Bilis


Justo después de darnos dos besos y despedirnos, volví a tener la repentina sensación de que debía cambiar de vida.

Te giraste, sonriendo con tu amabilidad innata, y cuando me diste la espalda tuve una pequeña convulsión y enseguida el sabor amargo de la bilis inundó mi boca. Tuve náuseas, el sabor empeoró, se me espesó la saliva y me tapé la boca para frenar el vómito. Me mareé. Quise buscar una explicación a ese repentino malestar, y creo que realmente lo que me jodió el momento fue verte. Verte realmente feliz después de un año de habernos separado.

Te dejé porque pensaba que tenías una riña con la felicidad. Sin más. No era que fueras claramente infeliz, pero parecía como si tuvieras una resistencia a lo que podía hacerte sentir bien. Eso pensaba sin ser consciente de que yo podía estar colaborando estrechamente con esa infelicidad.

Intenté echar la culpa de mi malestar a mis pensamientos, pero lo cierto es que no ayudó nada el hecho de haber bebido una cantidad considerable de ron justo antes de encontrarnos. No obstante pensé que había logrado disimularlo bastante bien delante de ti, aunque dicen que un borracho siempre se cree que nadie se da realmente cuenta de que ha bebido demasiado (ni siquiera él mismo), y con suerte consigue dar la suficiente lástima como para que nadie se atreva a romperle esa ilusión.

Me recompuse y me puse a pasear, a pensar, a recordar. Después de nuestra conversación se quedó en mi lengua durante un par de horas ese regusto biliar. El mismo sabor que me quedaba después de haber encontrado vida contigo y de haberla vomitado sin mí.

Paseando y pensando me fui dando cuenta de cuán desconectado había estado de la realidad ese último año, me había colocado yo solito en una cárcel imaginaria en la que solo había alcohol y lágrimas. Solo en pequeños momentos, como en ese encuentro contigo, me atrevía a acercarme a las cosas como son y tocarlas con la yema de los dedos. Como cuando te paseas por la orilla de un río en invierno, y te acercas a tocar el agua y te preguntas si serías capaz de bañarte, fantaseas con ello aunque al final sepas con seguridad que no lo vas a hacer.

Sin darme cuenta llegué a la cuesta que lleva al cementerio y sin pensarlo mucho decidí subirla y entrar.

Era la primera vez que visitaba el cementerio desde que mi madre se había muerto, hacía más de diez años y desde entonces no había vuelto a verla. Antes de que muriera mi madre, había intentado evitar todo lo relacionado con la muerte, no iba ni al tanatorio ni a funerales, ni de familiares, ni de amigos y desde luego no me presentaría en un funeral de un desconocido. Así que antes de la muerte de mi madre no tenía ningún recuerdo vívido de haber pisado un cementerio, tan solo disponía de alguna imagen mental nacida de las películas americanas, en las que los cementerios son gigantes, prados verdes y hermosos, llenos de cruces blancas y lápidas talladas con encanto. Comparándolo, cuando pisé un cementerio por primera vez se convirtió en una leve decepción.

Volví a mí presente. El cielo ennegreció sin avisar y empezó a llover.

Llovía, una lluvia pesada, una cortina de agua inundaba todo lo que alcanzaba a mi vista. Me refugié debajo de un balcón, y aunque allí no debía mojarme, la humedad que subía desde el suelo iba calando en la ropa, me asfixiaba y me impedía respirar con normalidad.

Esperé a que parara, y tras quince minutos de lluvia torrencial, empezó a amainar y pude proseguir mí camino. Esto de hablar con los muertos tiene algo de extraño, absurdo pero a la vez reconfortante. Sabes que nadie responderá a tus lamentos, a tus preguntas, a tus ruegos, pero al acabar te das por escuchado. No hay nada mejor que ser escuchado por un muerto que no puede replicarte.

Di un par de vueltas sobre mí mismo, hasta que pude pronunciar un “hola mamá”. Se me hacía extraño saludar a alguien a través de una video-llamada, todavía se me hacía más bizarro hacerlo mirando a un trozo de mármol cuadrado.

Me da cierta vergüenza contarte de lo que estuve hablando… bueno, lo que expliqué, lo que necesité decirle a mi madre. Inicialmente trivialidades, como me habían ido estos diez años, como te iba todo a ti. Pero poco a poco fui entrando en una especie de hipnosis y me fui abriendo explicando lo que nos había pasado, cómo habían sido mis últimos meses, cómo te había visto hoy… pero el resto no es necesario que te lo explique.

“Es culpa tuya. Si lo pienso, estás tú ahí detrás. Si me hubieras querido y tratado como una madre normal quiere a su hijo. Si me hubieras enseñado a querer, si me hubieras enseñado a quererme, a preocuparte por cómo estaba. Si tan solo me hubieras enseñado cómo se quiere a los demás, pero eso no lo pude aprender de ti. Podría haber aprendido a quererte. Quizás si tú hubieras cambiado un poco, yo hubiera cambiado lo suficiente para que ella estuviera aquí”. Me quedé en silencio, pensando que ya no se me ocurría nadie más a quién echarle la culpa de la mierda en mi vida. “¡Joder!” chillé mientras daba una patada a la lápida.

En su momento te dije que me alegraba de que se hubiera muerto. Solo lo pensé una vez y lo dije delante de ti. Hay frases que tan solo se pueden pronunciar una vez y delante de una persona en concreto, para después lanzarlas al olvido y no dejarlas salir nunca más, porque contienen tanta verdad en tan pocas letras que son insoportables de escuchar.

Diez años más tarde me arrepentía por primera vez de haberlo pensado.

Después de la patada me giré y tú estabas detrás de mí. Te pregunté qué hacías allí, y me dijiste con tu sonrisa irrompible que venías cada año desde que ella murió, y que hoy justo hacía once años.

Once años, no diez, ni siquiera me acordaba. Sin pelos en la lengua, así como eres tú, honesta me dijiste que su muerte me había cambiado, que me había acobardado. Usaste la palabra acobardado y yo no sabía cómo tragármelo, no sabía cómo sacármelo de encima. Y no paraste, insististe en que tenía que mirar a la muerte de cara de una puta vez, que si no lo hacía jamás cambiaría, que seguiría así, muerto en vida. Que ya no daba pena, que eso ya había pasado años atrás, me dijiste que ahora, simplemente, me iría difuminando hasta que dejara de existir para los demás, para ti, hasta para mí mismo. Me dijiste que estaba equivocado, que aunque mi madre fuera una mujer extraña, aunque fuera poco cariñosa, siempre fue como una madre para ti, que mi madre sola superaba con creces lo que tú habías tenido que soportar en tu casa. Y recalcaste la palabra “casa”, haciendo una “ese” muy fuerte, como dándome a entender que claramente no había sido un hogar. Y que yo no podía quejarme, que había heredado eso mismo de mi madre, esa manera extraña de amar, y me dijiste que estaba bien, que lo habías aceptado, que te gustaba así, pero que te habías cansado de que hubiera cambiado nuestra vida por una negociación constante entre tú y yo.

Me quedé clavado, no podía mover un solo músculo. Tan solo podía mirarte fijamente a los ojos, asustado como un perro de la calle en un día lluvioso. Una vez soltada toda la retahíla te giraste, lanzaste un ramo de girasoles (que le encantaban a mi madre) al suelo y te fuiste frotándote los ojos.

Me entristecí profundamente. No por separarme de ti, tenía asumido que te había dejado marchar, te había expulsado de mi vida. No fue por eso, no. Me entristecí al tener la fuerte convicción de que yo no iba a ir al cielo. Creo que, en caso de existir, está reservado para pocos, muy pocos. Y que es curioso, porque todos vivimos pensando que estamos dentro de ese magnífico grupo de elegidos, andamos convencidos de nuestra propia bondad. Pero yo no, nada más lejos de la realidad, lo tenía claro: Yo no iré al cielo.

Y no es que sea esencialmente malo, pero desde luego no he sido un santo, no he sabido tratar bien a la gente que me importaba, a la gente que me quería. Pero quería escribirte porque creo que tú sí irás. Después de pensarlo mucho, creo que eres la única persona que he conocido en esta vida que podría merecer estar en un lugar así, feliz, tal y como te había visto a primera hora de la mañana, con tu sonrisa que todavía me llena noches enteras.

Y quería escribirte también para contarte que las cosas han cambiado gracias a tu charla. Que puedo mirar hacia adelante, incluso hacia el final sin asustarme. Moriré como todos, y después, qué sé yo, nada. Lo que sí sé es que mis sentimientos por ti no han cambiado ni un ápice, y que tras pocos años te puedo decir que no me acuerdo a qué sabe la bilis.

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