Dieciocho de Noviembre


El camarero escondía una alma matemática. Seguramente todo hombre tiene una parte de alma matemática por poco desarrollada que sea, pero ese día el camarero se dio cuenta de la fórmula matemática que custodiaba un vaso de whisky de Oban, 14 años.

Más que una fórmula, detectó un patrón en el cliente. A menudo la gente repite conductas de un modo cíclico prácticamente imperceptible. Pero ese día la lucidez de Manuel le alumbró la consciencia y se dio cuenta que ese hombre tenía una razón distinta para estar allí.

Recordó que había visto a ese hombre justo hacía un año. Ni más ni menos que el dieciocho de Noviembre pasado. Se acordaba, no solo por las pintas del sujeto sino porqué era el mismo día que el cumpleaños de su suegra. El año anterior habían decidido celebrarlo en el bar en el que Manuel trabajaba, así podía formar parte de la fiesta.

En esa ocasión cuando le atendió su cara ya le sonaba de haberlo visto poco, pero alguna vez. Llevaba una barba poblada negra con algunas canas, el pelo largo y despeinado con una alopecia avanzada. Vestía con una chaqueta de cuero marrón bastante desgastada y unos tejanos azules que casi habían perdido su color.

Su aspecto no encajaba mucho en el local en el que trabajaba Manuel, donde solía asistir gente elegante con traje y camisa, mujeres con vestidos y pieles caras. Ese hombre parecía más bien un mendigo en ese lugar, pero los demás clientes lo ignoraban, llamaba la atención solo a los trabajadores.

Sin embargo, y a pesar de su aspecto, pedía (y pagaba) whisky bueno y caro, así que nadie tenía nada que reprochar y su conducta era impecable, un tanto rara. Recuerda que llegó, le sirvió 4 o 5 vasos de whisky y se fue. Durante todo ese rato lo único que hizo fue alternar la mirada perdida entre su vaso que se vaciaba con celeridad y la puerta, para ver quien iba entrando. Se fue tal cuál llegó, como si esos vasos de whisky no hubieran travesado su hígado, se fue completamente sobrio, parecía un fantasma, un muerto viviente.

Manuel llevaba ya más de cinco años trabajando en ese bar nocturno, y con los años aprendió a ser cortés y agradable entablando cuatro palabras con los clientes. Recordaba haber intentado hablar con él pero apenas tenía en la memoria las respuestas que obtuvo. Le sonaba algo como que deseaba que apareciera alguien, pero al cabo de unas horas se fue y dijo "hasta el año que viene". ¡Eso mismo! "Hasta el año que viene" dijo. Le pareció raro a Manuel que alguien se despidiera así a esas alturas de Noviembre.

Cayó en la cuenta de que probablemente desde que él estaba trabajando en el "Boadas" ese hombre aparecía el mismo día cada año. "Un lunático" pensó. En esta ocasión vestía prácticamente igual y no había envejecido ni un pelo. Estaba exactamente igual. Su mirada también y su vaso...también.

El cerbero de los cubitos de hielo que apenas tenían tiempo de deshacerse repetía su conducta alternando su mirada entre el vaso y la puerta. Esa persona que esperaba no aparecía, no aparecería. Quizás era alguien que había muerto, su difunta esposa y venía cada año para recordarla, o para olvidarse de ella.

Esta vez Manuel no tenía tanto trabajo, puesto que el dieciocho de Noviembre había caído en domingo (el año anterior había caído en viernes), y la suegra y toda la familia no habían ido a celebrarlo en su bar. Dudó si ponerse frente el hombre distraído y preguntarle sus razones. No por ese ímpetu que es la curiosidad humana, morbosa y estúpida, si no para saber la certeza de su observación.

Finalmente se lanzó:
- Buenas noches maestro.
- ...noches supongo, buenas no lo se.
- Quizás si las desea muy a menudo, acaban siéndolo.
- Las deseo cada día de mi vida, y siguen siendo simplemente noches.

Manuel se atrevió:
- Su cara me suena... ¿puede ser que viniera hace tiempo?
- Hace tiempo, no. Hace exactamente un año, y llevo viniendo durante dieciocho años el mismo día. Lo que pasa que usted solo hace cinco años que trabaja aquí.

Manuel hizo una mueca extraña entre satisfacción por haber encontrado la verdad de un modo intuitivo y a la vez sorpresa por la información que le ofrecía ese extraño:
- ¿Dieciocho años hace? y siempre en...
- Si, siempre dieciocho de Noviembre.
- Vaya, y le importa si le...
- No me importa explicarle porqué lo hago, no tengo nada mejor que hacer. Seré conciso. Verás, el dieciocho de Noviembre siempre ha sido un día muy especial para mi. Fue un dieciocho de Noviembre que me presentaron a la mujer de mi vida. La vi que me parecía una cría, yo tenía veinticuatro años, ella dieciséis. Pero hubo algo, lo noté, no era amor, era una convicción absoluta de que iba a pasar el resto de mi vida con aquella chiquilla. Una estupidez, lo se. Tan estúpido como que lo guardé preso dentro de mí. 

Manuel no cambiaba su cara de aprobación y asombro, por un lado preveía que su historia parecía tal y como lo había imaginado, por otro lado seguía interesado en lo que contaba ese hombre.
- El hecho es que intenté olvidarme pero no podía, parecía casi una obsesión, pero decidí no hacer demasiado caso, como tampoco no tenía que cruzarme con ella ninguna otra vez (si no lo deseaba) puesto que era conocida de una conocida, así que decidí ignorar mis sensaciones. Pero el problema es que un año después de haberla conocido, justo un año después, otra vez el maldito dieciocho de Noviembre coincidimos aquí mismo en este bar "Boadas".
- Parece de cuento.
- Parecía de cuento, sí. El hecho es que estuvimos hablando horas sobre el destino y la casualidad. Parecía que ella de algún modo también entendía ese hecho trascendental del que formábamos parte sin saberlo. Como un plan trazado por Dios que ninguno de los dos sabíamos que teníamos que cumplir pero presentíamos que tenía que ser así. Quiso jugar con el destino, me dijo "Si realmente crees que por verme un par de veces lo nuestro es eterno, está bien, juguemos con nuestras vidas, nos encontraremos en un año aquí mismo, sea como sea, y si acudimos los dos a la cita, parece que nos estaremos tomando realmente en serio esto". ¿Tu te crees? Que chica, con diecisiete años planeando una cita para dentro de un año. Me besó y se fue.
- Sin duda algo fuera de lo común.
- Pues bien, aceleremos los hechos. Al cabo de un año nos encontramos de nuevo en este antro, porqué hace dieciocho años era un antro, amigo, de los buenos. Pues bien, los dos estábamos allí. Pensaba que se olvidaría de mi pero no lo hizo. Así que empezamos algo. Estuvimos juntos durante cinco años, fuimos a vivir juntos dos más, y al año que hacía ocho (ella con veintiséis y yo ya con treinta) planeamos que nos íbamos a casar un dieciocho de Noviembre, como no, y las copas de después las íbamos a tomar a aquí en este bar.
- Todo parece demasiado programado.
- Cuando las cosas se programan, nunca salen bien. Si las piensas no las haces. Y así es, un mes antes de casarnos me dijo que se iba de casa, que se había enamorado, que había aprendido que la eternidad no es algo que se pueda prometer ni garantizar. Que me había equivocado, que nos habíamos equivocado. Que las cosas cambian. Luego se casó al cabo de un año y por lo que supe, crió a dos hijos.
- Qué remedio... y cambiaron las cosas demasiado.
- Por fuerza, pero sigo pensando que se equivocaba. Aprendí que todo lo que amaba intentaba escaparse entre mis dedos, todo lo que quería al final huía. No solo ella, las cosas importantes de verdad se me habían escapado, las había perdido. Mi vida se convirtió en un infierno, un armario encerrado en el que no se veía ninguna luz. Cada amor nuevo era peor que el anterior, cada amor era el último, cada beso que daba venía seguido de una despedida.
- ¿Y entonces porqué sigue viniendo aquí cada año torturándose por lo que ocurrió? Eso no creo que ayude mucho, y menos después de tanto tiempo, estos problemas que se alargan y se enquistan...
- No te equivoques muchacho, no tiene nada que ver con eso, no vengo a lamentarme y a llorar. Cuando ella se fue, le prometí que cada año iba a volver cada dieciocho de Noviembre al "Boadas" donde empezó la magia. Donde empezó mi vida. Que la iba a esperar, sin importar cuanto tiempo ocurriera, que tenía fe imbécil en lo nuestro, irracional completamente.
- Debe ser muy triste sentirse así.
- No, chico, no tiene nada de triste, simplemente es fe, esperanza, sea lo que sea que te agarra a la vida. Como te he dicho, no vengo aquí al bar a llorar ni a beber ni a olvidar. Yo hago mi vida pero tengo mis creencias, y Marta es una de ellas. La mayoría de días es muy fácil ser yo mismo, pero muchas veces pienso que sería mejor ser otro que no cargar con el peso de ir dándome cuenta año tras año que quizás era yo el que estaba equivocado. Mi vida entera se desmontaría.

Manuel se disculpó y se fue medio aturdido a atender a unos clientes que acababan de entrar. Parecía más un romántico que un loco. El amigo del whisky sentía su vida entera como si hubiera estado en una rueda giratoria como las que hay en las jaulas de los roedores. Dando vueltas año tras año, pensando que su movimiento creaba algo y cambiaba algo, pero era al final completamente intrascendente, sin sentido. Había sido siempre e iba a ser siempre una puta mascota de Dios. Sin caricias y sin abrazos. Para él, la divinidad y los cielos no eran más que poder tener un trocito de tierra a su lado, un trocito en el que poder besarse en la oscuridad, en el que pudiera coger sus manos pequeñas y decirle que quería comprender la vida con ella.

Siempre le habían dicho que la vida solo valía la pena cuando era compartida con alguien, para amar y ser amado. Pero él la amaba por el simple hecho de amarla y no por ser amado, porqué nada en el mundo le placía más que verla feliz. Todo lo hubiera dado por ella.

Cuando bebía las últimas gotas de color madera se daba cuenta que aun reflejaba una pequeña luz mientras resbalaban por la pendiente del vaso hasta ir a parar a sus labios, y con ese último trago se bebía la esperanza de ese año.

Se despidió de Manuel, él le abrazó y le agradeció la confianza y le dijo de nuevo "hasta el año que viene".


Un año pasó, y un dieciocho de Noviembre nuevo impregnó los calendarios. Una mujer de unos treinta y pocos se sentó en la barra y pidió un vaso de whisky Oban, 14 años. Manuel sonrió recordando al bueno de Jorge (así se llamaba el amigo del brebaje escocés). Y le comentó a la señorita que era poco habitual beber ese whisky.
- Es una vieja costumbre - respondió ella.

Tomó otra copa más y parecía como impaciente, como si estuviera esperando a alguien. Finalmente cogió a Manuel y le dijo:
- Mira, te parecerá raro que te diga esto, pero, estoy esperando a un hombre que se supone que debería estar aquí. Bueno, esto es estúpido, no se supone que debería estar aquí, seguramente hace tiempo que no viene. Quiero decir, que no es una obligación, pero es un amigo de hace años que me prometió que, bueno, solo por casualidad lo pregunto. Alguien me dijo que vendría cada año, este día, pero probablemente... - seguía hablando sin articular una frase con sentido.
- ¿Marta? ¿Estás esperando a Jorge?
- ¿Como?
- Estás esperando a Jorge.
- ¡Si! Ha venido? Ha estado viniendo todo este tiempo?
- ...por lo que me contó, durante dieciocho años...
- ¡Es increíble! Después de todo este tiempo ha seguido viniendo!
- Si, pero, hoy no ha venido. No ha podido venir esta vez, hay una carta, no he querido leerla. Voy a buscarla...

Marta estaba muy nerviosa, no podía pensar en nada. Manuel abrió los labios como para decir algo pero estaba demasiado impaciente, cogió la carta y la abrió rápidamente.

"Mi querida Marta, he muerto. Cuando supe que me iba a morir redacté cien cartas para ti que rompí. Perdí la fe, perdí mi única razón, mi esperanza, mi luz. Finalmente me decidí a escribir esta última y a entregarla por si nunca decidías pasarte por aquí. Mi negación de la realidad, o si prefieres decir, mi fe absurda hizo que aun creyera que aunque yo no estuviera, quizás aparecerías. No importa, jamás sabré si me equivoqué o no, mientras tu vivas aun pueden cambiar las cosas. Lo único que se es que me equivoqué mientras viví, pero si algún día llega a tus manos, significa que mi vida habrá tenido algún sentido.

Siempre tuyo, hasta siempre"

Comentarios

Albert Pou ha dicho que…
ohhhhhhhhhhhh!!

No todo tiene su final feliz

Entradas populares de este blog

Al partir