El almacén de los juguetes rotos
Se acercó lentamente con un vaso de plástico en cada mano.
El de la mano derecha era muy pequeño. Me quedé mirándola fijamente, observando
cada paso, como contoneaba su cadera de lado a lado cada vez que ponía un pie
delante del otro. Andaba sin tacones pero aun así parecía como si desfilara una
modelo. La bata blanca le quedaba bien ajustada, especialmente en la zona de
sus pechos. Temía que en algún momento un botón saliera disparado y me sacara
un ojo. Su pelo, negro como el carbón caía cubriendo sus hombros y contrastaba
con el uniforme. Era joven, como mucho treinta y pocos. Sonreía y me miraba
fijamente mientras andaba directo hacia mí. Siempre sonreía, y la gente que
siempre sonríe tiene un encanto especial, es algo que se nota. Era realmente
deliciosa, amable, parecía ociosa… su único defecto era estar vestida.
- “Toma, aquí tienes. Primero las pastillas y después el
vaso de agua”.
Qué pena haberla conocido en ese contexto, un año atrás y
ambos estaríamos retozando como conejos en celo durante días y noches enteras.
Creo que detrás de su exagerada amabilidad conmigo se escondía ese mismo deseo,
esa misma intriga. Aunque la consciencia absoluta de mi función allí me privaba
de sacar el arsenal completo de mis encantos seductores. Eso no me privó de
responderle con una cortesía desmesurada un “muchísimas gracias señorita, es
usted muy amable”, para sacar ese paradójico deseo de acortar las distancias
cuando alguien las aleja con frases educadas. Precisamente utilicé “amable”
para evitar un “es usted un encanto” y jugarme demasiado temprano una carta que
podía darme un éxito inesperado o un fracaso irreparable.
- “Por favor, no me trates de señorita, debemos tener una
edad parecida. Tan solo soy tú enfermera, no es necesario que me trates de
usted”.
Y ella sabía perfectamente que no la teníamos, que yo era
por lo menos cinco o seis años mayor, pero había obtenido la respuesta que
deseaba.
- Seguramente tú (ya que me permites) debes ser más joven
que yo, pero acepto la propuesta, no pronunciaré ningún otro “usted” delante de
ti.
Se rio coquetamente mientras se tapaba la boca con una mano
enfundada en un guante de látex. Introduje las cuatro pastillas que había del
vaso a la boca, y con el otro vaso, lleno de agua, me las tragué de golpe.
Empezaba a tener práctica.
Ya llevaba dos semanas en “La Cuarta Planta”. Así llamaban a
la zona más “extravagante” de todo el Hospital General. El nombre no tenía
mucho misterio, por un lado, estaba situado en la cuarta planta del Hospital, y
se escogió esta por ser la más alejada posible de la entrada principal, así no
había la necesidad de mezclar las piernas rotas con las tuercas sueltas. El
segundo día que estuve allí una enfermera que llevaba treinta años en la
profesión me explicó que inicialmente se planeó que estuviera en la planta
subterránea, pero a alguien con algo de humanidad se le ocurrió que sería mejor
situar la unidad en un sitio con algo más de luz y espacio.
“La Cuarta Planta” era pues el sitio en el que los misterios
de la mente y de la vida tenían una solución rápida y sencilla a base de
recetas, pastillas y visitas de control para asegurarse de que nadie escondiera
las medicación debajo del colchón. Así pues, en ese contexto, cruzarse la
mirada con una enfermera bonita era lo más humano y auténtico que uno podía
encontrar.
Algún tipo de tolerancia extraña me daba el lujo de poder
evitar la somnolencia exagerada y a la vez poder estar lúcido mentalmente.
Aunque daba realmente lástima que la mayoría de mis compañeros de planta
pasaran las horas sentados en una butaca observando con detenimiento a las paredes
blancas, con la mirada perdida y la camiseta llena de saliva que sus propias
comisuras eran incapaces de contener. Me daba por mirarlos y preguntarme si
tras la salivación se escondía algo, algún atisbo de pensamiento, ideas, yo que
sé, un trozo de alma, algo. Casi siempre me convencía a mí mismo de que no, que
precisamente era eso lo que se deseaba con la medicación, de que hubiera una
“nada”, porque cualquier “algo” se les debía antojar insoportable.
La verdad es que a menudo pensaba que estábamos en una
cárcel en la que se cuidaba en que todo el atrezzo fuera blanco, para
que pareciera más puro y menos cruel de lo que realmente era. Al final todo eran
apariencias, en eso consiste cuidar los pequeños detalles. Nadie sabía
exactamente porque había entrado allí, y tampoco nadie entendía cuál era el
criterio para salir. Simplemente, pasaban tres semanas y te ibas. ¿A dónde? Yo
que sé, cada uno a algún lugar distinto. A mí me quedaba una semana y no tenía
ni idea de cuál iba a ser mi siguiente paso. Tampoco creo el psiquiatra que nos
visitaba una vez cada dos días tuviera mucha idea de qué hacer conmigo, tan
solo me hacía las mismas preguntas, cómo me encontraba, si había dormido bien,
como estaban mis “ideas”. Así, “ideas”, como si no hubiera un eufemismo más
ridículamente suave para decir lo que se me pasaba por la cabeza.
Teníamos un porrón de horas libres en la que nos dejaban escoger
entre dormir en la habitación o bien salir a hacer algún juego de mesa, ver la
televisión o pasear por el patio, que estaba situado en la azotea
(completamente vallada por razones obvias). Generalmente yo optaba por salir a
la azotea y mirar quince o veinte minutos hacia cada punto cardinal, a ver que
sucedía en las inmediateces más cercanas del Hospital. La verdad que cualquier
otra cosa me disgustaba. Los juegos de mesa y las cartas estaban destrozados,
siempre faltaba alguna pieza o alguna carta, y casi siempre estaban asquerosos.
Lo reconozco, soy un poco maniático, pero había visto caer tanta baba en el
tablero de ajedrez que por nada del mundo me atrevería a tocarlo. Mis
compañeros optaban por dormir, fuera en la habitación, mirando la tele, en la
azotea o jugando al ajedrez. Por otro lado, como nadie tenía lo que podríamos
llamar “fuerza de voluntad férrea”, eran las enfermeras que acababan escogiendo
los canales de televisión o las películas que proyectaban, y aunque ellas eran
un cielo, su gusto cinéfilo era infernal.
Desde la azotea me paraba muchas veces a observar el ala
oeste del Hospital General, en la que, desde “La Cuarta Planta” había una vista
privilegiada del patio de la Unidad de Geriatría. Era casi siempre más
interesante que mirar hacia los otros lados en los que no había más que
edificios. En cambio, en la planta de geriatría siempre podías ver la vida y la
muerte en un solo fotograma, la soledad y la compañía, el silencio y la
demencia. Uno observaba y siempre tenía la sensación de estar comiendo algo con
salsa agridulce, viejos y viejas que se podían pasar días enteros sin que nadie
pasase a decir ni hola, tan solo eran movidos como muebles por las celadoras
que deseaban que tomaran el aire para dejar ventilar sus habitaciones, y que de
golpe, de un día para otro desaparecían y uno no podía saber si era porque se
morían o porque los devolvían a su hogar o residencia. Otros que, en cambio, tenían la suerte de recibir cada día visitas
de hijos, nietos, amigos. Era difícil distinguir que había hecho uno bien y
otro mal para conseguir tanta o ninguna compañía. Parecía incluso azaroso, yo
que sé, quizás uno no hace nada mal y acaba solo igualmente. O quizás a uno
incluso le da absolutamente igual quién venga y quién no en un momento así. No
podía imaginármelo bien, yo la verdad que prefería no recibir visitas.
En los últimos días se veía siempre por la tarde a la hora
de la salida del colegio, a una pareja que iba de la mano con una niñita rubia
con dos coletas que tendría como mucho nueve o diez años y que iba haciendo la
rueda animadamente y sin parar, e iba gritando para que sus padres y un abuelo
en una silla de ruedas la fueran mirando. Sus padres iban cogiendo de la mano
al abuelo que estaba en una silla de ruedas, y hacían como que le escuchaban
pues parecía que el abuelo andaba diciendo algo, aunque desde arriba no se
podía escuchar absolutamente nada. Y esas tardes andaba pensando precisamente
en eso, en lo cerca que están la vida y la muerte, la rueda de la niña y la
silla de ruedas, las coletas y la boina, los gritos y el silencio.
Si me paraba a observar en lo que sucedía dentro de “La
Cuarta Planta” el panorama no era mucho mejor. En la zona de los “locos” las
conversaciones tan solo oscilaban entre hablar de la medicación que uno había
tomado ese día, y en que si hoy uno había dormido diez minutos más o diez
minutos menos, siendo ese el gran hito del día, y uno podía repetirlo
incansablemente a cualquier compañero o enfermera que pasara por la sala
principal. Eso sí, las enfermeras jamás perdían ni su sonrisa ni su
cordialidad, y realmente te hacían sentir que cualquier cambio o novedad, por
ínfimo que fuera, era un avance positivo, eran como las flores que crecen en
los cementerios.
Pero al final, casi lo único que podía ver en los ojos
vidriosos de mis compañeros era esa “nada” permanente, que el abandono de la
ilusión de esta vida los hubiera dejado anestesiados, o casi mejor sería decir
como si la ilusión los hubiera abandonado a ellos. Quizás, yo que sé, los demás
también veían lo mismo en mí.
Y me deprimía pensando precisamente en eso, en el que era
inevitable observarnos desde fuera y no ver que éramos como una especie de
despojos, ni siquiera unos rebeldes o unos extraños, ni unos incomprendidos.
Éramos como una especie de residuo que la sociedad no había sabido reciclar.
Éramos en conjunto como un almacén de juguetes rotos.
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