Cactus


-Venga amor, sal del baño, por favor, vamos a hablar. De verdad que siento mucho lo que ha ocurrido, he dicho cosas que no pienso.

Santi daba golpecitos suaves a la puerta, casi acariciándola, como si quisiera acariciar mi piel, podía sentir sus manos paseándose por la madera, podía sentir su intento de acercarse a mí. Un río de lágrimas salía de mis ojos descontroladamente, mi mano derecha estaba llena de papel de váter arrugado, destrozado y empapado en lágrimas y mocos. Con la izquierda intentaba taparme la boca, me mordía los dedos para ahogar mis sollozos insoportables. Insoportables para mí, insoportables para Santi. Mis mejillas, mis ojos, hasta mis cejas ardían húmedas. Me encontraba sentada en el suelo apoyada con el pecho en el bidé, el único rincón desde el que podía no verme en el espejo para no darme asco. Un sabor a bilis me subía y me bajaba por la garganta, tenía ganas de vomitar, ganas de sacarlo todo.

La discusión había sido por una estupidez, otra más como cualquier otro día. No había nada nuevo ni en el contenido ni en el resultado. No recordaba ni siquiera el motivo de la discusión de ayer, por supuesto no recordaba la de la semana pasada...en un par de días iba a olvidar el motivo de esta. Discutía con Santi casi a diario, y toda discusión llegaba a escenas parecidas: gritos, llantos, objetos contra el suelo… lo que sea necesario para no tener que escucharme a mí misma, para silenciar la discusión que tenía en mi interior y que no sabía resolver.

El problema es que él no podría entenderlo, no podría entenderme. Me odiaría como me odio yo a mí misma por pensar así. Vería al monstruo frágil que se esconde detrás de la puerta del baño. ¡Pero yo no quiero pensar así, no deseo pensar así! ¿Cómo le explico a Santi que la quiero solo porqué ha salido de mis entrañas, porque no puedo no quererla, que estoy enamorada de ella, pero que no la deseo en nuestras vidas?

Por supuesto Júlia nació deseada, nació de un amor profundo, auténtico, sin fisuras. Pero yo no me sentía feliz, no me gustaba como habían cambiado nuestras vidas ya desde el embarazo. Con Santi éramos tan, tan… ¿fuego? Sí, fuego, arrasábamos, dejábamos nuestro rastro allí donde pasábamos. Todo había sido una aventura: nuestros viajes, las huidas, las noches, la coca, la música, el baile, el sexo, los cielos estrellados…Y ahora todo aquello había quedado en un vacío, un agujero negro que se había llevado nuestro placer, nuestra vida, mi amor por mi vida con Santi. Desde luego no se había llevado el amor de Santi.

No tenía el instinto para ser madre. Quería ser madre, una buena madre, pero ni siquiera tenía los conocimientos ni las cualidades para serlo. Por eso no me llenaba, no me hacía feliz. Lo único que podía ofrecerle a esa criatura era amor, que no sabía separar del vacío. Y desde luego no era suficiente para ser una buena madre

Cuando empecé a salir con Santi, el primer regalo que me hizo fue un cactus, pequeñito, de un verde intenso, plano y redondo, precioso pero extraño como primer regalo. Un día al cabo de unos meses al mover el cactus en la estantería de mi cuarto me pinché, se me clavo una espina larga en el dedo índice, que salió con gran facilidad, dejando una mancha pequeñísima de rojo sangre. Quizás lo maldije, no lo sé, eso pensé, porqué a partir de ese momento lentamente fue perdiendo color, forma, hasta que casi un año después de habérmelo regalado, el cactus murió definitivamente.

Para celebrar un año de nuestra relación, y sabiendo que el cactus había muerto, Santi me regaló otro, distinto, como un pequeño globo verde puesto en una maceta. Esta vez le prometí que no moriría, así que me leí todo lo que pude en Internet acerca del cuidado de los cactus. Desgraciadamente, casi un año después de habérmelo regalado, el cactus murió. Así se fue estableciendo una tradición entre nosotros en las que celebrábamos nuestro aniversario y Santi me regalaba un cactus poco después de haber enterrado al anterior. Probé todas las estrategias que pude: medicinas, vitaminas, trasplantarlos, distintos tipos de tierra, cambiarlos de ubicación… pero nada surgió efecto. Crecían más, parecían más fuertes, resistentes, pero no podían con una maldición, nadie podía. Incluso cuando nos cambiamos de piso y fuimos a vivir juntos, los cactus siguieron muriendo. Llegué a pensar que era Santi que los mataba cuando se acercaba la celebración de nuestro aniversario, y así tener una excusa para poder regalarme uno nuevo, la maldición nos mantenía unidos.

Pero no era así, inexplicablemente morían, como los momentos de felicidad. Quizá la felicidad sea eso, breves lapsos de tiempo que mueren sin explicación, hasta que aparecen otros.

Quedé embarazada, éramos jóvenes, quizás no demasiado para algunos pero si demasiado para nosotros. Estuvimos hablando sobre qué hacer. “Hagámoslo, será nuestra nueva aventura, será nuestro pequeño cactus, el que romperá la maldición” me dijo Santi. Si algo era, por encima de todo, era sensato. Era la persona más sensata que había conocido, y yo ya había decidido pasar toda mi vida junto a él.

Y nació Júlia, nuestro pequeño cactus, una niña preciosa, sana, guapa, alegre, feliz, con los ojos del verde más hermoso que yo jamás haya visto. El regalo más bonito del mundo. Al tenerla en mis brazos y ver cómo me miraba lloré de una manera que jamás podría repetirse.

Pero con nuestro hermoso cactus nos pinchamos. Sentí que Santi y yo ya no éramos Santi y yo. Éramos yo-con-Júlia compartiendo piso con un tal Santi-con-Júlia. Éramos papá y mamá, ya ni siquiera usábamos nuestros nombres. Le dimos tanto cariño a ese trocito de cielo que nos olvidamos de nosotros mismos. Creo que éramos buenos padres, pero no sabíamos ser buenos amantes. Reconozco que no supe gestionar nuestro abandono, que no era lo suficientemente madura para entender mi nuevo papel en el mundo, no estaba preparada para asumirlo y con eso no quiero justificar lo que hice mal.

Empezaron nuestras discusiones. Empezaban con cuestiones cotidianas, como quién tenía que bañar a la niña, quién prepararía la comida, quién iría a comprar… pero que acababan en lo más oscuro de mi corazón, casi me da vergüenza escribirlo, pero le decía que yo jamás había querido tenerla, que lo habíamos hecho por él.

Con todo esto, no estoy buscando la simpatía de quién me lea. Quiero relatarlo tal y como lo sentí. Y si es cierto que con distancia, ahora soy capaz de empezar a preguntarme sobre cómo debía sentirse él. Era incapaz de entender su pasividad, su torpeza, su incomprensión. Yo quería seguir siendo los dos, con nuestras aventuras, nuestras mochilas, nuestros viajes, tener el poder de poseer el mundo para no ser poseídos con él. No había sido nuestra nueva aventura, y si lo había sido, era demasiado para nosotros.

A veces me paraba a escuchar a las madres de la guardería, y escuchaba cómo hablaban de sus hijos, de sus progresos, sus virtudes, de las burradas que decían, se enseñaban fotografías y vídeos… y aunque Júlia hacía lo mismo (y desde luego, más y mejor, supongo que diríamos todas las madres) me apetecía hablar de lo agotada que me sentía, de lo desgastada, aburrida, hastiada que me sentía. ¿Por qué las madres no hablaban sobre ellas, sobre sus vidas, sobre sus matrimonios, sobre sus gustos? Desde que era madre ya no era amiga, amante, compañera, divertida, espontánea… en definitiva, yo. Y lo que me sorprendía y molestaba más era la actitud de Santi. ¿Desde cuándo se había vuelto tan conformista? ¿Cómo puede ser tan completamente feliz con la decisión que habíamos tomado? ¿Qué había entendido o cambiado él que yo no había sido capaz? Quizás sentía envidia de verlo feliz.

Las discusiones se volvieron más continuadas y más graves a medida de que me iba dando cuenta de mi egoísmo. Cuánto más asco me daba a mí misma, más lo pagaba con Santi y su sonrisa imperturbable, su paciencia infinita. No sentía rencor hacia Júlia, tampoco hacia Santi, no era arrepentimiento. Cuando podía destilar mis emociones veía que mi malestar giraba en torno a mí. Ellos no tenían la culpa de ser perfectos en la situación que estaban, el problema lo tenía yo por verme perfecta solo en una situación.

Estaba tan absorta ahogando mis sollozos y escuchando mis pensamientos que no me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta y que asomaban parte de la cabeza de Santi y su mano con una pieza metálica.

- Perdona, es que se podía abrir desde fuera, es por el cierre de seguridad, por si alguien se queda encerrado dentro, y claro, yo tampoco quería, no se… - seguía diciendo vaguedades, como intentando justificar su intrusión. Sentía rabia todavía más hacia mí misma viendo que era él, el que hacia esfuerzos para calmar una discusión que había provocado yo. No sabía pedir perdón.

Santi se sentó a mi lado, en el suelo del baño y me ofreció papel de cocina que llevaba ya en la mano, “es más resistente, este que compras lo aguanta todo” dijo y esbozó una sonrisa mientras me ofrecía un trozo. Con suavidad me agarró la mano en la que tenía la bola de papel de váter húmeda de mocos y lágrimas. Y de golpe, sin que yo lo esperara, me abrió en canal y me sacó el corazón para ponerlo en nuestras manos con una ternura y una comprensión que no pensaba que llegaría.

- No entiendo porque no has querido compartir nada de esto conmigo. Decidimos compartir la vida entera, decidimos compartir la posibilidad de criar a una hija, pero lo único que has decidido no compartir conmigo son tus sentimientos. Estamos verdes, como pareja, como padres, como amigos. No hemos sido suficientemente fuertes si no hemos podido compartir lo que llevamos dentro. Hay mucho camino por recorrer y construir, pero tenemos tiempo, todo el tiempo del mundo. No podemos culpar por todo a una niña de cuatro años, no podemos culparla de todo lo que no hemos sabido hacer nosotros. Te necesito, te necesita ella, te necesitamos los tres. Siempre te he dicho que ibas a ser una buena madre. Y entiendo que no lo veas claro, que necesites un tiempo, que necesites viajar, que necesitemos hacerlo, los dos, los tres. Podemos hacerlo, todo es posible si tú consigues cambiar cada lágrima por una palabra.

La puerta seguía entreabierta, y a pocos palmos del suelo apareció una cabecita pequeña y rubia, que sin comprender (o comprendiendo demasiado bien) la situación, abrió un poco más la puerta y se nos acercó, sin pronunciar vocablo nos abrazó. Sentí que algo por dentro se partía por la mitad.

El cactus era yo, no Júlia. Sentí culpa y sentí pena por esa pequeña joya, esa niñita con la mirada esmeralda que estaba agarrada a mi pierna y que yo no había sabido amar bien porque creo eso, amar algo para siempre, es algo que no me habían enseñado a mí jamás, y en ese momento entendí que yo era la única capaz de empezar a sacarme las espinas que me alejaban del amor de Santi, de Júlia y de los demás.

A partir de ese momento, los cactus dejaron de morir en nuestra casa.

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