Arroz. Océano. Algas
Unos dedos recorrían mi espalda con movimientos irregulares, difíciles de predecir. Un escalofrío inundaba mi columna vertebral, un leve estremecimiento, al principio de placer, un placer que en unos segundos se transformó en incomodidad. Su otra mano pasó por mi costado derecho rozando toda mi piel a su paso hasta llegar a la espalda y se sumó en el vaivén de caricias.
Llamó mi atención con su nariz, dando un ligero toque a la mía. Siempre es un aviso previo a un beso. Sus ojos azules se clavaron en mi, primero grandes, abiertos redondos, parecían no tener fin. Bajó ligeramente las cejas de manera inconsciente convirtiendo la profundidad en deseo. Por un instante me pareció ver otros ojos, verdes como un campo de arroz que se mece con el viento. Sus labios callaron mis confusiones.
Mientras nuestras lenguas se visitaban le agarré un pecho. No era muy grande, cabía completamente en la palma de mi mano, era un pecho duro. Un pezón bastante largo se escabullía en el espacio entre mis dedos y apuntaba al cielo. Dejé de besarla, cambié mis prioridades y deslicé mi lengua, bien húmeda, entre sus pechos.
Sonia me cogió la barbilla con la mano reclamando la atención de mis labios. Yo, desobediente, la empujé a la cama y recorrí el camino invisible que se trazaba desde sus largos pezones hasta sus piernas. Su cadera se movía erráticamente, la respiración se le aceleraba, "No pares", gemía "No pares Vivi". Quedé paralizado un segundo, "solo ella me llama Vivi en la cama". Vi unos ojos ahora verdes de nuevo.
Intenté disimular mi turbación. Me lancé a sus labios y a la vez que mi lengua empezaba a rozar la suya, la penetraba suavemente y ella, por puro goce, cerraba ese ventanal al océano que habitaba pegado a su cara. "No te desconcentres" me decía a mí mismo. Pero la sensación de traición era imposible de distraer, en cada gesto, en cada gota de sudor, en cada mirada, en cada condón yacía una gota agria. Pero la sonrisa y la calidez de Sonia me invitaban a endulzarlo, aunque fuera solo un poquito. Alguna vez lo conseguía.
- ¿Javi, Quieres que paremos?
No dejaba de sonreir. Me amaba, sabía como tratarme, me calibraba primero y actuaba después.
- ¿En serio? Si quieres...
- Si quieres podemos parar y hablar. Hablar un poco estaría bien.
Salí y me puse a su lado estirado de costado mirándola y acariciando su pelo. Todavía tenía el pene erguido. Me sentía enfadado, quizás por la interrupción, aunque no tuviera derecho a estarlo, al fin y al cabo, estaba en otro lugar. Intenté mostrarme neutro, no podía ser injusto con ella.
Y aún buscando la indiferencia, no podía obviar sentir que algo dentro mío estaba agujereado, como una cama de madera llena de termitas, que se sostiene, que aguanta, que es fuerte, que se ve bien, pero por dentro hay infinidad de agujeros en los que es imposible saber donde empiezan y donde terminan. Una compleja red de túneles trazada a consciencia y con tiempo. Una cama de madera buena que un día se parte por la mitad. Nadie sabe porqué, hasta que miran dentro. Cuando ya es tarde.
Pero para mí era imposible dejar de pensar en ella, estuviera con quien estuviera, ella estaba presente, con sus grandes ojos verdes, con esa manera de tocarme que hacía que quisiera correrme por cada poro de mi piel, con su compañía, con sus avisos de llegada "en 5 minutos estoy en casa, y te abrazo", su pésima cocina, esa sonrisa de gata traviesa, sus "te quieros" que hacían que algo dentro mío se arreglara cada día que pasaba a su lado. Era aceite para mi vida, todo funcionaba mejor con ella. Sonia lo sabía, y lo comprendía y aceptaba aunque yo nunca se lo hubiera explicado del todo.
Quizás era precisamente eso lo que me cabreaba intensamente. Me enfadaba en los momentos que Sonia no entendía lo que me ocurría, pero la odiaba cuando se daba perfectamente cuenta de todo. Pensándolo, tal vez la quería tanto precisamente por este motivo. Me sentía ambivalente con Sonia.
Cada vez que me había acostado con alguien, sentía la traición de un modo tan claro y repugnante que no me apetecía continuar, todo terminaba después de una noche. Aunque sentía cierta necesidad de probarlo con alguien distinto, alguien nuevo, probar si ese asco hacia mí mismo en algún momento variaba.
Con Sonia pasó algo distinto. Cada vez que besaba a Sonia, que la tocaba, que la follaba, que le sonreía, que le dedicaba mis ocurrencias más bonitas... era como si se lo estuviera haciendo a Lore.
- Creo que es hora de ir dejando algunas cosas atrás, Javi.
De golpe tuve ganas de estallar, de romper la cama y quemarla, de gritar palabras sin sentido, de agarrarme la cabeza y arrancarme el pelo. Pero de mi solo pudo escaparse una silenciosa lágrima de cada ojo, sin sollozos, sin dramas. Sin embargo una lágrima tan real como sus palabras.
"Javier", "Javi" en general, "bichito" para mis padres, "Vivi" para los más allegados. "Vivi" también, pero pronunciado solo por los labios de Lore, tan igual y tan distinto a la vez. "Vivi", que ahora cuelga su sonido en unos nuevos labios preciosos que me llenan de amor y de miedo por dentro.
- Has tenido mi apoyo y mi respeto siempre. Creo que he sido siempre respetuosa con la distancia, con lo que necesitabas explicar y lo que necesitabas callar. He callado cuando debía, he escuchado cuando debía, he preguntado solo -remarcó con un tono fuerte - solo cuando me has dejado. Creo que debemos mover alguna ficha más juntos.
Otra lágrima silenciosa recorría un descenso hacia la punta de mi nariz. Prosiguió.
- Lo de Lore fue terrible...
- No fue sólo que ella muriera - la corté - yo y Lore no estábamos bien.
Ella abrió de nuevo esos ojos que me hechizaban, sorprendida seguramente por haber movido algo en mí, frenó sus palabras, casi ni podía escuchar su respiración, era todo oídos.
- Incluso creo que deseé en algunos momentos que ocurriera, de manera inconsciente, como una solución rápida, "plof" - hice un gesto con las manos cómo cuando un mago hace desaparecer a un conejo de una chistera - "Ya no está Lore, no existe, continúa con tu vida Javi". Y al final se fue. Discutíamos tan a menudo... era insoportable. La semana anterior a su muerte le propuse dejarlo, separarnos. Ella lo encajó fatal, aunque sabía que no era feliz con las cosas tal cuál las llevábamos. Me pidió un ultimátum, hablamos de cambios que debíamos hacer los dos para mejorarnos, para potenciarnos, para volver a sentir que crecíamos juntos. Yo creía que ya era tarde, que no se podía hacer más, así que no me esforcé demasiado, fue un ultimátim de plástico para mí. Ella estuvo muy estresada esa semana, creo que se daba cuenta de que yo lo daba por perdido, y ella se esforzaba, se la veía ilusionada, luchando, haciéndome feliz. Ese día, por la noche volvimos a hablar, tomando vino, sentados juntos en el balcón como una pareja perfecta, me dijo que yo la hacía más feliz que cualquier otra cosa en el mundo, incluso si no funcionaba, hacer las cosas simplemente para mí era suficiente, la llenaba darme, sin más. No supe reaccionar, no dije nada, miré al suelo, distraído, ajeno a sus palabras. Ella lloró, fue al baño, se encerró, yo me fui al balcón a fumar, a beber... - quedé en silencio unos segundos, sentí que algo me quemaba por dentro -¡Tardé una hora en echarla de menos y preguntarme qué ocurría! ¡Una hora! ¿entiendes?
Las lágrimas salían de manera descontrolada, estaba rojo, encendido, en ese mismo instante me odiaba profundamente. La cara de Sonia estaba visiblemente turbada, tenía la sensación de que le temblaban los ojos, el océano se movía con un oleaje violento.
- Me sentía doblemente culpable, porqué la quería, sin duda alguna la quería, y la eché a perder, la pudrí lentamente y dejé que muriera...
- Pero tú no...
- Sí, Sonia, podemos maquillarlo cómo sea. Tuvo un infarto a quince segundos de mi silla y cuando la fui a buscar llevaba casi una hora muerta. Esta es la realidad. Sí, la dejé morir, porqué la podría haber salvado, la podrían haber salvado. Aunque eso es algo que nadie me reprochó, ni nadie lo va a hacer, se podría haber salvado Sonia, y ahora mi vida sería otra muy distinta, lejos de nuestro malestar del día a día, el sufrimiento que le ocasionaba, que nos ocasionábamos. Ahora podríamos ser felices.
Hubo un minuto de silencio, podría jurar que exacto, un minuto de respeto a los muertos en el que dejamos de mirarnos. No pude evitar transportarme en el baño de nuestra antigua casa, ella en el suelo con los ojos abiertos y la boca abierta. Su verde vivo se había oscurecido, cuando la vi, supe enseguida que estaba muerta, ahora los campos vivos de arroz se habían convertido en algas verdes y oscuras, y segundo a segundo se iban secando y oscureciendo más. Recuerdo mi cabeza estallando en mil pedazos, aterrorizado, aturdido, llamando a emergencias, todo era extraño, recuerdo que parecía un sueño, todo era tan irreal, incluso ahora, pensarlo me resultaba un producto de una mala noche.
Tenía la sensación de que Sonia también tenía ganas de llorar, no se si por lo mis palabras, o por la muerte de Lore que ella también sufrió a su manera, o por verme a mí tan loco. Intenté enfriar mi cabeza, Sonia era lo mejor que me había brindado la vida en mucho tiempo, no quería entristecerla. Me calmé, respiré hondo, continué.
- Doblemente culpable, decía, porqué al morir Lore me convertí en el foco de todos los abrazos, de todo el cariño, yo era la gran víctima. Incluso sus padres sintieron más lástima por mi que por ellos, que acababan de perder a su única hija. Era patético. No tenía derecho a sentirme así, abatido, destrozado. No tenía derecho a ocupar esa silla. Yo tenía planeado echarla de mi vida, y al final la vida me la arrebató. Verdad es que estaba deshecho, fuera de mi mismo. Entonces sentí que le debía algo. Sentí que debía continuar la lucha que ella había dejado a medias, decidí deberle fidelidad. Decidí no amar a nadie más. Decidí amarla como merecía. Me hice a mí mismo un conjuro, una maldición. Y no se si por mi obsesión en cumplir mi promesa o por incapacidad, conocía a gente, sí, pero nadie podía ocupar su lugar de ninguna manera. Pero entonces...
- Llegué yo - Hizo una mueca y una señal de victoria. Sonreí con sinceridad.
- Tu ya estabas, pero te convertiste en algo inesperado. Algo muy bueno, que ha movido los cimientos que había construído tras su muerte - Me acerqué y la besé, me sentí cercano a ella, sentí calor, ganas de abrazarla y dormir con ella un año entero.
- Supongo que tú mismo ya te lo habrás repetido mil veces, que tu no has matado a nadie, que nadie es el responsable de esta desgracia. Hciste lo que pudiste cuando pudiste. Lo único de lo que eres responsable es de tu sufrimiento, del punto en el que te has situado en tu cabeza, de lo que crees que mereces, de quién piensas que eres por lo que le ocurrió a Lore. Tu pecado es haber decidido torturarte de por vida, no otra cosa. Creo que has pagado tu precio, tu dolor ha sido real. ¿Cúando vas a empezar a terminar con tu agonía?
- Ya he empezado a terminar con mi agonía por Lorena - así empezarí a llamarla a partir de ese día, Lorena, ya no mi Lore, sino Lorena - Empecé a terminar con mi agonía cuando empecé a estar contigo, poco a poco lo voy consiguiendo. Diste un giro a mi vida, he vuelto a sentir algo que pensaba que había muerto para siempre en mí.
- Te agradezco la parte que me toca, y me haces feliz dicíendome esto, pero entonces ¿cuando vas a acabar de torturarte?
- No lo sé, quizás nunca, pero por lo menos hoy puedo decir con fuerza de que he empezado a ser feliz. Algo acaba de comenzar Sonia, y algo empieza a terminar.
Llamó mi atención con su nariz, dando un ligero toque a la mía. Siempre es un aviso previo a un beso. Sus ojos azules se clavaron en mi, primero grandes, abiertos redondos, parecían no tener fin. Bajó ligeramente las cejas de manera inconsciente convirtiendo la profundidad en deseo. Por un instante me pareció ver otros ojos, verdes como un campo de arroz que se mece con el viento. Sus labios callaron mis confusiones.
Mientras nuestras lenguas se visitaban le agarré un pecho. No era muy grande, cabía completamente en la palma de mi mano, era un pecho duro. Un pezón bastante largo se escabullía en el espacio entre mis dedos y apuntaba al cielo. Dejé de besarla, cambié mis prioridades y deslicé mi lengua, bien húmeda, entre sus pechos.
Sonia me cogió la barbilla con la mano reclamando la atención de mis labios. Yo, desobediente, la empujé a la cama y recorrí el camino invisible que se trazaba desde sus largos pezones hasta sus piernas. Su cadera se movía erráticamente, la respiración se le aceleraba, "No pares", gemía "No pares Vivi". Quedé paralizado un segundo, "solo ella me llama Vivi en la cama". Vi unos ojos ahora verdes de nuevo.
Intenté disimular mi turbación. Me lancé a sus labios y a la vez que mi lengua empezaba a rozar la suya, la penetraba suavemente y ella, por puro goce, cerraba ese ventanal al océano que habitaba pegado a su cara. "No te desconcentres" me decía a mí mismo. Pero la sensación de traición era imposible de distraer, en cada gesto, en cada gota de sudor, en cada mirada, en cada condón yacía una gota agria. Pero la sonrisa y la calidez de Sonia me invitaban a endulzarlo, aunque fuera solo un poquito. Alguna vez lo conseguía.
- ¿Javi, Quieres que paremos?
No dejaba de sonreir. Me amaba, sabía como tratarme, me calibraba primero y actuaba después.
- ¿En serio? Si quieres...
- Si quieres podemos parar y hablar. Hablar un poco estaría bien.
Salí y me puse a su lado estirado de costado mirándola y acariciando su pelo. Todavía tenía el pene erguido. Me sentía enfadado, quizás por la interrupción, aunque no tuviera derecho a estarlo, al fin y al cabo, estaba en otro lugar. Intenté mostrarme neutro, no podía ser injusto con ella.
Y aún buscando la indiferencia, no podía obviar sentir que algo dentro mío estaba agujereado, como una cama de madera llena de termitas, que se sostiene, que aguanta, que es fuerte, que se ve bien, pero por dentro hay infinidad de agujeros en los que es imposible saber donde empiezan y donde terminan. Una compleja red de túneles trazada a consciencia y con tiempo. Una cama de madera buena que un día se parte por la mitad. Nadie sabe porqué, hasta que miran dentro. Cuando ya es tarde.
Pero para mí era imposible dejar de pensar en ella, estuviera con quien estuviera, ella estaba presente, con sus grandes ojos verdes, con esa manera de tocarme que hacía que quisiera correrme por cada poro de mi piel, con su compañía, con sus avisos de llegada "en 5 minutos estoy en casa, y te abrazo", su pésima cocina, esa sonrisa de gata traviesa, sus "te quieros" que hacían que algo dentro mío se arreglara cada día que pasaba a su lado. Era aceite para mi vida, todo funcionaba mejor con ella. Sonia lo sabía, y lo comprendía y aceptaba aunque yo nunca se lo hubiera explicado del todo.
Quizás era precisamente eso lo que me cabreaba intensamente. Me enfadaba en los momentos que Sonia no entendía lo que me ocurría, pero la odiaba cuando se daba perfectamente cuenta de todo. Pensándolo, tal vez la quería tanto precisamente por este motivo. Me sentía ambivalente con Sonia.
Cada vez que me había acostado con alguien, sentía la traición de un modo tan claro y repugnante que no me apetecía continuar, todo terminaba después de una noche. Aunque sentía cierta necesidad de probarlo con alguien distinto, alguien nuevo, probar si ese asco hacia mí mismo en algún momento variaba.
Con Sonia pasó algo distinto. Cada vez que besaba a Sonia, que la tocaba, que la follaba, que le sonreía, que le dedicaba mis ocurrencias más bonitas... era como si se lo estuviera haciendo a Lore.
- Creo que es hora de ir dejando algunas cosas atrás, Javi.
De golpe tuve ganas de estallar, de romper la cama y quemarla, de gritar palabras sin sentido, de agarrarme la cabeza y arrancarme el pelo. Pero de mi solo pudo escaparse una silenciosa lágrima de cada ojo, sin sollozos, sin dramas. Sin embargo una lágrima tan real como sus palabras.
"Javier", "Javi" en general, "bichito" para mis padres, "Vivi" para los más allegados. "Vivi" también, pero pronunciado solo por los labios de Lore, tan igual y tan distinto a la vez. "Vivi", que ahora cuelga su sonido en unos nuevos labios preciosos que me llenan de amor y de miedo por dentro.
- Has tenido mi apoyo y mi respeto siempre. Creo que he sido siempre respetuosa con la distancia, con lo que necesitabas explicar y lo que necesitabas callar. He callado cuando debía, he escuchado cuando debía, he preguntado solo -remarcó con un tono fuerte - solo cuando me has dejado. Creo que debemos mover alguna ficha más juntos.
Otra lágrima silenciosa recorría un descenso hacia la punta de mi nariz. Prosiguió.
- Lo de Lore fue terrible...
- No fue sólo que ella muriera - la corté - yo y Lore no estábamos bien.
Ella abrió de nuevo esos ojos que me hechizaban, sorprendida seguramente por haber movido algo en mí, frenó sus palabras, casi ni podía escuchar su respiración, era todo oídos.
- Incluso creo que deseé en algunos momentos que ocurriera, de manera inconsciente, como una solución rápida, "plof" - hice un gesto con las manos cómo cuando un mago hace desaparecer a un conejo de una chistera - "Ya no está Lore, no existe, continúa con tu vida Javi". Y al final se fue. Discutíamos tan a menudo... era insoportable. La semana anterior a su muerte le propuse dejarlo, separarnos. Ella lo encajó fatal, aunque sabía que no era feliz con las cosas tal cuál las llevábamos. Me pidió un ultimátum, hablamos de cambios que debíamos hacer los dos para mejorarnos, para potenciarnos, para volver a sentir que crecíamos juntos. Yo creía que ya era tarde, que no se podía hacer más, así que no me esforcé demasiado, fue un ultimátim de plástico para mí. Ella estuvo muy estresada esa semana, creo que se daba cuenta de que yo lo daba por perdido, y ella se esforzaba, se la veía ilusionada, luchando, haciéndome feliz. Ese día, por la noche volvimos a hablar, tomando vino, sentados juntos en el balcón como una pareja perfecta, me dijo que yo la hacía más feliz que cualquier otra cosa en el mundo, incluso si no funcionaba, hacer las cosas simplemente para mí era suficiente, la llenaba darme, sin más. No supe reaccionar, no dije nada, miré al suelo, distraído, ajeno a sus palabras. Ella lloró, fue al baño, se encerró, yo me fui al balcón a fumar, a beber... - quedé en silencio unos segundos, sentí que algo me quemaba por dentro -¡Tardé una hora en echarla de menos y preguntarme qué ocurría! ¡Una hora! ¿entiendes?
Las lágrimas salían de manera descontrolada, estaba rojo, encendido, en ese mismo instante me odiaba profundamente. La cara de Sonia estaba visiblemente turbada, tenía la sensación de que le temblaban los ojos, el océano se movía con un oleaje violento.
- Me sentía doblemente culpable, porqué la quería, sin duda alguna la quería, y la eché a perder, la pudrí lentamente y dejé que muriera...
- Pero tú no...
- Sí, Sonia, podemos maquillarlo cómo sea. Tuvo un infarto a quince segundos de mi silla y cuando la fui a buscar llevaba casi una hora muerta. Esta es la realidad. Sí, la dejé morir, porqué la podría haber salvado, la podrían haber salvado. Aunque eso es algo que nadie me reprochó, ni nadie lo va a hacer, se podría haber salvado Sonia, y ahora mi vida sería otra muy distinta, lejos de nuestro malestar del día a día, el sufrimiento que le ocasionaba, que nos ocasionábamos. Ahora podríamos ser felices.
Hubo un minuto de silencio, podría jurar que exacto, un minuto de respeto a los muertos en el que dejamos de mirarnos. No pude evitar transportarme en el baño de nuestra antigua casa, ella en el suelo con los ojos abiertos y la boca abierta. Su verde vivo se había oscurecido, cuando la vi, supe enseguida que estaba muerta, ahora los campos vivos de arroz se habían convertido en algas verdes y oscuras, y segundo a segundo se iban secando y oscureciendo más. Recuerdo mi cabeza estallando en mil pedazos, aterrorizado, aturdido, llamando a emergencias, todo era extraño, recuerdo que parecía un sueño, todo era tan irreal, incluso ahora, pensarlo me resultaba un producto de una mala noche.
Tenía la sensación de que Sonia también tenía ganas de llorar, no se si por lo mis palabras, o por la muerte de Lore que ella también sufrió a su manera, o por verme a mí tan loco. Intenté enfriar mi cabeza, Sonia era lo mejor que me había brindado la vida en mucho tiempo, no quería entristecerla. Me calmé, respiré hondo, continué.
- Doblemente culpable, decía, porqué al morir Lore me convertí en el foco de todos los abrazos, de todo el cariño, yo era la gran víctima. Incluso sus padres sintieron más lástima por mi que por ellos, que acababan de perder a su única hija. Era patético. No tenía derecho a sentirme así, abatido, destrozado. No tenía derecho a ocupar esa silla. Yo tenía planeado echarla de mi vida, y al final la vida me la arrebató. Verdad es que estaba deshecho, fuera de mi mismo. Entonces sentí que le debía algo. Sentí que debía continuar la lucha que ella había dejado a medias, decidí deberle fidelidad. Decidí no amar a nadie más. Decidí amarla como merecía. Me hice a mí mismo un conjuro, una maldición. Y no se si por mi obsesión en cumplir mi promesa o por incapacidad, conocía a gente, sí, pero nadie podía ocupar su lugar de ninguna manera. Pero entonces...
- Llegué yo - Hizo una mueca y una señal de victoria. Sonreí con sinceridad.
- Tu ya estabas, pero te convertiste en algo inesperado. Algo muy bueno, que ha movido los cimientos que había construído tras su muerte - Me acerqué y la besé, me sentí cercano a ella, sentí calor, ganas de abrazarla y dormir con ella un año entero.
- Supongo que tú mismo ya te lo habrás repetido mil veces, que tu no has matado a nadie, que nadie es el responsable de esta desgracia. Hciste lo que pudiste cuando pudiste. Lo único de lo que eres responsable es de tu sufrimiento, del punto en el que te has situado en tu cabeza, de lo que crees que mereces, de quién piensas que eres por lo que le ocurrió a Lore. Tu pecado es haber decidido torturarte de por vida, no otra cosa. Creo que has pagado tu precio, tu dolor ha sido real. ¿Cúando vas a empezar a terminar con tu agonía?
- Ya he empezado a terminar con mi agonía por Lorena - así empezarí a llamarla a partir de ese día, Lorena, ya no mi Lore, sino Lorena - Empecé a terminar con mi agonía cuando empecé a estar contigo, poco a poco lo voy consiguiendo. Diste un giro a mi vida, he vuelto a sentir algo que pensaba que había muerto para siempre en mí.
- Te agradezco la parte que me toca, y me haces feliz dicíendome esto, pero entonces ¿cuando vas a acabar de torturarte?
- No lo sé, quizás nunca, pero por lo menos hoy puedo decir con fuerza de que he empezado a ser feliz. Algo acaba de comenzar Sonia, y algo empieza a terminar.
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