Homesick


Edgar Allan Poe dijo una vez “uno solo sabe lo que es el hogar cuando ya no está en él”. Pensaba en esta frase, que probablemente no había pronunciado él, mientras observaba un paisaje árido por la ventanilla del avión. Quedaba poco más de media hora para aterrizar en El Cairo y yo ya empezaba a sentir cierto arrepentimiento, que no miedo. No volvería a casa hasta al cabo de un año y la pregunta que me surgía era… “¿Habrá hogar cuando regrese?”. Podía parecer una pregunta estúpida si una la toma desde el punto de vista más materialista, pero… ¿No cambiaría yo demasiado tras un año alejado de mí normalidad? ¿No cambiaría mi mundo un año demasiado sin estar conmigo? Empezó a agobiarme esa idea, que tras fregar las ruedas del avión en la pista de aterrizaje, iba a empezar un alejamiento progresivo, cuyas consecuencias no serían conocidas para mí hasta el momento de mi vuelta.

Una parte de mí deseaba volver en el siguiente vuelo, o quedarme una semana de vacaciones y volver. Pero mientras me preocupaba por todas estas cuestiones, mi cuerpo había  continuado con su misión, había recogido el equipaje y justo se encontraba delante de un señor de facciones muy atractivas, egipcias, con un color de piel tostado como el café y con una sonrisa inmensa y brillante digna de un anuncio de dentífricos. Tenía mi nombre escrito en un papel dina4 blanco, mal escrito pero que difícilmente podría referirse a otro pasajero: Edward Mulliner. Suspiré, dudé si dejarlo tal y como estaba o mostrarle el nombre original. Me preocupaba que este error absurdo pudiera acarrearme trabas más adelante. Quizás no era el momento. “¿Abdul?” pregunté. Me respondió en un inglés perfecto (que a partir de ahora voy a traducir automáticamente al español, aunque todas nuestras conversaciones fueron en inglés). “Sí, sí, soy Abdul, te estaba esperando”. Yo también a él.

Me llevó en su coche (imaginé yo que era suyo) y estuvo muy atento durante el largo trayecto desde el aeropuerto hasta su casa. Sobre si había podido descansar, qué me habían dado de comer, si la gente hacía mucho ruido, y después un montón de cosas más sobre lo que se siente al volar, sobre cómo son los baños, sobre los ruidos que hace un avión... Entendí que jamás había volado y entonces fui consciente de la gran cantidad de detalles que pasan por delante nuestro en una situación que repetimos tantas veces, que acaban resultando obvias cosas que, eminentemente no lo son.
-          ¿Estás casado? – Me preguntó.
-          No, Abdul, no estoy casado. Pero tengo novia
-          ¿Novia? ¿Y porque no te ibas a casar, entonces?

Esa era otra buena pregunta que solo pude responder algo así como “allí no nos casamos. Tardamos mucho en casarnos. A veces incluso de decidimos no hacerlo”. La cara de incredulidad era especial, y se fue transfigurando hacia incomprensión.
-          Yo me he casado dos veces, y tengo ocho hijos. Cuatro con cada mujer. Todo equitativo, todo bien repartido. A todos los quiero por igual
-          ¿A las mujeres, o a los hijos?
-          A todos los quiero por igual – repitió. Y entendí que para él, eso también debía ser tan obvio como para mí volar.

Pensé en mis propias razones para no casarme. ¿Era algo en lo que había reflexionado o era algo cuasi cultural? Abdul se había casado dos veces siendo egipcio, yo todavía ninguna siendo europeo. ¿Si hubiera nacido en Egipto me habría casado varias veces ya? Las únicas personas que conozco en Europa que se han casado dos veces, ha sido tras un divorcio, y algunos acumulan ya dos divorcios. Ambas opciones, egipcio o europea me parecían muy locas.

No me había casado a pesar de que había tenido una bonita oportunidad. “Yo te estaré esperando, seguirá siendo tu casa cuando vuelvas” me dijo Sara. Sara me estaba esperando… siempre me estaba esperando. Estaba esperando que fuéramos a vivir juntos, cosa que al final sucedió, y finalmente estaba esperando el anillo, los niños, una casa nueva, jardín con flores de colores, perros con los que nos enfadaríamos cuando destrozaran esas mismas flores, pasear los sábados por el barrio comercial, alguna excursión los domingos… pero yo no quería nada de eso. Es como un cuadro, o como en una serie de televisión, lo ves de lejos, te gusta, pero sabes que ese ideal en la realidad no se cumple. La gente se divorcia mucho, las casas se venden, las familias se rompen, los niños se convierten en armas arrojadizas… quizás es que soy demasiado pesimista. Lo he sido siempre. ¿Acaso eso le gustaba a Sara? ¿Le gustaba realmente la nube negra que me persigue allá donde voy? ¿O solo se sentía atraída por ese deseo maternal inconsciente de poder espantarla y hacerme feliz?

La dificultad para planificar mi futuro es histórica en mí. ¿Cómo sería yo mismo a los treinta o a los cuarenta? Era incapaz de imaginármelo cuando era adolescente, o casi adulto, sentía como si no fuera a existir para ese entonces. Ahora me pasa lo mismo con los cincuenta. ¿Estaré? No lo sé, soy incapaz de verlo. No existe mí futuro. Sin embargo no tengo inconveniente en ver claramente el de los demás.

Llevaba cinco días en El Cairo. Fue el primer día que decidí ir solo a dar una vuelta y me senté en la terraza de un bar que estaba lleno de locales. Todos sentados mirando en dirección a la calle, hacia fuera. Casi no hablaban entre ellos, de vez en cuando parecía que comentaban la jugada, señalaban algo. Pero por norma general estaban soportando largos silencios y pendientes del mundo externo. Me senté solo en una mesa a leer Erich Fromm. Iba llegando gente, se iban sentando los unos con los otros, a mi entender, casi aleatoriamente. Saludaban a los que estaban en la misma mesa, ponían una silla al lado de los compañeros, pedían algo de beber (generalmente té o Coca-cola) y se ponían a mirar el ajetreo de la calle. No tenía ni idea de si se conocían.

De vez en cuando aparecía alguien que se quedaba de pie mirándome, y sentía que el resto de mesas me miraban de reojo. Algo debía estar haciendo mal, puesto que no se mostraban especialmente sonrientes. A la cuarta persona que se acercó entendí que debía reaccionar de algún modo y le ofrecí sentarse a mi lado utilizando un inglés sin proposiciones ni formas verbales, como si fuera un indio, “Tú sentar aquí”. A pesar de mi ofrecimiento, la persona negó con la cabeza y se fue a buscar otro sitio. ¿Era por ser extranjero o había algo en el código social que no estaba captando?

Seguía enfrascado en mi libro intentando ignorar toda mirada ajena, pero hubo un momento en el que sentí que todas las miradas de la terraza estaban fijadas en un solo punto: Una mujer. Pero no era una mujer cualquiera. Era una mujer de tez blanquecina, con unos ojos que recordaban el mar de Menorca y que resultaban mucho más sorprendentes si tenías en cuenta que la mayoría de la gente sentada allí quizás no había visto jamás el mar. Un mechón rubio se escapaba del pañuelo que llevaba para intentar no llamar la atención. Ese intento de ocultación quizás era todavía más insinuante para el que no ha visto nunca en directo ese tipo de pelo. Parecía americana, o australiana, sin llegar a ser yo un experto en cuestiones fisionómicas. Estaba algo rechoncha aparentemente, sin llegar a estar gorda, pero destacaba su constitución en comparación con el de las mujeres egipcias. Era alta, robusta. Tenía las mejillas rojas, como pintadas por el maquillaje pero se notaba claramente que era su color natural. Tenía una cara encantadora.

Llevaba pocos días en la ciudad, pero estaba tan necesitado de comunicación con alguien que no fuera árabe, que pensé en acercarme y saludarla. Pero no hizo falta. La chica se acercó a la terraza y empezó a preguntar algo en varias mesas señalando un papel. Todos se hacían el sueco a pesar que estaban excitadísimos y no paraban de cotorrear entre ellos. Así que aproveché esa oportunidad de oro y le hice un gesto con la mano. Se acercó aliviada y me preguntó:
-          Perdona, ¿hablas inglés?
-          ¡Sí, sí lo hablo! ¿Qué necesitas?
-          Estoy buscando un estudio de danza, Fathma al Sharif que supuestamente está cerca, pero nadie es capaz de decirme exactamente dónde. Aquí nadie habla inglés. Estoy perdida.
-          Siento no poder ayudarte mucho, pero puedo intentar localizar por teléfono al señor que me hospeda en su casa. Él habla inglés y conoce muy bien la ciudad.
-          Me harías un gran favor.
-          Si quieres pide un té mientras intento localizarlo. ¿Tienes tiempo?
-          Todavía media horita.
-          Media horita… estupendo. Espérame que voy a llamar.

Casi todos los locales tienen un teléfono dentro que se puede utilizar si pagas una suma aceptable al dueño. Si eres extranjero, lo que se supone que es “aceptable” varía. Mejor dicho, se multiplica por cuatro o cinco. Dan por supuesto que si eres extranjero, eres rico. Mi presupuesto no era para tirar cohetes.

-          Listo, ya he llamado. En este momento se encuentra repartiendo un paquete pero en unos diez minutos me ha dicho que estará aquí. Calcula treinta. El tiempo aquí es… relativo. – ella se rió.
-          Gracias. Has sido muy amable. Ni siquiera me he presentado, soy Laura.
-          Encantado, soy Eduard. ¿Perdona si me entrometo, pero para qué estás buscando una academia de baile?
-          No me molesta. Pues porque soy bailarina. Aparte de trabajar en musicales de Broadway, tengo mi propia academia. Se está preparando un espectáculo basado en las Mil y una Noches, y quiero participar en él como una de las bailarinas principales, Sherezade. Y así, añadir también en el repertorio de la academia la danza del vientre.
-          ¡Vaya! – afirmé sorprendido – así que… ¿Vas a estar aquí una temporada?
-          Mi idea es quedarme seis meses, aunque tengo margen de un año hasta que empiecen las audiciones del espectáculo. Soy un buen amigo del productor y me recomendó que fuera al mejor sitio del mundo en danza del vientre, y aparentemente, tras una búsqueda frenética, se encuentra en el sitio más escondido del Cairo. Ni siquiera es una academia cara, es para mujeres locales. Tuve que insistir mucho para poder venir, ofrecer bastante dinero y prometer no hacer publicidad del lugar.
-          Qué curioso, ¿Por qué no querrían darse a conocer?
-          Imagino que por algo cultural. La danza del vientre aquí es algo muy íntimo, reservado a las parejas. A pesar de que las mujeres van cubiertas con el burka por la calle, en el hogar es el sitio donde muestran su intimidad y sensualidad. Completamente reservada para el hombre que aman. Imagino que no quieren llenar esto de extranjeros, cortaría precisamente ese vínculo íntimo entre la maestra, la mujer y el marido. Las mujeres no quieren revelarme dónde está, que es algo que transmiten de boca a oreja, y los hombres no saben de lo que hablo. Pero bueno. Basta de hablar de mí. ¿Qué haces tú en el Cairo?
-          Pues soy escritor.
-          ¿Ah sí, profesional?
-          Sí, ¿Te suenan “El escolta del vencido” o “El abismo tras la ciénaga”?
-          La verdad es que no…
-          Bueno, no pasa nada. Lo decía porque son los dos únicos libros que han cruzado el charco.
-          ¿El charco?
-          Sí, es como le llamamos nosotros a la distancia entre Europa y América, cuando un viaja al otro continente decimos “cruzar el charco”. Sea como sea, aparte de escribir libros, trabajo en la editorial que me los publica y a veces me encargan pequeños artículos para revistas o periódicos afines. Pedí ayuda económica para un viaje de un año a Egipto para mí próximo libro, y parte de las condiciones que me exigían (y que prefería yo también) era estar en casa de gente local, para empaparme de la cultura y las costumbres, aparte de resultar más económico. Además me piden que escriba varios artículos para las revistas de la editorial, en las que, más que centrarme en el relato turístico o los sitios a visitar, de lo que ya hay millones de guías descritas, me pedían que describiera el relato mágico, surrealista, emocional de la ciudad… básicamente, que intentara hacer brillar lo insignificante.
-          “Hacer brillar lo insignificante”. Suena muy poético. ¿Y cómo se consigue eso?
-          Teniendo en la cabeza que no hay nada insignificante. El peso y la importancia de las cosas es psicológico, postizo. ¿Son más importantes las pirámides de Giza que tomar una Coca-cola caliente en medio de la calle sentado en un taburete?
-          Si me lo preguntas a mí, te diría que sí. Son obras de extrema importancia histórica. Son historia de la civilización. Son monumentos misteriosos, interesantes… Llegué ayer y fue lo primero que hice. Visitarlas.
-          Sin embargo, en las pirámides no hay vida. Son tumbas. Aparte de ser un nido de turistas. El número de gente en un sitio es directamente proporcional a la pérdida de alma de este. Las pirámides han perdido su alma, con todos los vendedores con imanes, llaveros, pulseras, gorros egipcios, paseos en camello… Prefiero sentarme en la calle, observar a la gente, lo qué hacen, lo qué los mueve, hacía dónde van, cómo interactúan entre ellos… entrar en un supermercado y ponerme a mirar qué compra la gente, comprar cosas y probarlas. Allí es dónde hay la vida real, la sangre del país.
-          Entiendo ahora que te encargaran “hacer brillar lo insignificante”. No se me hubiera ocurrido ir a buscar supermercados a divertirme. Pero entonces, ¿visitaste las pirámides y no te gustaron?
-          Tan solo llevo cinco días, pero no, no las he visitado. Ni pienso hacerlo.
-          ¿En todo un año aquí no piensas visitar las pirámides?
-          No me interesan.
-          ¡Eres un tío muy raro!
-          ¿Para qué? Voy a ir allí y sé que no me va a gustar el ambiente, no me voy a sentir cómodo, me voy a cabrear. Las he visto de lejos. Impresionan. Ya me he hecho una idea.

En ese momento apareció Abdul gritando desde el coche. Nos subimos en él y le expliqué la situación y me dijo que sabía perfectamente cómo llegar, pues la maestra era su hermana. Estábamos a dos minutos en coche que fueron treinta por culpa de la gran cantidad de coches que hay en la ciudad. La contaminación de El Cairo es asfixiante, incluso para alguien viviendo en una gran ciudad como Barcelona, El Cairo resulta un extremo, abruma. Y el problema es que incluso por trayectos que uno podría hacer andando, utilizan el coche para mantenerse frescos con el aire acondicionado y no respirar el aire exterior. El Cairo está lleno de contradicciones.

Laura iba garabateando en una libreta y en un mapa que tenía para poder saber exactamente donde se encontraba la Academia, que una vez llegamos, resultó ser una casa particular. Abdul fue a hablar con su hermana y eso parece que ayudó a que fuera recibida con más agrado. Laura nos dio las gracias a ambos. Me apresuré a darle el número de teléfono, por si necesitaba alguna cosa y nos despedimos.

Pasaron dos meses sin que supiera nada de Laura. Debo confesar que, honestamente, me sentí decepcionado. No es que tuviera ningún deber conmigo, pero pensé que esa sensación de soledad del extranjero debía ser compartida por ambos, y que, de alguna manera, eso la haría confraternizar conmigo. Pasado el mes me olvidé… más o menos. Cogí como rutina tomar un té con menta cada mañana en la terraza en la que nos conocimos. Supongo que una parte de mi esperaba verla allí, a pesar de que cada día pensaba menos en ella. Mi libro avanzaba fantásticamente bien. El despecho supuso un excelente disparador de la creatividad. Por el contrario, los artículos sobre “El Otro Cairo” estaban algo desapasionados.

Pero tras esos dos meses, de nuevo apareció esa chica del mechón rubio osado, paseando con una seguridad y una tranquilidad de la que carecía el primer día. Caminaba decidida como una pantera que conoce su territorio, que está vigilante de todo su alrededor aunque desde fuera no lo parezca, atenta a cualquier movimiento, cualquier ruido. Estuve dudando unos segundos si hacerme el despistado esperando que fuera ella que se percatara de mi presencia, pero una vez ya había dado tres pasos por delante de mí, no pude contenerme y me moví de la silla para avisarla. En ese mismo instante ella se giró, se había dado cuenta de qué estaba allí pero lo había procesado unos segundos más tarde. La verdad es que no pude contener mi alegría y fui a abrazarla.

Resulta que el papel en el que había apuntado mi número egipcio se había perdido entre los cambios de ropa, y no había tenido manera de localizarme. Le pidió a Fathma el teléfono de su hermano para contactar conmigo, pero por razones que desconocía, consideraba que no quería dárselo. La respuesta de la maestra era que nunca había hablado por teléfono con su hermano ni lo haría nunca.

Esta vez intercambiamos direcciones y teléfonos varios, y decidimos que por lo menos un par de veces por semana cenaríamos juntos. A mí me convenía pasar mucho tiempo inmerso en la cultura, incluso realizar algunos viajes fuera del Cairo, y a ella le convenía ensayar y perfeccionar cada pequeño movimiento cada día hasta quedar extenuada.

Tuvimos esa misma semana nuestra primera cena. Laura era una persona absolutamente minuciosa, perfeccionista y exigente con ella misma (según dijo) aunque me pareció que con los demás también debía serlo. Trataba su cuerpo como un templo, no fumaba, no bebía, tomaba azúcar en pequeñas dosis y mantenía una dieta que, a pesar de no estar contando las calorías, tenía las cantidades estudiadísimas. Ante ese orden, yo era el caos total: fumaba, bebía (a pesar de que en El Cairo era muy difícil encontrar alcohol, así que era casi abstemio) y comía lo que me daba la gana. Tengo un cuerpo bastante aceptable por lo poco que lo cuido. “No te durará siempre esta suerte” me dijo ella. “Ningún cuerpo durará siempre” respondí, aunque el suyo tenía pinta de poder aguantar una eternidad. Era una mujer muy exuberante, tenía bastante pecho y cadera, pero tenía las piernas fuertes, estilizadas. A pesar de su cadera y su pecho, tenía el abdomen bastante hundido, así que se remarcaban más sus curvas. No me extrañaba nada que se quejara que los hombres por la calle la miraban a pesar de sus esfuerzos en disimular su constitución.

Como gesto de buena fe, me ofrecí a ser espectador de sus progresos y que pudiera ensayar con, por lo menos una persona de público. También tenía interés en cierta manera porque era la única opción que tenía para conocer algunos secretos de la danza del vientre. Había espectáculos para turistas en algunos puntos de la ciudad, pero sabía a ciencia cierta que eso no contenía ni un solo gramo de esencia. Laura, a pesar de no ser una mujer árabe, podía mostrarme de manera más certera esa sensación de autenticidad que estaba buscando. Aceptó generosamente la oferta, pero me dijo que todavía se sentía insegura para mostrar nada, pero que en un par de meses más podría mostrarme algo.

En esos dos meses desarrollamos una bonita amistad. Era muy reconfortante tener alguien a quien explicarle las aventuras y desventuras en Egipto, poder conversar con alguien de las confusiones, las rarezas, las incomprensiones, las estafas… Egipto era un mundo distinto, y compartirlo convertía la frustración en diversión. Laura estaba más centrada en el baile, así que no solían pasarle muchas cosas aparte de los improperios de los hombres. Le propuse pasar un fin de semana juntos y hacer alguna salida. Ella dudó, su disciplina le impedía decir un sí rotundo, pero al final torció el gesto y dijo un “¡Qué coño! He venido hasta aquí, hay que hacer algo más aparte de ensayar”. Así que le propuse pasar un fin de semana en Alejandría. Yo me encargué de buscar los vuelos y el hotel. Íbamos a dormir en la misma habitación pero en camas separadas. No obstante, se equivocaron y nos dejaron una habitación con cama de matrimonio que, evidentemente, era imposible cambiar puesto que todas las habitaciones estaban ocupadas. Laura le restó importancia, “mientras no me asaltes por la noche”, bromeó. ¿Bromeó?

Llegamos el viernes por la noche en el Hotel y cenamos allí mismo un cuscús con pollo y verduras extraordinario. Compartimos una bandeja entera entre los dos. Bueno, fue un sesenta-cuarenta, comí de más… quizás ochenta-veinte. Pero es que Laura comía como un pajarillo. Cuando yo estaba acabando de cenar ella me dijo que había pensado que podía ser una buena ocasión para practicar algunas cosas que había aprendido hasta ahora. Me pareció una estupenda idea y ella subió un poco antes a la habitación para cambiarse. Me tomé un whisky on-the-rocks y subí veinte minutos más tarde que ella. Estaba la luz del baño encendida y ella me pidió desde el baño que me sentara en la cama, que prendiera la lamparita de la mesita de noche y que le diera el “play” al radiocasete.

Se cerró la luz del baño, se abrió la puerta del baño y… y…

Cuando un escritor se queda sin palabras, es que la realidad supera lo que puede imaginar. ¿Habéis visto alguna vez danza del vientre? Muchos seguramente. Pero allí pasó algo. Tuve una epifanía, respecto la intimidad, la sensualidad y su relación sine quanum. Fuera de la intimidad, la sensualidad es provocación. No me importa lo polémico que pueda sonar, las revelaciones del escritor son inescrutables. No puedo explicaros lo que vi, pero os puedo explicar lo que sentí.

Morir. Sentí morir. Sentí que no respiraba, que no tenía un corazón que latiera. Estaba completamente hipnotizado por cada sutileza, cada movimiento, cada pliegue, cada mirada, los sonidos de los cascabeles, el tintineo de las chapas metálicas del vestido…. ¿Quién era el espectador? Creo que ella. Yo era el espectáculo, ella iba volando por el cielo y me comió el corazón, chup, chup, chup. Y cuando por fin pude empezar a articular palabra en mi mente, todas las contradicciones aparecieron. La estaba deseando y la estaba admirando. Deseaba desnudarla, comerla, besarla pero a su vez no podía dejar de desear verla vestida. Quería que con baile se fuera acercando lentamente a mí y que me tomara, pero a su vez quería que continuara bailando alejada de mí, que no terminara jamás esa danza, poder contemplarla entera en todo mi campo visual. ¿Me había enamorado o… cuál era la otra opción?

Cuando acabó la música, que podría haber tenido una duración de entre cinco minutos y veinte (a día de hoy, todavía no sé cuánto duró), hizo una pirueta grácil y una reverencia. Salió de su papel, se sentó a mi lado y me preguntó “¿Qué tal?”. Yo la estaba mirando perplejo, no sabía si besarla o esperar a que saliera solo. Ella seguía preocupada, afirmaba que “no me había gustado”, pero yo todavía no podía hablar. Su voz era un eco que acompañaba ese baile que seguía sucediendo en mi tripa.
-          Te quiero
-          ¿Cómo?
-          Te quiero

Y esa fue mi respuesta. Años de estudio de literatura española, leyendo los clásicos, los modernos, leyendo centenares, miles de libros. Con una elocuencia por encima de la media… y tan solo fui capaz de articular dos palabras, y repetirlas con la misma cara de estúpido.

Ella volvió al baño a cambiarse y ponerse el pijama, y cuando regresó se estiró en la cama, se tapó con las sábanas y apagó la luz de la mesita de noche. Claramente estaba incómoda. Me tumbé al otro lado de la cama. Jamás había habido tanta distancia entre nosotros.

El resto del fin de semana sucedió sin ningún tipo de traba aparente. Visitamos la ciudad e íbamos haciendo comentarios circunstanciales sobre la arquitectura, sobre la comida… y yo no podía dejar de pensar en qué había cometido una estupidez, y que no tenía ni idea de cómo se sentía ella. Quizás ella tenía pareja, no habíamos hablado de ello en todo ese tiempo. ¿Habíamos evitado hablar del tema? Quizás se había ofendido por no haberla tomado en serio. Sea como sea no me atreví a tocar el tema de nuevo.

El domingo volvíamos a estar en el aeropuerto de Alejandría para volver a El Cairo. Fuimos al baño antes de embarcar en el avión. Salí yo primero y vi uno de estos aparatitos que tienen botones con caritas de más triste a más alegre para dar tu opinión sobre la calidad de la higiene de los baños. Me quedé un rato observando el aparatito cuando escuché por detrás “Quizás dudas porque no encuentras el botón de Te Quiero”. Me giré y Laura me estaba mirando con cara de sarcasmo y con los brazos en jarra.

Empezamos a reír a carcajadas. Incluso necesité doblarme, casi tirándome al suelo. Ella se reía de manera que parecía el canto de un pájaro. Cuando pudimos parar me fui a darle un abrazo. Acababa de convertir la incomodidad en humor, y me devolvió la capacidad de dialogar. Durante el trayecto de avión le pude explicar lo que me había parecido y como me había sentido. Tras esto ella se sintió más relajada, “eso es bueno” dijo, “sí, es realmente bueno” respondí.

Y esa noche hicimos el amor. De manera suave, tierna, coreográfica, rítmica. Nuestros cuerpos bailaban un vals encima del colchón. Los besos seguían un ritmo que era acompañado por los movimientos de sus caderas, todo estaba estudiado, calculado, funcionaba a la perfección, primero sus suspiros, después los míos, después sus gemidos, después los míos. Éramos un reloj, minutos y segundos, y las horas iban pasando sin darnos cuenta.

Abdul me preguntó al día siguiente que qué me había pasado, que se había preocupado porque pensaba que llegaba el domingo. Evidentemente, pensé que era una mala idea confiarle la verdad, pero le dije que decidimos alargar una noche más en Alejandría. Se mostró conforme con la explicación.

A partir de ese día, nuestras dos cenas semanales pasaron a ser tres, y todas acababan en su hotel, repitiendo esa canción, esa danza que se nos daba tan, tan bien.

Ya habían pasado los seis meses de Laura, pero decidió alargar dos más, aprovechando que ya era verano en Nueva York y que podía aprovechar que eran los meses más flojos en su academia, y ya volver en el nuevo año lectivo con la propuesta de danza árabe. Cuando me comentó la buena noticia, además me dijo que tenía una sorpresa para mí. “Necesito que el domingo estés conmigo”. Ni pude ni quise negarme.

El sábado anterior decidimos cenar en su hotel y quedarnos en su habitación. Y a la mañana siguiente, tras desayunar teníamos a un taxista que nos estaba esperando.
-          ¿A dónde vamos?
-          Ya lo verás

Y me tapó los ojos con un pañuelo. Tardamos apenas veinte minutos de trayecto en coche, entre curvas, semáforos y muchos pitidos del claxon, hasta que finalmente el conductor paró. Laura dijo “gracias” en árabe y me sacó del vehículo. Me destapó el pañuelo y… estábamos delante de las pirámides de Giza.
-          Y cuando te vayas de aquí “haz brillar lo significante”.

He de reconocer que encontré algo de magia entre ese montón de piedras y turistas. Pero creo que la magia la llevaba conmigo, a mi lado.

Esa noche, Laura volvió a bailar para mí. No sé si la perfección existe, pero si existe, está en lo indescriptible. No opiné con palabras, pero le respondí con mi cuerpo.

Al día siguiente me fui a la casa de Abdul a redactar el último material de la editorial, referente a las pirámides, para acabar mis obligaciones con allí. Todo lo que quedaba era acabar mi libro, que ya superaba la mitad de sus páginas, tenía la estructura diseñada, y además tenía decenas de páginas sobre Egipto y El Cairo y sus habitantes que me iban a facilitar mucho la mitad restante. Mientras estaba trabajando en ello recibí un correo electrónico. Era Sara:

Querido Eduard,
Te he esperado, he esperado, esperado y esperado. Apenas he tenido noticias tuyas. Sé cómo trabajas, sé que te involucras y que desapareces, y lo respeto. Siempre he sabido que tu trabajo era la prioridad número uno, lo has dejado claro y lo he aceptado, porque te quiero, y porque me gusta verte trabajando, viendo como evolucionas, como mejoras párrafo a párrafo, libro a libro. Disfruto de tus éxitos como si fueran míos.

No te escribo este e-mail para presionarte, quiero que lo tengas claro. Pero quiero confesarte que no puedo esperar mucho más. Necesito continuar con mi vida, que hasta ahora era la tuya, pero que ahora son distintas. Fui yo quién te dijo que te esperaría aun sabiendo que tú no tenías claro si querías volver. Por este mismo motivo, no te reprocho nada, pero creo que es justo que lo sepas, que quizás, en unos meses más, yo ya no voy a estar allí cuando regreses.

Te quiere, todavía, Sara.

Me quité las gafas, las dejé encima de la mesa y me froté los ojos. Empezó a dolerme la cabeza. ¿Dónde había estado hasta ahora, estos meses, en un sueño? Había empezado a vivir como si no fuera a regresar nunca a Barcelona. ¿Estaba dispuesto a renunciar mi vuelta a casa? ¿Iba a dejar mi futuro para estar unos meses más con alguien que iba a volver más temprano que tarde a Estados Unidos, sin mí? Sin pensarlo mucho compré un vuelo para la semana siguiente y llamé a Laura. Necesitaba verla.

Hablar con Laura ese día fue mucho más duro que permanecer en silencio cuando me bailó por primera vez. Le expliqué todo lo relativo a los encuentros y desencuentros de mi relación de pareja, los motivos que nos distanciaron, en qué situación me había encontrado en el momento presente y la decisión que había tomado. Ella escuchó atentamente, sonreía, se mostraba comprensiva, aunque tensa. Iba asintiendo, preguntando, se mostraba interesada, sin juicios. Me deseó suerte, me dio un abrazo, y que le gustaría seguir en contacto, de alguna manera. Que le mandara una copia del libro cuando lo acabara. Que los otros los podría encontrar en Nueva York. Y vi cómo se alejaba, valiente y orgullosa, no dolida, porque ella sabía, ella siempre supo.

También fue dura la despedida de Abdul, quién realmente se mostró sumiso, como si la causa de mi marcha fuera por culpa suya o de su familia. Tuve que insistir varias veces en que él había sido un anfitrión fantástico, y casi un amigo. Y que si volvía a El Cairo que no dudaría en visitarle y en mandarle una copia del libro cuando se editara en inglés. Tuvimos unos últimos días en los que cada noche era una celebración en casa de Abdul. Algunos días incluso vinieron vecinos y amigos de la familia de Abdul.

Llegó el día de ir al aeropuerto y Abdul me comentó que tenía un trabajillo y que no podría acompañarme, pero que ya lo había arreglado para que alguien me trajera. Así que cuando escuché un bocinazo fuerte desde la calle, pensé que ya me habían pasado a recoger. Fuera me esperaba un conductor y detrás estaba Laura sentada.
-          Finalmente la hermana de Abdul me pasó su número de teléfono.
-          ¿Cómo fue eso?
-          Las mujeres hablamos un lenguaje universal que no podrías entender. Fathma me comprendió, me vio por dentro.

Los instintos que tienen las mujeres siempre me sorprenden, es como si vivieran en una realidad metafísica distinta que la de los hombres, más sencillos, más cortos de miras. Somos buenos mirando un punto que tenemos justo delante. Las mujeres ven toda la imagen.

Así pues Laura me acompañó hasta la puerta del aeropuerto y me dio un fuerte abrazo que calentó mi pecho, mi corazón. Me sentí tan unido a ella que deseaba parar ese momento y morir allí, en ese abrazo. Me dio un beso en la mejilla, yo otro en su frente y nos dijimos adiós. Esta vez fue ella la que vio alejarme, y supongo que lo vio todo, mi pesadumbre.

¿Y qué había sido aquello nuestro? ¿Un amor de verano, un capricho… o la quería de verdad? Ya en el avión me tapé la cara y rompí a llorar como un crío. Rompí a llorar y sollozar y las lágrimas se me escapaban por los espacios entre los dedos. Sara no sabía que iba a volver tan rápido, no llegué a responderle el correo electrónico.

Cuando llegué al aeropuerto de Barcelona me sentí fuera de lugar. ¿Era ese mismo sitio desde el que yo había salido hacía ya algo más de seis meses? ¿Era allí el sitio en el que dudaba de si subir a ese avión hacía Egipto? De golpe todo era tan ajeno a mí… ¿Dónde estaba el caos, el ruido?

Y en las pantallas se anunciaba la salida de un avión a El Cairo para dentro de dos horas. Egyptair 4215, a las 14:20h. Me acerqué al mostrador y pregunté si quedaban billetes, y a qué precio. La azafata me confirmó que quedaban billetes.

Empecé a mirar hacía la puerta de salida del aeropuerto, y hacía la pantalla en la que se anunciaba el vuelo. Iba mirando alternativamente, dudando, sopesando, realismo y fantasía

¿Había una decisión correcta? Supongo que no, pero al final, esa es la que elegí.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir