Capítulo 7 - Roberto, 1992

En 1992 yo tenía trece años. Justo había pasado del colegio al instituto, y con todo lo que había vivido con mi madre, mi padre decidió cambiarme de barrio. En el momento en el que tomó la decisión, me dio absolutamente igual no tener conocidos en la clase. Cuando llevaba algunos meses con los nuevos compañeros de clase, empecé a echar de menos a los viejos. Quizás en el colegio mis antiguos compañeros de clase eran más niños, pero por lo menos no pretendían aparentar ser mayores de lo que realmente eran.

Los primeros meses yo iba a mi aire, no tenía muchas ganas de hacerme amigo de personas que no me interesaban, y tampoco estaba demasiado interesado en las chicas. Eso generó cierta aura de misterio alrededor mío, que atraía miradas y curiosidad cuando intervenía en clase, y a la vez generaba cierto respeto, temor, incluso rabia en los sectores más populares de la clase. Tampoco sé muy bien porque. Quizás a esas edades las personas necesitan encasillarte, ¿eres de los buenos o de los malos? ¿De los listos o de los tontos? ¿Vistes como un rapero, un punk o como un pijo? Creo que lo que no gustaba era que no pudieran leerme, no era previsible, no sabían cómo debían dirigirse a mí. Esto lo puedo ver ahora, con la perspectiva que te ofrecen los años. En ese instante no me daba cuenta de la influencia que ejercía mi presencia (o mi falta de ella).

Esa rabia de algunos compañeros se materializó un día que creo que fue crucial en mí vida. De esto va este libro, ¿no? De días cruciales. Estábamos en el patio y se acercó hacía mí el chico más popular, guapo, y por lo tanto, el más imbécil de la clase: Dídac. Había cierta conexión inexorable entre lo popular que era un personaje y su coeficiente intelectual. Desde luego, esta relación es inversa. Creo que esta regla sigue vigente. Bien, yo estaba leyendo en las escaleras que daban entrada al bloque en el que estaban nuestras aulas. Dídac se acercó con una sonrisa sorprendentemente cautivadora y me ofreció un trago de Coca-cola. En ese momento, pequé de ingenuo, pero realmente su expresión facial era de lo más amable e inocente. Levanté la mirada, sonreí, acepté gratamente y se lo agradecí. "Quizás no es tan imbécil como parece", pensé. Me pasó la lata y fue entonces cuando vi que estaban alrededor toda la cuadrilla, incluyendo las “tres Marías” (que era como se hacían llamar las tres chicas más atractivas de la clase), pensé, ingenuamente, que se les había ocurrido incluirme en su grupo. Pensé mal.

Tomé un sorbo de la lata, y acto seguido toda la cuadrilla empezó a reírse. “Mierda” pensé. “Algo tiene esta lata, pero no noto nada distinto en el sabor”. “¡Qué asco!” exclamó Bea, y entre las carcajadas y las caras de asco escuché la palabra “pis”.

Sentí como se paraba el tiempo, todo se enlentecía, veía a todos riéndose y dándose golpes los unos a otros con jolgorio, sonaban como un grupo de chimpancés. Dídac se giraba hacía atrás sonriendo socarronamente, con un aire triunfante que daba ganas de partirle la cara a puñetazos. “Piensa, Robe, piensa, sé rápido, sé tú”, me dije. Alguien del grupo gritó “Roberto es un ‘traga-pis’”. Y en ese instante imaginé un futuro probable en el qué toda mi clase, todo mi curso, y todo mi instituto andaba señalándome y riéndose mientras me decían “traga-pis”. Ese mote sentaba un precedente y podía sentenciar lo que podrían ser cuatro años de vida infernales. Mientras lo imaginaba la ira empezaba a cegarme, tenía ganas de soltar la lata, de escupir en el suelo. Me temblaba la mano con la que sostenía la lata, a pesar de que intentaba que no se notara. Tenía ganas de salir corriendo e irme a llorar en un rincón. “¡Mierda, piensa algo Robe, se acaba el tiempo, piensa coño!”, y algo hizo “clic” en mi cabeza. “Eres más listo que ellos, lo sabes”.

Cogí la lata con fuerza, y mirando fijamente a Dídac, la cabeza pensante (si se puede decir así) , me levanté de los escalones y me la acerqué a los labios la lata y “gluc, gluc, gluc” empecé a beber hasta que me acabé la lata de un trago. La cara de toda la cuadrilla se iba transformando, desde una risa incontrolable a una seriedad sorprendente, con los ojos como naranjas. Estaban alucinando. Cuando hube acabado, me limpié la boca con la manga e hice una exhalación ruidosa, con placer. Miré la lata, la apreté con todas mis fuerzas, abollándola, y la lancé a los pies de Dídac y exclamé “Sabe a pis de marica”, y me largué, mirándolos a todos y cada uno de ellos, desafiándolos.

Es curioso que cuando superas en inteligencia a alguien, necesita poder demostrar su superioridad como ser humano de alguna manera, normalmente a través de la fuerza, como si fueran comparables. Esperaba que Dídac viniera a por mí, lo presentía. Además, quitando mérito a mi sagacidad, antes de atacarme gritó “¿¡A quién llamas marica!?”, me giré y le esquivé el golpe. Sus amigos, en lugar de alentarle para pegarme, se acercaron y lo frenaron, “¡Para!” le decían “¡Te van a expulsar!”, pero Dídac no atendía a razones. Me quedé quieto, tranquilo, mirándolo a los ojos, con una cara indiferente, como indicándole que vivíamos en dos mundos distintos, y el suyo claramente era de otra casta, inferior. Su ira iba en aumento, intentaba zafarse para poder pegarme.

Por suerte los profesores no tardaron en llegar y a poner fin a la disputa. Se aclaró rápidamente toda la situación y varios de sus compañeros confirmaron mi versión de los hechos. Algunos negaron que él se hubiera meado en la lata. Nunca supe a ciencia cierta si había sido así o no, pero dado el historial de Dídac, los profesores creyeron más en esa versión de los hechos y lo expulsaron del instituto durante tres semanas.

Con el tiempo, creo que esta anécdota cambió el rumbo de mí vida en el instituto. Con los meses la historia creció, como en el juego del teléfono y se fueron añadiendo detalles inverosímiles. Incluso se crearon rumores nuevos, que ni desmentía ni afirmaba. A partir de ese día conseguí a mis primeros amigos, y ya nunca nadie se atrevió a gastarme una broma. Era intocable. Loco, pero intocable.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden