- Yo quería ser escritora – Explicaba Sara, mientras removía
el café con leche, que era más bien leche con café, un “manchadito” lo
bautizaba. Su mirada estaba posada absorta en ese mismo movimiento circular,
constante, casi calculado, casi perfecto – Entonces me dije a mí misma, “si
estudias literatura, tu única salida va a ser o bien ser profesora, o bien
estar en una editorial corrigiendo manuscritos de otras personas”. Y ahí caí,
pensé en hacer periodismo. Al fin y al cabo, si todo iba bien, me dedicaría
sobre todo a escribir ¿cierto?
David asentía con interés. Él ya se había tomado su segundo
cortado y estaba con inquieto dudando sobre si pedir el tercero. “¿Debería
esperar que ella se acabe el primero?”. Iba cambiando de postura cada dos por
tres. Estaba nervioso. Deseaba más que nada en el mundo dar una buena primera
impresión. La chica le gustaba, le gustaba de verdad, y hacía muchísimo que
nadie le llamaba realmente la atención como lo hacía Sara. A pesar que lo primero
que le gustó fueron sus fotografías, cuando empezó a hablar con ella vio
enseguida que era mucho más que una cara bonita. David era ducho en las citas,
siempre sabía cómo agradar. Pero con Sara parecía haber perdido completamente
esa habilidad. ¿Se le notaría que estaba tan nervioso? Pero lo cierto es que
Sara estaba tan enfrascada contando el relato de su vida, que apenas paraba
atención a los nervios de David.
- Bien, pues durante los cuatro años que duró la carrera, me
estuve diciendo a mí misma cada día que estaba cometiendo un error. En
periodismo digamos que la parte artística de la escritura brilla por su
ausencia. La mayoría de mis compañeros simplemente estaban allí con el deseo de
salir por la tele, ser famosos. Da igual que fuera haciendo el imbécil como los
presentadores de Telecinco. Unos querían ser famosos a toda costa, otros
querían cobrar una cantidad importante de dinero, pero podríamos decir que casi
todos buscaban ambos objetivos.
- Sin embargo acabaste la carrera.
- Sin embargo, acabé y odié la carrera y después de algunos
trabajillos de becaria acabé redactando artículos para el diario Público.
- Conseguiste lo que querías.
- Hay que tener mucho cuidado con lo que una desea… - Sara
levantó la mirada de la taza para fijarse en los ojos de David, sonrió,
seduciéndole. A David se le paró el corazón. “Ahora sí se dio cuenta”, y
efectivamente, Sara se dio cuenta de que estaba nervioso “Pero es mono” pensó.
La primera vez que follaron fue en casa de Sara. Ella vivía
sola en un apartamento en el barrio de Gracia. Dos habitaciones, un comedor con
cocina, baño y un pequeño balcón en el que salía a fumar cuando iba falta de
lucidez para escribir. David vivía en Sant Andreu con dos amigos con los que
llevaba compartiendo piso desde hacía ocho años.
Cuando David entró por primera vez en el apartamento de
Sara, quedó completamente sorprendido. Especialmente por el contraste que se
sucedía de ver la fachada de la finca que uno podía pensar que en cualquier momento
podía venirse abajo todo el edificio. Cuando entrabas en el rellano, la sensación
no mejoraba. Fácilmente uno podía pensar que era el hogar perfecto de ratas,
cucarachas y otros seres todavía por descubrir.
El ascensor parecía
más viejo incluso que el propio edificio. Sin embargo, cuando cruzó el umbral
de la puerta de casa de Sara, pareció como si hubiera entrado en un nuevo
mundo, como si ese fuera el portal al País de las Maravillas. Tras esa puerta
de apariencia neolítica, se escondía el plató de una revista de diseño de
interiores. Parecía como si nunca nadie hubiera vivido allí. Sara hizo un breve
“tour” por el lugar. David bromeó:
- Vaya, ¿todo esto lo has preparado por si venía a tu casa?
Pero Sara no entendió a qué se refería. David tuvo que aclarar
que lo decía por el orden y la limpieza. ¿Acaso la gente no tenía su casa
limpia? Se preguntaba Sara. Quizás hacía
demasiados años que Sara no iba a casa de nadie. Quizás hacía demasiado tiempo
que nadie iba a casa de Sara.
Se quedaron en el comedor y ella le ofreció una cerveza.
David iba mirando incómodo alrededor, no sabía dónde sentarse para no romper la
harmonía del ambiente. Hasta los cojines del sofá parecían planchados, recién
salidos de la fábrica. Todo olía de maravilla. Sara se percató que David estaba
buscando el origen de la fragancia.
-Es el ambientador – se adelantó - Lleva canela, clavo,
vainilla y ébano.
David puso cara de sorprendido
-Es que te he visto que estabas olisqueando en el aire.
Parecía que Sara podía leer todos sus movimientos. Era como
un robot. No sabía si maravillarse o asustarse. David siempre había sido un
chico hermético, poco dado a conversar. Y notaba que Sara tenía el control,
que, extrañamente, lo dominaba sin conocerlo.
Fue en la octava cita en la que se atrevió a apodarla.
Salían de cenar de un restaurante japonés que se escondía en una callejuela al
lado del Hospital Clínic, regentado por un señor mayor de Osaka, que se
dedicaba a la fotografía hasta que se enamoró, primero de España, y después de
Barcelona y de una barcelonesa. Uno no sabe cuál de los amores fue primero.
David iba a cruzar por en medio de la calle Provença tras asegurarse que no
había riesgo alguno de ser atropellado por coches ni bicicletas. Sara le agarró
del brazo y le señaló un punto a pocos metros de dónde se encontraba y le dijo
“por allí debemos cruzar”. A David le parecía gracioso la necesidad que tenía
Sara de cumplir con todas las normas y protocolos, especialmente que lo
expresara a modo de orden social y no tanto como una sugerencia. No sabía si
hacerle caso o estirarla para obligarle a cruzar en rojo. Aunque viendo la cara
de Sara, prefirió acompañarla hasta el paso de cebra y esperar a que el
semáforo de peatones se pusiera verde.
Llegaron a casa de Sara. Mientras ella servía dos copas de
vino, David jugueteaba con dos velas que estaban en una estantería en el
comedor. Cuando ella regresó con las copas David dejó las velas para poder
aguantarle las copas y que pudiera poner un par de posavasos. Acto seguido Sara
recolocó milimétricamente las velas en el punto exacto en el que estaban antes
que David las tocara. Fue allí cuando le espetó:
-¡Guau! Realmente eres bien nórdica.
Sara no supo si tomárselo como un halago o como un insulto,
así que le pidió aclaraciones. David se puso nervioso y lo que tenía que ser la
descripción de un mero carácter de personalidad se acabó convirtiendo en una
retahíla de situaciones en las que Sara demostraba ser demasiado estricta,
obsesiva, cuadrada, calculadora, perfeccionista u ordenada. A Sara no le sentó
nada bien, pero especialmente le molestó porque se sentía perfectamente
identificada. Tuvieron su primera discusión, breve, poco intensa. La manera de
zanjarla fue cuando David se pudo expresar de manera más honesta.
-Sarita, a mí me gustas así, nórdica. Con tus manías
aprendo. Eres mí nórdica.
Pero a Sara, que era una fanática de la lingüística, tampoco
le gustó que utilizara la palabra “manías”. Quizás “costumbres” hubiera sido
mejor. Tampoco acababa de entender cómo ser ordenada podía ser motivo de burla.
¿Qué pasaba con los del sur? ¿Acaso eran unos cerdos, caóticos y
desconsiderados? Aun así ese se convirtió en su primer apodo cariñoso, el
primero que le habían dicho auténtico,
genuino y dedicado completamente a ella. Nada de “bichito”, “amor”, “corazón” y
otras barbaridades convencionales, ordinarias, insoportables.
“Nórdica”, le gustaba. Y él, por antonomasia, pasó a ser su
“sureño”.
Pasaron tres meses de pasión y comprensión y decidieron que
lo suyo solo podía mejorar si se iban a vivir juntos. Obviamente, en casa de
Sara. Ella no se imaginaba en ningún otro lugar del mundo. Había ido
construyendo su nido y su harmonía, y poco a poco su barrio se iba ido
acoplando a esa visión de lo que es el terreno seguro. Sara era poco dada a
explorar y descubrir nuevos sitios. Le gustaba lo conocido, y las pocas
experiencias que tenía fuera de lo conocido, siempre iban mal. Si conocía un
restaurante, bueno y bonito ¿para qué había que ir a probar otro? Así que,
hasta que no llegó su sureño en su vida, vivía en absoluta felicidad en el Día
de la Marmota. Se entiende que, siendo así, fuera su única y mejor amiga, la
única que había tenido desde los seis años, la artífice de buscar la manera de
que Sara saliera de su cueva existencial, por lo menos para conocer a un
hombre. Sara estaba completamente en contra, pero Sofía decidió crear un perfil
sin su permiso, hasta que le consiguió la cita con David, con las suficientes
semanas de antelación como para poder ir convenciéndola de asistir.
Los primeros pasos en la convivencia fueron difíciles, pero
fue una dificultad placiente, un pulso en el que no había ni vencedores ni
perdedores, solo crecimiento. David se sentía como un inmigrante en un reino
nuevo en el que tenía que aprender nuevas normas para adaptarse a la vida en
ese nuevo país. Sara sentía que todo aquello que había construido se
desmoronaba… y sin embargo, sobrevivía y disfrutaba. Eso sí, ese pulso no
estaba exento de conflictos inocentes, pasajeros, algunas quejas, que siempre
acababan con muestras de cariño.
En una de estas situaciones, Sara estaba hablando por
teléfono con Sofía sobre cuánto le molestaba que llegara David a casa del
trabajo, lanzara las llaves en el mueble del recibidor, cerrando la puerta
provocando un estruendo horrendo, tirando la chaqueta en una silla del comedor,
y dejando la mochila aleatoriamente en cualquier habitáculo de la casa. En ese
preciso instante, se escuchaba un portazo que incluso Beethoven podría haber
escuchado, y David se disponía a cumplir religiosamente a proseguir con su
ritual diario, y cuando llegó al comedor y se cruzó con la mirada de
incredulidad de Sara, le dijo “le estás explicando a Sofía que no soportas mi
manera de llegar a casa, ¿verdad?”. Ambos empezaron a reírse. La complicidad
superaba con creces las molestias. Se sincronizaban. Pensaban lo mismo. Hacían
el amor, “mi nórdica” le decía, “mi sureño” respondía.
Un servidor siempre había creído que uno tenía que enamorarse
de los defectos de la persona con la que comparte la vida, antes que de las
cualidades, porque los defectos nunca cambian. Y un “lo puedo soportar” hoy se
convierte en insoportable cuando se espera el tiempo suficiente.
Tras tres años y algunas discusiones de tono menos amigable,
fue Sara quién puso encima de la mesa que “ya no podía soportarlo más”. El día
anterior había ocurrido de nuevo. Se lo había dicho mil veces: “Cuando recojas
los platos, no los amontones, quedan grasientos por debajo. Y si acabas
haciéndolo, límpialos bien”. Habían hablado de eso decenas de veces, a ella le
parecía que millares, a él le parecía que ocurría una vez al mes. Cuando David
hubo puesto un plato encima del otro, se dio cuenta de su error, y se quedó
congelado, mirándola. Ella se tapó la boca con un gesto y se rio, al cabo de unos
segundos, se rio él también. Después ella más fuerte, después él más fuerte, a
carcajadas. No podían parar. Él se meaba de risa y ella empezó a llorar de la
risa, nerviosamente, se le caían las lágrimas por las mejillas, no podía parar
de reír. La complicidad estaba allí, pero tuvo una punzada, esa que ya había
sentido anteriormente, varias veces en los últimos meses. Lloraba de risa, pero
por dentro deseaba llorar de angustia.
Para Sara la relación había sido como unas vacaciones
largas, poder jugar a ser alguien más, poder aprender a hacer cosas distintas.
Pero Sara era el tipo de persona que lo que más le gustaba era trabajar. Se
hacen vacaciones porque se deben hacer, pero no las haría. En los últimos meses
sentía que ya no tenía ganas de estar de vacaciones. Que ya había viajado, que
ya había conocido, echaba de menos su control absoluto, su pequeña dictadura.
-No puede ser verdad – lamentaba David – ¿Me estás diciendo
que se acabará el hablar, se acabará el reír, el llorar? ¿Qué pasará con
nosotros? ¿Qué se supone que haremos nosotros? ¿Qué se supone que haré yo con
este sufrimiento? ¿Cómo continúo con mi vida sin mí nórdica? – Sentía sus dedos
adormecidos, sentía su boca reseca, sus ojos ardían.
David, a pesar de estar descontento en algunos momentos con
las exigencias y la rigidez de Sara, la amaba con todas sus fuerzas. No hay
norte sin sur. Si David perdía su norte, se sentía desubicado. Le dolía
perderla, pero lo que más le dolía es la frialdad con la que Sara rompía con
él. ¿Acaso llevaba tanto tiempo pensándolo, como para poderlo plantear de esa
manera, tan clara, tan despiadadamente coherente y racional? ¿Acaso había sido
un completo desastre en esa relación? No lo entendía, y no entenderlo lo
destrozaba todavía más.
-Eres fría, muy fría. Hasta rompiendo eres nórdica.
Y aquella palabra que la había iluminado, que le había dado
una entidad amorosa, de golpe parecía convertirse en una maldición. Sara tuvo
que aguantarse con toda el alma las ganas de llorar. A esas alturas, lo más
sensato era no desmoronarse delante de él, lo más importante era mantener la
coherencia de su personaje, no salirse de él. Si lloraba se desconocería, y se
necesitaba más que nunca. Sabía que David la estaba transformando, y tenía
miedo de poder llegar a ser alguien que no se gustase a ella misma.
Después de cuatro días sin ver a David, empezó a extrañarlo.
A medida que su casa volvía a ser idéntica a como había sido tres años atrás, Sara
lo iba extrañando exponencialmente. Dónde había habido los objetos, la ropa de
David, volvía a haber los suyos, o nada. Y tanto en unos espacios como en
otros, faltaba algo. ¿Quizás había hecho un cambio y ya no podía volver atrás? A
pesar de eso, no le parecía una excusa suficiente como para volver con él.
Extrañarlo no era suficiente. Amarlo tampoco. No sabía qué necesitaba para
querer volver con él, quizás tampoco podría ya. Pero tenía claro que un
sentimiento no podía ser jamás una razón suficiente, un sentimiento no era una
justificación razonable. Si lo fuera, ¿no sería entonces igual de justificado
matar a alguien por amor? ¿No sería equivalente volver con él al echarlo de
menos que matar a quién se odia?
Llamó a Sofía. Le recomendó que se diera algunos días más,
que era la primera vez que se encontraba en esa situación y que no era fácil.
Qué le diera vueltas. Qué lo escribiera. “¿No habías dicho siempre que tu sueño
era escribir? ¿Que querías dejar de escribir noticias para periódicos? ¿Probar
un estilo nuevo? Aquí tienes materia prima para escribir un cuento, ¡Incluso
una novela!”
Sin pensar, acto seguido llamó a David. Le explicó, por
primera vez, como se sentía. Y era raro, muy raro escucharse a sí misma
desnudándose, hablando de sus miedos, de sus cambios, de sus sueños, de sus
frustraciones, de sus errores, de ese “ella-no-ella”, de no saber quién se es.
David escuchaba aparentemente con atención, sin saber qué responder. Su cabeza
tan solo estaba al servicio de pensar cuál podía ser esa frase perfecta, que
tal vez no existía, para poder volver con ella.
-David, ya no sé si escribir o llorar.
Y él dijo:
-No importa, ambas cosas son la misma.
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