Míriam y Carlos

Basado en la puta verdad, mezclada con fantasía

El paseo alrededor del lago Thörmsdal era una delicia. Un bonito camino de dos horas en el que los árboles se mezclaban, en una curiosa armonía, con las casas de colores vivos que se dejaban entrever escondidas tras los troncos. Iban cogidos de la mano, apenas gozando de la belleza del paisaje: mirarse a los ojos les parecía insuperable. Solo de vez en cuando se distraían para esquivar a otro paseante y aprovechaban para disfrutar del reflejo perfecto que ofrecía el lago, creando una estampa difuminada de verdes, azules, blancos, rojos y naranjas. Debajo del guante de ella se escondía un anillo de oro blanco con un diamante reluciente, pero este detalle es solo para el lector, en sus ojos todas las palabras necesarias ya estaban dichas.

Él notó que la mano de ella se aflojaba.
- ¿Estás bien?
- Sí, no es nada. Me siento un poco débil.
- Si quieres podemos parar y descansar.
- No es necesario, no nos queda mucho para terminar y ya pensábamos volver al Hotel, ¿no?

Ella se durmió súbitamente. Estuvo soñando toda la noche de manera agitada, casi febril, aunque no podía recordar exactamente qué había soñado cuando despertó. Abrió los ojos, tenía la frente y la nuca sudada, las gotas empezaron a caer por sus mejillas también. Él estaba preparando un café y unas tostadas en la pequeña cocina que tenía la habitación. Se giró hacia ella, sin notar su nerviosismo, y sonrió inocentemente. A ella se le quitaron todos los males.
- Penúltimo día
- Más bien último. Mañana cogemos el avión a primera hora de la mañana.
- Pero nos queda otra noche… - hizo una mirada juguetona.
- Y otra mañana… - siguiendo el juego.
Las tostadas saltaron por los aires y la cafetera empezó a silbar unos minutos más tarde. Y silbaba, y silbaba…

Una semana más tarde, el mundo empezó a pudrirse.

Se cogían de nuevo la mano con fuerza en ese despacho, con más fuerza que nunca, porque no hay declaración de amor más fuerte que unos dedos entrelazados ante la adversidad. Escuchaban serios, asustados, sin saber si era el momento adecuado para llorar, sin saber si huir. Pero sobretodo escuchaban con incredulidad, como si ese señor con gafas, con bata blanca y un fonendo colgando del cuello, como si ese estereotipo de médico que se repite en todos los hospitales, no hubiese dicho lo que acababa de decir. No sabían tampoco si mirarse, no sabían si podrían aguantarlo ninguno de los dos. Siempre lo habían sabido pero ahora la certeza explotaba en sus cabezas como una verdad absoluta: “el amor lo puede todo”. Juntos lo podían todo.

Una semana más tarde él la observaba levantándose con ímpetu del sofá y corriendo hacía el baño. La perseguía, abría la puerta y le cogía del pelo, se lo apartaba de la cara, le decía cosas para tranquilizarla: “bonita, valiente, te quiero, tranquila, estoy contigo”. Le acariciaba la nuca, le fregaba la espalda. La primera vez que la vio vomitando en el baño se sorprendió triplemente: por el olor del vómito, era distinto, era extraño, no sabía cómo describirlo, pero no era como siempre. Se sorprendió también porque normalmente él no podía soportar ver vomitando a nadie y menos oler el vómito, le cogían arcadas y casi podía, por un repugnante mimetismo, ponerse a vomitar. Pero no fue así. Estaba tan absorto en su necesidad de cuidarla que no podía darse cuenta de sus propias sensaciones. La tercera sorpresa fue la actitud de ella, su serenidad, su tranquilidad, su purga era silenciosa, meditativa. Corría para llegar al baño, sí, pero una vez dentro abría la tapa con tranquilidad, colocaba una rodilla, después la otra, arqueaba su espalda, respiraba hondamente, cerraba los ojos unos segundos, los abría como si hubiera sido víctima de una revelación y empezaba a brotar el veneno de su boca. Sin ahogos, sin quejas, sin ruidos. Terminaba, se enjuagaba y continuaba con la conversación allí dónde la había dejado.

Las siguientes semanas, él se espabilaba para ir tras ella, se ponía de rodillas a su lado, le susurraba en el oído, pero ya no podía acariciarle el pelo.

Estaban sentados él y su hermano en la barra de una cervecería irlandesa del centro, tomando unas pintas. Él jugaba nerviosamente con el posavasos, tenía cara de cansado. Le preguntó a su hermano “¿Qué es la vida?”. Este, con una tranquilidad postiza respondió “La vida es esto”, e hizo un gesto mostrando a su alrededor, mostrando lo que les rodeaba. “Escoge vivir la vida de la siguiente manera: cuando termines un día que puedas decir que repetirías ese día una y mil veces. Bien, pues busca convertir cada día en esta sensación”. Se quedaron callados. Él, pensando que era más fácil pronunciar palabras que cometer acciones, su hermano, en que sonaba ridículo pronunciar palabras cuándo lo que te preguntan no tiene respuesta. “¿Sabes? yo siempre, siempre, siempre he intentado que a ella no le faltase de nada, que fuera feliz, que lo tuviera todo, porque sabía que ella era todo lo que yo necesitaba para ser feliz. Tengo miedo – hizo una pausa - tengo miedo porque en cualquier momento me puede faltar todo”. Ahora sí, el silencio era la respuesta más inteligente. Una mano se deslizó lentamente hacía su hombro.

“Todo irá bien” le dijo su amiga. “Todos dicen que todo irá bien” pensó ella. “¿Será un tic? ¿Una especie de automatismo? Parece que la gente no puede aceptar que las cosas, simplemente no van bien, a veces van mal. De hecho, muy a menudo van mal. Todos dicen que debo luchar, que debo mantenerme fuerte, que si hago buena cara es que el tratamiento me está curando. ¿Qué sabe la gente? No saben nada”. Mientras sonreía, le decía a su amiga “Seguro que sí, esperemos que sí”. Pero en su interior ya oscurecía. “¿Qué coño sabrá lo que tengo dentro, lo que ocurre dentro? No lo sé ni yo, no sé qué está pasando. Tengo algo dentro que me está matando y ni sé porqué”. Mientras su amiga le explicaba todo aquello que harían cuando se recuperaran, las cenas, las fiestas, los viajes… le vendía un futuro incierto que se tambaleaba ante un presente obsceno. 

Ella contenía su rabia, que ya no era por la vivencia de injusticia ante la enfermedad, era la rabia de haber tenido que cambiar toda su vida, toda su rutina, de haber cambiado todos sus planes, la rabia a tener que esconder lo que siente, la rabia que la obligaba a actuar de manera tan diferente a cómo era ella delante de su familia y de su amor, la rabia de estar en una situación que no soportas, la rabia de tener que ser otra persona. La rabia de saber que llegaría a casa y que discutirían por cualquier motivo, la rabia de aún y sabiéndolo, no poder cambiarlo. La rabia de ser comida por ella.

Llegó a casa y no podía evitar preguntarse: “¿Y dónde coño está Dios? ¿Dónde estás, viejo cabrón?”. Sentía que quizás era pasarse, centrar el drama y el cinismo en el que somos arrojados en este mundo, en un solo individuo. “Quizás te escondes en el fondo de algún vaso de whisky vacío, detrás de unos ojos que lloran desconsolados, te escondes dentro de los billetes de quinientos euros que se arrojan en los casinos, te escondes delante de una vela que se consume lentamente”. Apretaba los puños con fuerza: “Te escondes dónde no debes, y te escondes bien ¿Qué haces con la gente que muere a diario por causas injustas? Por accidentes, los que mueren de hambre, las violaciones, los miles de muertos en conflictos bélicos, los niños que mueren torturados por el cáncer en cualquier planta de oncología infantil en cualquier hospital del mundo… ¿Dónde coño estás? ¿Por qué nos has abandonado a todos?” sollozaba. “¿Por qué me has abandonado a mí?” Maldecía, se mordía los labios, lloraba. No era solo su sufrimiento, no era egoísmo. Todos sufrimos, sí, y su dolor la unía a el dolor que sentimos todos, y aun así no podía evitar preguntarse “¿Y qué sentido tiene?” Ninguno. Y eso era lo más jodido, la acongojaba. Íbamos a sufrir para nada, íbamos a sufrir para nadie. Míriam sabía que si moría, solo iba a traer más sufrimiento a este mundo, a la gente que la rodea. Pensó “Dios debe existir, sí, seguramente. Pero Dios no tenía escrúpulos ni corazón, era un cobarde, porque no nos daba la oportunidad de defendernos”.

Pensaba que tenía muchos motivos para vivir, y mucha gente a la que quería seguir haciendo feliz, a la que iba a seguir haciendo feliz. Siempre.

Unas náuseas finalizaron con sus pensamientos, el argumento que le otorgaba la razón definitiva.


Él dormía, pero abrió los ojos y se incorporó como si alguien lo hubiera asustado. Su corazón latía con fuerza. Miró a su lado y vio que no había nadie a su lado. Su corazón latía con más fuerza aún, se angustió. Estaba todo oscuro, era de noche, miró el reloj: “Las 3 y media casi”, se levantó de la cama y no hizo falta andar mucho porque vio la puerta del baño completamente abierta y con luz. Se acercó y la vio de pie, mirándose al espejo, como si la persona que tuviera delante fuera una enemiga, pero también como a una vieja amiga, como a una amante, como a una jefa, como a una esclava, como a una Diosa, como a una hija, como a una mierda, como a una humana. Todo lo posible y lo imposible cabían en sus ojos. Por primera vez en todos estos meses él se calmó verdaderamente. Había momentos en los que podía estar tranquilo, pero en ese mismo instante sintió paz. Notó que toda su angustia y sus miedos desaparecían. Ni él ni ella, ni yo ni nadie sabíamos si iba a sobrevivir a esto o no, pero después de verla allí en el espejo él lo tuvo claro: Sabía que ella ya había vencido. 
El cáncer la podría matar pero jamás la podría vencer.


PD: és l'únic que puc (i necessito) fer per dir-te com t'estimo i com em sento.

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