Vacuum & Miles
No podía sacar la cabeza del inodoro. Jhonny Crews se había
pasado de nuevo. No era una sensación desconocida en él, más bien era algo
habitual, semanal, casi rutinario aunque nunca planeado. Algunos días esnifaba
una raya cuando detectaba que se había pasado con el bourbon. Esa raya era un
estabilizante que eliminaba las náuseas de una sola inspiración, y disipaba
toda señal de exceso etílico. Pero a veces no había cocaína y a veces ya se
había cruzado un punto de no retorno en el que la única opción viable para el
cuerpo para sobrevivir era expulsando todo lo que pudiera.
Curiosamente Johnny Crews se levantaba al día siguiente como
una rosa. La palabra “resaca” no existía en su vocabulario. Tenía un hígado
forjado con los mejores tejidos de Dios, a prueba de bombas. A veces sus
parroquianos le advertían “Crewy, algún día el hígado no te perdonará”, pero el
siempre respondía, condescendiente, burlón “pues que se pudra, si me ha salido
rencoroso, el hijo puta”.
Crews trabajaba en una tienda en la que exclusivamente
vendían aspiradoras. De todo tipo y para todas las necesidades. Gran parte del
negocio era la venta y mantenimiento de aspiradores para empresas con grandes
espacios o almacenes. Prácticamente toda la ciudad era cliente de “Vacuum &
Miles”, cuyo jefe, Robert Miles era un engreído, un déspota, un narcisista casi
retrasado mental, que vivía de los grandes beneficios de la empresa que fundó
dilapidando la herencia de su familia, pero que finalmente llegó a la cima
gracias a su mano derecha, Benjamin Spinoza, que a pesar de compartir apellido
de filósofo, su mente no era para nada filosófica. Eso sí, era un genio con los
números y con una visión empresarial innata. Y digo innata porque nunca fue a
la universidad, y eso le cerró las puertas a numerosos trabajos en la capital,
a pesar de haber demostrado sobradamente el gran beneficio que había generado
en “Vacuum & Miles”. Robert Miles era tan jodidamente engreído que incluso
llegó a pensar que no necesitaba a Ben y lo echó a la puta calle. ¿El motivo?
Creo que jamás lo llegó a verbalizar, pero probablemente era un acto de envidia
pasajera al contactar con su propia estupidez e inutilidad y en ese afán de
querer demostrarse a sí mismo la tesis contraria a lo evidente, lo despidió
para ver que podía funcionar sin la cabeza pensante.
Pero “Vacuum & Miles” sin Benjamin Spinoza era como
cagar en el suelo del comedor. Una mierda en el lugar equivocado. Fue
precisamente Jhonny Crews el que insistió, temiendo por su puesto de trabajo,
que era un error trabajar sin Spinoza. Por alguna extraña razón, Crewy era el único
tipo que el Sr. Miles toleraba. Realmente era un vendedor jodidamente bueno.
Finalmente tras los peores seis meses de “Vacuum &
Miles” desde su fundación, Robert Miles no tuvo más remedio que tragarse su
orgullo y contratar de nuevo a Ben. Por lo que explicó Ben, jamás hubo una
disculpa, ni siquiera un aumento de suelto, pero Ben lo aceptó de buen gusto.
Casi parecía un puto robot, no había emoción allí dentro, ni voluntades, ni
aspiraciones. La única época en la que intentó progresar fue cuando el Sr.
Miles lo echó, a pesar de eso, como he explicado antes, sus aspiraciones sin el
título correspondiente, no llegaban a ningún puerto. Finalmente se planteó
entrar en la universidad, pero poco antes del período de matriculación lo
volvieron a contratar, y se quedó la mar de feliz en su puesto conocido.
Así pues, casi podríamos decir que Ben y Robert estaban
condenados a estar juntos laboralmente para siempre.
Por suerte y alegría de todos, tras ese episodio de crueldad
hacía su trabajador estrella, decidió ir apareciendo cada vez menos puesto que
su imbecilidad había quedado patente, ya no tenía sentido pretender. Solo
aparecía una vez cada dos o tres semanas y repetía las mismas preguntas como un
loro, “¿Qué tal van las ventas? ¿Todo va bien? ¿Algún cliente nuevo?” y si
querías podías repetirle cada semana lo mismo, ni se daba cuenta ni le
importaba. Un buen flujo de dinero entraba un mes en su cuenta sin que hiciera
nada. ¿Para qué preocuparse más? A veces entraba e intentaba dar una lección a
todo el mundo de cómo optimizar su trabajo, y todos sabían que lo mejor era
asentir y seguir haciendo lo que hacían siempre. A veces cambiaba algún cuadro
de sitio, reñía a alguien por tener el escritorio desordenado. Cosas así.
Pero la otra cara del éxito de “Vacuum & Miles” era
Jhonny Crews, un vendedor cojonudo, con unas habilidades sociales y de
persuasión fuera de lo común y que solo utilizaba en el trabajo. Fuera del
trabajo se comportaba como un cretino, y le gustaba. Si bien es cierto que cada
vez su trabajo era menos importante, puesto que con internet y la tienda
online, la mayoría de ventas eran simplemente recogidas de productos, y las
empresas que ya tenían los servicios contratados tan solo necesitaban contactar
de vez en cuando con el Departamento de Incidencias. El Departamento de
Incidencias era un solo individuo: Marcello Decoco. Un inmigrante italiano que
todos los trabajadores asociaban con la mafia de alguna manera, y no se
equivocaban en nada. Su nombre real era Giovanni Bertolucci, cuya única opción
para escapar de una condena de por vida por asesinatos, robos, extorsiones y
otros delitos, decidió cantar como un pajarillo traidor, como una rata,
entregando a un cabecilla importante, que tenía relación directa con la mafia
Siciliana. Huyó y cambió de nombre, pero no podía cambiar de acento, así que
tenía que su nueva identidad debía ser forzosamente italiana.
Laura Spencer era la administrativa y la “chica para todo”.
Si Jhonny Crews no iba a trabajar, se ocupaba de las ventas, cogía todas las
llamadas del Departamento de Incidencias y muchas veces, las redirigía a la
empresa de aspiradores industriales, sin pasar por Marcello. Ayudaba a Benjamin
Spinoza con las cuentas y el papeleo. Era como el núcleo, el engranaje que
hacía que todo funcionara. Sin ella, se perdían las conexiones. Si había algo
criticable en ella era su disfuncionalidad absoluta fuera del trabajo y su
adicción a la cocaína. Beber, no bebía, “eso es para catetos”, pero la coca
tenía estilo. “Esta misma mierda es la que se mete Brad Pitt, Michael Jordan, e
incluso Bill Clinton. Cualquier persona con algo de dinero y carisma compra
esta mierda”, le decía muchas veces a Jhonny Crews.
Laura y Crewy follaban de vez en cuando. Siempre que Jhonny
tenía algo de cocaína y deseaba compartirla o echar un polvo, tenía a Laura en
la puerta de casa en menos de 10 minutos. A veces, si Jhonny se sentía
utilizado y se cabreaba le decía “mierda, perra, esta mierda tendrá estilo pero
Brad Pitt se paga la suya” y la echaba de casa. Pero no pasaban muchas semanas
hasta que volvía a llamarla para follar, beber, esnifar, pero no necesariamente
en ese orden. Normalmente Jhonny se emborrachaba en el bar y se ponía cachondo
viendo a las adolescentes jugando al billar, entonces llamaba a Laura, y a
veces follaban primero y esnifaban después, y a veces esnifaban primero y
follaban después, dependiendo de si Jhonny podía levantar su fusil. Algunas
veces, follaban esnifando. Era lo puto más.
Algunas veces Laura se quedaba dormir en casa de Jhonny si
veía que estaba muy perjudicado, y se quedaba vigilando para que no se quedara
durmiendo en el baño o ahogado en su propio vómito. Para mantenerse despierta,
cómo no, tenía algo mejor que el café.
Un día, quién se pasó de la raya fue Laura, que mientras
Jhonny estaba agonizando en el váter, ella estaba muriendo de sobredosis,
empezó a convulsionar, el corazón le iba a dos mil por hora, se levantó
corriendo buscando el teléfono para llamar a emergencias. Conocía las
sensaciones, pero siempre habían sido pasajeras, dos, cinco minutos, a veces
diez. Pero tras diez minutos no solo no pasaban si no que empeoraban. Y con el
teléfono en la mano y con el número a marcado, se cayó al suelo mientras en el
altavoz se escuchaba un “¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien allí?”
Y allí ya no quedaba nadie.
Jhonny Crews se despertó al día siguiente durmiendo en el
cuarto de baño, sin acordarse de nada del día anterior hasta que vio el cadáver
frío de Laura Spencer, en bragas, tirada en el suelo. Al inicio no reaccionó.
Pero después de haber llamado a emergencias, en esos diez minutos que
parecieron años el mundo se le vino encima. Resulta que la quería, aunque fuera
a su manera. Jhonny Crews a pesar de ser un nihilista, tenía sentimientos.
Sería de los pocos. Pero para Crewy, en toda su vida, Laura era lo único que
había tenido parecido a una pareja. Así que, a pesar de los pesares y los
intereses mutuos, había algo querido.
Poco después del incidente, en el trabajo se supo todo
acerca de la relación entre Laura y Jhonny, pero nadie le dijo nada, ni le
dieron el pésame ni lo juzgaron ni le hicieron sentir culpable de lo sucedido, como
si no fuera con él, a pesar de que él se consideraba el máximo responsable de
la decadencia de Laura y de la suya propia.
Ese carácter de mierda que caracterizaba a Jhonny pero que
mantenía completamente alejado en el trabajo, empezó a entremezclarse, y a
veces tenía actos de bondad con desconocidos, extrañísimos en él. Incluso dejó
de insultar cada mañana al vagabundo que dormía en la entrada de su edificio,
incluso un día le dejó las sobras de la cena en un tupper. Por el contrario, su
carácter en el trabajo se agrió, empezó a ser desagradable con los clientes y
con los compañeros. Marcello, y Benjamin lo toleraban, pero la chica que sustituyó
a Laura, Audrey Levine, se empezó a quejar: “Sr. Miles, no puede ser que diga a
los clientes que se manden los paquetes a casa, que él está harto de hacer de
conserje. A mí me ha llegado a apodarme chocho bravo, ¿Qué demonios significa
eso?”.
El Sr. Miles, a pesar de que “chocho bravo” le parecía una expresión
hilarante y nueva (aunque no podía decirlo públicamente), no tuvo más remedio
que pedir a Jhonny Crews que se cogiera una baja, temporal de un mes, para
reponer su vida, para poner sus cosas, su cabeza en orden. A Crewy le sentó
como si un perro le hubiera mordido las bolas, pero aceptó. La alternativa era
irse a la calle.
Para optimizar los recursos humanos, el propio Mr. Miles se
puso de cara al público de su negocio, y curiosamente, empezó a hacer algunas
cosas bien. Por lo visto a la gente le gustaba que el hombre que salía en el
cartel que daba a la carretera estuviera realmente dentro de la tienda. Incluso
se atrevió a llamar a Crews en varias ocasiones para pedirle algún consejo para
vender mejor, aparte de preguntarle cada semana cómo estaba.
Jhonny se mostraba algo menos iracundo, aunque sus ganas de
suicidarse habían aumentado. Y cuanto más tiempo pasaba en casa, más ganas
tenía de acabar con todo. Planeaba como hacerlo, y la opción que más le
convencía hasta el momento era hacer una sobredosis de cocaína para así poder
tener un final perfecto. Así cerraría el círculo, la decadente historia de
Jhonny Crews y Laura Spencer, muertos por sobredosis, uno detrás del otro.
A pesar de eso no se atrevía a hacerlo, la imagen del cuerpo
de Laura en el suelo la tenía grabada, y colocar su propio cuerpo en esa imagen
mental le parecía horroroso. ¿Cuánto tardarían en encontrarlo, además? Nadie
iría, tardarían semanas. E imaginó entonces su cuerpo hinchado, putrefacto,
hediento.
Solo el bourbon podía ahogaba la mierda de su cabeza. Así
que el bourbon se convirtió en su mejor amigo. Y por el bourbon le conocí yo.
La verdad es que me convertí en amigo de Crewy por
accidente. Supongo que todas las amistades tienen un cierto rango de accidentalidad.
Pero realmente fue accidental el hecho de que él empezara a contarme su vida
sin que yo realmente tuviera ningún interés en saberla. Me daba igual. A día de
hoy sigo sin tener demasiado interés en relacionarme con él, tampoco con nadie.
No es que sea un tipo que caiga de buenas a primeras, tampoco de segundas, pero
podríamos decir que lo tolero. Quizás esa tolerancia es lo más cercano a una
amistad que ha tenido. Sin embargo, nos seguimos viendo cada dos o tres semanas,
y nuestra amistad se basa en eso, en hablar de cosas realmente profundas y
otras realmente banales sin que realmente importen demasiado a ninguno de los
dos. ¿O acaso a él sí? Tampoco sé
exactamente que ve Crewy en mí, quizás es esa misma ausencia de rechazo, de
malos juicios hacia él que hacen que no quiera romper el vínculo.
Yo solía frecuentar una tienda de barrio en el que vendían
el alcohol a un precio razonable y sin hacer demasiadas preguntas cuando
comprabas demasiado. Era el sitio favorito de los alcohólicos de la zona, un
auténtico basurero humano. Jhonny Crews pasaba por allí de vez en cuando, pero
tras la muerte de Laura Spencer, su presencia en el “Food, Drinks, Stuff”
aumentó considerablemente. Mientras antes solo compraba sus botellas, pagaba y
se iba, en los últimos meses empezó a aparecer casi a diario, y tras la compra
siempre se quedaba media hora o una hora tomando con los vagabundos de la zona,
invitando algunos tragos y después largándose a vaciar la botella consigo mismo.
Uno de estos días al salir de la tienda empecé a escuchar
gritos agonizantes. Pensé que quizás había algún vagabundo apuñalado detrás de
la tienda. Era un clásico, eran como animales callejeros, se mataban entre
ellos por motivos absurdos. Su vida era tan jodidamente absurda y estaban tan
hechos mierda que al día siguiente ni se acordaban del crimen que habían
cometido. Ni siquiera se daban cuenta que el parroquiano muerto no volvía a
beber al día siguiente. Simplemente, desaparecía de sus cabezas, vacías como
los vasos de papel que utilizaban para verter su licor favorito. Con estos
antecedentes, me lo pensé mucho antes de ir a comprobar que es lo que ocurría.
No obstante, por un extraño acto de curiosidad bondadosa y pseudo morbosa,
decidí ir.
Y allí estaba Jhonny Crews, esa cara familiar y demacrada,
en el suelo, lleno de vómito, orina y con otros matices olfativos difíciles de
describir. Lo que más me apetecía hacer era salir de allí corriendo, pero supongo
que me apiadé de un hombre que ya no tenía una dignidad qué perder. Lo que
quedaba allí entre nosotros era tan solo un sentimiento de vergüenza ajena, no
porque él pareciera patético (qué lo parecía) si no era ese tipo de vergüenza
ajena en la que uno siente que no sabe cuándo puede ser que le toque estar allí
tumbado en esas condiciones infrahumanas. ¿Compasión podríamos deicr?
No tengo ni formación médica ni soy un experto en
ahogamientos por vómito, pero me pareció que era una situación suficientemente
alarmante. “Yo no meto la boca aquí” me dije. Uno tiene límites incluso en
situaciones extremas. Pero le agarré el cuerpo mojándome en fluidos varios, lo
tumbé hacia al lado y lo incorporé levemente. Salió una bocanada de vómito y
sangre que era digno de una película de Tarantino. Siempre había pensado que
eran exageraciones. Te lo puedes creer todo.
Lo moví, con una fuerza de la que no me conocía capaz, y lo
dejé en una sombra. Entré de nuevo en “Food, Drinks, Stuff” y compré una
botella de agua fría. Le mojé la cara, la nuca, la ropa… y me quedé por allí
cerca las tres horas que estuvo consciente hasta que empezó a despertar. Dudé
varias veces si llamar a una ambulancia, pero si lo hubiera hecho, me hubiera
tenido que hacer responsable de todos los gastos y eso era un lujo que,
honestamente, no me podía permitir. Por suerte Crewy fue abriendo los ojos a
rachas, bebiendo agua a sorbos, balbuceando monosílabos.
Pensé que lo mejor sería vestirlo de alguna manera, aunque
fuera con una sábana y quitarle toda esa ropa que llevaba encima para llevármelo a casa a ducharle. Les pedí a
un par de vagabundos que rondaban cerca si lo podían vigilar y asegurarse que
fuera bebiendo. Cuando volví, Crews estaba seco y la botella de agua había
desaparecido. Seguramente convertida ya en una pipa de crack improvisada. La
necesidad agudiza el ingenio.
Evidentemente, volví a comprar agua y unas tijeras. Decidí cortarle
la ropa. De ninguna manera pensaba dejar ese olor en el asiento del coche. Lo
envolví en una sábana (que nada más llegar a casa quemé con queroseno) y lo
subí al asiento trasero, dándole un empujón. Noté un gruñido y tras este un
olor ácido y nauseabundo. “¡Joder tío, no me jodas coño!”. Al llegar a casa
estaba un poco más despejado y bajó y fue hasta la puerta de la casa haciendo
eses a pesar de ir acompañado por mí. Lo duché, lo sequé y lo tiré en la cama
del cuarto de invitados. “¿Qué coño estás haciendo Danny?” me dije a mí mismo.
Supongo que no lo sabía, si lo hubiera pensado mucho, no lo hubiera hecho. Pero
no podía dejar de hacer esta pregunta mientras limpiaba la alfombrilla del
coche. Por suerte no manchó el asiento. Ni queriendo podría haber apuntado tan
bien.
El menda no se despertó hasta el día siguiente. Tenía mejor
aspecto, aunque no era difícil. Cuando salió y se vio en el comedor de una casa
desconocida, os podéis imaginar que tenía muchas preguntas, que fue haciendo
poco a poco, desconcertado, intentando interpretar con cierta incredulidad, si
eso fue un acto de bondad humana. Me preguntó por qué lo hice.
-
Porque parecía que te ibas a morir
-
Es que quería morir
-
Supongo que sí. Supongo que por eso no pude
dejarte allí.
No estuvo del todo agradecido, puesto que le había jodido
los planes, pero algo sí. Supongo que no se lleva mucho esto de sacar borrachos
de la calle. Y fue entonces cuando me explicó toda su historia, por lo menos,
la más reciente, a pesar de que le advertí que no tenía por qué hacerlo.
Insistí, de hecho, en que no lo hiciera.
Interpretó ese acto de recogimiento como una señal divina,
un redescubrimiento de Dios. Cuanto más me esforzaba en explicarle que mi vida
no tenía nada de divina, más se empeñaba en hacerme creer que esa humildad era
precisamente lo que me caracterizaba divinamente.
Pocas semanas después volvió al trabajo, sobrio, y volvió a
mi casa con unas pizzas para celebrar su primer sueldo. A pesar de que insistí
varias veces que no hacía falta… bien, ya os imagináis. No hacía falta nada de
nada, pero cada semana lo tenía en la puta puerta de mi casa dando la barrina
con algún pretexto. Quizás, finalmente si se sentía agradecido.
Así fue como me encontré con un amigo que no pedí, que me
taladraba la puta cabeza para que dejara yo de beber, cosa que finalmente
consiguió, solo para no escucharle más. Pero después no paraba de taladrarme
felicitándome para motivarme en mi sobriedad. Y sin saber muy bien cómo acabé
involucrado como padrino de boda y padrino de su primer hijo. Porque tuvo dos.
Y eso es lo que me jode de la gente. Yo quería, simplemente que me dejaran en
paz. Y estas mierdas pasan cuando tienes dos características de personalidad,
que una es meterse donde no te llaman y la otra es no saber decir que no. Por
lo menos, tras el nacimiento del primer hijo, conseguí que se centrara en su
vida cómo padre y algo menos en mí.
Sin embargo, siguen habiendo ciertas obligaciones como
“amigos” que son ineludibles. Y ¡Qué coño! Que quizás hasta quiero un poco a
ese niño mío, mí ahijado Marius Crews. Sonríe al verme, y eso… bueno, joder, la
verdad es que me gusta… un poco.
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