con su mano derecha, esta vez por motivos menos dulces. No
dijo nada, se violentó y se puso a mirar sus zapatos unos larguísimos segundos.
Yo también miré sus zapatos, la solapa brillaba idénticamente a sus pendientes.
No sé porque miré allí, supongo que para tener un punto común en nuestro cruce
indirecto de miradas. Es curioso cómo me transportó a la época del instituto,
la veía claramente cómo se incomodaba o se avergonzaba y entonces bajaba la
mirada unos segundos, parecía una niñita, como si necesitara buscar en el suelo
o en sus zapatos la confianza necesaria para volver a mirarte los ojos sin
apenarse. Ese mismo gesto hizo al leer mi poema.
Cuando volvió a mirarme había amainado la tristeza en sus
ojos. Quise hablar yo.
- Está bien, han pasado ya nueve años, hace mucho ya. ¿Qué
tal tú? ¿Te casaste?
- No, no me casé… yo, prefiero no hablar del tema. No he
tenido buenas experiencias con los hombres – se empezaba a poner triste, estaba
a punto de bajar la mirada. Se lo impedí.
- ¿Te apetece ir al jardín?, podemos sentarnos en un banco,
estar más cómodos.
Cogí dos copas de champán, cruzamos el salón hasta salir al
jardín y encontramos un banco tranquilo al final de la piscina, entre un grupo
de cipreses. Nos sentamos uno al lado del otro, la miré un segundo de perfil.
Era preciosa. Exactamente la misma belleza que tenía treinta años atrás. No
veía cambios, no veía fisuras, es como si su esencia hubiera quedado fijada en
su piel. Se debió dar cuenta que la observaba, porque sonrió sin mirarme. Fue
una sonrisa tímida, casi como con miedo de sonreír. Miedo quizás a que con su
sonrisa me sedujera, me quitara el aliento, que nos asfixiara a los ochenta y
tres invitados con tanta delicadeza. Dijo:
- No es necesario que hablemos. Quiero decir, me apetece
estar aquí, me apetece estar aquí contigo. Pero no tengo ganas de hablar de la
gente del instituto, no quiero que pasemos revista de lo que hemos hecho hasta
hoy, no me apetece que nos quedemos sin temas, incómodos. No me incomoda el
silencio, ¿y a ti?
Os podéis imaginar mi respuesta. Así que estábamos sentados
contemplando el cielo. No hablamos del instituto, pero para mí fue imposible no
pensar en ello.
Creo que fui consciente de la existencia de Ana tras el
primer mes de clase, todos lo fuimos. Imagino que ocurre en todos los
institutos (aunque no sepa encontrarle una explicación) esto de que “Dios los
cría y ellos se juntan”. Cómo la gente que separa el grano de la paja, la gente
se va dividiendo en grupos afines, y el grupo de las bellezas y las populares
no tardó nada en adoptar a Ana. Se convirtió casi en el arquetipo del grupo.
También suele ocurrir que el grupo de las bellezas es muy selecto, muy
restrictivo y muy cruel. No se permiten las “imperfecciones”, es más, se
castigan duramente. Me acuerdo que la belleza de Ana pasó en un segundo plano
para mí el día que tres compañeras de su grupo estaban burlándose de manera
agresiva de Marina, una chica bajita, poco agraciada que además tenía una
dentadura francamente desgraciada. Recuerdo observar la escena de cerca, cómo
un espectador, sin implicación ni emoción alguna, tan solo ocurría. Había otro
grupo de compañeros que se reía de lejos. Ana se acercó a sus tres amigas con
total normalidad, sonreía con seguridad, parecía a punto de sumarse a la fiesta
de la burla con la frase más ingeniosa y destructiva, parecía que iba a soltar
la bomba atómica para destruir la moral de Marina. Pero no. Agarró del hombro a
una de ellas, la apartó con suavidad, la miró a los ojos y… enloqueció, o algo
así. Soltó un rollo político-social-filosófico sobre la belleza y el carácter que
hizo que las tres se ruborizaran y alucinaran. Se fueron mirándose sin acabar
de entender lo que acababa de suceder. “No dejes que se rían de ti por ser
quien y como eres”, le soltó a Marina. Contrario a lo que pudiera parecer, Ana
y Marina no se hicieron amigas, y Ana continuó con su grupo de amigas, pero
cambiaron su manera de relacionarse con el resto. Resultaron ser personas menos
altivas y más agradables, conectaron de alguna manera con el sufrimiento ajeno.
Una frase les hizo cambiar. ¿Cómo es que a veces tenemos el poder de cambiar la
vida de los demás y no lo aprovechamos? ¿Cómo es que no lo vemos? ¿Cómo es que
no actuamos? ¿Cómo es que, además, lo utilizamos para dañar a los demás? No lo
sé, la verdad es que no lo sé, pero Ana nos hizo hacernos estas preguntas. No
terminó con las burlas en clase, pero sentó un precedente, no tenía miedo de no
gustar, tenía miedo de no ser ella misma, y eso, Dios, la hizo visible, extraña
y visible como ninguna.
¿Pero en qué estaría pensando ella? Sonreía. Quizás
recordaba también. Quizás se sentía cómoda.
Yo siempre me había sentido invisible en el instituto. Yo
tenía mi grupo de amigos, estábamos bien, nadie se metía con nosotros, pero
nadie contaba con nosotros. Estábamos allí. Creo que a los demás no les
importaba, pero yo tenía una extraña sensación de aislamiento, no era soledad,
era miedo. Miedo a no ser trascendente, miedo a ser uno más. Creo que quizás
por eso me enamoré de Ana, ella representaba todo lo que yo deseaba, lo que yo
quería ser. En clase estábamos sentados ordenados alfabéticamente por nuestros
apellidos, tuve la suerte (y siempre agradeceré esto a mi padre) de que la
inicial de nuestros apellidos estuviera a la distancia justa como para que Ana
estuviera sentada delante de mí. Pasaba horas contemplando su pelo, deseando
tocarlo. Se giraba a veces para pedir algo, una goma de borrar, o para
preguntar alguna frase que se acababa de perder. Yo entonces pensaba
rápidamente cualquier frase ingeniosa o absurda para hacerla reír. A veces lo
conseguía y me deshacía. A veces nos llamaban la atención, nos poníamos tensos
unos segundos, y cuando el profesor continuaba apuntando en la pizarra, ella se
giraba y sonreía con complicidad, poniendo el dedo índice en sus labios cómo pidiendo
silencio, como diciendo, “es nuestro secreto”. Me deshacía, ¿lo he dicho?
No fue hasta que terminamos el instituto y fui a la
universidad que perdí el miedo, que aprendí a dejarme llevar, a pensar menos, a
sentir más, a decir las cosas que pensaba sin importar quién lo escuchara, a
ser valiente, a ser Ana. Esa seguridad es la misma que me permitió conseguir
las cosas importantes de mi vida.
Ana rompió nuestra conversación silenciosa:
- Yo estaba por ti en el colegio
Creo que me puse rojo, me tensé, no lo sé, me puse nervioso.
Me giré y me puse a mirar al frente, como ella. “Yo estaba también por ti en el
colegio. Y ahora, te miro, te miro bien y casi no puedo dudar de que siempre he
estado por ti”. Lo pensé, pero no lo dije. No lo dije porque no terminaba de
entender bien por qué tenía tantas ganas de decirlo. Pero si solté la primera
frase y a ella se le escapó una risotada, esta vez sin taparse la boca. También
se ruborizó, y dejó postrada en su cara una sonrisa sin timidez alguna y sentí
faltarme el aire.
- Cuando leí la poesía me lo imaginé.
- Siento preguntar esto ahora pero, ¿Si estabas por mí y
sabías que me gustabas, por qué no dijiste nunca nada?
- Porque yo quería que esa poesía me la dieras tú. Quería
recibirla de tus manos, quería escucharla de tu voz. Necesitaba saber que te
gustaba lo suficiente como para que perdieras el miedo.
Me latía el corazón con fuerza y con ira. Me sentí ridículo,
estúpido. Sentí que la banalidad me abrumaba: “si no te arriesgas nunca lo
sabrás”, algo así, tan simple y tan básico, tan poco pensado, tan masticado… al
final era cierto. Si me hubiera arriesgado la hubiera tenido en mis brazos. Cortó
mis pensamientos:
Es mi vida perra la que me lleva cerquita de tu vera,
Te veo y no puedo dejar de besarte, no quiero que te
levantes.
Y que no miro tus ojos para que las estrellas deseen tu
antojo.
Sonríes y veo la luz de la luna que me tumba en la cruz
de mi cuna,
Donde duermo sin ti, mi techo, mi cojín, mi Diosa y mi
almohada
Y si te olvido, mi miedo, escapas sin hacer ruido por la
ventana,
Rota, como mi alma, trozos de cristal se clavan contra
las ramas
Pétalos y sangre de amor esparcidos por el subsuelo del
dolor.
Es sin tu mirada que mi alma no puede sembrar reposada.
No hay manera, pues es que tú eres yo y que yo soy tu
acera.
La podía reconocer. Cutre, arrítmica. Era mi poesía. Habían
pasado treinta años y ella recordaba mi poesía. No podía decir con exactitud si
había alguna ligera diferencia, porque yo no la recordaba. ¿Cómo podía ser que
se acordara? Y como si leyera mis pensamientos:
- Como te he dicho, no he tenido mucha suerte con los
hombres en mi vida, y tu poesía, te parecerá que soy una cursi, pero fue el
primer detalle bonito que un chico tuvo conmigo. Y tras algunas relaciones
largas no muy sanas, casi me atrevería a decir que fue uno de los gestos más
tontos y más auténticos que he recibido en mi vida. Que escriban algo para ti
es un detalle que no se olvida fácilmente.
- Pues esto que ha
ocurrido hoy lo dejaré escrito también, para que no lo olvidemos fácilmente
- ¿Y lo que ocurra a partir de mañana?
- Lo escribiré contigo.
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